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Madre e hija

Rubén Aguilar Valenzuela 
Amor molesto (Lumen, 2018) es la primera novela de Elena Ferrante, publicada en 1992, y forma parte de la trilogía Crónicas del desamor de la que también forman parte Los días del abandono (2002) y La hija oscura (2006).

La historia se desarrolla en Nápoles donde fallece Amalia, la madre de Dalia. Ella viaja desde Roma, donde ahora vive, para estar presente en el funeral, levantar la casa e investigar las causas de su muerte.

Delia, una mujer de cuarenta y cinco años, soltera y sin hijos, tiene dos hermanas casadas que también se hacen presentes en el funeral. Las hermanas ya nunca más aparecen en la historia.

El regreso a su ciudad natal la trae de nuevo a una localidad sucia y con mucho ruido. En su decadencia aparece también como un sitio atractivo. Con Nápoles mantiene una relación de amor-odio como la que siempre tuvo con su madre.

Delia, que es la mayor de las hermanas, se enfrenta a sus recuerdos de la infancia. Después del funeral, cuando todos se van, se queda en la ciudad, para saber lo que pasó.

El padre es un pintor de gitanas y cuadros que se venden en las ferias y a los turistas. Un tiempo hizo retratos de las parejas de los soldados estadounidenses a partir de las fotografías que estos le mostraban.

La modelo de gitana era la propia Amalia con su cuerpo desnudo y el pelo al aire. Él, que expone a su mujer en los cuadros, no admite que nadie la vea.

En la historia que Delia reconstruye están presentes dos hombres: De un lado su padre que era un tirano, terriblemente celoso, que prohibía a su madre reírse, mirar a la gente en las calles y expresar sus sentimientos.

Del otro lado Caserta, quien vendía los trabajos de su padre, y que al parecer tenía una secreta relación amorosa con su madre. Que abandona el barrio presionado por el marido de Amalia.

Harta de su situación la madre deja al padre y con sus hijas se van a vivir a otro sitio. El padre se queda solo y rompe con ellas. Su madre con su trabajo de costura se encarga de mantener la casa.

Delia en su investigación sobre el pasado familiar, el de su madre y el suyo propio recurre a su tío Antonio, hermano de su madre, y se encuentra con el hijo de Caserta con el que jugaba de niña.

En el proceso de indagación descubre lo que pasó con su madre y la relación de esta con Caserta, pero sobre todo a sí misma. Se reconoce en su propia historia.

Nápoles en la novela aparece como una ciudad violenta e inhóspita y los hombres que le habitan como machos agresivos que hacen imposible la vida a las mujeres.

La prosa es clara y precisa. Las descripciones de los personajes son exactas y minuciosas. Dejan ver su psicología y su carácter. El ambiente de la ciudad, con sus calles y viviendas, está también muy presente.

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Siempre se ha sabido que Elena Ferrante es un seudónimo. En la medida que crecía su éxito había cada vez más curiosidad por saber quién era la escritora.

En octubre de 2016, The New York Review of Books publicó la investigación del periodista italiano Claudio Gatti, de la redacción de Il Sole 24 Ore, un diario italiano de negocios, donde afirmaba que Anita Raja era Elena Ferrante.

Raja, una traductora de literatura alemana al italiano, nació en Nápoles en 1953. En 1937 su madre viaja de Alemania a Italia huyendo del exterminio nazi. En el Holocausto muere su familia extensa.

Ella sería la hija de una madre judía polaca y un italiano de Nápoles. Está casada con el escritor napolitano Domenico Starnone.

Ha trabajado como consultora de Edizioni E/O, sello que ha publicado sus traducciones italianas de textos de la autora feminista alemana Christa Wolf.

Las pruebas que ofrece el periodista son de carácter financiero. En su investigación encontró un aumento drástico de los pagos que la editorial hacía a Raja. Cantidad muy superior al salario de un traductor.

En su versión eso es notable a partir de 2014 cuando las novelas de Ferrante se vuelven un éxito a nivel mundial. Se han publicado millones de ejemplares en 40 lenguas.

Y también ofrece como evidencia de su afirmación que la pareja compró en Roma un departamento de 2 millones de dólares.

La editorial donde trabaja Raja, Edizioni E/O, ha dicho que no hará comentarios al artículo de Gatti. La traductora también se ha negado a hacerlo.

El amor molesto
Elena Ferrante
Editorial Lumen
España, 2018
pp. 168 




Versión original. L´amore molesto, 1992. Traducción del italiano al español de Juana Bignozzi. 

¿Qué pasa cuando los gobernantes atacan al periodismo?

Rubén Aguilar Valenzuela 
Los organismos internacionales de protección al ejercicio del periodismo abierto y libre coinciden en señalar que los ataques de los gobernantes a los medios y a los periodistas lo son también a la libertad de expresión.

Y que los insultos y descalificaciones que surgen desde el poder ponen en peligro la seguridad de los medios y de los periodistas. La crítica directa del gobernante, se quiera o no, es una clara presión sobre los medios y su línea editorial.

En una sociedad democrática la agresión a los medios y los periodistas nunca puede entenderse como ejercicio de la libertad de expresión de quien detenta el poder sino como intolerancia a la crítica que estos ejercen.

La misión de la prensa es informar con independencia y profesionalismo a partir de evidencia que pueden o no molestar al poder. Su trabajo es proporcionar a sus audiencias datos que les permitan saber qué es lo que ocurre más allá de los discursos de quienes gobiernan.

En toda sociedad democrática, tarea del periodismo es también ejercer un papel de vigilancia sobre el ejercicio de los gobernantes. Ofrecer, mediante la investigación, la información que el poder esconde o no quiere se conozca.

La ciudadanía espera que los medios realicen esa función que ella por su propia cuenta no puede llevar a cabo. Esa es, sin duda, responsabilidad de los medios.

Los organismos intencionales que velan por la libertad del ejercicio del periodismo sostienen que los gobiernos y quienes los encabezan tienen siempre que ser tolerantes a la crítica.

No pueden, no es democrático, utilizar todo el poder del Estado, para descalificar o agredir el trabajo periodístico por más crítico que éste puede ser.

Los gobiernos y los gobernantes que utilizan su poder para agredir o descalificar al periodismo crítico se ubican, lo quieran o no, en las filas del autoritarismo.

En América Latina y en otras sociedades se repite el modelo de gobernantes que se aprovecharon de la libertad de expresión, para crecer políticamente e incluso, para hacerse del poder.

Y una vez que están en él se vuelven intolerantes e incapaces de aceptar la más mínima crítica. Sale a la luz su talante autoritario que estaba ahí, pero no se había hecho presente.

El presidente López Obrador con sus actitudes y discursos frente a los medios y periodistas críticos se ubica en el campo de los gobernantes intolerantes y autoritarios.

Su mañanera se ha convertido en la tribuna, para atacar sistemáticamente a la libertad de expresión. Para el caso de México es volver a los gobernantes de cincuenta años atrás. Las evidencias están grabadas.

Estado de ánimo

Rubén Aguilar Valenzuela 
La salud-pandemia es el mayor problema, para el 32 % de la población; la inseguridad para el 22 %; el desempleo, para el 14 %;  la economía, para el 14 % y la corrupción para el 9 %, de acuerdo a una encuesta de Reforma (16.02.21)

El 57 % de la población del país no está satisfecha con la forma que funciona la democracia frente al 40 % que sí lo está y el 59 % no está satisfecha con la manera que opera la economía contra el 38 % que dice sí lo está.

La insatisfacción por el funcionamiento de la democracia y la economía se puede explicar, entre otras cosas, porque en los últimos doce meses el 15 % de la población perdió su empleo y el 25 % vio reducido su sueldo.

A pesar de estos hechos el 55 % considera que el presidente está haciendo lo suficiente, para resolver el problema económico en el marco de la pandemia frente al 40 % que dice no es así.

Y en relación directa con lo anterior, el 57 % piensa que para la economía del país es mejor que Morena siga teniendo el control de la Cámara de Diputados frente al 33 % qué pasa por que pierda la mayoría.

El 63 % considera que para mejorar la situación económica se debe de vacunar lo más pronto posible a toda la población y el 60 % que el gobierno es el único que debe vacunar y hacerlo de manera gratuita.

Para el 63 % de la población es más importante que el país sea seguro para vivir y solo para el 35 % que sea democrático. El 49 % piensa que lo más importante es que haya mayor igualdad frente a un mismo porcentaje que crezca la economía.

El 90 % de la población piensa que para reactivar la economía se debería otorgar un seguro de desempleo a quienes perdieron el empleo a consecuencia de la pandemia.

Y el 81 % que se debe dar créditos a negocios y trabajadores del sector informal y el 79 % que ayudaría se condone el pago de servicios públicos como luz y agua el tiempo que dure la pandemia.

El 60 % ve como una posibilidad que se suspenda la construcción del Tren Maya y la refinería de Dos Bocas, para que esos recursos se destinen a atender las emergencias derivadas de la pandemia.

De esta encuesta se puede concluir que la mayoría de la población está insatisfecha como funciona la democracia y la economía del país. Que sectores de la población han perdido su empleo y visto que su ingreso se reduce.

A pesar de la situación una mayoría considera que el presidente hace lo que puede, para resolver los problemas económicos derivados de la pandemia y que para enfrentar la crisis Morena debe conservar el control de la Cámara de Diputados.

Por ahora es evidente que el malestar de la población ante los problemas de seguridad, salud, economía y democracia no afectan la imagen del presidente y su partido. La ciudadanía no los ubican como responsables de lo que sucede en el país.

El zar y su familia

Rubén Aguilar Valenzuela
Los últimos zares (Estados Unidos, 2019) es una serie que narra la historia del zar Nicolás II y su familia desde el momento que es coronado, en 1896, hasta su asesinato, el de su mujer y sus hijos en 1918 en la Casa Ipatiev, en Ekaterim, Rusia.

Elemento central de la narración es la relación de pareja entre el zar (Robert Jack) y la zarina Alexandra (Susana Herhent) que se casan en 1894. Estaban realmente enamorados. Ellos en la intimidad se decían Sunny y Nicky. Uno dependía del otro.

Su atención estaba centrada en sus hijas, las princesas Olga, Tatiana, María y Anastasia. Hasta la anhelada llegada del pequeño Alexis, cuando todos volcaron su mirada en el zarévich, el heredero. Según las fuentes históricas, los Romanov eran una familia muy unida.

La alegría de la familia entra en crisis cuando descubren que Alexis es hemofílico. Ahora, la enfermedad del heredero acapara toda la atención y el cuidado de sus padres.

Es cuando interviene el monje Rasputín (Ben Cartwright) que consigue hacerse imprescindible para la familia real. Al principio por ser quien iba a curar la hemofilia del heredero y, después, por convertirse en el consejero de la zarina.

El zar en 1914 comete el error de apoyar a Serbia cuando es atacada por Austria, tras el magnicidio en Sarajevo del archiduque Francisco Fernando y de su esposa. El conflicto da lugar a la Primera Guerra Mundial.

En 1915, después de grandes y humillantes derrotas, el ministro de Defensa ruso es encarcelado y el zar asume el mando de sus ejércitos, a pesar de que sus asesores le advierten de que exponía la investidura imperial.

En ausencia del zar, la zarina queda a cargo del gobierno. Tenía la posibilidad de pedir el apoyo de los ministros, pero solo consulta a Rasputin. Su gestión resulta un desastre.

Las derrotas de la guerra, la ausencia del zar y el comportamiento de la zarina hacen que el pueblo ruso pierda la confianza en los soberanos y se vuelvan contra ellos. Hay una frustración y decepción por su desempeño.

El 15 de marzo de 1917, el zar, para salvar a la monarquía, abdica a favor de su hermano menor, el duque Miguel. El nuevo zar conserva la corona solo un día y firma el último decreto de la monarquía cuando traspasa el poder al Gobierno Provisional Revolucionario. A la toma del poder de los bolcheviques lo asesinan diez días después de la matanza de Ekaterim.

Alexander Kerensky, ahora jefe del gobierno estaba preocupado por la seguridad de la familia real que se había instalado en el palacio de Tsárskoye Tseló, cerca de Petrogrado. La posibilidad de una revuelta popular en su contra estaba presente y se decide enviarlos a Tobolsk, un lejano paraje de Siberia apartado de la influencia de la revolución, para protegerlos.

En 1917, los mencheviques son desplazados del poder por los bolcheviques bajo la conducción de Lenin. Para el nuevo hombre en el poder la familia real es un problema. La Revolución tiene que destruir todos los símbolos de la monarquía.

El nuevo gobierno detiene a la familia real en la finca de Tobolsk, desde el verano de 1917 el 17 de julio de 1918 cuando se les asesina en el sótano de la casa donde estaban presos.

En la serie al zar y la zarina se les presenta como dos personajes que no estaban preparados y no eran capaces de dirigir un país de las dimensiones y la complejidad de Rusia y todavía menos en la situación de crisis que les tocó vivir.

Al zar Nicolás II se le hace ver como un hombre débil e insensible, pero al mismo tiempo un autócrata incapaz. Era un hombre indeciso, que aplazaba hasta el último momento las decisiones. Cambiaba con facilidad de opinión.

Y a la zarina también como autócrata, que presiona a su marido y que se deja influenciar, manipular, por Rasputin. Los dos vivían fuera de la realidad. Era posible hacer frente a la crisis, pero no tenían la capacidad, para hacerlo.

Los dos estaban convencidos que Nicolás II era zar por derecho divino. Por eso el pueblo estaba obligado a aceptarlos sin más. No había derecho a la protesta. Ellos no se equivocaban, porque Dios los protegía en su misión.

En un breve espacio de tiempo (seis capítulos de 40 minutos) la serie articula una gran cantidad de información histórica y plasma la relación matrimonial del zar y la zarina y también penetra en su psicología. Eso en un ir y venir entre la historia y la ficción.

La ambientación y la fotografía son muy buenas. También me lo parecen las actuaciones de Robert Jack, como el zar, de Susana Herhent, como la zarina, y de Ben Cartwright como Rasputin. Es una manera de acercarse a ese momento de la historia. Vale la pena verla. (Está en Netflix).

Los últimos zares
Título original: The last czars
Producción: Estados Unidos, 2019

Dirección:  Adrian McDowall y Gareth Tunley
Guion: Christopher Bell y Dana Fainaru
Fotografía: Tom Pridham y Benjamin Pritchard
Actuación: Robert Jack, Susana Herhent, Ben Cartwright, Oliver Dimsdale, Steffan Boje Bernice Stegers, Indre Patkauskaite, Elsie Bennett, Karina Stungyte, Jurga Seduikyte, Duncan Pow, , Milda Noreikaite, Gavin Mitchell, Michelle Bonnard, Sarah Ball, Simonas Dovidauskas, Samuel Collings, Mark Frost, Andrew Bicknell, Jobas Bareikis, Richard Laing, Clotilde Rigaud, Gerard Miller, Paul Hickey, Leonardas Pobedonoscevas.

Viktor Orbán, el populista húngaro

Rubén Aguilar Valenzuela 

El primer ministro de Hungría, Viktor Orbán (1963), es uno de los muchos gobernantes populistas que hay en el mundo y uno de los más destacados de Europa.

Es la cabeza del partido Fidesz-Unión Cívica Húngara que se funda en 1988 formado por jóvenes contrarios al régimen socialista bajo el dominio, en ese entonces, de la Unión Soviética (URSS).

Orbán, en 1998 gana por primera vez las elecciones, pero pierde las de 2002 y 2006. En 2010, 2014 y 2018 las vuelve a ganar. Lleva ya 11 años seguidos en el poder.

¿Qué lo hace tan fuerte y popular entre amplios sectores de la sociedad húngara? Su capacidad, para recoger el descontento social de la mayoría de la población de su país.

Eje articulador de su discurso es la historia de Hungría. El país, dice, a lo largo de los siglos ha estado dominado por potencias extranjeras. Ahora hay que defender la soberanía nacional tantas veces pisoteada.

Frente a esa realidad explota la idea de un nacionalismo primitivo y emocional con el que se identifican amplios sectores sociales. La "identidad nacional" está en juego.

Propone, entonces, la defensa de los valores cristianos de la sociedad húngara que están en peligro. Él es el "salvador" que se necesita. Nadie más puede realizar esa tarea.

En defensa de esos valores hay que rechazar la inmigración de las "hordas" de personas de cultura islámica porque atentan contra ellos.

Orbán solo habla a sus seguidores, que es el pueblo bueno, inteligente y trabajador. Los otros, los que no están con él, son enemigos de su proyecto y de Hungría.

En el gobierno de Fidesz-Unión Cívica Húngara no ha lugar, para la discusión libre de las ideas. Todos los que no piensen como ellos son descalificados.

El "salvador" promete un futuro donde, a través de los cambios que él impulsa, habrá un mejor país en el que todos serán felices.

En torno a Orbán y su partido hay un grupo de "intelectuales orgánicos" que construyen y promueven ideas, una ideología, que pretende ser hegemónica.

Al primer ministro de Hungría, como a otros populistas, sean de izquierda o de derecha, lo único que le interesa es acrecentar al máximo su poder.

Para ello utiliza todos los recursos que están en sus manos, legales o ilegales, con objeto de ampliar los espacios bajo su control, para así afianzar su autoridad.

En Europa politólogos que estudian el caso de Obrán califican a su gobierno como "autoritario", "fascista", "Estado mafioso" o régimen "nacionalsocialista".

Y señalan que su ascenso y permanencia en el poder se explica por la falta de tradición democrática en Hungría y también por su habilidad, para recoger la decepción ciudadana de gobiernos anteriores

Página 149 de 201