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Casas de cartón

Francisco Tobías

Imagina que México es una familia. Una familia que trabaja, que paga sus cuentas y, como muchas, en ocasiones solicita un préstamo para salir de un apuro. Esa deuda —la de México— hoy es de más de 15 billones de pesos, lo que es alrededor del 50.4% del PIB. Es decir que más de la mitad de todo el valor de la producción que se realiza en nuestro país es un año se debe. No es una cifra que asuste, pero sí una que se siente: como ese crédito que se puede manejar, siempre y cuando no haya imprevistos.

 

En esta familia, el padre y la madre miran la ciudad desde su casa. Ven cómo todo parece estable, pero saben que con el dinero que ganan alcanzan cada vez menos. El hijo pregunta por qué el gobierno “debe tanto”, y ellos tratan de explicarle que no es malo deber, sino no crecer. Porque el país, igual que ellos, trabaja mucho pero gana poco: el crecimiento económico apenas fue de 0.1% en el primer trimestre de 2026.

 

Mientras tanto, los gastos fijos aumentan, en la casa sube la luz, el agua, la renta. Para el gobierno federal los programas sociales, también aumentan y es que no está mal dar apoyos  —apoyos a adultos mayores, becas, ayudas familiares— suman más de 1.3 billones de pesos al año, lo que está mal es no generar las condiciones para el crecimiento económico. De hecho estos apoyos son necesarios, pero permanentes: cada año hay que pagarlos, y cada año más, sin importar si el país produce más o menos. Y aunque el gobierno presume disciplina fiscal, esa disciplina se sostiene sobre una economía que apenas y logra respirar.

 

La deuda mexicana no es un monstruo, pero sí una sombra que nos acompaña en cada decisión. El país ha sido responsable: paga a tiempo, mantiene una reputación internacional y conserva su grado de inversión. Pero esa estabilidad depende de que la economía siga funcionando, de que la recaudación no caiga, sino que aumente y de que el gasto no se dispare. Es un equilibrio frágil, como el de una familia que vive al día, pero sin perder la esperanza.

 

El problema no está en deber, sino en no crecer. Cuando el ingreso se estanca, cualquier deuda pesa más. Y México lleva años creciendo poco, con una economía que depende del consumo interno y de factores externos como las exportaciones y la inversión extranjera. Si esos motores se apagan, el país tendrá que endeudarse más para sostener lo que ya prometió.

 

La historia de la deuda es, en el fondo, una historia de esfuerzo. De un país que ha sabido mantener la calma en medio de la tormenta, pero que necesita más que disciplina para avanzar. Porque la deuda no se mide solo en pesos o porcentajes, sino en oportunidades que se postergan, en proyectos que se frenan, en familias que esperan un futuro más ligero.

 

México no está en crisis, pero tampoco puede relajarse. La deuda es el recordatorio de que la estabilidad no basta: hay que crecer, producir más y depender menos de lo que se pide prestado.

 

Porque al final, la historia de la deuda no se cuenta en números, sino en vidas que merecen caminar, en el desarrollo sin ese peso a cuestas. Para así no llegar al ritmo de la canción “Casas de cartón” cuando dice: “Hoy es lo mismo de ayer
Es un mundo sin mañana”.

 

Los nuevos aranceles

Francisco Tobías

Existen dos tipos de impuestos en el sistema capitalista; los impuestos directos, los cuales se cobran sobre los ingresos, bienes, propiedades y riqueza ya sean a personas o empresas y los impuestos indirectos los cuales son pagados por el consumidor final, ya que están incluidos en el precio final, siendo el vendedor un intermediario entre el consumidor final y el gobierno.

 

Ejemplo de los impuestos directos es el ISR, el derecho vehicular o bien el predial, mientras que el mejor ejemplo de los impuestos indirectos es el impuesto al valor agregado (IVA).

 

Los impuestos indirectos afectan directamente el precio final que paga el consumidor, es decir que, si adquirimos algún producto al que se le cobra el IVA, como por ejemplo el calzado, suponiendo que el precio del calzado es de 100 pesos más IVA, el precio final que pagará el consumidor final es de 116 pesos.

 

Hace algunos días el presidente Donald Trump anunció la imposición, de aquí el origen etimológico de impuesto, de un arancel desde un 10 hasta un 12.5 por ciento a 60 economías, bajo el argumento del combate al trabajo forzoso, siendo este tipo de empleo una desventaja para la economía de los EEUU, pues las empresas de nuestro vecino del norte no pueden competir antes costos bajos generador por la explotación de la mano de obra.

 

Fuera de este “nuevo impuesto” quedó el gas, la gasolina y productos o mercancías que no son elaboradas dentro del territorio de los Estados Unidos.

 

Es cierto que, con esta política fiscal para su comercio exterior, el presidente Trump busca cuidar los empleos y la generación de estos en su economía, sin embargo, existe un “dulce dolor” que tendrán que saborear los consumidores de esa nación. Ya que mientras se generan los nuevos empleos que se esperan por esta acción gubernamental, los mismos consumidores norteamericanos tendrán que pagar un precio mayor por los productos importados, ya que el 10 o 12.5 por ciento de este arancel será trasladado del importador, al comercializador, del comercializador al consumidor final, quien hará el pago total o parcial de este nuevo arancel. Señalo parcial ya que se puede dar el hecho de que sólo una parte del producto final tenga este nuevo arancel.

 

Es cierto que este nuevo arancel por explotación laboral afectará a las 60 economías exportadoras, ya que las importaciones por parte de la economía norteamericana bajarán, no en su totalidad, pero sí de manera porcentual, ocasionando reducción en la inversión y hasta desempleo en los países cuyas exportaciones son afectadas por este arancel.

 

Cada ocasión en la cual leo sobre este tipo de aranceles impuestos por la supuesta economía más capitalista y liberal del mundo, observo que la línea entre derecha e izquierda, por lo menos en términos de economía se desvanece cuando se trata de defender la economía y empleos locales.

 

Más allá del análisis subjetivo sobre la opinión correcta o incorrecta de esta política, es de analizar el hecho de que el presidente de más de derecha que ha tenido EEUU, aplique políticas de izquierda.

 

 

 

 

La regla del 72

Francisco Tobías

Hace algunos días un buen amigo me preguntó por una fórmula sencilla y rápida para saber a ciencia cierta si conviene realizar algún tipo de inversión financiera. Después de un lapso, en silencio, le dije: “Tengo la fórmula más sencilla para saber cuánto tiempo tardarías en doblar tu inversión y así podrás tomar la decisión si te conviene invertir”.

 

Previo a la explicación de la fórmula que es conocida como “La regla 72” es importante señalar que antes de realizar cualquier inversión financiera, es necesario considerar que si la tasa de interés que nos pagan es menor a la inflación, definitivamente es un pésimo negocio, ya que lo primero que buscamos en las inversiones es que nuestro dinero no pierda poder adquisitivo, y este se pierde por la inflación. Así que al cobrar un interés más alto que la inflación, no solamente estamos evitando perder poder adquisitivo sino hasta estamos ganando dinero.

 

“La regla 72” es una fórmula aritmética, la cual por cierto debería de ser enseñada en toda institución de educación media superior, sin necesidad de llegar a la vida universitaria para conocerla. Ésta consiste en dividir 72 entre el número absoluto de la tasa de interés que te pagan, para saber en cuentos años tu inversión se duplicara.

 

Por ejemplo, hoy en día según información del Banco de México, la tasa de interés que se paga por los Certificados de la Tesorería de la Federación (CETES) a un año es de 7.12 por ciento. Es decir que sí inviertes 100 pesos a esa tasa por un año, la tesorería de la federación te devolverá al final de ese periodo tus 100 pesos más 7 pesos con 12 centavos por concepto de intereses. Al aplicar “la regla 72”, dividiríamos 72 entre 7.12 para así saber que en 10 años y un mes tu inversión será ya no de 100 sino de 200 pesos.

 

Esa misma regla, con un despeje, nos puede ayudar a saber que tasa de interés necesitamos para duplicar en cierta cantidad de años la inversión. Al dividir 72 entre los años que queremos que transcurran para doblar nuestra inversión, obtendremos la tasa de interés necesaria para llegar a ese objetivo. Así que si tenemos 200 pesos y queremos saber que tasa de interés se requiere para que al final de 8 años sean 400 pesos, dividimos 72 entre 8, y así en 9 años nuestra inversión se duplicará.

 

La educación financiera no debe de ser un tema exclusivo para especialistas en finanzas, contadores o economistas, sino para todos pues un tema que realidad aplicaremos todos durante la edad adulta. Un procedimiento matemático sencillo, una fórmula que fue inventada dos años después del descubrimiento de América y que ya deberíamos de saber.

 

Bien lo dijo el político, inventor, científico y quien es considerado como uno de los padres de ellos Estados Unidos, Benjamín Franklin al asegurar: La inversión en conocimientos paga mejores intereses” y definitivamente la inversión en educación financiera ayuda.

 

 

 

Santo llamando a Blue Demon

Francisco Tobías

Santo llamando a Blue Demon, Santo llamando a Blue Demon, contesta Blue contesta Blue es urgente…. Los niños en aquel momento nos asombrábamos de esa tecnología, los adultos seguramente se reían, pues ¿cómo sería posible que los dos enmascarados se comunicaran por medio de un reloj?, tan fantasiosa la comunicación como el hecho de que las momias de Guanajuato tuvieran vida.

 

Cuando pensábamos que la comunicación de los luchadores mexicanos era cosa del pasado, la caricatura de “Los Supersónicos” de Hanna y Barrera nos mostraban un futuro muy muy lejano, así como la galaxia de Star Wars; sin embargo, la ficción de “Los Supersónicos” ha dejado de ser ficción para convertirse en realidad, por lo menos en el uso diario de los robots.

 

Japan Airlines es una compañía de pasaje aéreo civil que fue fundada en 1951, después de la Segunda Guerra Mundial, la cual hoy tiene un patrimonio de casi 8 mil millones de dólares. Dicha compañía asiática acaba de anunciar que utilizara robots – humanoides en las tareas de cargas y descargas, por lo menos durante los siguientes dos años, en el aeropuerto de Tokyo.

 

Desde la revolución industrial hasta la actualidad, la cual ya es robotizada; siempre ha existido el temor económico sobre la pérdida de empleos, los cuales llegan sino a perderse si a modificarse. Ya que la robotización, así como la automatización provocan desempleo en el corto plazo, ocasionando la creación de nuevos tipos de empleos.

 

Más allá, según información propia de la aerolínea nipona, de que el uso de los robots será para aligerar el trabajo, valga la redundancia, de los trabajadores; los robots podrán empezar a realizar actividades de limpieza en el interior de los aviones.

 

Definitivamente el motivo de usar robots – humanoides por parte de la empresa se debe a la reducción de costos e incremento de la productividad, es decir podrán realizar más cosas con menos recursos y así generar mayores utilidades, es importante resaltar que el objetivo principal de las empresas es generar ingresos, vamos utilidades. Pero ¿qué sucederá con los trabajadores que serán desplazados por los robots?, en el corto plazo pueden ser desocupados o bien reubicados en actividades que los robots, por el momento no pueden realizar. Mientras las siguientes generaciones de trabajadores tendrán que adquirir conocimientos y desarrollar nuevas habilidades para incorporarse al mercado laboral.

 

Más que ser alarmistas debemos de permanecer en constante capacitación y desarrollo de habilidades para seguir en el mercado laboral, ¿empleos? Siempre habrá disponibles, antes de la automatización y robotización, década de los 80´s del siglo pasado, en el orbe había, según información del Banco Mundial, mil 850 millones de personas con empleos, hoy en día esa cifra se ha duplicado a casi 3 millones y medios; todo esto a pesar del uso más frecuente de la robotización y automatización. El Fondo Monetario Internacional estima que la robotización y automatización “desplazará” a 92 millones de trabajadores, pero generará 170 millones de empleos nuevos.

 

Ambas subindustrias generan en la economía mundial una producción de casi 400 mil millones de dólares.

 

Más allá de las tres leyes de la robótica, estoy seguro que todos los robots deben de estar programados como personaje de T-800 cuando rescata al joven Jonh Connor en la película Terminator 2, al decir: “Fui programado para servirte” y si colaboran en la satisfacción de necesidades que mejor.

 

Las bolsas de Hermes

Francisco Tobías

Una de las funciones del dinero es ser depósito de valor, es decir sirve para resguardar el consumo, con el dinero puedes consumir hoy, mañana o en un mes. Cuando existe inflación, cosa que siempre sucede, la gente resguarda el dinero en inversiones, mediante las cuales obtienen una “utilidad”, por medio de los intereses, los cuales deben de ser mayores que la inflación con el fin de no perder valor.

 

Cuando existe incertidumbre económica y financiera, las inversiones “tradicionales” parecen no funcionar, por ello la gente recurre a inversiones distintas, más sólidas, como lo son los metales preciosos; por ejemplo, el valor del oro en el último año ha subido más del 25 por ciento. El precio de la plata ha aumentado más que el del oro, pues desde mediados del 2025 a la fecha su precio ha subido aproximadamente 70 por ciento. Es importante aclarar, para evitar alguna confusión, que no por el hecho de que el precio de la plata aumento, en proporción, más que el oro, su precio es mayor que la del oro.

 

También existen otras inversiones como lo son las obras de arte, las joyas y algunas marcas de relojes como lo es Rolex, cuyos precios pueden subir hasta 30 por ciento. Incluso artículos como algunas bolsas de mano para damas se han convertido en excelentes depósitos de valor y no por guardar dinero en su interior, sino por el valor de la misma bolsa.

 

La marca Hermes, que hace referencia al dios griego de los viajeros, del comercio, del ingenio y de los ladrones; la cual es una casa de moda y artículos de lujo, cuyos orígenes están en Paris desde al año de 1847, fabrica y vende; entre muchos otros artículos, dos bolsos de mano icónicos, los modelos Birkin y Kelly, que se han convertido en activos de reserva de valor.

 

Para darnos una idea el índice Dow Jones de la Bolsa de Valores de Nueva York, crece en promedio 8 por ciento, es decir que si ahorramos en ese tipo de inversión 100 dólares en un año obtendríamos 8 de “ganancia”, en ese mismo periodo el valor de una bolsa Birkin de Hermes aumenta casi un 15 por ciento en su valor de reventa.

 

Varios modelos de bolsos Hermes se han convertido en verdaderos refugios de valor, con rendimientos; en su reventa, mayores al del oro o la plata.

 

La bolsa Birkini además de ser la bolsa más cara del mercado pareciera que es la inversión más “rentable”, los motivos de sus altos precios son varios, como la poca producción de estos bienes de lujo, son elaboradas a mano, cada bolsa es fabricada por un artista, las barreras que hay para adquirirlas nuevas; para poder comprar una de estas bolsas debes de tener un historial en la casa de moda Hermes. Todo esto ocasionando que, en su mercado secundario, es decir el de la reventa, sus precios aumenten desde un 30 hasta un 100 por ciento.

 

Un artículo de lujo, un accesorio para las mujeres cuyo precio en la boutique empieza en 10 mil, alcanzando el estratosférico precio de 250 mil dólares se ha convertido en la inversión más redituable.

 

El dios griego Hermes fue el más astuto, embaucador y travieso de los huéspedes del Olimpo. Se atrevió a tanto que fue capaz de robar el tridente a Poseidón, el cinturón a Afrodita y hasta las flechas a Artemisa; aquí en la tierra tenemos las bolsas Hermes que parece que embabucan el mercado, logrando convertirse en el mejor depósito de valor.

 

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