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Desde mi escritorio:Saltillo: rumbo a los 450 años de historia

Héctor Reyes

  

El próximo sábado 25 de julio, Saltillo llegará a 449 años de historia. No se trata de un aniversario más. En realidad, representa el inicio de la cuenta regresiva hacia una fecha que pocas ciudades en México pueden presumir: el cumplimiento de 450 años de fundación en 2027.

 

Durante casi cuatro siglos y medio, Saltillo ha sabido reinventarse. Pasó de ser una villa estratégica del noreste novohispano a convertirse en el corazón político, económico y administrativo de Coahuila. Su desarrollo industrial, particularmente en el sector automotriz y manufacturero, le ha permitido posicionarse entre las ciudades más competitivas de México. A ello se suma una fortaleza institucional que ha contribuido a mantener indicadores favorables en seguridad, aspecto que hoy representa uno de sus principales activos.

 

Sin embargo, alcanzar los 450 años también obliga a reflexionar sobre los retos que tiene por delante. El abastecimiento de agua, la movilidad urbana, el crecimiento ordenado de la mancha urbana, mantenimiento de vialidades, la preservación del patrimonio histórico y la necesidad de generar mayores espacios recreativos, entre otros, serán temas que inevitablemente deberán formar parte de la discusión pública durante los próximos años.

 

El contexto en el que llegará este aniversario será particularmente interesante. El año 2027 estará marcado por un intenso ambiente político derivado de los procesos electorales que se aproximan. Sin duda, la efervescencia política ocupará una parte de la conversación pública; sin embargo, existe la oportunidad de que la celebración de los 450 años se convierta en un punto de encuentro para la sociedad saltillense, por encima de colores partidistas e intereses coyunturales.

 

Las grandes ciudades construyen identidad cuando son capaces de reconocer su pasado y proyectar su futuro. Saltillo tiene la oportunidad de hacerlo a través de una celebración que honre su historia, pero que también permita imaginar la ciudad que quiere ser en las próximas décadas.

 

Por ello resulta alentador que dentro de los preparativos para esta conmemoración se haya planteado la participación y liderazgo de Raúl López Gutiérrez en el comité organizador de los festejos. Su trayectoria habla por sí sola. Actual presidente del Patronato del Museo de los Presidentes Coahuilenses, Raúl ha destacado por su capacidad para organizar eventos de gran relevancia, por su permanente labor de divulgación histórica y por su defensa de las raíces y tradiciones de esta región.

 

 

Conocedor profundo de la historia de Saltillo, pero también de Ramos Arizpe, municipio con el que mantiene un fuerte vínculo familiar a través de su ascendencia ligada al general Eulalio Gutiérrez Ortiz, Raúl reúne experiencia, conocimiento y sensibilidad para encabezar un proyecto de esta magnitud.

 

La organización de una celebración tan significativa está en buenas manos. Además, el trabajo coordinado con integrantes de la administración municipal que encabeza el alcalde Javier Díaz González, entre ellos César Iván Moreno y Lety Rodarte, así como otros funcionarios y representantes de diversos sectores, permitirá construir una agenda plural y acorde a la importancia histórica del acontecimiento.

 

Los 449 años que Saltillo cumplirá este mes son mucho más que una cifra. Son el umbral de una celebración que debe convertirse en motivo de orgullo para generaciones enteras. Es momento de comenzar a mirar hacia el 2027 con visión, responsabilidad y entusiasmo.

 

Porque los 450 años de Saltillo no serán solamente una fiesta para recordar el pasado. Deberán ser, sobre todo, una oportunidad para definir el futuro de una ciudad que, a casi cuatro siglos y medio de su fundación, sigue escribiendo una de las historias más importantes del norte de México.

 

Buen fin de semana, la frase: No entrenes tu cerebro para ver sólo lo negativo. ¡Ánimo! 

 

X:_hreyes

 

 

 

Desde mi escritorio: El desafío que se aproxima: ¿puede perder México su ventaja automotriz?

Héctor Reyes

Durante más de tres décadas, México construyó una de las industrias automotrices más sólidas del mundo. La cercanía con Estados Unidos, la red de tratados comerciales, la mano de obra especializada y una cadena de suministro altamente integrada con Norteamérica permitieron que entidades como Guanajuato, Nuevo León, Coahuila, Puebla y el Estado de México se convirtieran en auténticos polos de desarrollo industrial. Sin embargo, los anuncios recientes de diversas armadoras comienzan a encender señales de alerta que no deben ignorarse.

 

La decisión de Toyota de trasladar la producción de la camioneta Tacoma de Tijuana a San Antonio, Texas, no puede verse como un hecho aislado. Se suma a movimientos previos de General Motors, que ha fortalecido su capacidad productiva en Estados Unidos para modelos actualmente ensamblados en México, así como a las estrategias de Hyundai para incrementar su abastecimiento dentro del territorio estadounidense. Nissan, por su parte, también ha realizado ajustes importantes al suspender exportaciones y detener la producción de algunos modelos destinados principalmente al mercado norteamericano.

 

Lo que está ocurriendo no responde únicamente a decisiones corporativas. Detrás de estos movimientos existe un factor político y económico de gran peso: la incertidumbre generada por la política comercial estadounidense y la permanencia de aranceles impulsados por el presidente Donald Trump. Aunque el T-MEC sigue vigente, la imposición de gravámenes y las dudas sobre el futuro de la integración regional están obligando a las empresas a replantear sus estrategias de producción.

 

La industria automotriz toma decisiones con visión de largo plazo. Las inversiones se planean para décadas, no para meses. Cuando una empresa percibe riesgos en el entorno regulatorio o comercial, comienza a diversificar operaciones, acercar cadenas de suministro o trasladar procesos hacia donde considere que tendrá mayor certidumbre. Es precisamente esa palabra, certidumbre, la que hoy parece estar faltando.

 

Para México, el riesgo va mucho más allá de la pérdida de algunas líneas de producción. La industria automotriz representa millones de empleos directos e indirectos, exportaciones por miles de millones de dólares y el desarrollo de regiones enteras.

 

Sin embargo, nuestro país conserva ventajas competitivas difíciles de replicar. La experiencia de su fuerza laboral, la infraestructura instalada, la ubicación geográfica y la integración de cadenas productivas siguen siendo activos de enorme valor. Mover una planta no es tan sencillo como cambiar una oficina; implica inversiones multimillonarias y años de adaptación.

 

La historia económica reciente demuestra que las grandes transformaciones comienzan con pequeños movimientos. Hoy son algunos modelos y algunas líneas de producción. Mañana podrían ser inversiones completas si México no responde con rapidez y claridad.

 

La pregunta ya no es si existe riesgo para la industria automotriz nacional. La verdadera pregunta es si México, por medio del Gobierno Federal, está preparado para competir en una nueva etapa donde la geopolítica, los aranceles y la seguridad económica pesan tanto como la productividad.

 

El futuro de miles de empleos y de una de las industrias más importantes del país dependerá de la respuesta que se dé a esa pregunta.

 

Buen fin de semana, la frase: Jamás te olvides de sonreír. ¡Ánimo!

 

X:_hreyes

 

 

 

Desde mi escritorio: ¿Y si, sí?

Héctor Reyes

Hay victorias que entregan tres puntos. Otras, en cambio, devuelven algo mucho más valioso: la ilusión.

Eso es exactamente lo que ha ocurrido con la Selección Mexicana de Fútbol, en este Mundial. Después de la actuación de este miércoles sobre Chequia, con un marcador de 3-0 y que muchos califican como la mejor en años, el país ha vuelto a hablar de fútbol con esperanza y no con resignación. De pronto, las críticas que durante meses acompañaron al equipo quedaron en segundo plano y fueron sustituidas por una pregunta que hoy domina las conversaciones, las redes sociales y hasta las reuniones familiares: ¿Y si, sí?

 

La frase no nació como un eslogan oficial de la Federación Mexicana de Fútbol. Su origen se encuentra en publicaciones espontáneas de aficionados, creadores de contenido y comentaristas deportivos que comenzaron a utilizarla como una forma de desafiar el pesimismo histórico que ha acompañado al Tricolor. La expresión se volvió viral precisamente porque resume el sentimiento de millones de mexicanos: sabemos que el reto es enorme, pero, ¿y si esta vez la historia es diferente?.

 

Y es que el fútbol tiene esa capacidad única de reconciliar a un país consigo mismo. México podrá debatir durante todo el año sobre el manejo de la Liga MX, la multipropiedad, las decisiones de los directivos, la falta de ascenso y descenso o las oportunidades para los jóvenes talentos. Sin embargo, cuando llega un Mundial, todo cambia. La camiseta verde vuelve a convertirse en un símbolo nacional capaz de reunir generaciones enteras frente a una pantalla.

 

No existe otro acontecimiento deportivo que provoque semejante fenómeno social. Las calles se pintan de verde, blanco y rojo; los restaurantes y plazas públicas se convierten en improvisadas tribunas; familias enteras detienen su rutina durante noventa minutos. El Mundial deja de ser solamente un torneo de fútbol para transformarse en un espacio de identidad colectiva.

 

Los mexicanos sabemos celebrar. Lo hacemos con creatividad, con humor, como el grito de “quiere volar, quiere volar”, agarran a una persona y la avientan al aire entre varios, con música y con una pasión difícil de igualar. Durante unas horas desaparecen las diferencias políticas, económicas o sociales. Se olvidan, aunque sea momentáneamente, la violencia, la incertidumbre económica y las preocupaciones cotidianas. El balón consigue algo que muy pocas cosas logran: unir a millones de personas bajo una misma emoción.

 

 

 

Claro que la prudencia también tiene su lugar. La historia mundialista de México ha estado marcada por grandes actuaciones seguidas de dolorosas eliminaciones. La experiencia invita a no dar nada por sentado. Pero tampoco se puede condenar a una afición a vivir permanentemente desde el escepticismo. La ilusión también forma parte del deporte.

 

Quizá el verdadero triunfo de esta Selección no sea únicamente haber ganado un partido. Su mayor victoria ha sido recuperar la confianza de una afición que llevaba mucho tiempo sintiéndose distante del equipo nacional. Hoy los niños vuelven a ponerse la camiseta con orgullo, los adultos vuelven a discutir alineaciones con entusiasmo y el país entero vuelve a imaginar escenarios que hace apenas unas semanas parecían imposibles.

 

Porque al final, el deporte vive precisamente de eso: de desafiar los pronósticos.

 

Y si esta generación logra romper las barreras históricas, será inolvidable. Pero incluso si el camino termina antes de lo esperado, ya consiguió algo que parecía perdido: hacer que millones de mexicanos vuelvan a creer.

 

¿Y si, sí? Quizá esa pregunta sea, por ahora, la mayor victoria del fútbol mexicano. 

 

Porque los grandes logros de la historia siempre comenzaron exactamente igual: con alguien que se atrevió a creer cuando casi nadie lo hacía.

 

Bien dijo el Chicharito: Imaginémonos cosas chingonas.

 

Buen fin de semana, la frase: Las ideas se roban, el talento… jamás. ¡Ánimo!

 

Desde Mi Escritorio: ¿Y si sí? Parte II


Héctor Reyes

Como comentamos en la pasada entrega, aquí Desde Mi Escritorio, hay frases que nacen en una campaña publicitaria, en una conversación casual o en una publicación de redes sociales, y terminan convirtiéndose en un estado de ánimo colectivo. Eso es precisamente lo que ha ocurrido con el ya famoso “¿Y si sí?”, una expresión que se ha apoderado del imaginario mexicano durante esta Copa del Mundo y que hoy vuelve a cobrar una fuerza inusitada tras la contundente victoria de la Selección Mexicana sobre Ecuador.

 

Hace apenas unos días, la frase era una mezcla de esperanza, ironía y cautela. Hoy, después del triunfo de 2-0 frente al conjunto sudamericano, se ha transformado en una pregunta legítima que millones de mexicanos se hacen con absoluta seriedad. ¿Y si sí se puede? ¿Y si sí llega México más lejos que nunca? ¿Y si sí estamos ante una generación capaz de romper las barreras históricas del fútbol nacional?

 

La actuación del equipo mexicano ante Ecuador fue, para muchos analistas y aficionados, una de las más completas de los últimos años. Orden táctico, intensidad, personalidad y una contundencia pocas veces vista en escenarios mundialistas permitieron sellar el boleto a los octavos de final. No fue una victoria producto de la casualidad o de una genialidad aislada; fue el resultado de un equipo que jugó convencido de sus capacidades y que mostró una identidad futbolística que durante mucho tiempo pareció ausente.

 

Y es precisamente ahí donde la frase encuentra su verdadera dimensión. El “¿Y si sí?” no habla únicamente de fútbol. Habla de la posibilidad de creer nuevamente. Habla de una sociedad acostumbrada a las dificultades, a los desencantos y a las críticas permanentes, que encuentra en el deporte un espacio para ilusionarse.

 

Ahora el reto es monumental. Enfrente estará la poderosa selección de Inglaterra, una de las grandes favoritas del torneo y un conjunto plagado de figuras internacionales. Nombres como Jude Bellingham, Harry Kane, Phil Foden, Bukayo Saka y Declan Rice representan el poderío de una escuadra construida para competir por el título mundial.

 

Sin embargo, algo ha cambiado en el ánimo colectivo. En otros tiempos, la conversación giraba alrededor de cuántos goles podría recibir México o qué tan complicada sería la eliminación. Hoy la narrativa es distinta. Hoy la pregunta dominante es precisamente esa: ¿Y si sí?

 

Las plazas públicas, los restaurantes, los centros de trabajo y las redes sociales reflejan una energía difícil de ignorar. Personas de distintas edades, ideologías y condiciones sociales encuentran un punto de coincidencia alrededor de la camiseta verde. Durante noventa minutos desaparecen las diferencias políticas, las discusiones cotidianas y los problemas económicos. El fútbol vuelve a convertirse en un lenguaje común que une a millones.

 

No significa que los problemas del país desaparezcan. La inseguridad, los retos económicos, las diferencias políticas y las preocupaciones sociales siguen ahí. Pero el Mundial ofrece algo que pocas cosas consiguen: una pausa emocional colectiva. Un momento para celebrar, convivir y recordar que también existen razones para compartir alegría.

 

El próximo domingo México vivirá una jornada que promete ser histórica. Desde temprana hora comenzarán las reuniones familiares, los desayunos improvisados, las camisetas verdes en las calles, en las misas dominicales y las apuestas entre amigos. Las plazas públicas y los espacios habilitados para observar el encuentro volverán a llenarse de familias enteras que compartirán nervios, esperanza y emoción.

 

Se espera un ambiente futbolero pocas veces visto. El país entero estará pendiente de un mismo partido y de una misma posibilidad.

 

Porque más allá del resultado final, algo ya ganó México en este Mundial: la capacidad de volver a creer.

 

Y mientras rueda el balón frente a Inglaterra, millones de voces repetirán la frase que se ha convertido en el lema no oficial de esta generación mundialista: ¿Y si sí?... 

 

Buen fin de semana, la frase: "Si nunca lo intentas, nunca lo sabrás". ¡Ánimo!

 X:_hreyes

 

 

Desde mi escritorio:El Mundial de los contrastes

Héctor Reyes 

El Mundial 2026 ha comenzado exhibiendo una serie de contrastes que reflejan no sólo los desafíos de organizar el evento deportivo más importante del planeta, sino también algunas de las contradicciones de la vida pública nacional.

 

Desde los días previos a la inauguración, las alertas estuvieron encendidas. Las fuertes lluvias registradas en la capital provocaron inundaciones, afectaciones al transporte público y complicaciones de movilidad para miles de asistentes. A ello se sumaron advertencias por posibles manifestaciones sociales en las inmediaciones del estadio y los inevitables congestionamientos viales que acompañan a cualquier evento de esta magnitud. 

 

La historia se repitió en distintos puntos de Norteamérica. Problemas de transporte en Miami dejaron a cientos de aficionados sin poder ingresar a tiempo a los encuentros; en otras sedes, las tormentas obligaron a modificar actividades y cerrar espacios para aficionados. El Mundial de 2026 ha demostrado que la logística es tan importante como el fútbol mismo.

 

Pero quizá el hecho más comentado en México fue la ausencia de la presidenta Claudia Sheinbaum durante la ceremonia inaugural. Días después, la mandataria explicó que no acudió porque consideró excesivos los costos de los boletos y sostuvo que su gobierno no necesita “codearse arriba” para estar cerca del pueblo. 

 

La explicación puede resultar válida para algunos sectores, pero el debate trasciende el tema de un asiento en el estadio. La inauguración de una Copa del Mundo no es solamente un partido de fútbol; es un acto de representación nacional. En 1970, el presidente Gustavo Díaz Ordaz estuvo presente durante el arranque del torneo que colocó a México como pionero del fútbol global. En 1986, el gobierno encabezado por Miguel de la Madrid también hizo acto de presencia en una ceremonia que buscaba mostrar la recuperación del país tras la crisis económica y el terremoto de 1985. 

 

Por ello, la ausencia presidencial en 2026 podría convertirse en un capítulo singular dentro de la historia de los mundiales celebrados en territorio mexicano, porque quizá ya no se vuelva a ver esta justa deportiva en nuestro país, en muchos años. 

 

No se trata de una obligación protocolaria, sino de un símbolo. Cuando un país organiza un evento de esta magnitud, el jefe de Estado suele fungir como anfitrión ante millones de espectadores alrededor del planeta. La imagen que quedó fue la de una presidenta celebrando a distancia, mientras el escenario principal se desarrollaba en otro sitio.

 

Mientras tanto, dentro de la cancha el espectáculo apenas comienza. Fuera de ella, ya se escriben las historias que permanecerán en la memoria colectiva: las lluvias, las protestas, los problemas de movilidad, los precios elevados y la inédita ausencia de la Presidenta en la última inauguración mundialista realizada en suelo mexicano, la cual decidió no ocupar el lugar que tradicionalmente había correspondido a los presidentes de México.

 

Tal vez dentro de algunos años recordemos quién levantó la copa. Pero también es probable que este Mundial sea recordado como el torneo de los contrastes: el de la organización histórica y las complicaciones modernas; el de la fiesta global y los problemas locales; donde México como país anfitrión, volvió a hacer historia.

 

Porque los mundiales no sólo se juegan en la cancha. También se juegan en el terreno de los símbolos. Y en ese partido, la ausencia también comunica.

 

Buen fin de semana, la frase: La vida tiene dos caras, elige la mejor. ¡Ánimo!

 

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