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Liberarse del resentimiento

Susana Cepeda Islas

Los videntes y estudiosos del tema de la espiritualidad afirman que en el 2026 se abre un portal energético numérico 1.1.1. Esta alineación es triple y, por ello, muy poderosa. Este año vibra en la frecuencia 1 que simboliza el inicio, la unidad y la fuerza para alcanzar metas. Por lo tanto, se incrementarán la intuición, la percepción y la creatividad. Asimismo, se fortalecerá la conexión con nosotros mismos, lo que permitirá que se cumplan todos nuestros deseos.

Es una buena noticia, ya que se pronóstica un excelente año para todos. Es un buen momento para iniciar el 2026 con nuevos bríos. Por ello, se presenta una oportunidad para liberarnos del resentimiento, el enojo y la ira hacia quienes nos han dañado, y dejar ir pensamientos y emociones tóxicas, entre otras situaciones negativas. Algunas personas, por ignorancia, nos tratan mal, nos menosprecian, no cumplen sus promesas, nos traicionan, mienten o abusan de nosotros. Aprovechemos las bondades que ofrece este año para liberarnos de esos pensamientos negativos a través del perdón.

La palabra perdón viene del latín perdonare, que significa “dar completamente” o “regalar por completo”. En el diccionario de la Real Academia Española significa: “remitir la deuda, ofensa, falta, delito u otra cosa”. Para la biblia el perdón es una decisión de dejar ir el rencor y la amargura, eligiendo la misericordia sobre la venganza. Realmente, es una decisión dejar de alimentar el resentimiento; esta elección permite seguir adelante y disfrutar los buenos momentos en vez de quedarnos dando vueltas a la acción que nos dañó y dejar de vivir lo que realmente importa y alimenta el alma.

Cambiemos de chip sobre las situaciones que nos causan dolor. Somos expertos en revivir la ofensa constantemente, una y otra vez, lo que nos lleva a la frustración, la decepción, la ira y la amargura, sobre todo si quien nos hizo daño es alguien que nos importa. En un curso que tomé sobre budismo nos explicaban que existe una cita popular atribuida a Buda que dice: “Aferrarse al odio, es como tomar veneno y esperar que la otra persona muera”. Por supuesto, el odio es dañino para uno mismo, somos nosotros quienes pagamos un alto precio. Quien se enferma de odio somos nosotros, mientras tanto la otra persona va por la vida muy campante. Es recomendable perdonar, aunque resulta complicado entenderlo y hacerlo, porque nunca se olvida a la persona que nos ofendió o lastimó.

La psicología dice que el perdón tiene etapas como: reconocer el daño; aceptar las emociones; tomar la decisión de perdonar; ser empáticos; dejar el resentimiento. Perdonar no significa volver a ponernos de tapete para que nos pisoteen; es entender las causas que provocaron el comportamiento de la persona que nos causó daño. Cuando logramos perdonar, somos capaces de ver a esa persona a los ojos y no sentir dolor de estómago, incomodidad, ni resentimiento, sino comprender las causas de su comportamiento. En ese maravilloso momento entenderemos el alivio que se experimenta al liberarte de sus garras. ¡Ganamos!

Si liberamos el odio y somos capaces de perdonar, automáticamente nos despojamos de los sentimientos negativos. Logramos autocuidarnos emocionalmente, sanar heridas, desarrollar la empatía, comprender las imperfecciones humanas. Santa Teresa de Calcuta comentaba que: “El perdón es una decisión, no un sentimiento…”. Así, nosotros elegimos que camino tomar; no olvidemos que el perdón nos permite avanzar y llevar una vida plena.

Buenos momentos para la reflexión

Susana Cepeda Islas

Se acerca otro fin de año y considero que es un buen momento para reflexionar, darnos el tiempo necesario para hacer un alto. De esta forma, podemos evaluar nuestras acciones. Es recomendable que nos conectemos internamente para iniciar ese diálogo: mirar atrás, analizar qué hicimos bien o mal y, posteriormente, visualizar el futuro y proyectar nuevos propósitos. Profundizar en nosotros mismos nos permite el autoconocimiento, de manera que hacerlo nos ayudará a enfocarnos en lo que realmente queremos o deseamos.

Pensar detenidamente nos permite comprender las situaciones o experiencias que vivimos, según lo que nos haya sucedido durante este periodo de vida, ya sea la muerte de un ser querido, una enfermedad, un suceso desagradable o, por el contrario, si obtuvimos alguna recompensa o metas alcanzadas. En fin, cosas que pueden alterar o no, en un segundo, el rumbo de la vida. A veces, no entendemos que es imposible cambiar la realidad.

Leí una frase hace algún tiempo que me pareció interesante y que hoy le comparto: “Tienes el poder sobre tu mente, no sobre los eventos externos. Date cuenta de esto, y encontrarás fuerza”. Esta hermosa verdad es del gran filósofo Marco Aurelio, quien con gran sabiduría nos enseña que el único poder real que tenemos es simple: controlar nuestro interior, no lo que sucede en el exterior. Si logramos entenderlo, ganamos serenidad y evitamos el sufrimiento. Cuántas veces en el tránsito por esta vida, le damos más peso al exterior, a cosas que suceden y que no podemos modificar porque no depende de nosotros.

Si ya estamos listos para hacer nuestros propósitos para este 2026, le recomiendo que antes examine los que elaboró para 2025, por ejemplo: hacer ejercicio, comer sano, ahorrar dinero, aprender un idioma, dedicar más tiempo a la familia y amigos, dejar de fumar o beber, comprarse casa o un auto nuevo, cambiar de empleo. Revise su lista para corroborar cuáles de todos los propósitos sí fueron cumplidos y, si no, reflexione por qué no fue así.

Le comparto el ejercicio que realizó en estas fechas. No me propongo una gran lista de propósitos, procuro que sean pocos y, sobre todo, realistas para poder cumplirlos sin problema alguno. Esto también me ayuda a entender qué sucedió con los que quedaron inconclusos y qué eventos me impidieron realizarlos. Al hacerlo, he comprobado que los propósitos se logran con disciplina, es decir, emprender las acciones de forma ordenada, siguiendo las reglas; también con perseverancia, mantener el esfuerzo firme para lograr el objetivo, a pesar de los obstáculos que se presenten en el camino, como el cansancio o la falta de ánimo; y, finalmente, con compromiso, esa promesa con uno mismo de cumplir con responsabilidad lo que nos hemos propuesto.

Es mejor ir a lo seguro y realizar pocas acciones, ya que se tiene la certeza de que concuerdan con tus capacidades y tu experiencia; además, existe la seguridad de que darán buenos resultados. Actuar de esta manera hará florecer la esperanza de alcanzar propósitos mayores. Surgirá un cúmulo de buenos sentimientos, como la alegría, el orgullo y la satisfacción que en conjunto provocarán una gran felicidad.

Finalmente, estimado lector, quiero agradecer su presencia este año, al leer mis reflexiones, las cuales tienen el propósito de contribuir a ser mejores personas y, por ende, mejores ciudadanos. Espero haber logrado mi objetivo al escribir cada semana mis mensajes. No me resta más que desearle un 2026 lleno de salud y abundancia en todos los sentidos, con éxitos personales y profesionales, y que, por supuesto, no olvide de ser feliz.

No olvidemos los buenos modales

Susana Cepeda Islas

El tiempo domina nuestra vida y tiene implicaciones en todas las acciones que realizamos cotidianamente. Le damos prioridad y, por ello, vivimos con prisa. Algunas de las causas se deben a la presión social o el miedo de no poder cumplir con los compromisos adquiridos. Pensamos que si no cumplimos podemos perder buenas oportunidades y, entonces, no paramos. Creemos que siempre nos hace falta tiempo. El problema es que, al hacer todo de prisa, no procesamos adecuadamente nuestro comportamiento.

Es bueno hacer un alto y reflexionar, pues no deja nada bueno hacer las cosas aprisa. Por ejemplo, nos estamos olvidando de la importancia de tener buenos modales, que se definen como el conjunto de normas de comportamiento y acciones que demuestran cortesía, respeto y, por lo tanto, buena educación hacia las personas, animales o cosas. Estos permiten una convivencia armoniosa, generan un ambiente de confianza. Es fácil comprobar esta afirmación: si acude a cualquier tipo de servicio y lo atiende una persona amigable y respetuosa, se siente bien atendido, aunque no le resuelvan lo solicitado.

El origen de los buenos modales, según los estudiosos del tema, inicia con los antiguos romanos, quienes dieron el nombre de urbanitas para describir la buena educación en la vida cotidiana. Posteriormente, Erasmo de Róterdam escribió un libro sobre las buenas maneras o modales en 1530. Más tarde, el venezolano Manuel Antonio Carreño, músico y pedagogo escribe su famoso Manual de urbanidad y buenas costumbres para uso de la juventud de ambos sexos en 1853, donde explica a detalle el comportamiento que deben tener las personas en sociedad, tanto en lugares públicos como privados, publicación aún vigente en nuestros tiempos.

Cuando me trasladé de la Ciudad de México a Saltillo —ciudad maravillosa— hace ya algunos años, me asombraba la costumbre de los saltillenses de saludar a las personas sin conocerse, ya fuera en la calle, supermercado, sitios de diversión o en cualquier lugar. Fue un choque cultural, pues venía de una ciudad donde la prioridad era sobrevivir a la vorágine, donde gana el más astuto. Es una población con buenos modales; ojalá la juventud no pierda esta hermosa costumbre de dar los buenos días, las buenas tardes o noches a todos.

Los buenos modales se clasifican dependiendo las costumbres de cada entorno; sin embargo, hay buenos modales que son universales, como: saludar al llegar y despedirse al retirarse; pedir las cosas por favor y dar las gracias al recibirlas; ayudar a las personas cuando sea necesario; ser puntuales; escuchar atentamente cuando alguien habla; respetar la privacidad de los demás; argumentar ideas con respeto hacia el interlocutor; y pedir disculpas cuando se comete un error. Considero que, con estas pocas acciones, lograremos un cordial comportamiento ciudadano.

En el ambiente familiar se enseñan y aprenden los buenos modales. Los responsables de hacerlo son los padres. La mejor manera de educar en este sentido es con el ejemplo: si los niños crecen en un ambiente donde se usa un lenguaje cortés y respetuoso serán personas responsables. La escuela es también responsable de difundirlos y ponerlos en práctica, de esta manera se construye una sociedad afable que tanta falta hace en la actualidad.

Querido lector lo invito a no permitir que olvidemos los buenos modales, difundámoslos en todos nuestros ambientes. Debemos tener siempre presente la importancia de ser amables, cordiales y atentos. No dejar en el olvido que se aprende en el hogar, se fomenta en la escuela y se refuerza en la sociedad, de esta forma edificaremos una sociedad donde el pilar sea el respeto.

Ahora ya nada importa

Susana Cepeda Islas

En la actualidad, para un gran número de personas, la existencia y los esfuerzos humanos carecen de sentido, lo que provoca una grave enfermedad social que conduce al deterioro colectivo.  Los síntomas son diversos; por mencionar algunos: la vida ya no se valora, las personas se ven dominadas por la apatía, se incrementa la falta de motivación y la desesperanza, y con ellos, surgen los problemas de salud mental y la inevitable anhedonia. Se experimenta una profunda sensación de falta de significado en la vida.

Todos los días recibimos noticias sumamente desagradables en los medios de comunicación y en las redes sociales, donde se reproducen imágenes de escenas de guerra y personas destrozadas como consecuencia de los misiles; inundaciones en las que se observa cómo la corriente feroz arrastra vidas; ataques de individuos que disparan sin ton ni son contra quienes se encuentran en centros comerciales, escuelas o espacios públicos. A ello se suman los constantes anuncios de crisis económicas y políticas. Todo esto altera considerablemente el clima social y genera un profundo desaliento.

Yo no sé usted, pero sinceramente no entiendo en qué mundo vivimos. Por un lado, resulta irónico que el día en que los ciudadanos cansados de la violencia que se vive en el país se manifestaron para exigir paz, fueran agredidos sin distinción de edad o sexo; y, por otro, que posteriormente el gobierno federal convocara a “festejar” los 7 años del triunfo de la llamada 4T. Ese mismo día en el estado de Michoacán un vehículo estalló dejando personas muertas y heridas. Lo más grave es que en ese lugar asesinaron a Carlos Manzo, quien suplicaba apoyo para combatir al narcotráfico. ¿Qué podemos esperar si, para quienes conducen el país, la vida de gente inocente no tiene la menor importancia? Estos hechos causan desaliento, frustración, miedo y estrés, entre otras manifestaciones.

Esta situación me lleva a la pregunta: ¿Por qué ya nada importa? Estudios psicológicos y sociológicos sobre el tema han llegado a la conclusión que es una combinación de factores tanto psicológicos como culturales que provocan apatía social y desmotivación. Vivimos momentos muy complejos y de gran incertidumbre, lo que nos conduce a una pérdida de sentido y una gran ausencia de expectativas, generando ese vacío emocional y la incapacidad de sentir placer.

En mi adolescencia recuerdo las palabras de mis padres: “estudia una carrera para que tengas de qué vivir dignamente” y así lo hicimos. Hoy, estos anhelos ya no se cumplen, La sociedad moderna no ofrece a los jóvenes suficientes oportunidades laborales, menos aún, una mejor calidad de vida. Esto provoca una desvalorización de la cultura del esfuerzo y fomenta el consumismo, la obtención de todo de manera fácil y rápida, así como la falta de conocimiento para enfrentar los retos y desafíos que plantea la vida en sociedad.

Me preocupa la apatía social, pues afecta de manera considerable la calidad de vida de los ciudadanos. Esa falta de interés, motivación y respuesta ante las situaciones que nos afectan a todos. Es necesario despertar de ese letargo, reflexionar y cambiar la actitud ante la realidad que estamos viviendo. Es obligatorio comprender que es hora de proponer y participar activamente, de asumir las responsabilidades que nos corresponden, tomar decisiones, recuperar la fe, y luchar para transformar esta realidad,

Sí, en verdad es posible revertir la apatía social si buscamos estrategias efectivas para salir de ese estado negativo, como realizar trabajo voluntario en alguna asociación, donde el apoyo resulta especialmente valioso en estos momentos. También es importante integrarse a reuniones o grupos de defensa local y fomentar los lazos con los vecinos. Estoy convencida de que, con pequeñas acciones podemos contribuir de manera positiva a la sociedad. Al involucrarnos en los problemas de la comunidad y realizar esfuerzos colectivos, por modestos que parezcan, lograremos construir una sociedad más comprometida y participativa, por ello, cuidemos nuestra participación política y reflexionemos a la hora de emitir nuestro voto electoral. No olvidemos que la conciencia social inicia cuando sufres por lo que no afecta directamente.

El poder de la asertividad

Susana Cepeda Islas

Estamos inmersos en un mundo donde las relaciones humanas son cada día más complicadas, se manifiestan en:  falta de empatía, de comunicación, de expectativas reprimidas, incapacidad para controlar los sentimientos, entre otras. Hace poco me apareció en el celular un video donde una señora acude a un establecimiento para comprar una sopa y se enoja de manera espectacular con la trabajadora porque estaba demasiado caliente, le reclama de manera grosera y es tanta su furia que le avienta a la cara la sopa provocándole graves quemaduras en el rostro, todo por algo estúpido, al no poder controlar su enojo y su frustración explota con la persona menos indicada.

Estas conductas definitivamente son reprobables, por una tontería haces un daño irreversible al prójimo. Desafortunadamente este tipo de comportamientos son cada día más frecuentes en la sociedad. La frustración, ira, la impotencia son producto de no poder satisfacer algún deseo o de alcanzar los propósitos, producto de un encontronazo entre lo idealizado y lo real, ya sea por expectativas poco realistas, falta de recursos, dificultad para adaptarse, presiones sociales, obstáculos inesperados. Emociones que se manifiestan de manera recurrente y de forma inesperada.

La propuesta para evitar sentirnos vulnerables ante estos sentimientos negativos y destructivos es entender el poder de la asertividad, es decir, desarrollar la habilidad para expresar nuestros sentimientos de una manera respetuosa y franca, podemos exigir nuestros derechos sin agredir, buscando un diálogo adecuado, donde se manifieste el entendimiento de ambas posturas por muy antagónicas que sean. Todas las personas tienen deseos, pensamientos, necesidades, ideales, sin embargo, no siempre se comparten con los demás y aun así merecen ser respetados. Decir lo que se piensa y no estar de acuerdo con el colectivo es válido, pero se debe expresar sin agresión.

Ser asertivo significa entender la conducta que nos molesta y evitar ponerse a la defensiva, es más sensato hacer lo necesario para mantener una comunicación constructiva, para entender las opiniones diferentes los desacuerdos o conflictos. No es sencillo comportarse de esta manera, frecuentemente nos arrastra el sentimiento. Escoger esta conducta no quiere decir que nos manipulen, al contrario, es evitar la cólera que lo único que pasa al manifestarse en nosotros, es que decimos palabras que no sentimos con el objetivo de herir a la persona, de intimidarla, de controlarla y menospreciarla, se pierde totalmente el control y nos cegamos.

Ya lo decía Aristóteles que la virtud está en el término medio, que es la búsqueda del punto intermedio entre dos extremos. El equilibrio es relativo en cada persona, es ese justo medio por ejemplo entre cobardía y valentía. La perfección está en el equilibrio y los seres humanos no somos perfectos, siempre nos inclinamos más hacia un lado u otro, no logramos mantenernos en equilibrio, lo meritorio es acercarnos a él y no irnos a los extremos.

Los estudiosos del tema recomiendan lo siguiente para ser asertivos: lo primero es ser honestos, hacernos responsables de nuestras emociones, escuchar con atención, ser empáticos y utilizar un lenguaje apropiado. En fin, se trata de confiar en nuestras habilidades, ser claros al comunicarnos, y aprender a controlar las emociones, de manera directa y firme. Las ventajas de ser asertivos son varias, fortalecen las relaciones humanas, se logra una comunicación clara y con respeto, mejora nuestra salud al reducir el estrés, disminuye la frustración y fortalece la autoestima. La fuerza de la asertividad nos permite ser auténticos, poner límites y expresar de manera adecuada nuestras opiniones. No olvidemos que, al lograrlo, nuestras relaciones serán más sanas y equilibradas.

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