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El declive de la civilización

Susana Cepeda Islas

Es innegable que la civilización atraviesa una etapa de profundo declive. Esta situación se manifiesta en el estancamiento económico, el agotamiento cultural, la polarización política, la destrucción ambiental y la crisis demográfica. A ello se suman el individualismo, la desconfianza y el debilitamiento de las instituciones, el uso desmedido de la tecnología, un cambio radical en los referentes morales y, por supuesto, la grave fractura en la cohesión social.

Resulta asombrosa la creciente ausencia de espiritualidad y el aumento del nihilismo, corriente filosófica que sostiene que la vida carece de significado o de propósito. Quienes adoptan esta postura suelen rechazar los principios morales, religiosos y sociales. Asimismo, se percibe que muchos de los gobernantes se están encargando de abandonar el principio del bien común, mientras la estructura familiar atraviesa una crisis evidente. En amplios sectores de la población se instala la sensación de pérdida de propósito colectivo y de una decadencia generalizada.

Es cada vez más común que las parejas jóvenes opten por tener mascotas o volcar su afecto en otros proyectos personales en lugar de una familia con hijos. Esta decisión suele estar relacionada con la inestabilidad económica, al alto costo de la vida, la inseguridad, la crisis climática y el deseo de priorizar el desarrollo individual. En muchos casos, la maternidad o paternidad se percibe como incompatible con las aspiraciones profesionales y el estilo de vida contemporáneo. Pareciera haberse debilitado aquella idea de Auguste Comte que concebía a la familia como la célula básica de una sociedad.

La decadencia también se advierte en ciertos ámbitos culturales, como la música, donde emergen figuras idolatradas por multitudes juveniles. Su producción suele mezclar géneros de manera repetitiva, las letras con frecuencia resultan vulgares y superficiales, y la calidad vocal no siempre es prioritaria.  A ello se suma la figura “influencer”: personas que, gracias a una amplia audiencia en redes sociales, influyen en decisiones de consumo, tendencias culturales y de comportamientos. En la gran mayoría de los casos no requiere preparación ni ética profesional, sino únicamente acceso a las plataformas digitales y la búsqueda constante de validación por medio de “likes”, proyectando una vida idealizada que rara vez corresponde con la realidad.

En el ámbito de la identidad y la sexualidad, se han ampliado las categorías tradicionales. Se habla de: el binario, femenino/masculino. Heterosexualidad, atracción por el sexo opuesto. Homosexualidad, atracción por el mismo sexo. Bisexualidad, atracción por más de un sexo. Pansexualidad, atracción sin importar el sexo. Asexualidad, sin atracción de sexo. Qeer, como concepto paraguas para identidades no normativas, entre otras. Igualmente, en algunos adolescentes ha surgido la identificación como “therians” que se identifican con animales, entienden que tienen un cuerpo humano, pero pueden sentir que su alma corresponde a un animal, imitan las conductas del animal elegido, sus movimientos o sonidos. Estos fenómenos reflejan transformaciones culturales profundas que generan debate y, en muchos casos desconcierto social.

Ante este panorama, la sociedad debe despertar y asumir con responsabilidad el reto de contrarrestar este declive. La tarea es compleja, pero no imposible. Se requiere un enfoque integral: impulsar cambios sustanciales en la política nacional: promover una reforma educativa de fondo basada en el pensamiento crítico, la ética, la historia y el civismo; fortalecer la cultura con criterios de calidad; fomentar prácticas sostenibles que reduzcan el agotamiento de recursos y mitiguen el cambio climático; y diseñar políticas públicas que garanticen equidad y calidad de vida. La comprensión y el respeto entre los diferentes grupos sociales y culturales son indispensables. Es momento de combatir la ignorancia y la indiferencia en todas sus formas. Solo así podremos ofrecer a las futuras generaciones un mundo digno, donde prevalezcan la esperanza, la resiliencia y el respeto.

¿Izquierda o derecha?

Susana Cepeda Islas

En el ámbito político nacional suelen distinguirse dos grandes corrientes ideológicas: la izquierda y la derecha. Más allá de sus diferencias doctrinarias, ambas comparten un objetivo central: la obtención y el ejercicio del poder político. Este puede entenderse como la capacidad de influir en las decisiones colectivas y orientar el rumbo institucional conforme a una determinada visión de sociedad. El poder se puede adquirirse y ejercerse de diversas maneras. Puede ser coercitivo, cuando se impone mediante la fuerza y las amenazas; legítimo, cuando se sustenta en el marco jurídico y en la aceptación social; de recompensa, cuando se construye a través de incentivos; y experto cuando se deriva del conocimiento y la autoridad técnica.

El poder es un elemento necesario que se manifiesta en toda sociedad y tipo de agrupamiento, ya lo decía Platón el hombre es un ser político. Se da, por lo tanto, en política una relación de gobernante-gobernado, esta relación funciona de acuerdo con la ideología que ostente el poder. Ambas posturas políticas —la izquierda y la derecha— tienen su origen en la Revolución Francesa. Se dice que el término surgió de la disposición de los grupos en las asambleas, cuando se sentaban en las reuniones los grupos políticos para discutir, a la izquierda se agrupaban los opositores del antiguo régimen y a la derecha el grupo de sus defensores. Desde entonces, ambos términos han evolucionado y adoptado matices diversos según el contexto histórico y nacional.

En el caso de México, la izquierda suele definirse por dos principales ejes: el nacionalismo popular y la justicia distributiva. Su narrativa política enfatiza la reducción de la desigualdad dando apoyo a la población desfavorecida, su bandera es la “honestidad” y el combate a la “corrupción”. La política de la izquierda apela a la ética y está en contra de la injusticia, para la izquierda el pueblo es primero. Por su parte, la derecha se caracteriza por una orientación conservadora en lo social y liberal en lo económico, su intención es proteger la tradición, el orden, la propiedad privada, la libertad de mercado con la mínima intervención directa del Estado.

Ambas corrientes ideológicas han gobernado en nuestro país en distintos momentos, y en diferentes grados, han generado expectativas y también desencanto social. La evaluación de sus resultados debe hacerse con base en indicadores objetivos: crecimiento económico, reducción de la pobreza, fortalecimiento institucional, calidad democrática y garantía de derechos, no solo con discursos sino con hechos. Desde una postura crítica, puede señalarse que algunos proyectos de izquierda han sido cuestionados por el uso político de programas sociales, la polarización discursiva y la concentración del poder Ejecutivo. También se ha debatido si ciertas reformas institucionales debilitan los contrapesos democráticos o afectan la división de poderes. Del mismo modo, los gobiernos de derecha han sido criticados por profundizar desigualdades, favorecer intereses particulares o descuidar políticas sociales integrales.

El debate de fondo no es meramente ideológico, sino institucional: ¿Cómo garantizar un equilibrio entre justicia social, libertad económica, pluralidad política y Estado de derecho? El verdadero desafío para cualquier proyecto de nación consiste en evitar la concentración excesiva del poder como en impedir la captura del Estado por intereses particulares. Lo más importante debe ser el bien común.

Estas líneas tienen la intención de invitarlo querido lector a la reflexión: ¿Qué futuro quiere para su familia y las futuras generaciones: izquierda o derecha? ¿Cuál de ellas ofrece un modelo que fortalezca la democracia, proteja las libertades individuales, garantice oportunidades reales y construya instituciones sólidas? En fin, que construya no destruya. Considero que el futuro no depende exclusivamente de izquierda o derecha, sino la capacidad colectiva para exigir rendición de cuentas, división de poderes y respeto irrestricto a la individualidad, la legalidad y a la dignidad individual.

El pan guarda la memoria

Susana Cepeda Islas

En esta época de frío es inevitable el antojo de un pan acompañado de alguna bebida caliente, como café, atole, chocolate o té, en fin, cualquiera de ellas —o la que prefiera — resulta una excelente elección. Se cree, aunque no existe certeza absoluta, que gracias al descubrimiento del fuego y al desarrollo de la agricultura, a alguien se le ocurrió la maravillosa idea de mezclar plantas de cereales silvestres con otros ingredientes, como el agua, logrando así obtener el primer pan. Con el paso del tiempo, y debido al perfeccionamiento de las técnicas y, por supuesto, a los distintos tipos de hornos, se consiguió un producto cada vez mejor, hasta convertirse en uno de los alimentos básicos de la humanidad.

El pan que hoy conocemos llegó de Europa y se fusionó de manera extraordinaria con las tradiciones de nuestro país. De elaborarse inicialmente de forma casera a industrializarse, actualmente encontramos una gran variedad de ellos, tanto dulces como salados: la baguette francesa, el pan pita, el bolillo, chapata, entre muchos otros. Para los griegos, el pan formaba parte de un ritual de origen divino. El dios Pan, protector de los pastores, los rebaños, la naturaleza y la fertilidad, es representado como mitad hombre y mitad cabra —cuernos, patas y barba —, refleja múltiples facetas tanto de la naturaleza como de la psique humana; por ello, es descrito en muy variadas fuentes y con linajes distintos.

En la Biblia, el pan simboliza la provisión divina: aquello que nos fortalece física y espiritualmente. Además, representa el sacrificio de Jesús, la fidelidad de Dios, la comunión con Él y el alimento para la vida eterna. En nuestro país, el pan forma parte esencial de las tradiciones; representa identidad, unión familiar, fe y el recuerdo más preciado de nuestros seres queridos. Es una ofrenda presente en diversas festividades, como el Día de Muertos o la celebración de los Reyes Magos; es cierto: el pan guarda la memoria.

La ciudad de Saltillo no es la excepción. Desde que vivo aquí, me sorprende la exquisitez única del pan de pulque, elemento de identificación, tradición y herencia tlaxcalteca de aproximadamente 400 años. Me encanta escuchar las historias de mis parientes y amigos de mi edad —más de 60 años —, quienes narran con gran orgullo cómo, de niños, sus madres los mandaban a comprar el pan en el centro de la ciudad. Fue así como ahí empecé a identificar las calles donde se ubicaban las panaderías emblemáticas, como las de Muzquiz o Manuel Acuña.

Lamentablemente, la panadería La Chontalpa ya desapareció, pero aún sobreviven establecimientos como El Merendero, con más de 150 años de historia y famoso por su pan de pulque. Se cuenta que este lugar era frecuentado por Benito Juárez, a quien le gustaba especialmente las empanadas de nuez. También permanece El Radio fundada en 1920 por don Juan Guzmán, donde se elaboran más de 40 distintos tipos de pan, así como la Panadería la Crema, con una larga tradición de más de 35 años, caracterizada por haber desarrollado técnicas de fermentación prolongada que otorgan un sabor especial a sus productos.

En la cocina mexicana, la elaboración del pan encierra mágicas técnicas y habilidades desarrolladas a lo largo de la historia; por ello, es indudable que se trate de un símbolo de identidad, un legado que ha sido transmitido de generación en generación, que representa abundancia, buena voluntad y prosperidad. Le recomiendo, entonces, olvidarse por un momento de la dieta: vaya a la panadería, cómprese una Concha, rellénela con nata o, mejor con cajeta, y disfrute plenamente su sabor.

Nunca rendirse

Susana Cepeda Islas

La vida es como un juego de sube y baja: a veces estás en lo alto y otras tienes que descender. Cuando estás arriba, no haces el menor esfuerzo, sientes que flotas, te sientes libre. En cambio, cuando estás abajo, debes hacer un gran esfuerzo para sostener a quien se encuentra en lo alto. ¿En dónde está escrito que la vida debe ser cómoda, tranquila, llena de satisfacciones y alegría, libre de enfermedades, sin contratiempos financieros, en permanente paz? Esa es una idea que esta sociedad nos ha ofrecido como si fuera una promesa. No nos enseñan a no rendirnos ante la adversidad.

Rendirse implica no oponer resistencia a lo que es, aceptar las experiencias internas, la vida y a los demás tal como son. Sin embargo, cuando nos rendimos en un sentido negativo, claudicamos: nos damos por vencidos, dejamos de luchar, nos sentimos derrotados. Nos sometemos al dominio de algo o de alguien. El problema surge cuando aplicamos este verbo de manera nociva, pues inevitablemente se deteriora nuestra salud mental y emocional, dando paso al pesimismo, al miedo y a la falta de esperanza.

Los estoicos seguidores de la escuela filosófica fundada por Zenón de Citio se basaban en el dominio de las emociones, la razón y la virtud para alcanzar la felicidad. Proponen aceptar el destino y desarrollar la habilidad para distinguir entre lo que podemos controlar, lo que depende de nosotros y aquello que no está bajo nuestro control.

Para los budistas, el principal propósito es alcanzar la iluminación espiritual o nirvana, es decir, dejar de sufrir. Esto se logra a través de la sabiduría y la compasión eliminando el apego, que consiste en no atarse a personas, cosas, ideas o experiencias impermanentes. Otro elemento es el deseo, entendido como el anhelo ansioso o la codicia: cuando se cumple un deseo, surge otro, y cuando no se realiza, genera frustración en un ciclo interminable. Finalmente, la ignorancia, que es la percepción errónea y profunda de la realidad, también es causa del sufrimiento.

Para no vivir estresados ni quedar estacionados en el sufrimiento, es necesario aprender a ser resilientes. El diccionario de la Real Academia Española define la palabra resiliencia como aquella capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o un estado o situación adversos. Es, en esencia, la capacidad que desarrollamos para recuperar nuestro estado inicial cuando pasa la perturbación. En la vida es imposible no encontrar obstáculos. Siempre aparecen un impedimento, dificultad o inconveniente que nos sacan de balance y nos dificulta avanzar hacia lo que nos proponemos. Estas situaciones forman parte del camino y no una señal de fracaso o derrota, sino una invitación a fortalecernos.

Ante la adversidad, los psicólogos recomiendan mantener una mente positiva, tomar distancia del problema y no dejarse llevar por lo sucedido. Hay que recordar que todo ocurre por alguna razón ayuda a recuperar la calma. También es fundamental enfrentar la situación con valentía, explorar distintas situaciones y buscar apoyo de personas especializadas que puedan orientarnos para encontrar el mejor camino y superar lo vivido.

Estoy convencida que la adversidad fortalece.  Cada dificultad es un aprendizaje que impulsa el crecimiento personal y nos prepara para afrontar nuevas experiencias. Incluso en los momentos difíciles, es importante no perder la esperanza. No rendirse es aceptar que habrá subidas y bajadas, luz y sombra, esfuerzo y descanso, porque la vida no se trata de mantenerse arriba, sino entender que cada vez que bajamos, a impulsarnos con sabiduría y seguir adelante porque como dice el refrán popular. “Ante los golpes de la vida, se presenta la elección de romperse como el cristal o forjarse como el hierro”.

El placer de la música

Susana Cepeda Islas

La música ha estado presente en la humanidad desde sus orígenes. En la Prehistoria se vinculaba con la caza, la guerra y las danzas; posteriormente, atravesó las distintas etapas históricas —Edad Antigua, Edad Media, Edad Moderna y Edad Contemporánea— acompañando la evolución social y cultural del ser humano. No cabe duda de que la música es un medio de expresión con la capacidad de comunicar emociones, pensamientos y experiencias. Sus manifestaciones varían según el contexto social, pues forma parte de la identidad colectiva, refleja los valores, las tendencias y los desafíos de cada época.

La música puede producir bienestar o, en algunos casos, lo contrario; todo depende de los patrones rítmicos y melódicos. Tiene el poder de evocar los recuerdos y de conectar las neuronas, estimulando las emociones que pueden potenciar tanto la felicidad como la melancolía. Sin embargo, cuando la escuchamos y nos produce placer, se convierte en una experiencia única para cada persona, ya que activa el cerebro y libera dopamina, un neurotransmisor cerebral responsable del movimiento, la motivación, el placer y la recompensa.

A lo largo de nuestra vida, la música esta siempre presente. Nos acompaña en las actividades cotidianas: durante la jornada laboral, para favorecer la concentración al estudiar, para aligerar las tareas domésticas, en eventos sociales, al trasladarnos —ya sea en un vehículo o caminando—, al hacer ejercicio, para relajarnos, descansar o conciliar el sueño. También habita en nuestros diferentes estados de ánimo: cuando estamos eufóricos, tristes, decepcionados o nostálgicos, la música vive en nosotros.

Se le considera un arte porque posee la virtud de organizar de manera sensible y lógica una combinación coherente de sonidos y silencios, a partir de los principios fundamentales de la melodía, armonía y el ritmo. Estos elementos se integran con los de la voz humana junto con los instrumentos musicales, dando lugar a expresiones sonoras cargadas de significado.

En el ámbito de la salud, la música se utiliza como herramienta terapéutica; de ahí surge la musicoterapia, que contribuye a reducir considerablemente la ansiedad, la presión arterial y mejora el estado de ánimo. Asimismo, la música tiene la capacidad de abordar problemáticas sociales y políticas, transmitiendo mensajes que promueven la conciencia social y por ende la justicia. Crea vínculos entre las generaciones, permitiendo compartir experiencias y recuerdos a través de canciones que son representativas en cada etapa de la vida. En la actualidad, además, se ve influida por el avance tecnológico, lo que ha dado origen a nuevos géneros, estilos y formas de creación.

La educación musical es crucial para las personas de cualquier edad, especialmente durante la infancia, ya que favorece la apreciación de la armonía, el ritmo, la creación y el análisis musical, impulsando el desarrollo cognitivo, emocional y social. Por ello, debería ser obligatoria en todos los niveles educativos, no solo para comprender las notas musicales, sino porque es una herramienta capaz de transformar vidas y de desarrollar habilidades que trascienden el ámbito artístico.

Estimulemos el placer por la música en nuestro entorno social mediante acciones sencillas: escuchar activamente las melodías, explorar diferentes géneros de música —desde la clásica, jazz, hasta la folclórica —, animarnos a tocar un instrumento musical y asistir a conciertos, que afortunadamente en nuestro estado pueden disfrutarse incluso de manera gratuita. Como afirmó el filósofo Friedrich Nietzsche “Sin música, la vida sería un error”.

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