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El poder de la asertividad

Susana Cepeda Islas

Estamos inmersos en un mundo donde las relaciones humanas son cada día más complicadas, se manifiestan en:  falta de empatía, de comunicación, de expectativas reprimidas, incapacidad para controlar los sentimientos, entre otras. Hace poco me apareció en el celular un video donde una señora acude a un establecimiento para comprar una sopa y se enoja de manera espectacular con la trabajadora porque estaba demasiado caliente, le reclama de manera grosera y es tanta su furia que le avienta a la cara la sopa provocándole graves quemaduras en el rostro, todo por algo estúpido, al no poder controlar su enojo y su frustración explota con la persona menos indicada.

Estas conductas definitivamente son reprobables, por una tontería haces un daño irreversible al prójimo. Desafortunadamente este tipo de comportamientos son cada día más frecuentes en la sociedad. La frustración, ira, la impotencia son producto de no poder satisfacer algún deseo o de alcanzar los propósitos, producto de un encontronazo entre lo idealizado y lo real, ya sea por expectativas poco realistas, falta de recursos, dificultad para adaptarse, presiones sociales, obstáculos inesperados. Emociones que se manifiestan de manera recurrente y de forma inesperada.

La propuesta para evitar sentirnos vulnerables ante estos sentimientos negativos y destructivos es entender el poder de la asertividad, es decir, desarrollar la habilidad para expresar nuestros sentimientos de una manera respetuosa y franca, podemos exigir nuestros derechos sin agredir, buscando un diálogo adecuado, donde se manifieste el entendimiento de ambas posturas por muy antagónicas que sean. Todas las personas tienen deseos, pensamientos, necesidades, ideales, sin embargo, no siempre se comparten con los demás y aun así merecen ser respetados. Decir lo que se piensa y no estar de acuerdo con el colectivo es válido, pero se debe expresar sin agresión.

Ser asertivo significa entender la conducta que nos molesta y evitar ponerse a la defensiva, es más sensato hacer lo necesario para mantener una comunicación constructiva, para entender las opiniones diferentes los desacuerdos o conflictos. No es sencillo comportarse de esta manera, frecuentemente nos arrastra el sentimiento. Escoger esta conducta no quiere decir que nos manipulen, al contrario, es evitar la cólera que lo único que pasa al manifestarse en nosotros, es que decimos palabras que no sentimos con el objetivo de herir a la persona, de intimidarla, de controlarla y menospreciarla, se pierde totalmente el control y nos cegamos.

Ya lo decía Aristóteles que la virtud está en el término medio, que es la búsqueda del punto intermedio entre dos extremos. El equilibrio es relativo en cada persona, es ese justo medio por ejemplo entre cobardía y valentía. La perfección está en el equilibrio y los seres humanos no somos perfectos, siempre nos inclinamos más hacia un lado u otro, no logramos mantenernos en equilibrio, lo meritorio es acercarnos a él y no irnos a los extremos.

Los estudiosos del tema recomiendan lo siguiente para ser asertivos: lo primero es ser honestos, hacernos responsables de nuestras emociones, escuchar con atención, ser empáticos y utilizar un lenguaje apropiado. En fin, se trata de confiar en nuestras habilidades, ser claros al comunicarnos, y aprender a controlar las emociones, de manera directa y firme. Las ventajas de ser asertivos son varias, fortalecen las relaciones humanas, se logra una comunicación clara y con respeto, mejora nuestra salud al reducir el estrés, disminuye la frustración y fortalece la autoestima. La fuerza de la asertividad nos permite ser auténticos, poner límites y expresar de manera adecuada nuestras opiniones. No olvidemos que, al lograrlo, nuestras relaciones serán más sanas y equilibradas.

La tierra bajo mis pies

Susana Cepeda Islas

El estado de Coahuila ha sido y es cuna de grandes artistas internacionales. Por mencionar algunos: Manuel Acuña, poeta; Los hermanos Soler, actores; Magda Guzmán, actriz; Paty Ayala, cantante; Rubén Herrera, pintor y escultor; Nancy Cárdenas, dramaturga, productora teatral, poetiza, periodista, entre otros. La lista de grandes artistas es tan amplia que resulta imposible citarla completa en estas líneas. Todos ellos tienen algo en común: talento, valentía, originalidad, disciplina, dedicación, pasión y una visión que se expresa con autenticidad.

Hace poco tuve la fortuna de conocer a un extraordinario artista coahuilense: Alfredo de Stefano, un fotógrafo destacado internacionalmente, cuyas expresiones artísticas revelan su pasión por el paisaje, en especial por el desierto. Orgullosamente monclovense, egresado de la primera generación de la carrera de Comunicación de la Universidad Autónoma de Coahuila. Después de conocer toda su obra, le aseguro querido lector que estará de acuerdo conmigo que es un verdadero maestro.

Le comento un dato curioso sobre cómo lo conocí. Supe de él por la difusión de sus fotografías en Instagram —excelente material, se lo recomiendo ampliamente —. Recordé que, en la Feria Internacional del libro de Coahuila este año, asistí a un homenaje al compositor argentino Astor Piazzolla, interpretado por el pianista Alex Mercado y el bandoneosnista Raúl Vizzi a quien me encontré platicando con un amigo. Le pedí a ese amigo que me tomara una fotografía con este extraordinario músico argentino; resulta que ese amigo no era otro que Alfredo de Stefano.

Además de ser un artista visual y cineasta, después de años de exploración artística y proyectos como Tormenta de Luz, decidió manifestar sus emociones a través de la música. Así, en el 2003 fundó Blues Band Blues banda mexicana de indie rock con influencias de blues y rock alternativo, integrada por Azalea Go, con su privilegiada voz; Héctor García en la guitarra, arreglos y música; Mauricio González en el Saxofón; y Alfredo De Stefano compositor de letra y música, además baterista. La propuesta musical se caracteriza por un sonido crudo, emocional y contemporáneo. Las canciones están interpretadas en español y en formato bilingüe, su narrativa lírica conecta inmediatamente con los escuchas.

Después de un año de trabajo están lanzando su primer Extended Play (EP) titulado La tierra bajo mis pies”, una colección de seis canciones originales que combinan energía interpretativa, poesía narrativa y una identidad sonora intensa y honesta. Las canciones que conforman el EP, las define de Stefano de la siguiente manera: “Lo que el fuego no quema”, canción directa y emocional que habla de lo que permanece más allá de la pérdida. “Llámame por mi nombre”, es un grito de identidad y resistencia desde la voz femenina, con fuerza y actitud. “Macondo is a woman”, reinventa la figura femenina en América Latina como cuerpo mítico y territorio simbólico. “Apagar el mundo”, es una reflexión poética sobre la sobreexposición digital y el deseo de desconexión interior. “Desert Angel”, evocación de un paisaje árido, espiritual y redentor, con una atmósfera introspectiva. Finalmente, la canción “La tierra bajo mis pies”, tema que da título al EP, es un manifiesto íntimo de pertenencia, búsqueda y raíz.

Su música llega a un lugar profundo del alma; se siente en cada molécula del cuerpo y provoca diversas emociones. En algunas interpretaciones es imposible evitar el llanto, porque denuncia el dolor producto de la inseguridad y violencia que vive el país, una situación cada día más complicada, ante la cual no se hace nada por remediarla. ¡Él alza la voz! Es su forma de resistir.

Mi recomendación para disfrutar esta magnífica obra musical es buscar un lugar íntimo y relajado, acompañado de la bebida de su preferencia; siéntese en un sillón cómodo, cierre los ojos y perciba cómo vibran las notas y su letra en todo el cuerpo. Luego reflexione sobre las acciones que usted puede emprender desde su propia trinchera para transformar esta realidad, tal como lo hace Alfredo de Stefano a través de su arte.

Es hora de hacernos responsables

Susana Cepeda Islas

Esta es una reflexión que comparto con las personas que amablemente se toman el tiempo de leerme cada semana, porque considero importante abordar un tema que frecuentemente evadimos; la responsabilidad de nuestros actos, influenciados por lo que nos muestran los medios de comunicación todos los días. Aprendí lo que significaba ser responsable en mi hogar. Desde pequeña, mis padres se preocuparon por fomentar la responsabilidad en sus cuatro hijos; nos enseñaron a cumplir con nuestras obligaciones en casa. Entre las tareas que nos encomendaba mi madre estaban: tender la cama, mantener el cuarto limpio y ayudar con otras labores domésticas.

La educación en casa es fundamental para formar buenos ciudadanos, simplemente enseñando, tanto en el hogar como en la escuela a cumplir con las responsabilidades que ambas implican. Anne-Robert-Jacques Turgot, conocido como Turgot, que fue político, escritor y economista francés afirmó que "El principio de la educación es predicar con el ejemplo", destacando que las conductas significativas son más influyentes que las explicaciones. Se educa con el ejemplo. 

La palabra responsabilidad tiene su origen en el latín responsum, que significa responder. Es el valor de una persona para cumplir su promesa ante un compromiso y actuar en consecuencia. La responsabilidad es un valor ético que es necesario practicar en todo momento; significa cumplir con nuestras obligaciones, compromisos y asumir las consecuencias de nuestros actos. Es simplemente entender que nuestras decisiones impactan en nosotros y en los demás. Tenemos obligaciones personales, familiares, laborales y ciudadanas, es decir, ser responsable es cumplir con lo que asumimos, saber responder de manera inmediata a lo que nos comprometemos.

La responsabilidad es tener autoridad o control sobre algo o alguien. En nuestra sociedad, es cotidiano evadirla, lo menciono porque observo el comportamiento de las personas y la mayoría no lo hace, especialmente en nuestros políticos, quienes están en las más altas esferas del poder. Ellos difunden diariamente el mensaje de que, cuando no cumplen con sus obligaciones, es mejor culpar a otros que asumir sus compromisos.  Olvidan con facilidad que su trabajo consiste en ocuparse y tomar decisiones para resolver los problemas urgentes, afrontar los resultados —sean positivos o negativos— y comprometerse a solucionar los errores que causan daños a la ciudadanía.

La obligación de un político en nuestro país es defender la democracia, la justicia, trabajar de manera honesta y responsable, atender los compromisos legislativos, ser transparente en las cuentas públicas, preocuparse por mantener la credibilidad de las instituciones, siempre teniendo presente que el bien común es lo principal. El artículo 89 de nuestra Constitución señala las obligaciones de un presidente, en cuanto a su función ejecutiva: “Se encarga de hacer cumplir las leyes y velar de que las políticas públicas se implementen de manera efectiva en todo el país”. Esto implica tomar decisiones sobre temas que van desde la seguridad nacional hasta la economía, pasando por la administración pública y se debe cumplir al pie de la letra. Es terrible que en la realidad hacen todo lo contrario con gran descaro.

Es muy cómodo e irresponsable no asumir el fracaso de las políticas establecidas, “lavarse las manos” como Pilatos, y culpar a otros, no cambiar la estrategia, insultar, humillar y despreciar mediante la burla, sacudirse los errores buscando los mismos pretextos. Lo lamentable es que, cuando esta situación llega al límite, se sale de control. No se necesita ser un genio para entender, por qué no se quiere corregir la política actual y enmendar los errores: existe complicidad. La realidad es que muchos ya no somos presa del engaño y la mentira; estamos exigiendo que se hagan responsables, porque para eso aceptaron el cargo que ostentan y deben cumplirlo.

¿Qué nos pasa?

Susana Cepeda Islas

En esta ocasión quiero compartir con usted apreciado lector, lo que me sorprende actualmente. No me explico que tenebrosas vibras están invadiendo el país que lo trae de cabeza. La ética ya no es indispensable en la convivencia humana, no distinguimos entre lo correcto y lo que no lo es, entre lo que nos beneficia y lo que nos hace daño. Estamos abandonando los principios y valores que nos guían en la vida cotidiana, como la honestidad, el respeto, la empatía entre otros, que nos favorecen y hacen crecer e indudablemente mejoran nuestras relaciones con el prójimo.

La palabra ética proviene del griego ethos que significa carácter, comportamiento. El concepto de ética la definieron los filósofos griegos, el primero fue Sócrates quién hacía referencia a “conócete a ti mismo” y “conócete para obrar correctamente”. Posteriormente Platón afirma que la virtud ayuda a tener una vida plena y armoniosa. Entonces, la ética es una disciplina que estudia la conducta humana.

Nuestras decisiones son éticas si son enfocadas al bien y la moral, esta última está orientada a las normas y valores que nos guían en forma individual y también la establece un grupo social. Los valores los vivimos todos los días, porque nos ayudan en la conducción de nuestro hacer cotidiano.

Al ver los medios de comunicación cada día me convenzo de que nuestra sociedad se está ahogando en los antivalores. Todos los días anuncian una gran cantidad de muertes, nos están enseñando que la vida no tiene ningún valor, se arrebata con gran facilidad, según datos oficiales hay alrededor de entre 82 y 91 homicidios diarios. Imagine la situación por la que pasan las familias que lo sufren. A esto súmele los robos con violencia que sufren los ciudadanos, la cifra oficial es que se registran aproximadamente 561 al día. En estas cifras no se encuentran los desaparecidos, ni los secuestrados. La corrupción es normal en nuestros políticos se premia, pero no se castiga.

La mentira es ahora el protagonista en la conducta de la mayoría de las personas, en el libro Ética para Amador del filósofo español Savater comenta que: “La mentira generalmente es algo malo, porque destruye la confianza en la palabra y causa enemistad entre las personas; pero a veces puede parecer útil o beneficioso mentir para obtener alguna ventaja, o incluso para hacer un favor a alguien”. En efecto ahora se utiliza para sacar ventaja y beneficios. Lo que me asombra es que una parte de la sociedad la está aceptando como una conducta correcta. Lo que no toman en cuenta las personas que acostumbran a mentir es que tiene graves consecuencias, debido a que, con su acumulación, se van formando poco a poco grandes fracturas en la confianza imposibles de reparar y que provocan heridas emocionales difíciles de controlar. Llevando irremediablemente al caos.

¿Qué nos pasa? ¿Por qué nos comportamos sin principios? Estoy convencida que somos un número considerable los que no aceptamos estas conductas, que están destruyendo el tejido social brutalmente. Es un hecho que la sociedad ya no acepta el engaño, porque está sufriendo las consecuencias en carne propia. ¡Tenemos que cerrar esta caja de pandora, para tener armonía en la sociedad! No olvidemos que los valores se enseñan con el ejemplo.

La solución no es provocar más violencia, debemos trabajar todos en la sociedad para contrarrestar esta situación, ¿Cómo? Difundiendo conductas correctas, en el hogar, en las escuelas, en el trabajo, en las calles y castigando las conductas incorrectas. Es necesario poner límites, se debe sancionar, escarmentar, para eso están las leyes, pero cuando no se respetan los sucesos se salen de contexto. Lo exhorto a difundir los valores éticos y a rechazar categóricamente los antivalores, para exigir justicia a quien tiene la responsabilidad de hacerlo, cuidarnos entre nosotros para sentirnos protegidos y vivir en armonía. Ya es hora de darle la cara a la indiferencia social y enfrentar la realidad con hechos efectivos.

Pertenecer

Susana Cepeda Islas

Los humanos siempre buscamos pertenecer a un grupo. Somos, en esencia, seres sociales que necesitamos la convivencia con otros. Ya lo mencionaba el famoso filósofo griego Aristóteles: El hombre es un ser social por naturaleza. Buscamos vivir en comunidad, nos sentimos bien con la interacción con los demás, creamos lazos de apoyo y afecto, pero también de rencor, envidia, entre otros sentimientos negativos.

Pertenecer implica formar parte de alguien o de algo, buscando conexión, identidad y aceptación con sus miembros. Las personas queremos compartir en grupo los valores, las creencias y los intereses comunes, por ello, al sentir que pertenecemos, satisfacemos la necesidad de apoyo social, fortalecemos nuestra identidad personal y logramos nuestros objetivos. Pertenecer a un grupo nos da seguridad, mejora nuestra autoestima y nos impulsa al desarrollo personal. Todo depende del tipo de grupo y de sus objetivos.

Como todo en la vida, pertenecer a un grupo puede traer consecuencias positivas, pero también negativas. Al aceptar pertenecer nos arriesgamos a aceptar todas las condiciones que proponga el grupo nos agraden o no. Por ejemplo, en algunos no se acepta la disidencia; se suele castigar cuando la conducta se sale de lo establecido. Aparecen líderes con más poder que el resto del grupo, sobre todo en la toma de decisiones o el reparto de roles. Incluso se legitima la hostilidad hacia quienes no forman parte del grupo.

Para lograr la aceptación, las personas hacen cosas que no acostumbran en lo cotidiano, con un solo objetivo: no ser rechazados o excluidos. No es lo mismo querer pertenecer a un grupo delictivo que a un grupo de aprendizaje o deportivo, todos tienen un propósito. Existen conductas muy diversas que realizamos las personas para pertenecer, por mencionar algunas: se puede dañar a otros para demostrar valentía; seguir las reglas al pie de la letra -se esté de acuerdo o no-, ofrecer presentes o dádivas a los miembros, o cerrarse y no aceptar nuevos miembros.

Hay dos autores que hablan al respecto. Uno de ellos es el padre del psicoanálisis Sigmund Freud, que propone que un grupo se consolida cuando todos comparten una cualidad en común el Yo ideal, que puede otorgarse a una persona o a una idea, es decir, los miembros del grupo desean la condición que se ofrece al pertenecer. También está el argentino Enrique Pichón-Rivière, que otorga importancia a la tarea común que es la finalidad del grupo.

Estimado lector ¿Ha pensado a cuántos grupos pertenece y cuál es su comportamiento en cada uno de ellos? Le aseguro que es diferente, porque los propósitos también lo son. De lo que estoy convencida es que no podemos dejar de convivir en grupo. Lo valioso es hacerlo con autenticidad, pertenecer a grupos donde se valore la honestidad, el respeto, la diferencia.

Recuerde que no se necesita fingir para ser aceptado. Esto nos ayuda a tomar decisiones con base en nuestras creencias y valores. Está prohibido seguir la mentalidad de ser borrego y seguir al rebaño sin cuestionar absolutamente nada y seguir ciegamente a los otros. Arthur Schopenhauer, filósofo alemán decía: “Lo que más odia el rebaño es aquel que piensa de modo distinto; no es tanto la opinión es sí, sino la osadía de querer pensar por sí mismo, algo que ellos no saben hacer”. Por eso, al pertenecer a un grupo no se debe perder la esencia, sino lograr el crecimiento personal.

 

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