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Rubén Aguilar Valenzuela
La oposición en relación a sus propios intereses políticos debe pensar muy bien si a partir del 1 de octubre, abre o no un sólido frente de crítica contra la presidenta Claudia Sheinbaum.
Su posición estratégica se debe articular fundada en estudios consistentes de opinión ciudadana a partir de grupos de enfoque y encuestas.
Y esto, en razón de sus intereses políticos, incluso si la presidenta está haciendo mal su tarea. El presidente López Obrador la hizo muy mal, pero la crítica que lo señalaba no tuvo ningún efecto.
Una posición diferente ante la crítica es la de los periodistas y la de los académicos, en particular los politólogos e historiadores.
La tarea de estas tres profesiones es que se registre y dé a conocer la verdad de lo que sucede, para el caso de lo que ocurra con la presidenta ya en el cargo.
Si su crítica bien fundada, con datos duros incuestionables, la favorece o perjudica no es algo a tomar en cuenta en el ejercicio de su profesión.
Lo suyo es que se conozca lo que realmente sucede y que se haga público. Esa es su obligación como profesionales y parte de la ética de sus profesiones, de su deontología.
A más del dato duro es también campo de su responsabilidad interpretar lo que ocurre, ofrecer su posición de por qué pasa lo qué pasa.
El dato vale por sí mismo, está ahí; el PIB creció 1.0%, el número de los asesinados son 10 000 y la matrícula es de 35 000 000.
Hay fuentes acreditadas con metodologías científicas, que construyen información. Sin duda puede haber información falsa o manipulación de la misma.
En ese caso a los periodistas, y académicos toca demostrar tal cosa. Es, sin duda, parte de su tarea y la sociedad espera de ellos ese servicio.
La interpretación es un ángulo de mirada y puede haber otros. En todo caso siempre está a debate. Hay que ofrecer argumentos, para sostener lo que se dice.
En la radical polarización que se vive en el país hay periodistas y académicos, que han dejado a un lado la ética de su profesión, y, como militantes, se han convertido en propagandistas de uno y otro bando.
Algunos lo hacen por convicción, como militantes comprometidos, y otros están pagados por el poder. Cada quien sabe cuál es su caso.
Hay también periodistas y académicos que, en el marco de la ética de su profesión, que pienso son los más, cumplen con su responsabilidad de registrar los hechos, tal como son, e interpretarlos.
El país requiere como nunca de estos profesionales. Ellos deben de aguantar todas las críticas y presiones que reciben de los hombres y mujeres el poder que no respetan el ejercicio de la libertad de expresión.
Rubén Aguilar Valenzuela
Quedan 75 días al gobierno del presidente López Obrador. En una sociedad radicalmente polarizada como la de México, las valoraciones sobre su gestión son diametralmente opuestas.
Para los simpatizantes del presidente su gobierno ha sido el mejor de la historia posterior a la Revolución Mexicana y él en lo personal, el mejor presidente que ha tenido el país.
Para otros, me incluyo entre ellos, su gobierno ha implicado una regresión histórica y la vuelta al presidencialismo autoritario, corporativo y clientelar de los años más antidemocráticos del PRI.
Por años en la Universidad Iberoamericana, en la carrera de Ciencia Política y Administración Pública, impartí el curso de Sistema Político Mexicano.
Explicaba cómo se había constituido y cómo operaban sus componentes teniendo al presidente como articulador central del sistema a partir de sus atribuciones metaconstitucionales.
El presidente López Obrador, formado en ese PRI, ha restaurado ese sistema, del que según él, se había desviado por el neoliberalismo adoptado desde el gobierno del presidente Miguel de la Madrid.
Para López Obrador había que regresar al estatismo autoritario de los presidentes Luis Echeverría y José López Portillo, sus modelos. En sus seis años de gestión lo ha logrado en buena medida.
La oposición ha criticado el regreso al presidencialismo autoritario, paternalista y clientelar, pero en lugar de golpear al presidente lo ha beneficiado. En su gestión ha sido inmune a la crítica y la ha aprovechado a su favor.
Eventos de la dimensión de Segalmex, que implica un fraude dos o tres veces mayor al de la Estafa Maestra, no le han hecho ningún daño a su imagen.
En 75 días el presidente ha dicho que se va a su rancho La Chingada en Chiapas. Lo suyo a partir del 30 de septiembre será pasado. La oposición tiene que ver al futuro y diseñar una nueva estrategia, para enfrentar al gobierno que asume la presidencia el 1 de octubre.
¿La presidenta Claudia Sheinbaum será también inmune a la crítica? ¿Estará blindada ante la misma? Es algo que la oposición tiene que analizar con cuidado. No puede cometer el mismo error de su estrategia al enfrentar a López Obrador.
Es posible que la crítica al seguimiento de la gestión de la nueva presidenta pueda ser capitalizados por la oposición, pero también que no sea así.
Esta, a partir de grupos de enfoque, con metodología antropológica, debe trazar una nueva estrategia, la que utilizó contra López Obrador tuvo claros efectos en su contra. ¿Cuál es la del futuro?
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