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CAPITALES: El T-MEC: La nueva negociación de Norteamérica: lo que México puede ganar... o perder

Francisco Treviño Aguirre

Donald Trump ha vuelto a poner al T-MEC en el centro del debate internacional. Sus recientes declaraciones sobre la posibilidad de revisar el tratado de manera anual y endurecer las condiciones comerciales para privilegiar la producción estadounidense no son un simple discurso de campaña ni una estrategia de presión diplomática. Son la confirmación de que Estados Unidos ha cambiado su visión sobre el comercio internacional. Para Washington, la apertura comercial dejó de ser un fin en sí mismo y ahora forma parte de una política de seguridad nacional, reindustrialización y competencia geopolítica frente a China. La pregunta que México debe hacerse no es cómo responderá Trump, sino si nuestro país está preparado para competir bajo estas nuevas reglas.

Durante más de tres décadas, México construyó una parte importante de su crecimiento económico sobre una ventaja evidente: su cercanía con el mercado más grande del mundo. El TLCAN primero y el T-MEC después impulsaron la llegada de miles de millones de dólares en inversión extranjera, fortalecieron la industria manufacturera y permitieron que el país se convirtiera en uno de los principales exportadores del planeta. Ese modelo funcionó porque ofrecía certidumbre. Hoy esa certeza comienza a erosionarse. Las señales provenientes de Washington son claras. Estados Unidos busca cadenas de suministro más seguras, mayor contenido regional en los productos que importa, menos dependencia de China y un mayor retorno de inversiones hacia su territorio. En ese contexto, la revisión del T-MEC ya no se limita a discutir aranceles, también incluye energía, seguridad fronteriza, migración, industria automotriz, acero, aluminio, semiconductores y minerales estratégicos. En otras palabras, el tratado ha dejado de ser exclusivamente un acuerdo comercial para convertirse en un instrumento de política industrial.

Para México existen tres escenarios posibles. El primero es el más optimista: una negociación que fortalezca el tratado, preserve la integración regional y permita consolidar el nearshoring. El segundo, quizá el más probable, es un acuerdo sujeto a revisiones constantes que mantenga a inversionistas y empresas viviendo en una incertidumbre permanente. El tercero sería una renegociación profunda que reduzca parte de las ventajas competitivas de México y desvíe nuevas inversiones hacia Estados Unidos. Ninguno de estos escenarios depende únicamente de la habilidad de los negociadores; depende también de las decisiones que México tome dentro de sus propias fronteras.

Durante años repetimos que el nearshoring representaba una oportunidad histórica. Y era cierto. Sin embargo, esa oportunidad exige mucho más que una ubicación geográfica privilegiada. Requiere infraestructura moderna, energía suficiente, seguridad jurídica, disponibilidad de agua, talento especializado, innovación y una política industrial capaz de anticiparse a los cambios tecnológicos. Ninguna empresa invierte miles de millones de dólares únicamente porque un país comparte una frontera con Estados Unidos. Invierte donde encuentra condiciones para crecer durante décadas.

Aquí aparece la discusión que con frecuencia evitamos. México suele reaccionar a las decisiones que se toman en Washington en lugar de construir una estrategia económica propia. Esperamos conocer las nuevas reglas antes de definir nuestras prioridades. Esa lógica ha funcionado mientras el entorno internacional favorecía la integración comercial, pero puede resultar insuficiente en una etapa donde las grandes potencias compiten por atraer industrias estratégicas mediante subsidios, incentivos fiscales y políticas industriales agresivas. La revisión del T-MEC debería entenderse como una llamada de atención. No basta con conservar el tratado; es indispensable aprovecharlo para elevar el contenido tecnológico de la producción nacional, fortalecer a las pequeñas y medianas empresas que forman parte de las cadenas de suministro y diversificar mercados de exportación. De lo contrario, México corre el riesgo de seguir siendo un extraordinario ensamblador de productos diseñados, desarrollados y patentados en otros países.

La discusión de fondo tampoco consiste en si Donald Trump tiene razón o no. Todo presidente estadounidense defenderá, por encima de cualquier otra consideración, los intereses económicos de su país. La verdadera pregunta es quién defenderá con la misma determinación los intereses estratégicos de México.

Hoy por hoy el mayor riesgo para la economía mexicana no es Donald Trump ni la revisión del T-MEC. El verdadero riesgo es seguir creyendo que nuestra competitividad depende únicamente de la cercanía con Estados Unidos. La geografía abrió la puerta hace treinta años; la innovación decidirá quién permanece dentro durante los próximos treinta. Si México no aprovecha este momento para redefinir su estrategia industrial, el país descubrirá demasiado tarde que los tratados comerciales no sustituyen una visión de Estado. Y cuando eso ocurra, ya no habrá negociación capaz de recuperar el tiempo perdido.

 

CAPITALES: La Inteligencia Artificial: la nueva frontera industrial para México

Francisco Treviño Aguirre

En los últimos años, gran parte de la conversación económica en México ha girado alrededor del fenómeno del nearshoring. La relocalización de empresas hacia Norteamérica abrió una ventana de oportunidad inédita para nuestro país, particularmente para los estados del norte, que han sabido aprovechar su cercanía con Estados Unidos, su capacidad manufacturera y su experiencia exportadora. Sin embargo, mientras gobiernos, universidades y empresas continúan enfocando sus esfuerzos en atraer inversiones tradicionales, una nueva revolución tecnológica está redefiniendo las reglas de la competitividad global: la Inteligencia Artificial.

Lo que hace apenas algunos años parecía una herramienta exclusiva de laboratorios de investigación y grandes empresas tecnológicas, hoy se ha convertido en uno de los principales motores de transformación económica del mundo. La Inteligencia Artificial está modificando la manera en que se diseñan productos, se administran cadenas de suministro, se optimizan procesos industriales, se toman decisiones financieras y se desarrollan nuevos modelos de negocio. La magnitud del fenómeno es comparable con la llegada de internet en la década de los noventa o con la revolución industrial impulsada por la electrificación durante el siglo pasado. La diferencia es que el ritmo de adopción es mucho más acelerado. Las empresas que antes contaban con años para adaptarse a una nueva tecnología, hoy tienen apenas meses para hacerlo si desean conservar su posición competitiva.

Diversos organismos internacionales estiman que la Inteligencia Artificial podría agregar billones de dólares a la economía mundial durante la próxima década. Al mismo tiempo, importantes firmas de análisis proyectan inversiones multimillonarias en infraestructura digital, centros de datos, servicios de nube, desarrollo de software avanzado y fabricación de semiconductores especializados. Esta situación representa una oportunidad extraordinaria para nuestro país. La posición geográfica de México, su integración comercial con Estados Unidos y Canadá mediante el T-MEC, así como su experiencia manufacturera en sectores como el automotriz, aeroespacial, electrónico y de dispositivos médicos, lo colocan en una posición privilegiada para convertirse en un actor relevante dentro de la nueva economía impulsada por la Inteligencia Artificial. Sin embargo, para lograrlo será necesario comprender que la competencia ya no se limita a atraer plantas industriales tradicionales. Los proyectos de mayor valor agregado requieren condiciones mucho más complejas.

En primer lugar, será indispensable garantizar el suministro de energía eléctrica suficiente, confiable y competitiva. Los centros de datos que alimentan los modelos de Inteligencia Artificial consumen cantidades extraordinarias de energía. Empresas tecnológicas globales están destinando miles de millones de dólares para construir infraestructura capaz de soportar esta creciente demanda computacional. En segundo término, será necesario fortalecer la infraestructura digital. Redes de telecomunicaciones robustas, conectividad de alta velocidad y sistemas de almacenamiento de datos serán tan importantes como las carreteras, puertos o cruces fronterizos que impulsaron el desarrollo industrial de décadas anteriores.

Pero quizá el reto más importante será el talento humano. La Inteligencia Artificial no sustituirá la necesidad de ingenieros, técnicos, científicos de datos y especialistas en tecnologías digitales; por el contrario, incrementará significativamente la demanda de estos perfiles. Los países que logren formar y retener talento especializado serán quienes capturen la mayor parte del valor económico generado por esta revolución tecnológica. En este contexto, los centros educativos en México tienen una responsabilidad histórica. Ya no basta con formar profesionistas para las necesidades del presente; es necesario anticipar las demandas del futuro. Carreras vinculadas con análisis de datos, automatización, robótica, semiconductores, ciberseguridad y desarrollo de software avanzado deberán ocupar un lugar prioritario en las estrategias educativas nacionales.

Hoy por hoy, Si México continúa apostando exclusivamente por la manufactura tradicional, corre el riesgo de convertirse en un simple ensamblador dentro de la economía digital global. Pero si logra desarrollar talento, infraestructura energética, capacidades tecnológicas y una visión estratégica de largo plazo, podría posicionarse como uno de los principales beneficiarios de la revolución tecnológica más importante de nuestra generación. La controversia es evidente: mientras muchos gobiernos siguen celebrando la llegada de nuevas plantas manufactureras, las economías más avanzadas ya están compitiendo por controlar los algoritmos, los centros de datos y los semiconductores que definirán el futuro. La pregunta es incómoda, pero necesaria: ¿Estamos preparando a las nuevas generaciones para competir en la economía del conocimiento o seguimos diseñando estrategias para un mundo industrial que comienza a quedar atrás?

 

CAPITALES: La gran paradoja educativa mexicana: más alumnos, menos aprendizaje

Francisco Treviño Aguirre

México presume con frecuencia uno de los sistemas educativos más grandes de América Latina. Más de 24 millones de estudiantes transitan diariamente por las aulas de preescolar, primaria y secundaria, formando parte de una maquinaria monumental que consume recursos públicos, discursos políticos y promesas sexenales. Sin embargo, detrás de las cifras oficiales y de los informes optimistas de la Secretaría de Educación Pública, existe una realidad incómoda: el sistema educativo mexicano ha logrado meter casi a todos los niños a la escuela, pero no necesariamente enseñarles.

Durante décadas, el gran objetivo nacional fue ampliar la cobertura educativa. En ese sentido, México sí puede presumir un avance histórico. La educación primaria prácticamente alcanzó cobertura universal y el acceso a la escuela dejó de ser un privilegio reservado para unos cuantos. En términos estadísticos, el país ganó la batalla del acceso. Hoy, prácticamente cualquier niño mexicano tiene una escuela relativamente cercana. Pero ahí comienza el problema: tener un pupitre no garantiza tener educación. El debate educativo mexicano se quedó atrapado en una visión cuantitativa. Durante años se midió el éxito por el número de escuelas construidas, el número de libros repartidos o la matrícula registrada. Se celebró la expansión como si fuera sinónimo automático de progreso. Sin embargo, las evaluaciones internacionales comenzaron a exhibir una verdad incómoda: millones de estudiantes avanzaban de grado sin dominar competencias básicas de lectura, escritura y matemáticas.

Los resultados de la prueba PISA de la OCDE se han convertido en un espejo brutal para México. Cada evaluación deja claro que una proporción alarmante de estudiantes mexicanos no alcanza siquiera los niveles mínimos para desenvolverse en una economía moderna. En lectura, matemáticas y ciencias, México suele ubicarse entre los últimos lugares de los países miembros de la OCDE. Y lo más preocupante no es únicamente la posición internacional, sino el significado profundo de esos números: millones de jóvenes terminan la secundaria sin comprender textos complejos, sin capacidad de razonamiento matemático elemental y con enormes limitaciones para competir en un mundo globalizado.

La tragedia educativa mexicana no ocurre únicamente en las estadísticas; ocurre en la vida cotidiana. Se refleja en jóvenes incapaces de llenar correctamente una solicitud de empleo, en universitarios que leen sin comprender, en profesionistas que memorizan, pero no analizan, y en empresas que batallan para encontrar talento técnico calificado mientras el país presume récords de nearshoring e inversión extranjera. Paradójicamente, México vive uno de los momentos más importantes de oportunidad económica de las últimas décadas gracias al fenómeno de relocalización industrial. Empresas de Asia, Europa y Estados Unidos buscan instalarse en territorio mexicano. Sin embargo, la pregunta incómoda es inevitable: ¿estamos formando el capital humano que demanda esta nueva economía? La respuesta parece ser preocupante.

Las estadísticas del INEGI y diversos organismos nacionales han documentado durante años que las escuelas indígenas y rurales operan en condiciones profundamente desiguales. Los hijos de familias con mayores ingresos tienen acceso a mejores docentes, tecnología, idiomas y redes de contacto; mientras tanto, los sectores más vulnerables reciben una educación limitada que difícilmente rompe el ciclo de marginación. Otro de los grandes focos rojos es la secundaria. Ahí comienzan las fracturas más visibles del sistema. Miles de adolescentes abandonan las aulas cada año debido a problemas económicos, violencia, desintegración familiar o simplemente porque dejan de encontrar sentido a la escuela. Muchos terminan incorporándose prematuramente al mercado laboral informal. Otros quedan atrapados en dinámicas de criminalidad o precariedad.

Y mientras tanto, el debate político suele girar más alrededor de sindicatos, reformas ideológicas o disputas administrativas que sobre la verdadera calidad educativa. Cada sexenio promete “transformar” la educación, pero pocos se atreven a enfrentar el problema estructural: la falta de exigencia académica, la débil capacitación docente, la corrupción sindical, la politización del sistema y el abandono de la meritocracia educativa. México parece haber normalizado una peligrosa mediocridad académica. Nos acostumbramos a celebrar que los niños estén inscritos, aunque muchos no aprendan. Nos conformamos con inaugurar escuelas mientras ignoramos qué sucede dentro de las aulas. Y quizá lo más preocupante: como sociedad comenzamos a perder la capacidad de indignarnos frente al fracaso educativo.

Hoy por hoy, La educación básica mexicana vive una contradicción monumental. Nunca antes hubo tantos estudiantes inscritos, tantos programas sociales y tantos discursos oficiales sobre inclusión educativa. Pero tampoco había sido tan evidente la crisis de calidad y desigualdad que arrastra el sistema. México logró llenar las aulas, pero no necesariamente formar ciudadanos preparados para competir, innovar y transformar al país. Quizá la pregunta más incómoda no sea cuántos niños van a la escuela, sino cuántos salen verdaderamente educados de ella. Porque un país puede sobrevivir algunos años con carreteras deficientes o burocracia ineficiente. Lo que difícilmente sobrevive es una nación que gradualmente reemplaza el conocimiento por la simulación.

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CAPITALES: El T-MEC: La renegociación que México se niega a llamar por su nombre

Francisco Treviño Aguirre

Existe un eufemismo que comienza a instalarse en el discurso oficial mexicano: llamar "revisión" a lo que en realidad ya es una renegociación del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC). La diferencia no es menor. Una revisión implica ajustes y actualizaciones; una renegociación supone replantear reglas, intereses y condiciones de acceso a mercados. Y todo indica que esto último es exactamente lo que está ocurriendo. Las reuniones celebradas recientemente entre la Secretaría de Economía y funcionarios estadounidenses muestran con claridad la dimensión del proceso. La presencia de congresistas norteamericanos, representantes comerciales y decenas de empresarios revela que Washington no llegó únicamente a evaluar el funcionamiento del tratado. Llegó con una agenda destinada a redefinir aspectos estratégicos de la integración económica de América del Norte. Entre los temas centrales destacan las reglas de origen, la seguridad económica, la industria automotriz, el acero, el aluminio, los minerales críticos y los compromisos laborales.

La simple lectura de esta agenda permite entender que no se trata de una actualización administrativa. Son asuntos directamente vinculados con la competitividad industrial, las cadenas de suministro y la geopolítica económica. En otras palabras, México está negociando un tratado diferente al que firmó hace algunos años, aunque aún no lo admita públicamente. La negociación parte además de una realidad que pocas veces se menciona con suficiente claridad: la enorme asimetría existente entre ambas economías. Más del 82% de las exportaciones mexicanas tienen como destino Estados Unidos. Cada mes México exporta más de 45 mil millones de dólares hacia ese mercado, mientras que el comercio bilateral supera los 870 mil millones de dólares anuales. Para México, Estados Unidos representa la columna vertebral de su comercio exterior; para Estados Unidos, México es un socio relevante, pero no indispensable.

Durante décadas esta dependencia fue administrable porque existían reglas relativamente estables. Sin embargo, el entorno internacional ha cambiado radicalmente. Estados Unidos ha dejado de ver los aranceles como medidas temporales y los ha incorporado como instrumentos permanentes de política económica e industrial. Los aranceles aplicados bajo la Sección 232 al acero, aluminio y automóviles son muestra de ello. La señal enviada desde Washington es clara: la protección de sectores estratégicos llegó para quedarse. En este contexto, la posición negociadora mexicana enfrenta un desafío adicional: la fragilidad económica interna. México llega a esta etapa de negociación con un crecimiento económico moderado, una desaceleración de la inversión productiva y crecientes presiones sobre las finanzas públicas. El Banco de México redujo recientemente sus expectativas de crecimiento, mientras que agencias calificadoras internacionales han expresado preocupación sobre la evolución fiscal del país y la situación financiera de empresas estratégicas como Pemex y CFE.

Si existe un sector donde se definirá buena parte del futuro del T-MEC, ese es el automotriz. Cerca del 70% del comercio regional de bienes está relacionado con esta industria, y México exporta la gran mayoría de los vehículos que produce hacia Estados Unidos. Se trata de una integración productiva construida durante décadas y que constituye uno de los pilares de la economía manufacturera mexicana. Sin embargo, detrás de la discusión automotriz se encuentra un tema aún más importante: China. La principal preocupación de Washington es evitar que empresas chinas utilicen territorio mexicano como plataforma para acceder al mercado estadounidense aprovechando las ventajas del tratado. Por ello, conceptos como seguridad económica, trazabilidad de componentes y fortalecimiento de las reglas de origen ocupan hoy un lugar prioritario en la agenda bilateral.

Hoy por hoy, El T-MEC nació para ofrecer certidumbre. Hoy esa certidumbre se encuentra bajo evaluación. Más allá de los tecnicismos comerciales, lo que realmente está en juego es la capacidad de México para mantener una posición competitiva dentro de América del Norte en un entorno internacional cada vez más complejo. La pregunta incómoda que esta renegociación pone sobre la mesa es si México ha confundido integración con dependencia. Durante años celebramos récords de exportación y la creciente relación comercial con Estados Unidos. Sin embargo, cuando más del 80% de las exportaciones dependen de un solo mercado, la fortaleza puede convertirse rápidamente en vulnerabilidad.

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CAPITALES: Entre Shanghái y Texas: el verdadero negocio que México aún no entiende

Francisco Treviño Aguirre

Hay una narrativa cómoda —demasiado cómoda— que se repite en México cada vez que se habla de nearshoring: las empresas están saliendo de Asia y viniendo a nuestro país. Punto. Historia resuelta. Caso de éxito. El problema es que esa historia es incompleta… y en algunos casos, peligrosamente ingenua. Porque Asia no se está retirando. China no está perdiendo el juego. Lo está rediseñando. Frente a la presión comercial y tecnológica de Estados Unidos, lo que vemos no es una retirada, sino una estrategia más sofisticada: diversificación, triangulación y control indirecto de las cadenas de suministro.

El fenómeno conocido como “China+1”, documentado por organismos como la UNCTAD, ha impulsado a países como Vietnam e India a convertirse en nuevos polos manufactureros. Pero ese movimiento no significa que China haya perdido control. Significa que ahora opera en red. Y en esa red, México aparece como una pieza clave… aunque todavía no lo entienda del todo. Nuestro país tiene ventajas evidentes: cercanía con Estados Unidos, integración industrial y acceso preferencial gracias al T-MEC. No es casualidad que México se haya convertido en uno de los principales socios comerciales de la economía estadounidense. Pero tener una ventaja no es lo mismo que saber explotarla.

Hoy, México sigue apostando por el modelo tradicional: atraer inversión, construir infraestructura industrial y esperar a que las empresas operen. Es un modelo válido, pero insuficiente para el mundo que estamos viviendo. Porque el verdadero negocio ya no está únicamente en producir. Está en conectar. Mientras empresas asiáticas buscan entrar al mercado norteamericano sin exponerse directamente a riesgos políticos o arancelarios, y empresas estadounidenses buscan proveedores confiables y cercanos, existe un espacio enorme que México podría ocupar: el de intermediario estratégico. No hablamos de maquila. Hablamos de orquestación.

De coordinar proveedores, validar procesos, integrar cadenas logísticas y facilitar el acceso a mercados. De ser el punto donde convergen Asia y América del Norte. De capturar valor no solo en la producción, sino en la inteligencia comercial. Ese es el negocio que pocos están viendo. Y es, probablemente, el negocio más rentable de la próxima década.

El problema es que seguimos midiendo el éxito con indicadores del pasado: número de plantas instaladas, metros cuadrados construidos, empleos generados. Todo eso importa, sí. Pero no define el poder económico en un mundo interconectado. Hoy, el poder está en quien controla el flujo, y controlar el flujo implica algo más complejo que ofrecer incentivos fiscales o mano de obra competitiva. Implica entender cómo se mueven las cadenas globales de valor, anticipar riesgos, reducir fricciones y construir plataformas que conecten oferta y demanda de manera eficiente.

México tiene los elementos para hacerlo. Tiene empresarios con experiencia internacional, tiene ubicación privilegiada y tiene un tratado comercial que le abre la puerta al mercado más grande del mundo, pero también tiene limitaciones que no se pueden ignorar. La más evidente es la infraestructura energética. En varias regiones del norte del país, la disponibilidad de electricidad se ha convertido en un cuello de botella. Proyectos industriales se retrasan o se cancelan porque simplemente no hay capacidad suficiente en la red. Y sin energía, no hay integración posible.

Este no es un detalle técnico. Es un tema estructural que puede definir si México consolida su papel en el comercio global o si se queda en un rol secundario. Mientras tanto, otros países avanzan. Vietnam fortalece su base manufacturera. Polonia se posiciona como hub en Europa. Incluso dentro de Estados Unidos, algunos estados, como Texas, están captando inversiones que antes habrían llegado a México; el mundo no se detiene a esperar.

La gran pregunta no es si México tiene oportunidades. Las tiene, y muchas. La pregunta es si está dispuesto a cambiar su forma de pensar, porque si seguimos viendo el nearshoring como una competencia por atraer fábricas, estaremos jugando un juego limitado, pero si entendemos que el verdadero valor está en la conexión —en ser el puente entre Asia y América del Norte— entonces el escenario cambia radicalmente. México puede convertirse en el nodo que articula una de las rutas comerciales más importantes del mundo. Puede capturar valor en logística, en servicios, en comercio y en tecnología. Puede dejar de ser un destino… para convertirse en una plataforma. Pero para eso, necesita ambición. Necesita dejar de celebrar cada inversión como si fuera un fin en sí mismo, y empezar a construir una estrategia de largo plazo que integre sectores, regiones y actores.

Hoy por hoy, la verdad incómoda es que México no está compitiendo con Asia, está siendo utilizado por Asia como parte de su estrategia global. La diferencia entre una cosa y la otra es enorme. En el primer caso, México es protagonista. En el segundo, es un eslabón más, y en la economía global, los eslabones se reemplazan. Los nodos, en cambio, se vuelven indispensables. La pregunta es simple: ¿Queremos ser indispensables… o fácilmente sustituibles?

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