Jaime Cleofás Martínez Veloz
I. Donde empieza la historia (que no empieza donde dicen los libros)
Dicen que los hombres nacen una vez.
Pero hay quienes nacen dos veces:
una cuando llegan al mundo
y otra cuando el pueblo los reconoce como suyos.
Mi abuelo, Ubaldo Veloz Antúnez, nació en 1908 en El Derrame, Durango.
Pero su verdadero nacimiento fue en Torreón,
cuando el polvo de las calles y el sudor de los talleres
lo hicieron obrero, chofer, sindicalista,
y, sin saberlo,
constructor de un destino colectivo.
No nació para ser héroe.
Nació para ser justo.
Y eso, en este país, es más raro y más peligroso.
II. El obrero que entendió que la dignidad se organiza
Mi abuelo no aprendió política en libros.
La aprendió en el volante,
en la fábrica,
en la fila del salario insuficiente,
en la mirada de los que cargan el país sin que el país los mire.
Fue trabajador de la Compañía Lagunera de Aceites,
chofer de ruta,
y dirigente del Sindicato de Choferes Ruleteros.
Ahí descubrió una verdad que todavía incomoda a los poderosos:
que un obrero solo es un obrero,
pero un obrero organizado es un pueblo.
Por eso ayudó a fundar la Federación Única de Trabajadores (FUT),
esa criatura colectiva que unió a los que antes estaban dispersos.
La FUT fue su obra maestra:
un puño hecho de muchas manos.
III. El cardenismo que no se aprende: se vive
En 1936, cuando el general Lázaro Cárdenas llegó a La Laguna
para repartir la tierra,
no llegó solo.
Llegó acompañado por miles de campesinos
que ya sabían qué pedir,
cómo pedirlo
y por qué defenderlo.
Esa conciencia no cayó del cielo.
La sembraron hombres como mi abuelo.
Él organizó sindicatos agrícolas,
acompañó huelgas,
formó comités,
y preparó el terreno —literalmente—
para que la justicia agraria tuviera raíces.
Si el reparto agrario fue un acto histórico,
fue porque antes hubo un acto humano:
la organización.
Y ahí estaba Ubaldo,
con su voz tranquila
y su terquedad luminosa.
IV. Los gigantes con los que caminó
Hay fotos que no necesitan explicación.
En una de ellas, mi abuelo aparece sentado junto a:
• Vicente Lombardo Toledano,
• Dionisio Encinas,
• y otros dirigentes que hicieron temblar a los patrones.
No era casualidad.
Mi abuelo no era un espectador:
era parte del círculo que movía la historia desde abajo.
Ahí, entre gigantes,
él también era gigante.
V. El diputado que no dejó de ser pueblo
En 1943 fue electo Diputado Federal.
Pero no se volvió distante,
ni se vistió de traje para olvidar de dónde venía.
Desde la Cámara seguía enviando oficios urgentes
para registrar sindicatos agrícolas,
para defender a los trabajadores,
para que la voz del campo llegara a la capital.
Era diputado, sí.
Pero seguía siendo obrero.
Y eso, en México, es casi un acto de rebeldía.
VI. La muerte que llegó por carretera
El 4 de julio de 1944,
mi abuelo viajaba por carretera hacia la Ciudad de México.
No iba de paseo.
Iba a cumplir con su deber.
A la salida de Ciudad Victoria,
su automóvil se volcó.
El parte médico dice "fractura de la base del cráneo".
Los documentos dicen "accidente".
El pueblo dice "lo perdimos".
Murió cuatro días después,
a los 36 años,
en el Hospital Civil de Victoria.
Las esquelas de la CTM,
de la Junta Central de Conciliación y Arbitraje,
de los sindicatos,
y la firma de Fidel Velázquez
lo lloraron como se llora a los imprescindibles.
VII. Esther: la luz que lo sostuvo
Mi abuelo caminó con fuerza
porque a su lado caminaba Esther Bañuelos Mendoza,
mi abuela,
la mujer que hablaba con la luz.
Ella murió un año antes que él.
Él murió un año después que ella.
Mi Madre, y mis Tíos quedaron huérfanos
en un país que no perdona la ternura.
Pero la luz de Esther
y las causas de Ubaldo
siguieron vivas en Beatriz,
en Rudy,
en Ubaldito
y en quienes heredamos su memoria.
VIII. Mi abuelo, mi guía
Yo no lo conocí.
Pero él me conoce a mí.
Lo siento cuando escribo,
cuando lucho,
cuando camino,
cuando digo "esto no es justo"
y no me quedo callado.
Mi abuelo es mi raíz cardenista,
mi brújula moral,
mi maestro silencioso.
Él me enseñó —sin conocerme—
que la dignidad no se hereda:
se construye.
Y que la justicia no se pide:
se siembra.
IX. Para quien quiera escuchar
Si usted, lector, pasa por La Laguna
y ve un campo sembrado,
un ejido vivo,
un sindicato que resiste,
o un trabajador que levanta la voz,
sepa que ahí, en algún rincón,
late todavía el nombre de mi abuelo:
Ubaldo Veloz Antúnez.
Obrero.
Campesino.
Creador de futuro.
Diputado del pueblo.
Cárdenista de hueso y de tierra.
Lagunero para siempre.
Guía de mi camino.


