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García Márquez en la Pancho Villa: la historia que en Saltillo y en Coahuila, aún no se ha contado

Jaime Cleofas Martínez Veloz
Hay momentos en la vida de un pueblo que pasan de largo, como si la historia no tuviera prisa por reconocerlos. Pero el tiempo —ese viejo narrador que nunca olvida— termina por revelar su verdadera dimensión.
Uno de esos momentos ocurrió en Saltillo, en la colonia Francisco Villa, durante la Primera Semana Nacional de Solidaridad en 1990.

Aquel día, en un cerro que había sido conquistado por la organización popular, se reunió un mosaico humano que pocas veces coincide en un mismo espacio: mujeres que habían levantado sus casas con sus propias manos, jóvenes cardenistas, obreros, estudiantes, colonos sin partido, militantes del PRI, del PSUM, del PMT, del PCM y del PRD.
Era un acto plural, auténtico, sin acarreo, sin guion partidista.
Era la comunidad ejerciendo su derecho a existir.

Y entre la comitiva presidencial que llegó a Saltillo, venía un invitado inesperado para muchos:
Gabriel García Márquez, Premio Nobel de Literatura, autor de Cien años de soledad, El otoño del patriarca, Crónica de una muerte anunciada y El amor en los tiempos del cólera.
Un hombre que había conversado con Fidel Castro, con Bill Clinton, con François Mitterrand; que había sido amigo de Neruda y testigo de los grandes dilemas latinoamericanos.

Su presencia pasó casi desapercibida.
Pero no debería seguir siéndolo.

Porque su visita a la Francisco Villa no fue casual.
Fue un gesto cargado de significado.

La diversidad como posibilidad, no como amenaza

México vivía entonces un tiempo de tensiones políticas profundas.
La pluralidad apenas comenzaba a abrirse paso.
Las heridas de 1988 seguían abiertas.
La desconfianza entre corrientes políticas era evidente.

Y sin embargo, en la Francisco Villa ocurrió algo extraordinario:
la comunidad logró convivir en la diversidad, escucharse, organizarse y construir acuerdos sin renunciar a sus diferencias.

Cuando Carlos Rojas —coordinador del Programa Nacional de Solidaridad— me preguntó cómo estaba organizado el evento, le dije la verdad:
habría comités priistas, sí, pero también grupos de izquierda, jóvenes cardenistas, dirigentes comunitarias independientes.
Lejos de incomodarle, le dio gusto.
Quería que García Márquez viera un acto auténtico, no un montaje.

Y eso fue lo que vio.

Por qué García Márquez estuvo ahí

Quien lo invitó sabía que en la Francisco Villa había una historia que valía la pena mostrarle:

una colonia fundada desde abajo,
una comunidad que había conquistado su derecho a la tierra sin violencia,
un pueblo que instaló su propia red de agua con pico y pala,
un territorio donde la dignidad se construyó con trabajo colectivo,
un espacio donde la pluralidad política convivía sin miedo.
Era, en muchos sentidos, una escena digna de su literatura:
realismo mágico sin artificio, épica popular sin exageración, comunidad como sujeto de derecho.

García Márquez no asistía a actos vacíos.
Si estuvo ahí, fue porque encontró verdad.

Porque en ese cerro, entre banderas diversas y voces distintas, vio algo que él mismo había escrito en sus novelas:
la capacidad de un pueblo para inventarse a sí mismo.

Lo que las nuevas generaciones deben saber

Las y los jóvenes de Saltillo y de Coahuila deben conocer este episodio porque demuestra algo fundamental:

Sí es posible convivir en la diversidad.
Sí es posible procesar nuestras diferencias sin destruirnos.
Sí es posible construir acuerdos desde la comunidad.

Ese día, en la Francisco Villa, se demostró que la reconciliación nacional no es un discurso:
es una práctica que nace en los barrios, en las colonias, en los espacios donde la gente se organiza para vivir con dignidad.

Y también deben saber algo más:
Gabriel García Márquez estuvo ahí.
En Saltillo.
En la Francisco Villa.
En un evento que, por su autenticidad, difícilmente podría repetirse en otro lugar del mundo.

No vino a ver un acto político.
Vino a ver un acto humano.
Y lo encontró.

Un legado para el futuro

Recordar este hecho no es nostalgia.
Es una invitación.

A reconocer que la comunidad es el verdadero sujeto de derecho.
A entender que la pluralidad no es una amenaza, sino una riqueza.
A saber que Coahuila ha sido capaz de producir encuentros que honran la dignidad humana.
A creer que podemos volver a hacerlo.

Porque si algo nos enseñó aquel día es que, cuando la comunidad se organiza y el Estado escucha,
la historia puede cambiar de rumbo.

Y que, a veces, sin que nadie lo note,
un Premio Nobel puede estar sentado entre nosotros,
mirando cómo un pueblo escribe su propia epopeya.

UBALDO VELOZ, MI ABUELO CARDENISTA, LAGUNERO Y GUÍA DE MI CAMINO

Jaime Cleofás Martínez Veloz

I. Donde empieza la historia (que no empieza donde dicen los libros)

Dicen que los hombres nacen una vez.
Pero hay quienes nacen dos veces:
una cuando llegan al mundo
y otra cuando el pueblo los reconoce como suyos.

Mi abuelo, Ubaldo Veloz Antúnez, nació en 1908 en El Derrame, Durango.
Pero su verdadero nacimiento fue en Torreón,
cuando el polvo de las calles y el sudor de los talleres
lo hicieron obrero, chofer, sindicalista,
y, sin saberlo,
constructor de un destino colectivo.

No nació para ser héroe.
Nació para ser justo.
Y eso, en este país, es más raro y más peligroso.

II. El obrero que entendió que la dignidad se organiza

Mi abuelo no aprendió política en libros.
La aprendió en el volante,
en la fábrica,
en la fila del salario insuficiente,
en la mirada de los que cargan el país sin que el país los mire.

Fue trabajador de la Compañía Lagunera de Aceites,
chofer de ruta,
y dirigente del Sindicato de Choferes Ruleteros.
Ahí descubrió una verdad que todavía incomoda a los poderosos:

que un obrero solo es un obrero,
pero un obrero organizado es un pueblo.

Por eso ayudó a fundar la Federación Única de Trabajadores (FUT),
esa criatura colectiva que unió a los que antes estaban dispersos.
La FUT fue su obra maestra:
un puño hecho de muchas manos.

III. El cardenismo que no se aprende: se vive

En 1936, cuando el general Lázaro Cárdenas llegó a La Laguna
para repartir la tierra,
no llegó solo.
Llegó acompañado por miles de campesinos
que ya sabían qué pedir,
cómo pedirlo
y por qué defenderlo.

Esa conciencia no cayó del cielo.
La sembraron hombres como mi abuelo.

Él organizó sindicatos agrícolas,
acompañó huelgas,
formó comités,
y preparó el terreno —literalmente—
para que la justicia agraria tuviera raíces.

Si el reparto agrario fue un acto histórico,
fue porque antes hubo un acto humano:
la organización.

Y ahí estaba Ubaldo,
con su voz tranquila
y su terquedad luminosa.

IV. Los gigantes con los que caminó

Hay fotos que no necesitan explicación.
En una de ellas, mi abuelo aparece sentado junto a:

• Vicente Lombardo Toledano,
• Dionisio Encinas,
• y otros dirigentes que hicieron temblar a los patrones.


No era casualidad.
Mi abuelo no era un espectador:
era parte del círculo que movía la historia desde abajo.

Ahí, entre gigantes,
él también era gigante.

V. El diputado que no dejó de ser pueblo

En 1943 fue electo Diputado Federal.
Pero no se volvió distante,
ni se vistió de traje para olvidar de dónde venía.

Desde la Cámara seguía enviando oficios urgentes
para registrar sindicatos agrícolas,
para defender a los trabajadores,
para que la voz del campo llegara a la capital.

Era diputado, sí.
Pero seguía siendo obrero.
Y eso, en México, es casi un acto de rebeldía.

VI. La muerte que llegó por carretera

El 4 de julio de 1944,
mi abuelo viajaba por carretera hacia la Ciudad de México.
No iba de paseo.
Iba a cumplir con su deber.

A la salida de Ciudad Victoria,
su automóvil se volcó.
El parte médico dice "fractura de la base del cráneo".
Los documentos dicen "accidente".
El pueblo dice "lo perdimos".

Murió cuatro días después,
a los 36 años,
en el Hospital Civil de Victoria.

Las esquelas de la CTM,
de la Junta Central de Conciliación y Arbitraje,
de los sindicatos,
y la firma de Fidel Velázquez
lo lloraron como se llora a los imprescindibles.

VII. Esther: la luz que lo sostuvo

Mi abuelo caminó con fuerza
porque a su lado caminaba Esther Bañuelos Mendoza,
mi abuela,
la mujer que hablaba con la luz.

Ella murió un año antes que él.
Él murió un año después que ella.
Mi Madre, y mis Tíos quedaron huérfanos
en un país que no perdona la ternura.

Pero la luz de Esther
y las causas de Ubaldo
siguieron vivas en Beatriz,
en Rudy,
en Ubaldito
y en quienes heredamos su memoria.

VIII. Mi abuelo, mi guía

Yo no lo conocí.
Pero él me conoce a mí.

Lo siento cuando escribo,
cuando lucho,
cuando camino,
cuando digo "esto no es justo"
y no me quedo callado.

Mi abuelo es mi raíz cardenista,
mi brújula moral,
mi maestro silencioso.

Él me enseñó —sin conocerme—
que la dignidad no se hereda:
se construye.

Y que la justicia no se pide:
se siembra.

IX. Para quien quiera escuchar

Si usted, lector, pasa por La Laguna
y ve un campo sembrado,
un ejido vivo,
un sindicato que resiste,
o un trabajador que levanta la voz,
sepa que ahí, en algún rincón,
late todavía el nombre de mi abuelo:

Ubaldo Veloz Antúnez.

Obrero.
Campesino.
Creador de futuro.
Diputado del pueblo.
Cárdenista de hueso y de tierra.
Lagunero para siempre.
Guía de mi camino.

Lupe Chávez: Hermano, pelotero, compañero de camino

Jaime Cleofas Martínez Veloz
Dicen que hay hombres que nacen para jugar beisbol.
Y dicen también que hay hombres que nacen para encender la vida de los demás.
José Guadalupe Chávez Baeza —para todos, simplemente Lupe Chávez— fue ambas cosas.
Un pelotero de raza y un ser humano de corazón ancho.
Un hombre que dignificó el diamante y que honró la amistad como si fuera un territorio sagrado.

Arquitectura, 1983: cuando el destino tocó la puerta

Corría 1983 y la Escuela de Arquitectura vivía un tiempo de cambios profundos.
En lo académico, en lo político, en lo deportivo.
El beisbol, como siempre, era un espejo de lo que éramos: pasión, desorden, sueños, ganas de pelear por algo más grande que nosotros.

Un día, un grupo de estudiantes del turno nocturno —Tomás Orta, Jesús Calzontzin, José Castillo, Efraín Bazaldúa y varios más— me citaron con solemnidad.
"Director, necesitamos hablar de algo importante", dijeron.

Y lo importante era esto:
Querían que la leyenda viva de los Saraperos de Saltillo, el gran shortstop José Guadalupe Chávez Baeza, Lupe Chávez, se convirtiera en el entrenador del equipo de Arquitectura.

El entusiasmo de aquellos muchachos era tan grande que no dejaba espacio para la duda.
Pedí cita con el rector.
El rector dio la instrucción.
Y así, como quien abre una puerta para que entre la luz, Lupe Chávez llegó a Arquitectura.

El hombre que llegó prendiendo lumbre

Como dicen en el barrio, Lupe llegó prendiendo lumbre.
Con disciplina, con alegría, con carácter.
Y más temprano que tarde, el equipo de Arquitectura —ese equipo de estudiantes, trabajadores, soñadores— se convirtió en campeón del torneo universitario.

No fue solo un triunfo deportivo.
Fue un acto de identidad.
Una declaración de que la hermandad también se construye con guantes, bats y sudor.

Ese campeonato fue el inicio de algo más grande:
una amistad que no se rompió con los años,
una hermandad que sobrevivió a la distancia,
un lazo que se renovaba cada vez que nos reuníamos a recordar, a reír, a brindar por lo vivido.

Lupe: el pelotero que jugaba con el alma

Lupe nació con el beisbol en la sangre.
Pero lo que lo distinguió no fue el talento —que lo tenía de sobra— sino la disciplina.
Era de los que llegaban temprano, de los que entrenaban más que nadie, de los que se quedaban después afinando el swing, corrigiendo un detalle, puliendo un movimiento.

En el campo era inteligencia pura:
sabía leer el juego, anticipar la jugada, sentir el ritmo del partido.
Era fuerte, técnico, valiente.
Pero sobre todo, era un compañero ejemplar.

Levantaba al equipo cuando las cosas iban mal.
Celebraba el éxito ajeno como propio.
Sabía que el beisbol es un deporte de conjunto y que la grandeza se construye entre todos.

El hombre fuera del diamante

Fuera del campo, Lupe era otra clase de grandeza.
Noble.
Cercano.
Generoso.

Tenía ese don que solo poseen los hombres verdaderos:
hacía sentir importantes a los demás.
Escuchaba.
Acompañaba.
Aconsejaba.
Era amigo de verdad, de esos que no se encuentran dos veces en la vida.

Para su familia, para sus compañeros, para quienes compartimos con él un dugout, una comida, una charla o un viaje, Lupe fue un referente de lealtad y humanidad.

Para la comunidad beisbolera, fue un símbolo:
un jugador que honró el uniforme, que respetó el juego, que dejó un ejemplo que no se borra.

Las reuniones, los años, la hermandad

Cada vez que podíamos, nos reuníamos quienes habíamos construido aquel equipo inolvidable.
Algunos ya se habían adelantado en este viaje que se llama vida.
Pero cuando nos reencontramos hace poco en casa de Jesús Recio, ahí estaba él:
en primera fila, con esa sonrisa franca, con esa presencia que llenaba el espacio sin esfuerzo.

Era como si el tiempo no hubiera pasado.
Como si la hermandad siguiera intacta.

El último viaje de un hermano del alma

Hoy que me entero de que nuestro querido Lupe Chávez se nos adelantó en este último viaje, siento que algo en mí se rompe y se acomoda al mismo tiempo.
Porque duele su ausencia, pero consuela haberlo conocido.

Le doy gracias a la vida por haberme permitido caminar a su lado.
Por su generosidad.
Por su compañerismo.
Por su don de gentes.
Por su caballerosidad.
Por su respeto hacia sus amigos y hacia la sociedad entera.

Lupe Chávez ya no está en el campo.
Pero su nombre seguirá resonando en cada historia que contemos,
en cada juego donde alguien recuerde su entrega,
en cada joven que aspire a jugar con la misma dignidad con la que él jugó.

Porque hay jugadores que pasan.
Y hay jugadores que se quedan.

Lupe es de los que se quedan.

Hasta siempre, Lupe.
Hasta siempre, hermano del alma.

Adrián Rodríguez García, el niño que nació con el siglo

Jaime Cleofás Martínez Veloz
Durante mucho tiempo, el nombre de Adrián vivió en mi memoria como viven ciertos hombres: con una presencia firme, cotidiana, casi inevitable, pero sin un origen claro. Lo conocí —como tantos— por sus actos, por su carácter, por la forma en que ocupaba el espacio sin imponerse y dejaba huella sin anunciarlo. Pero nunca supe realmente de dónde venía su fuerza.

Su historia, como la de muchos de su generación, estaba hecha de silencios. De fragmentos. De recuerdos sueltos que no alcanzaban a formar un retrato completo. Un día entendí que ese vacío no era casualidad: era una deuda. Una deuda con él, con los que lo precedieron y con los que venimos después.

Así comenzó esta búsqueda. No como un ejercicio académico, sino como un acto de reconocimiento. Fui a los archivos, a las actas, a los registros que guardan la verdad sin adornos. Y ahí, entre tinta antigua y nombres casi borrados, descubrí que Adrián no era solo el hombre que conocimos: era el punto más luminoso de una estirpe que llevaba generaciones acumulando fuerza.

Esta crónica nace de ese hallazgo. De la necesidad de contar lo que nunca se dijo. De honrar un origen que permaneció oculto, no por olvido, sino porque nadie había ido a buscarlo. Hoy, al reconstruir su historia, no solo recupero el pasado: lo ilumino. Y con ello, ilumino también el camino de quienes llevamos su nombre, su sangre o su recuerdo.

El niño que nació con el siglo

Adrián Rodríguez García no nació en 1904, como sugería el registro tardío.
Nació en 1900, cuando el siglo XX abría los ojos.

Su acta de nacimiento fue asentada en 1905, pero su edad declarada en el acta de matrimonio de 1927 —27 años— revela la verdad que la tinta demoró en escribir. No fue un error. Fue una práctica común en la época: registrar al niño cuando el padre podía, cuando había tiempo, cuando la vida lo permitía.

Pero más allá de la técnica, hay un símbolo: Adrián nació con el siglo.

Nació cuando México se preparaba para incendiarse y renacer.
Nació cuando la modernidad prometía y la desigualdad amenazaba.
Nació cuando la historia necesitaba hombres capaces de romperla y rehacerla.

Y él sería uno de ellos.

Metodología histórica: por qué el acta de 1905 no refleja la fecha real

El hallazgo de su edad en el acta matrimonial de 1927 —un documento donde él mismo declara tener 27 años— es más confiable que el registro civil tardío.
En el México de principios del siglo XX, especialmente en Nuevo León y Coahuila, era común:

Registrar a los hijos meses o años después del nacimiento.
Asentar fechas aproximadas por conveniencia administrativa.
Priorizar el acto legal sobre la precisión cronológica.
Por eso, la fecha real de nacimiento de Adrián debe fijarse en 1900, mientras que el registro de 1905 queda como evidencia documental, no biográfica.

Esta corrección no altera su historia: la revela.

La leyenda de Adrián, el resplandor de la estirpe

Dicen los ancianos que la estirpe llevaba siglos respirando en silencio. Que cada generación encendió una chispa, pero ninguna logró hacer fuego. Dicen que los nombres se acumulaban como brasas bajo la ceniza: Pedro, Josefa, Andrés, Guadalupe, Francesco, Concepción, Félix, Josefa... Todos ardían, pero ninguno iluminaba del todo. Todos avanzaban, pero ninguno abría camino.

Hasta que nació Adrián.

Nació en 1900, en la vida. Y en 1905, en la tinta. Porque su padre —un comerciante de 34 años, hombre de pasos firmes— lo llevó al Registro Civil casi cinco años después, como si necesitara tiempo para comprender que no estaba presentando a un hijo, sino revelando a la luz al más brillante de su linaje.

No fue registrado tarde. Fue registrado cuando su resplandor ya era imposible de contener.

Los que vinieron antes — Los portadores del fuego dormido

Pedro Rodríguez y Josefa Libero, que caminaron la tierra con la paciencia de los que saben esperar.
Andrés De los Santos y Guadalupe Escamilla, que resistieron tiempos de hierro sin perder la ternura.
Francesco García Moral y Concepción Serra, que trajeron oficio, fe y una voluntad que no se quiebra.
Félix Rodríguez G. y Josefa De León J., que sostuvieron el apellido como quien sostiene una antorcha en la tormenta.

Ellos no fueron sombras. Fueron fuerza contenida. Fueron la noche previa al amanecer. Fueron el murmullo antes del canto.

Los que guardaron el umbral — Abuelos

Julián Rodríguez Mora y Juana De los Santos.
Pedro García Serra y María C. Rodríguez.

Ellos vivieron en el borde de dos eras: la era de la supervivencia y la era de la claridad. Sabían —aunque no lo decían— que la estirpe estaba a punto de producir a su hijo más luminoso.

Los que encendieron la chispa — Padres

Pedro Rodríguez y Dolores García Serra.
Él, con la firmeza de un roble que no se inclina.
Ella, con la dulzura de un río que nunca deja de fluir.

Su unión no fue casualidad. Fue un pacto entre dos linajes que habían esperado demasiado tiempo para ver nacer a alguien como Adrián. Se casaron en Nuevo León, el 27 de diciembre de 1899, bajo la mirada de un juez y el testimonio de la historia. Y cuando Pedro lo llevó al registro en 1905, no estaba cumpliendo un trámite: estaba entregando a la historia al hijo que cambiaría el pulso de la estirpe
Un niño de casa buena

Adrián creció rodeado de estabilidad económica, educación formal, expectativas sociales, una vida doméstica ordenada y símbolos de estatus que marcaron su infancia. No era un niño de carencias. Era un niño de posibilidades.

Y esa es la primera gran paradoja de su vida.

Quince años sin Tatíc Samuel: el que incomodaba a los de arriba y acompañaba a los de abajo

Jaime Cleofas Martínez Veloz
Un abrazo, Tatíc, donde quiera que estés.
Quince años ya.
Quince años desde que tu cuerpo dejó esta tierra, pero no tu palabra.
Esa sigue aquí, caminando entre los pueblos, esquivando los discursos oficiales que ahora te elogian porque ya no estás para desmentirlos.

Porque así son los de arriba:
en vida te acusaron de agitador, de hereje, de instigador de rebeldías ajenas.
Y en muerte, te convierten en estampita.
La hipocresía también tiene liturgia.

Si de veras quisieran honrarte, no harían misas ni homenajes con alfombra roja.
Harían algo más sencillo y más peligroso para ellos:
cumplir los Acuerdos de San Andrés.
No reinterpretarlos.
No archivarlos.
No usarlos como souvenir de museo.
Cumplirlos.
Convertirlos en ley, en política de Estado, en realidad viva.
Eso que tanto miedo les da cuando la dignidad indígena exige su lugar.

Porque esos acuerdos no nacieron de la buena voluntad del gobierno, sino de la terquedad de un pueblo que dijo "Ya basta" y de un obispo que decidió escuchar en vez de pontificar.
Tú, Tatíc, fuiste puente cuando todos querían muros.
Fuiste oído cuando todos querían micrófonos.
Fuiste palabra cuando todos querían consignas.

El vuelo que casi nos baja del calendario

A veces regreso a aquel octubre de 1995.
CONAI y COCOPA rumbo a Guadalupe Tepeyac.
Dos helicópteros.
En el de adelante íbamos tú, José Narro, don Luis Álvarez, Heberto Castillo y yo.
A mitad del vuelo, un golpe brutal.
Un ave enorme contra los rotores.
El helicóptero tembló como si la selva nos hubiera jalado del aire para recordarnos que la vida es prestada y que la muerte, cuando quiere, no avisa.

Cuando el piloto logró estabilizar la nave, te dijimos —medio en broma, medio en serio— que tu presencia nos había salvado.
Tú sólo sonreíste.
Esa sonrisa que calmaba tormentas y desarmaba soberbias.

Y sí, Tatíc, aquí entre nos:
yo no fumo, pero en aquellos días le conseguía al Sub un tabaco para la pipa que encontraba en San Diego.
Toasted Cavendish, creo que se llamaba.
Nunca me lo pidió.
Pero uno aprende a leer silencios, a interpretar humos, a entender que hay gestos que no necesitan palabras.
El Sub encendía la pipa.
Tú escuchabas.
Y nosotros aprendíamos.

La Cocopa bajo sospecha

La Cocopa nació bajo el signo de la desconfianza.
Zedillo la propuso y muchos pensaron que era un intento de quitar del camino a la CONAI.
Pero quienes estuvimos ahí entendimos pronto que no había competencia, sino complementariedad.
Y que tu figura era brújula, no obstáculo.

En cada paso del proceso aparecía una provocación nueva.
Y aun así, pese a la molestia que tu presencia generaba entre los poderosos, tu palabra permitió avanzar hasta lograr el primer acuerdo: Derechos y Cultura Indígena.
Ese que hoy, quince años después de tu partida, sigue esperando que el Estado cumpla su parte.

Las mentiras de antes, las de ahora, las de siempre

Desde los sillones de piel y las oficinas con aire acondicionado se difundió la mentira de que tú estabas detrás del levantamiento zapatista.
Quince años después, algunos siguen repitiendo esa historia porque es más fácil culpar a un obispo que mirar de frente la pobreza que ellos mismos producen.

Nunca entendieron —ni entenderán— que las rebeliones no las provocan los curas, sino el hambre.
La miseria.
El olvido.
La desesperanza que cala hasta el hueso.

Hoy, en 2026, México sigue debatiéndose entre la retórica del cambio y la persistencia del abandono.
Los pueblos indígenas siguen exigiendo lo mismo que exigían cuando tú caminabas entre ellos:
tierra, respeto, autonomía, justicia.
Y aunque algunos avances han llegado, la deuda histórica sigue intacta.
El Estado sigue debiendo.
Y los pueblos siguen cobrando.

Tatíc

El cariño que los pueblos te tuvieron —y te tienen— no nació de discursos, sino de tu manera de caminar.
Despacio.
Escuchando.
Sin prisa.
Sin miedo.
Sin pedir permiso.

Ese compromiso marcó tu vida y la de miles de comunidades.
Por eso tu ausencia pesa.
Por eso tu nombre sigue caminando.
Por eso, quince años después, seguimos hablando de ti como si apenas hubieras salido a visitar un ejido más.

Un abrazo, Tatíc, donde quiera que estés.
Aquí seguimos.
Aquí seguimos caminando.
Aquí seguimos resistiendo.
Y sí: todavía recuerdo el aroma del Toasted Cavendish, como quien guarda un secreto compartido en la selva.

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