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El poder que mide con dos varas

 Jaime Martínez Veloz

En política, las palabras nunca viajan solas. Llevan consigo el peso de la investidura, la historia del cargo y la responsabilidad frente a la nación.

Por eso, cuando la Presidenta de la República opina sobre las aspiraciones de un senador de oposición —en este caso, Luis Donaldo Colosio Riojas— no estamos ante un comentario casual, sino ante un acto político que merece ser examinado con rigor.

La Presidenta calificó como "curioso" que un senador por Nuevo León aspirara a gobernar Sonora. Lo repitió varias veces, subrayando la supuesta incongruencia territorial.

Sin embargo, el argumento no resiste la prueba más elemental de la memoria histórica: Andrés Manuel López Obrador, líder fundador del movimiento que hoy gobierna, fue candidato a gobernador de Tabasco y años después candidato a la Jefatura de Gobierno del Distrito Federal, un territorio donde no nació ni construyó su carrera inicial.

Y lo hizo legítimamente, como parte de un proyecto político nacional.

La pregunta, entonces, no es si Colosio Riojas puede o no competir en Sonora —la Constitución es clara— sino desde dónde habla la Presidenta cuando cuestiona esa posibilidad.

Y ahí es donde aparece el verdadero problema: la confusión deliberada entre el rol de Jefa de Estado y el de dirigente partidaria.

En una democracia constitucional, la Presidencia no es un comité de campaña.

Tampoco es un vocero de partido. Es la institución que representa a toda la nación, incluso a quienes no votaron por el proyecto gobernante.

Esa neutralidad no es un adorno: es un pilar de la convivencia democrática. Cuando la Presidenta utiliza la plataforma institucional —la conferencia matutina, Palacio Nacional, la comunicación oficial del Estado— para opinar sobre candidaturas, procesos internos o aspiraciones de la oposición, se desplaza del terreno institucional al terreno partidario.

Y ese desplazamiento erosiona la frontera que separa al Estado del movimiento político que lo encabeza.

No se trata de censurar a la Presidenta.

Tiene derecho a tener opiniones políticas. El problema es el lugar desde donde las expresa. No es lo mismo que un dirigente partidario cuestione a un adversario, a que lo haga la Jefa de Estado desde un espacio financiado con recursos públicos y destinado, en teoría, a informar sobre asuntos de gobierno.

La investidura presidencial no es un micrófono más: es un instrumento de poder simbólico que debe usarse con responsabilidad.

El argumento del "arraigo" que la Presidenta utilizó contra Colosio Riojas tampoco es nuevo. Es un recurso retórico que la política mexicana ha empleado durante décadas para desacreditar adversarios sin entrar al fondo de sus propuestas.

Se invoca cuando conviene y se olvida cuando estorba. Todos los partidos lo han usado. Todos los partidos lo han ignorado. Es un arma discursiva, no un principio.

Pero en este caso, el uso del argumento revela algo más profundo: la creciente preocupación del gobierno federal por el ascenso de Movimiento Ciudadano y, en particular, por el potencial político de Colosio Riojas.

No es casual que la crítica venga desde la Presidencia. Tampoco es casual que se formule con un tono aparentemente ligero. En política, la ironía es una forma de marcar territorio. MC ha dejado de ser un partido testimonial. Las elecciones en Veracruz y Durango el año pasado, son prueba de ello

En ese contexto, Colosio Riojas representa un activo simbólico y generacional que podría crecer si gobierna un estado. La crítica presidencial, más que un comentario, es un mensaje preventivo y de clara autodefensa.

Sin embargo, el costo institucional de ese mensaje es alto. Cuando la Presidenta actúa como dirigente partidaria, la democracia pierde un árbitro y gana un jugador.

Y cuando el Estado se convierte en instrumento de disputa política, la equidad electoral se debilita.

México necesita una Presidencia que gobierne, no que compita.

Una Jefatura de Estado que represente a todos, no que intervenga en la vida interna de los partidos.

Una investidura que se mantenga por encima de la contienda, no dentro de ella. Porque si algo nos ha enseñado la historia reciente es que cuando el poder confunde sus límites, la democracia paga el precio.

La memoria no prescribe: Bonilla, Morena y la ausencia de ética

Jaime Martínez Veloz

La historia que se quiso silenciar regresa hoy con la fuerza de los hechos.

Hay momentos en que la política deja de ser un juego de discursos y se convierte en un espejo. Un espejo incómodo, implacable, que devuelve la imagen de lo que se hizo, de lo que se permitió y de lo que se calló. Hoy, con la vinculación a proceso de Jaime Bonilla por el caso Next Energy, Baja California se mira en ese espejo. Y lo que aparece no es nuevo: es lo mismo que algunos advertimos desde 2019, cuando la ética se sacrificó en nombre de la conveniencia.

Porque la verdad es esta: lo que hoy estalla en tribunales comenzó mucho antes. Comenzó cuando se decidió que la legalidad era un estorbo, que la militancia era un trámite y que la voluntad de un solo hombre valía más que los principios de un movimiento entero. Comenzó cuando se impuso una candidatura con una encuesta que jamás apareció, con un proceso interno manipulado y con un aparato estatal operando como si la democracia fuera un obstáculo.

En 2019 presenté una queja ante la Comisión Nacional de Honestidad y Justicia. No para ganar una candidatura, sino para defender un principio. La CNHJ me dio la razón: ahí quedó escrito que se violaron los principios de certeza, legalidad, objetividad e imparcialidad. Ahí quedó asentado que la cadena de custodia de la supuesta encuesta fue violada. Ahí quedó documentado que la autoridad responsable actuó fuera de sus facultades. Todo eso está en el expediente, con sello y firma.

Pero mientras la Comisión resolvía con argumentos, desde la dirigencia nacional se respondía con insultos. Se habló de "sabandijas", de "traidores", de infiltrados. Se usó el poder para aplastar la crítica, no para corregir el rumbo. Se cerraron filas, no alrededor de la verdad, sino alrededor de una imposición. Y quienes hoy se sorprenden de lo que ocurre deberían recordar que fueron ellos quienes aplaudieron, justificaron y blindaron ese estilo de ejercer el poder.

La vinculación a proceso de Jaime Bonilla por peculado, abuso de autoridad y uso ilícito de atribuciones no es un accidente. Es la consecuencia natural de haber confundido el poder con impunidad. El contrato con Next Energy —sin licitación, sin sustento técnico, sin viabilidad jurídica— no fue un error administrativo: fue una forma de gobernar. Una forma que hoy tiene consecuencias judiciales, financieras y sociales para Baja California.

Y como si la incongruencia necesitara un capítulo adicional, el 25 de marzo del año pasado Jaime Bonilla Valdez se reafili ó al Partido Republicano de Donald Trump, justo cuando Morena sostenía una disputa política abierta con ese liderazgo en el ámbito binacional. Ese acto no solo exhibe una contradicción personal: exhibe la falta de criterio político de quienes lo impulsaron, lo defendieron y lo protegieron, incluyendo al propio expresidente Andrés Manuel López Obrador. La congruencia no puede ser opcional. O se tiene, o no se tiene.

La crisis de violencia e inseguridad que hoy vive Baja California tampoco es ajena a esta historia. La gobernabilidad no se construye con imposiciones, ni con encuestas fantasma, ni con decisiones tomadas desde la soberbia. Se construye con legalidad, con ética y con responsabilidad. Cuando esos pilares se abandonan, el deterioro social no tarda en aparecer. Y hoy lo estamos viviendo.

No escribo esto desde la revancha. La revancha es para quienes necesitan justificar su pasado. Yo escribo desde la coherencia. Desde la misma convicción que tuve en 2019, cuando dije: "Si Bonilla va como gobernador, yo no le entro". No era una frase contra una persona, sino contra un método. Contra una forma de ejercer el poder que tarde o temprano iba a pasar factura.

Esa factura llegó. Y no la está pagando un individuo: la está pagando Baja California.

La ética no es un adorno. No es un discurso. No es una pose. Es una línea que se sostiene incluso cuando cuesta, incluso cuando incomoda, incluso cuando se está solo.

En 2019 tomé esa línea.
Y la sostengo hoy, porque la historia —por más que se intente silenciar— siempre vuelve.

García Márquez en la Pancho Villa: la historia que en Saltillo y en Coahuila, aún no se ha contado

Jaime Cleofas Martínez Veloz
Hay momentos en la vida de un pueblo que pasan de largo, como si la historia no tuviera prisa por reconocerlos. Pero el tiempo —ese viejo narrador que nunca olvida— termina por revelar su verdadera dimensión.
Uno de esos momentos ocurrió en Saltillo, en la colonia Francisco Villa, durante la Primera Semana Nacional de Solidaridad en 1990.

Aquel día, en un cerro que había sido conquistado por la organización popular, se reunió un mosaico humano que pocas veces coincide en un mismo espacio: mujeres que habían levantado sus casas con sus propias manos, jóvenes cardenistas, obreros, estudiantes, colonos sin partido, militantes del PRI, del PSUM, del PMT, del PCM y del PRD.
Era un acto plural, auténtico, sin acarreo, sin guion partidista.
Era la comunidad ejerciendo su derecho a existir.

Y entre la comitiva presidencial que llegó a Saltillo, venía un invitado inesperado para muchos:
Gabriel García Márquez, Premio Nobel de Literatura, autor de Cien años de soledad, El otoño del patriarca, Crónica de una muerte anunciada y El amor en los tiempos del cólera.
Un hombre que había conversado con Fidel Castro, con Bill Clinton, con François Mitterrand; que había sido amigo de Neruda y testigo de los grandes dilemas latinoamericanos.

Su presencia pasó casi desapercibida.
Pero no debería seguir siéndolo.

Porque su visita a la Francisco Villa no fue casual.
Fue un gesto cargado de significado.

La diversidad como posibilidad, no como amenaza

México vivía entonces un tiempo de tensiones políticas profundas.
La pluralidad apenas comenzaba a abrirse paso.
Las heridas de 1988 seguían abiertas.
La desconfianza entre corrientes políticas era evidente.

Y sin embargo, en la Francisco Villa ocurrió algo extraordinario:
la comunidad logró convivir en la diversidad, escucharse, organizarse y construir acuerdos sin renunciar a sus diferencias.

Cuando Carlos Rojas —coordinador del Programa Nacional de Solidaridad— me preguntó cómo estaba organizado el evento, le dije la verdad:
habría comités priistas, sí, pero también grupos de izquierda, jóvenes cardenistas, dirigentes comunitarias independientes.
Lejos de incomodarle, le dio gusto.
Quería que García Márquez viera un acto auténtico, no un montaje.

Y eso fue lo que vio.

Por qué García Márquez estuvo ahí

Quien lo invitó sabía que en la Francisco Villa había una historia que valía la pena mostrarle:

una colonia fundada desde abajo,
una comunidad que había conquistado su derecho a la tierra sin violencia,
un pueblo que instaló su propia red de agua con pico y pala,
un territorio donde la dignidad se construyó con trabajo colectivo,
un espacio donde la pluralidad política convivía sin miedo.
Era, en muchos sentidos, una escena digna de su literatura:
realismo mágico sin artificio, épica popular sin exageración, comunidad como sujeto de derecho.

García Márquez no asistía a actos vacíos.
Si estuvo ahí, fue porque encontró verdad.

Porque en ese cerro, entre banderas diversas y voces distintas, vio algo que él mismo había escrito en sus novelas:
la capacidad de un pueblo para inventarse a sí mismo.

Lo que las nuevas generaciones deben saber

Las y los jóvenes de Saltillo y de Coahuila deben conocer este episodio porque demuestra algo fundamental:

Sí es posible convivir en la diversidad.
Sí es posible procesar nuestras diferencias sin destruirnos.
Sí es posible construir acuerdos desde la comunidad.

Ese día, en la Francisco Villa, se demostró que la reconciliación nacional no es un discurso:
es una práctica que nace en los barrios, en las colonias, en los espacios donde la gente se organiza para vivir con dignidad.

Y también deben saber algo más:
Gabriel García Márquez estuvo ahí.
En Saltillo.
En la Francisco Villa.
En un evento que, por su autenticidad, difícilmente podría repetirse en otro lugar del mundo.

No vino a ver un acto político.
Vino a ver un acto humano.
Y lo encontró.

Un legado para el futuro

Recordar este hecho no es nostalgia.
Es una invitación.

A reconocer que la comunidad es el verdadero sujeto de derecho.
A entender que la pluralidad no es una amenaza, sino una riqueza.
A saber que Coahuila ha sido capaz de producir encuentros que honran la dignidad humana.
A creer que podemos volver a hacerlo.

Porque si algo nos enseñó aquel día es que, cuando la comunidad se organiza y el Estado escucha,
la historia puede cambiar de rumbo.

Y que, a veces, sin que nadie lo note,
un Premio Nobel puede estar sentado entre nosotros,
mirando cómo un pueblo escribe su propia epopeya.

La Laguna: donde la sed desmiente al Gobierno Federal

Jaime Cleofas Martínez Veloz
En la Federación repiten —como si la mentira fuera método de gobierno— que el agua ya viene. Que ya casi llega. Que ya merito. Que nomás falta un tubo, una firma, una válvula, un organismo operador, un presupuesto, una foto, un aplauso.
Repiten.

Pero acá abajo, en La Laguna, donde la sed no es metáfora sino condena, sabemos que el "ya merito" es la forma federal de decir "todavía no", y que el "todavía no" es la coartada para esconder lo evidente:
el Gobierno Federal mintió. Mintió con nombre, con fecha y con obra: Agua Saludable para La Laguna.

Porque el agua —derecho humano— la convirtieron en propaganda.
La propaganda —obligación pública— la convirtieron en excusa.
Y la excusa —mentira oficial— la repiten como si aquí no supiéramos contar.

I. La promesa que se evaporó

La Federación vino a La Laguna a prometer lo que nunca pensó cumplir:
que Agua Saludable estaría listo antes del fin del sexenio;
que el 21 de diciembre correría agua limpia; que el arsénico sería historia.

Promesas con aplausos. Promesas con cámaras. Promesas que hoy, en 2026, son un insulto.

La obra no está terminada. El agua no llega. El arsénico sigue entrando a los hogares como un intruso tolerado por el Estado.

La Laguna, con su sed, desmiente cada palabra federal.

II. La obra que camina, pero no llega

La planta potabilizadora de Agua Saludable funciona a medias.
Las interconexiones municipales siguen sin soldarse.
Las redes secundarias están tan abandonadas que recibir agua limpia sería ensuciarla en el camino.

Las presas están exhaustas. Él sistema opera en modo ensayo. Ensayo eterno. Ensayo sin estreno.

La Laguna no vive de discursos. Vive de agua. Y el agua no llega.

III. La traición tiene números, nombres y responsables

El proyecto Agua Saludable para La Laguna nació con 9 mil millones de pesos.
Hoy cuesta 17 mil millones. Casi el doble. Y aun así, no sirve.

Los 1,200 millones destinados a sustituir tuberías —entre 600 y 700 millones sólo para Torreón— nunca llegaron.
Los municipios hicieron su parte; la Federación no.

La Auditoría Superior de la Federación confirmó lo que aquí ya sabíamos:

85 millones 705 mil pesos por aclarar.
59.7 millones pagados en exceso.
24.1 millones en suministros incompletos.
1.7 millones en conceptos fantasma.
Un contrato inflado 128.6%.
No es retraso. No es mala suerte. No es "un detalle técnico". Es corrupción. Es negligencia. Es traición institucional. Y La Laguna, con su sed, lo exhibe sin necesidad de discursos.

IV. La responsabilidad del Estado mexicano

La Constitución obliga al Estado a garantizar agua suficiente, salubre, accesible, aceptable y asequible. No es poesía. Es ley.

Retrasar una obra destinada a eliminar arsénico no es un error técnico:
es una violación constitucional.

La ASF ya exhibió irregularidades. La Suprema Corte ya ordenó transparencia. La Federación sigue escondiendo la cara.

La impunidad también contamina. Y La Laguna, con su sed, lo deja al descubierto.

V. La Laguna: donde la sed educa y la mentira se cae sola

Aquí, donde los niños aprenden antes a cargar cubetas que a escribir su nombre, la sed no es un problema técnico: es violencia.

Aquí, donde el arsénico se volvió parte del desayuno, sabemos que el agua no es metáfora. Es vida o enfermedad. Es futuro o exilio. Es dignidad o abandono.

Por eso duele que Agua Saludable, la obra que debía salvar vidas, termine convertida en un monumento a la incompetencia federal.
Que la justicia hídrica termine atrapada en tuberías sin conectar.
Que un derecho humano termine archivado como expediente.

La Laguna, con su sed, desmiente la narrativa federal de "todo va bien".

VI. Lo que sigue —y lo que no vamos a permitir

No pedimos milagros. Pedimos agua.

No pedimos discursos. Pedimos fechas que se cumplan.

No pedimos héroes. Pedimos instituciones que funcionen.

No pedimos favores. Pedimos justicia hídrica.

Porque la sed no espera. Porque el arsénico no negocia. Porque la vida no admite prórrogas.

Y porque un día —no hoy, no mañana, pero un día— La Laguna dejará de ser territorio de promesas rotas y volverá a ser lo que siempre debió ser:
tierra donde el agua corre sin pedir permiso a los poderosos.

Ese día, cuando el agua llegue limpia, cuando los niños carguen cuadernos y no cubetas, cuando la sed deje de ser destino, entonces sí podremos decir que la obra terminó.

Pero no porque lo dijo la Federación. Sino porque lo confirmó la vida de los de abajo. Porque La Laguna, con su sed, habrá desmentido al poder una vez más.

UBALDO VELOZ, MI ABUELO CARDENISTA, LAGUNERO Y GUÍA DE MI CAMINO

Jaime Cleofás Martínez Veloz

I. Donde empieza la historia (que no empieza donde dicen los libros)

Dicen que los hombres nacen una vez.
Pero hay quienes nacen dos veces:
una cuando llegan al mundo
y otra cuando el pueblo los reconoce como suyos.

Mi abuelo, Ubaldo Veloz Antúnez, nació en 1908 en El Derrame, Durango.
Pero su verdadero nacimiento fue en Torreón,
cuando el polvo de las calles y el sudor de los talleres
lo hicieron obrero, chofer, sindicalista,
y, sin saberlo,
constructor de un destino colectivo.

No nació para ser héroe.
Nació para ser justo.
Y eso, en este país, es más raro y más peligroso.

II. El obrero que entendió que la dignidad se organiza

Mi abuelo no aprendió política en libros.
La aprendió en el volante,
en la fábrica,
en la fila del salario insuficiente,
en la mirada de los que cargan el país sin que el país los mire.

Fue trabajador de la Compañía Lagunera de Aceites,
chofer de ruta,
y dirigente del Sindicato de Choferes Ruleteros.
Ahí descubrió una verdad que todavía incomoda a los poderosos:

que un obrero solo es un obrero,
pero un obrero organizado es un pueblo.

Por eso ayudó a fundar la Federación Única de Trabajadores (FUT),
esa criatura colectiva que unió a los que antes estaban dispersos.
La FUT fue su obra maestra:
un puño hecho de muchas manos.

III. El cardenismo que no se aprende: se vive

En 1936, cuando el general Lázaro Cárdenas llegó a La Laguna
para repartir la tierra,
no llegó solo.
Llegó acompañado por miles de campesinos
que ya sabían qué pedir,
cómo pedirlo
y por qué defenderlo.

Esa conciencia no cayó del cielo.
La sembraron hombres como mi abuelo.

Él organizó sindicatos agrícolas,
acompañó huelgas,
formó comités,
y preparó el terreno —literalmente—
para que la justicia agraria tuviera raíces.

Si el reparto agrario fue un acto histórico,
fue porque antes hubo un acto humano:
la organización.

Y ahí estaba Ubaldo,
con su voz tranquila
y su terquedad luminosa.

IV. Los gigantes con los que caminó

Hay fotos que no necesitan explicación.
En una de ellas, mi abuelo aparece sentado junto a:

• Vicente Lombardo Toledano,
• Dionisio Encinas,
• y otros dirigentes que hicieron temblar a los patrones.


No era casualidad.
Mi abuelo no era un espectador:
era parte del círculo que movía la historia desde abajo.

Ahí, entre gigantes,
él también era gigante.

V. El diputado que no dejó de ser pueblo

En 1943 fue electo Diputado Federal.
Pero no se volvió distante,
ni se vistió de traje para olvidar de dónde venía.

Desde la Cámara seguía enviando oficios urgentes
para registrar sindicatos agrícolas,
para defender a los trabajadores,
para que la voz del campo llegara a la capital.

Era diputado, sí.
Pero seguía siendo obrero.
Y eso, en México, es casi un acto de rebeldía.

VI. La muerte que llegó por carretera

El 4 de julio de 1944,
mi abuelo viajaba por carretera hacia la Ciudad de México.
No iba de paseo.
Iba a cumplir con su deber.

A la salida de Ciudad Victoria,
su automóvil se volcó.
El parte médico dice "fractura de la base del cráneo".
Los documentos dicen "accidente".
El pueblo dice "lo perdimos".

Murió cuatro días después,
a los 36 años,
en el Hospital Civil de Victoria.

Las esquelas de la CTM,
de la Junta Central de Conciliación y Arbitraje,
de los sindicatos,
y la firma de Fidel Velázquez
lo lloraron como se llora a los imprescindibles.

VII. Esther: la luz que lo sostuvo

Mi abuelo caminó con fuerza
porque a su lado caminaba Esther Bañuelos Mendoza,
mi abuela,
la mujer que hablaba con la luz.

Ella murió un año antes que él.
Él murió un año después que ella.
Mi Madre, y mis Tíos quedaron huérfanos
en un país que no perdona la ternura.

Pero la luz de Esther
y las causas de Ubaldo
siguieron vivas en Beatriz,
en Rudy,
en Ubaldito
y en quienes heredamos su memoria.

VIII. Mi abuelo, mi guía

Yo no lo conocí.
Pero él me conoce a mí.

Lo siento cuando escribo,
cuando lucho,
cuando camino,
cuando digo "esto no es justo"
y no me quedo callado.

Mi abuelo es mi raíz cardenista,
mi brújula moral,
mi maestro silencioso.

Él me enseñó —sin conocerme—
que la dignidad no se hereda:
se construye.

Y que la justicia no se pide:
se siembra.

IX. Para quien quiera escuchar

Si usted, lector, pasa por La Laguna
y ve un campo sembrado,
un ejido vivo,
un sindicato que resiste,
o un trabajador que levanta la voz,
sepa que ahí, en algún rincón,
late todavía el nombre de mi abuelo:

Ubaldo Veloz Antúnez.

Obrero.
Campesino.
Creador de futuro.
Diputado del pueblo.
Cárdenista de hueso y de tierra.
Lagunero para siempre.
Guía de mi camino.

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