Jaime Cleofas Martínez Veloz
"En tiempos de crisis no hay matices."
La sentencia del Subcomandante Marcos, pronunciada en los diálogos por la paz en Chiapas, vuelve a cobrar sentido en un país donde el cielo está en alerta y el gobierno prefiere mirarse el ombligo. Porque mientras una potencia extranjera advierte riesgos militares en el espacio aéreo del Pacífico, el discurso oficial insiste en reducir la agenda nacional a una reforma electoral que divide, distrae y desnuda una obsesión por el control absoluto.
La Administración Federal de Aviación de Estados Unidos (FAA) emitió un NOTAM (Notice to Air Missions, es decir, un Aviso a las Misiones Aéreas) que no deja espacio para interpretaciones suaves: hay interferencias GNSS y actividades militares en zonas aéreas que incluyen responsabilidad mexicana. No es un documento menor. No es un trámite burocrático. Es una advertencia formal que afecta rutas civiles, seguridad aérea y soberanía territorial.
Y sin embargo, en México, la respuesta institucional ha sido el silencio.
Un silencio que pesa.
Un silencio que inquieta.
Un silencio que huele a complicidades delictivas.
Un silencio que revela prioridades.
Mientras el cielo se vuelve un territorio incierto, la Presidencia decide concentrar su energía política en una reforma electoral que no busca fortalecer la democracia, sino subordinarla. Una reforma que amenaza la pluralidad, erosiona la unidad nacional y pretende colocar al árbitro electoral bajo la sombra del Ejecutivo. Una reforma que, paradójicamente, desmantela el mismo sistema que permitió al oficialismo llegar al poder.
La contradicción es evidente:
hay un riesgo militar real, pero el gobierno prefiere fabricar un conflicto interno.
La pregunta es inevitable:
¿por qué un gobierno que presume defender al pueblo ignora una advertencia que afecta directamente la seguridad del pueblo?
La respuesta es amarga, pero clara:
porque la prioridad no es el país, sino el control;
porque la unidad nacional no sirve cuando se vive de la polarización;
porque la gobernabilidad estorba cuando se busca hegemonía;
porque reconocer un riesgo militar implicaría asumir responsabilidades que este gobierno no quiere enfrentar.
El comunicado de la FAA no es un asunto menor. Expone un reacomodo militar regional, una tensión geoestratégica que exige claridad, coordinación y liderazgo. Pero en lugar de convocar a la unidad nacional, el gobierno opta por profundizar la división interna. En lugar de informar, distrae. En lugar de proteger, confronta.
En tiempos de crisis no hay matices.
Y hoy México enfrenta una crisis doble:
una crisis de soberanía en el cielo
y una crisis de poder en la tierra.
Mientras Estados Unidos emite una alerta formal, el gobierno mexicano insiste en una reforma electoral que amenaza la pluralidad y la unidad nacional. Mientras el riesgo viene del Pacífico, la tormenta política es fabricada desde Palacio. Mientras el país necesita claridad, el poder ofrece cortinas de humo.
Pero el país no está obligado a seguir ese guion.
La ciudadanía tampoco.
La prensa menos.
Porque cuando el gobierno decide mirarse el ombligo, alguien tiene que mirar al cielo.
Y cuando el poder elige dividir, alguien tiene que recordar que la patria es más grande que cualquier proyecto partidista.
Y cuando el riesgo es real, el silencio es complicidad.
En tiempos de crisis no hay matices.
Y este es uno de esos tiempos.


