Susana
Cepeda Islas
Una mañana abrí los ojos con una sensación desconocida. Una alegría recorría mi cuerpo como un torrente eléctrico. Hacía mucho, mucho tiempo que no la sentía, había olvidado su existencia. ¿En qué momento se marchó? Escarbé en mi memoria para saber dónde la había perdido. Comprendí que aquella sensación no se extinguió de golpe, poco a poco se fue apagando. La prisa con la que viví, la necesidad de hacerlo bien todo y la costumbre de asumir responsabilidades que no me correspondían fueron robándole fuerza a mi alegría. Sin darme cuenta, llené un enorme costal con piedras ajenas hasta olvidar lo que significaba caminar ligera.
Entonces comprendí que así comienza el amor. Llega en silencio, de repente cambia la manera de mirar y devuelve la esperanza donde antes había cansancio. Hace que los días sean mejores, que las heridas dejen de doler. Surge el milagro: se vuelve a creer, a soñar y a sonreír sin darse cuenta.
Enamorarse no es sencillo, pero cuando sucede lo sabes. El cuerpo y el alma hablan un idioma que no necesita palabras. Todo adquiere un brillo distinto. Los días pesan menos. Todo se ve de mil colores. Se va la oscuridad. Sientes que puedes con todo, porque eres poderosa. La alegría, simplemente, se desborda. Después, de tantos años que decidí dar prioridad a los otros, confieso que me enamoré de la mejor persona, maravillosa, única, honesta, sincera: ¡de mí!
Muchos años estuve atenta a los demás y me olvidé de que existía, de que era importante; estaba concentrada siempre pensando en los otros. Lamentablemente, esta situación es muy común en las mujeres, sobre todo si estamos casadas: al pendiente de los hijos, del marido, de la casa y sus actividades, además de todo lo que esto implica. Qué triste que me abandoné.
De pronto un día cualquiera me miré en el espejo: se me cayó la venda que no me dejaba ver lo que soy, “un ser único e irrepetible”. ¡Guau! Ahí estaba yo, me vi diferente. Es tan sencillo pensar en elegirse, cuidarse, respetarse, escuchar nuestra voz, amarse sin explicaciones, es estupendo empezar de nuevo. Pero lo hacemos difícil e imposible. Ahora ya no miro atrás, ¡me elijo!, tengo la certeza que toda mi esencia me va a ayudar a seguir adelante con pasos firmes. Se esfumó el miedo a perder, dejé ir lo que me hacía daño. Comprendí que las creencias de la sociedad ya no tienen sentido en mi actuar.
Ahora nadie me apaga. Ahora todo lo bueno viene a mí, nadie me rompe; todo, todo está dentro de mí: la fuerza, la valentía, estar siempre de pie, aunque me caiga mil veces, me levantó. Me respeto, cuido mi dignidad, aprendí a poner límites y a no cargar lo que no me corresponde. Primero estoy yo. Mi compromiso es avanzar, crecer, ser cada día más yo: auténtica y honesta. Las tormentas que viví no me hundieron, me hicieron fuerte. Ya no cargo maletas ajenas; camino ligera, con la mía, hacía mí misma.
Y sí, lo confieso de nuevo, sin miedo, sin culpa: Hoy, por fin, me elijo, estoy enamorada de mí.


