Susana Cepeda Islas

Es común que, en los grupos sociales —ya sean deportivos, laborales, recreativos o de cualquier otra índole— surjan sentimientos negativos entre sus miembros. Con frecuencia aparece la crítica destructiva, especialmente dirigida contra personas que poseen cualidades, habilidades o logros que otros no tienen. Detrás de esos comentarios ofensivos suelen esconderse sentimientos de mezquindad, inseguridad, frustración e insatisfacción personal. Esto resulta aún más evidente cuando las palabras se utilizan para desacreditar a alguien.

En la Biblia se advierte que la lengua es “un fuego, un mundo de maldad” y que “la muerte y la vida están en poder de la lengua”. De igual manera, los refranes populares encierran gran sabiduría, expresada en frases como: “Aunque la lengua no tenga hueso, quiebra hasta el acero más grueso”; “La lengua es más poderosa que la espada”; “Palabra dicha, piedra tirada”; “La palabra que sale de la boca nunca torna”. Estos dichos nos recuerdan que las palabras lanzadas con mala intención pueden causar un gran daño e incluso llegar a arruinar la vida de las personas.

En muchos grupos existe el lamentable hábito de difundir comentarios malintencionados sobre alguno de sus integrantes. Por lo general, las víctimas son quienes más destacan por sus capacidades, ya sea por su físico, juventud, liderazgo o su éxito. El propósito es claro: dañar la reputación, afectar su honor o poner en duda su integridad ante la sociedad. ¿Por qué actuamos de esa manera? Tal vez por envidia, celos o el deseo de minimizar los logros ajenos. En ocasiones proyectamos nuestras propias carencias desacreditando a los demás o difundiendo rumores para ganar complicidad del grupo, a espaldas de quienes sobresalen.

Las intenciones detrás de este comportamiento son malévolas: desacreditar a una persona en su entorno y manipular la opinión de los demás constituyen formas de violencia simbólica. En esencia, la crítica destructiva no es más que una evaluación negativa con el propósito de atacar, desvalorizar o dañar a otro ser humano.

La palabra posee un gran poder: puede alentar, consolar y fortalecer, pero también herir, humillar y destruir. Cada comentario que hacemos refleja no solo lo que pensamos de los demás, sino también aquello que habita en nuestro interior. Por ello, antes de emitir un juicio o difundir un rumor, conviene preguntarnos si nuestras palabras contribuyen al bienestar de la persona y de la comunidad o, por el contrario, alimentan el resentimiento y la división.

Construir relaciones basadas en el respeto, la empatía y la honestidad implica hacer un uso responsable del lenguaje. Reconocer y celebrar las cualidades de los demás no nos hace menos valiosos; al contrario, nos convierte en personas más generosas y seguras de nosotros mismos. En una sociedad donde la crítica destructiva parece normalizarse, elegir palabras que edifiquen y no que destruyan es un acto de madurez, de ética y de verdadera humanidad.

Las palabras no son inocentes: dejan huella, moldean percepciones y construyen o destruyen reputaciones. Vivir en comunidad exige reconocer que el otro no es un enemigo al que hay que acabar. Cuando elegimos hablar con verdad, con mensura y con respeto, no solo protegemos la dignidad ajena, sino que también preservamos la nuestra. La grandeza de una persona no se mide por cuánto logra opacar a los demás, sino por cuánto contribuye a que otros brillen. Seamos responsables de nuestras palabras para hacer de las comunidades un lugar más justo, más humano y digno para todos.