Susana Cepeda Islas

Años atrás, François - Marie Arouet, mejor conocido como Voltaire, escribió una frase que conserva plena vigencia en la actualidad: “El sentido común es el menos común de los sentidos”. Esta afirmación invita a reflexionar sobre una facultad esencial del ser humano que, paradójicamente, suele ser ignorada en la vida cotidiana y, con mayor gravedad, en los espacios de decisión pública. El sentido común no requiere conocimientos especializados ni capacidades extraordinarias; forma parte de la experiencia humana y se manifiesta en la posibilidad de actuar con prudencia razonamiento y equilibrio frente a las circunstancias de la vida. A lo largo de la historia, numerosos pensadores han intentado definir este concepto desde distintas perspectivas filosóficas. Algunos lo relacionan con la inteligencia práctica de los individuos; otros lo entienden como un conjunto de creencias y explicaciones construidas a partir de la experiencia personal y la sabiduría popular. Asimismo, existen posturas que lo consideran una facultad indispensable para orientarse adecuadamente en la práctica y para establecer relaciones armónicas dentro de la sociedad.

Entre los filósofos que profundizaron en este tema destaca el escocés Tomas Reid ((1719-1796), considerado el principal representante de la Escuela Escocesa del Sentido Común.  Reid dedicó gran tiempo de su obra a analizar esta noción y sostuvo que el sentido común constituye en principio una forma de percibir, razonar y actuar inherente a los seres humanos maduros, independientemente de la época o la cultura a la que pertenezcan. Según este planteamiento, el sentido común se sustenta en principios básicos que permiten emitir juicios razonables y orientar adecuadamente las acciones humanas. José Prado recupera estas ideas en La filosofía del sentido común. Breve antología de textos de Thomas Reid, donde destaca la importancia de esta facultad en la construcción del juicio, oral y social. En la propuesta filosófica de Reid sobresale un elemento central: la sensatez. Esta puede entenderse como la capacidad de actuar con prudencia, madurez y equilibrio en la toma de decisiones. La sensatez implica reconocer los límites de nuestras acciones y comprender que toda conducta humana posee consecuencias individuales y colectivas. Desde esta perspectiva, el sentido común no es únicamente una herramienta intelectual, sino también una guía ética para la convivencia social.

 Sin embargo, en la realidad contemporánea es frecuente observar conductas alejadas de la prudencia y del juicio razonable. El individualismo, la intolerancia, la ira y la ambición desmedida suelen desplazar al sentido común y conducir a escenarios de confrontación y deterioro social. Reid sostiene que el hombre justo es aquel que no perjudica a sus semejantes y concede a cada quien lo que le corresponde. Esta afirmación conserva una profunda relevancia, pues recuerda que el bienestar personal no puede construirse a costa del daño hacia los otros. En este contexto, el sentido común adquiere una importancia fundamental en el ejercicio de la política. Los líderes políticos tienen la responsabilidad de actuar con sensatez y de orientar sus decisiones hacia el bienestar colectivo. Gobernar implica comprender la complejidad de los problemas sociales y responder a ellos con responsabilidad, conocimiento y prudencia. Cuando el ejercicio del poder se aparta del sentido común, las consecuencias suelen reflejarse en el debilitamiento de las instituciones, en la desconfianza ciudadana y en el deterioro de las condiciones sociales, económicas y culturales.

Resulta preocupante observar cómo, en múltiples ocasiones, las decisiones políticas responden más a intereses personales, impulsos emocionales o estrategias improvisadas, que a una reflexión sensata sobre sus efectos sociales. La falta de planeación, el incumplimiento de la ley, el nombramiento de funcionarios sin experiencia y la incapacidad para construir acuerdos evidencian la ausencia de sensatez en la conducción pública. El costo de estas acciones recae inevitablemente sobre la sociedad, particularmente sobre los sectores más vulnerables. No debemos olvidar que el sentido común debe entenderse como una condición indispensable para la convivencia democrática y para el fortalecimiento de las instituciones. No se trata únicamente de una capacidad individual, sino de una práctica social sustentada en la prudencia, el respeto y la responsabilidad. En tiempos marcados por la polarización, la intolerancia y la improvisación política, es necesario recuperar el valor del sentido común porque representa una necesidad urgente para preservar el equilibrio social y fortalecer la vida pública.