Susana Cepeda Islas

Cada mes, de forma casi religiosa, acudo a mi consulta mensual en el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) a la clínica 2, para mi revisión médica y para que me surtan el medicamento que tengo que tomar debido a la presión alta que padezco. En mi última visita salí con sentimientos encontrados. Me sorprendió la remodelación que están llevando a cabo en todas las instalaciones; fue tan notable el cambio que por momentos me pareció estar en una clínica privada. Ya no se percibe la imagen deteriorada que veía en cada visita: el piso sucio, los muebles viejos y desgastados, la ropa hospitalaria rota o en mal estado y los rostros de fastidio en muchas personas. En fin, aquello solía parecer una verdadera pesadilla.

Digo que salí con sentimientos encontrados porque, aunque por un lado me sentí valorada como paciente y percibí un trato más digno, por otro me pegunté: ¿Cuánto tiempo conservaremos estas instalaciones en buen estado?  El comportamiento de muchos usuarios no siempre es el adecuado.  Le pongo un ejemplo: imagine la escena: afuera de Urgencias se encuentran familias completas —niños, parejas, personas mayores— permanecen horas, comiendo en la banqueta y dejando kilos de basura a su alrededor, convencidos de que deben acompañar en todo momento al familiar internado. Sin embargo, esa conducta no ayuda ni al paciente ni a ellos mismos. No es un lugar cómodo ni apropiado; además, los niños pueden enfermarse al estar expuestos a infecciones y a condiciones nada higiénicas.

Las creencias y la cultura en nuestro país con frecuencia fomentan comportamientos que nos perjudican tanto en lo individual como en lo colectivo. Falta fortalecer la responsabilidad social, que es simplemente el compromiso ético y voluntario de las personas, y de cualquier tipo de organización para contribuir al bienestar de la sociedad y al cuidado del medio ambiente. Su objetivo es mejorar la calidad de vida de la comunidad y preservar el entorno. Como ciudadanos, deberíamos de asumir el compromiso de cuidar lo público, pues es para el uso y beneficio de todos. Con frecuencia olvidamos que contribuimos a su mantenimiento mediante nuestros impuestos y que, somos los principales beneficiarios de esos servicios.

Cuidar lo público significa valorar los bienes y servicios que están disponibles para todos. Por eso es importante que velemos por su conservación. Es una responsabilidad compartida. Debemos recordar que disfrutar de estos espacios es un derecho, pero también una obligación su conservación.

Un gran problema de lo público es que es de todos y, al mismo tiempo, pareciera no ser de nadie. Olvidamos que nos pertenece colectivamente y reforzamos de que, si no es propiedad individual, no merece cuidado. Esta conducta revela un claro desapego y una falta de responsabilidad hacia los bienes comunes.

Mantenerlos en buen estado es nuestra obligación: no tirar basura para no demeritarlos. Respetar las instalaciones, no dañar o destruir el inmueble o vandalizarlos con escritos o pintas. También es importante evitar el uso excesivo de suministros como agua, electricidad, materiales, telefonía, combustible u otros. Por ello, las instituciones deben emprender una campaña de responsabilidad ciudadana, porque somos excelentes para exigir nuestros derechos, pero pésimos para cumplir con nuestras responsabilidades.  Con el propósito de que los ciudadanos estén conscientes que lo público es de todos.