Haidé Serrano

El arranque la Copa Mundial de Futbol en México se vivió como ningún otro, entre protestas y represión. La expectativa de euforia y celebración chocó con la realidad de un México que no se puede sepultar en millones de dólares de mercadotecnia.

Este jueves, el megaevento deportivo tuvo su partido inaugural con México como anfitrión contra Sudáfrica. Pero el foco de la primera patada se dividió entre cuestionamientos y reclamos. En particular, los de colectivos de madres buscadoras, que han puesto en el mapa mundial una crisis humanitaria que ya cuenta con más de 130 mil personas desaparecidas.

En las afueras del Estadio Azteca, vecinos del barrio originario de Santa Úrsula y madres buscadoras se plantaron desde días antes para renombrar la fiesta futbolística como el “Mundial del Despojo”, bautizo que quedó grabado en lonas junto a las fotos y nombres de los miles que no están.

Esta fiesta es también el negocio de unos cuantos. Numerosas voces y serios cuestionamientos se escucharon en medios y de viva voz: ¿por qué los gobiernos anfitriones facilitan un megaevento con exenciones fiscales? ¿Por qué los barrios padecen la gentrificación acelerada? ¿Por qué aceptar sin chistar el encarecimiento de la vida y la exclusión social? ¿Por qué se invierten los impuestos en obras de maquillaje?

La Copa Mundial de la FIFA 2026 pasará a la historia con demasiadas preguntas sin resolver. Será un torneo alojado en nuestro país, pero que solo unos pocos podrán disfrutar de verdad: aquellos que tengan 100 mil pesos para entrar al estadio o quienes posean los recursos para pagar plataformas privadas de transmisión, mientras la mayoría deberá conformarse con una oferta limitada en televisión abierta. Al final, la FIFA se llevará las ganancias libres de impuestos; aquí, las madres seguirán escarbando la tierra con sus propias manos.