Rubén Aguilar Valenzuela

La contienda electoral del pasado 2 de junio se dio en el marco de una clara intervención indebida del aparato del Estado que se empezó a fraguar el primer día del sexenio de Andrés Manuel López Obrador. El presidente conocía los límites de la ley. Entendía, además, que nada podía impedir que actuara como lo hizo, a pesar de su sistemática violación a la Constitución.

 

Si existiera en México un Estado de derecho pleno, el presidente hubiera sido llevado ante la justicia por sus acciones en materia electoral a lo largo de su mandato. Ahora, resultado de su intervención indebida, tenemos a una presidenta electa, la primera en nuestro país, que obtuvo la preferencia del 60% de los electores; es decir, 33.2 millones de votos, una cifra sin precedentes.

 

El abrumador triunfo de Morena en la pasada elección se debe, en parte, al diseño estratégico de López Obrador y a la manera como operó. Él siempre tuvo el control de todos los hilos y en la recta final de su mandato obtuvo lo que quería: la posibilidad de cambiar legalmente el régimen político de México.

 

 

Ilustración: Víctor Solís

 

 

Parte fundamental de ese diseño estratégico, como anota Jorge G. Castañeda, fue que ahora las personas tienen más dinero en su bolsa, aunque las políticas públicas en materia social hayan funcionado mal. Más aún: ese dinero ha llegado a los bolsillos de la gente por la vía de programas sociales clientelares, que aumentaron en su monto, y por el crecimiento del salario mínimo en 116%.

 

En 2018, López Obrador ganó la presidencia porque convenció a la mayoría de quienes votaron en esa ocasión de la validez de sus ideas y de la viabilidad de sus proyectos, pero sobre todo porque logró que muchos mexicanos se identificaran con su persona; con su manera de pensar y de decir las cosas. A lo largo de su mandato ofreció malos resultados, pero eso no le importó a sus seguidores, que ahora son más que en 2018.

 

La elección de 2024 me hace pensar que muchos de los votantes de Morena no construyen su decisión con base en los logros del gobierno, sino en base a otro tipo de valoraciones que, especulo, tienen que ver con su descontento respecto a la desigualdad de nuestro país, así como con su deseo de sentir que son tomados en cuenta. Pero estas son, de nuevo, especulaciones; para saber con claridad qué piensa ese sector muy amplio y diverso de la sociedad mexicana que votó por Morena hará falta un análisis a fondo.

 

Los avances que la oposición obtuvo en la elección federal de 2021, que parecía se iban a consolidar y aumentar en la de 2024, resultaron pasajeros y no se tradujeron en votos. Lo que hubo fue un claro retroceso. El estratega electoral de Palacio Nacional, con medidas ilegales y legales, supo neutralizar a la oposición para que su partido resultara triunfador.

 

Para tener una mayoría calificada en la Cámara de Diputados se necesitan 333 votos; la alianza Morena-PT-PVEM tiene 365. En la Cámara de Senadores, por otro lado, se necesitan 86; la alianza Morena-PT-PVEM tiene 82. Le faltan solo cuatro votos. En los próximos días puede haber algunos cambios en estas cifras, pero serán mínimos.

 

Ahora la composición del Congreso de la Unión le permite a López Obrador enviar las iniciativas de ley que quiera antes de que termine su mandato —recordemos que las nuevas cámaras se instalan el 1 de septiembre, un mes antes del fin del sexenio— con la certeza de que existen muy altas posibilidades de que sean aprobadas. ¿Lo hará? ¿Consultará antes con la presidenta electa? ¿Las propuestas surgirán del acuerdo entre el presidente saliente y la presidenta entrante?

 

A partir del 1 de octubre, la presidenta Sheinbaum tiene un claro mandato: seguir adelante el proyecto de López Obrador. Por eso ganó. Muchos electores de Morena, donde no solo hay sectores populares sino también de clases medias, la han visto siempre como seguidora y representante de su predecesor. A lo largo de su campaña, además, Sheinbaum dijo que seguiría con el proyecto lopezobradorista.

 

Hay que ver lo que ocurre en septiembre. ¿El presidente y la presidenta electa mandarán una iniciativa de ley para reformar el Poder Judicial? ¿Una para eliminar todos los órganos autónomos? ¿Una para modificar la estructura del Instituto Nacional Electoral (INE) y el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF)? ¿Una para modificar la composición de la Cámara de Senadores y Diputados?  Las reformas que propongan este otoño pueden ser estas y muchas otras. En las próximas semanas lo sabremos.

 

Ante su espantosa derrota, el Partido Revolucionario Institucional (PRI) y el Partido Acción Nacional (PAN) tienen que repensar a fondo su identidad y sus estrategias, así como hacer cambios radicales, más allá de lo cosmético. Hoy en día, es cierto, representan a un sector del electorado, pero son competitivos. Deben hacer por lo menos tres cosas: entender cómo y qué piensa la mayoría de la sociedad mexicana; articular un discurso que llegue a esos sectores para poder comunicarse con ellos; y deshacerse de personajes impresentables que les hacen mucho daño.

 

La primera presidenta de México asumirá su mandato con una mayoría calificada de su partido en la Cámara de Diputados y a una distancia de cuatro votos de menos para tenerla en la Cámara de Senadores. Las y los legisladores de la oposición serán figuras simbólicas, como lo fueron por décadas en los gobiernos del presidencialismo priísta.

 

Después de la votación del 2 de junio están dadas todas las condiciones para una regresión democrática que devuelva a México, por decisión de los electores, a los años de la presidencia imperial donde quien conduce los destinos del país, a través de la concentración del poder, tiene bajo su mando al Poder Judicial, al Poder Legislativo y a los gobernadores.

 

López Obrador ha sido el mentor de la presidenta electa a lo largo de años, desde antes de su gestión como jefa de Gobierno. De allí que, en la campaña, Sheinbaum con frecuencia hizo eco de lo que dice López Obrador. Si en su nuevo cargo sigue con ese discurso, ya se sabe lo que va a suceder Ahora no queda claro si la presidenta electa tiene un proyecto propio, uno diferente de aquel del presidente. ¿Qué significa para Sheinbaum el así llamado "segundo piso de la transformación" empezada por su mentor?

 

En la historia reciente, muchos presidentes optaron por sacar del país a sus predecesores, especialmente cuando estos habían sido muy fuertes y con gran arraigo social. El presidente Lázaro Cárdenas mandó al exilio al presidente Plutarco Elías Calles; el presidente José López Portillo al presidente Luis Echeverria; el presidente Ernesto Zedillo al presidente Carlos Salinas de Gortari. La presidenta Sheinbaum no aparenta tener ninguna intención de pedirle al presidente López Obrador que deje el país. Habrá de convivir con él. ¿Cómo será esa relación?

 

Cierro con esto: de esta elección se obtiene que la única izquierda partidaria que existe en México, el PRD, puede perder el registro. Está al límite de que así sea; solo lo puede impedir el que existan algunas irregularidades en el proceso que cambien el número de los votos. En los próximos días se sabrá. Y también que Movimiento Ciudadano (MC) con el 10% de los votos, concentrado en los jóvenes, sobre todo universitarios, se convierte en una clara alternativa para ese sector de la población. Habrá que ver cómo se desarrolla.