Rubén Aguilar Valenzuela
En enero de 1966 ingresé al noviciado de la Provincia Mexicana de la Compañía de Jesús, en el Molino de San Cayetano, en Santiago Tianguistenco, Estado de México, y en agosto de 1977 me incorporé formalmente a las Fuerzas Populares de Liberación (FPL) Farabundo Martí, en San Salvador, El Salvador, un arco de once años. Aquí, de manera sintética, doy cuenta del proceso intelectual y espiritual que viví en esos años, y que pretende explicar cómo pasé de la vida religiosa a la guerrilla.
El noviciado
El 5 de enero de 1966 ingresé al noviciado de la Provincia Mexicana de la Compañía de Jesús; un mes antes, en diciembre de 1965, termina el Concilio Vaticano II, que había iniciado en octubre de 1962. En el noviciado convivían prácticas de siglos atrás con las nuevas posiciones de la Iglesia católica, producto de las discusiones de la asamblea conciliar, plasmadas en los documentos que durante el primer y segundo año del noviciado fueron temas de estudio, de reflexión y también de oración.
En 1965, a la muerte del padre general Jean Baptiste Janssens, que había ocupado el cargo desde 1946, se cita a la Congregación General XXXI, que en su primera etapa se desarrolla de mayo a julio de ese año, y el 22 de mayo se elige como nuevo general de la Orden, al padre Pedro Arrupe, que había sobrevivido a la bomba nuclear de Hiroshima, en Japón. Una segunda etapa de la congregación se desarrolla de septiembre a noviembre de 1966.
El Vaticano II termina en diciembre de 1965, en las discusiones de la segunda etapa de la Congregación General ya se conocen todos los documentos que se aprueban en el Concilio. Algunos teólogos jesuitas, como Karl Rahner y Henri de Lubac, son parte de los redactores de esos textos. Lo que se plantea en los documentos del Concilio influye de manera decidida en la discusión y en los textos finales de esta congregación. La compañía se renueva como lo hace la Iglesia.
A través del estudio de esos textos, a los novicios se nos abría un ancho mundo, para entender qué se pedía a los sacerdotes y religiosos, en particular a los jesuitas. Se trataba de estar inmerso en el mundo, de servir a los otros, de hacer realidad lo que Jesús había predicado con su mensaje y con su vida, y se encontraba en los Evangelios. A través del Vaticano II, de la Congregación General XXXI, y de mi lectura del Evangelio inicié un proceso personal que, pienso, es el que me lleva a la lucha armada.
En esta etapa de mi vida, lo es para todos los jesuitas, fue fundamental la experiencia de los Ejercicios Espirituales, diseñados por san Ignacio de Loyola, a partir de sus vivencias espirituales en la cueva de Manresa, España, que el padre maestro Edgardo de la Peza nos dio por un mes. Seguir el proceso que señala san Ignacio —en medio del silencio, la meditación y la oración— cambia la vida. Para mí fue una nueva manera de vivir a Dios y de seguir al Jesús del Evangelio, que todavía está presente. Y también me quedó claro que Dios me pedía ser jesuita y trabajar para los demás.
El juniorado
Cuando era júnior, la segunda etapa de formación de los jesuitas, del 6 al 14 de mayo de 1968, tiene lugar en Río de Janeiro, Brasil, una reunión de los provinciales de América Latina. Fue presidida por el padre general Pedro Arrupe y tiene el propósito de discernir —a la manera que lo propone san Ignacio de Loyola, el fundador de la Orden en 1540— sobre la misión de la Compañía de Jesús en esta región, caracterizada por la desigualdad y la injusticia, a la luz del Vaticano II y de la encíclica Populorum Progressio, que el papa Pablo VI publica en marzo de 1967.
De esa reunión surge la Carta a los Jesuitas de América Latina, que se convierte en un documento fundamental para guiar el trabajo de la Compañía de Jesús en esta región. Los provinciales que asisten al encuentro realizan un examen colectivo de conciencia ante la situación de pobreza y desigualdad de la mayoría de los habitantes del continente y toman la decisión de comprometer a la institución en la opción preferencial por los pobres y la construcción de la justicia social. El trabajo social pasaba a ser una prioridad.

El 26 de agosto de 1968 se realiza la II Conferencia del Episcopado Latinoamericano (CELAM), en Bogotá, Colombia. A la sesión inaugural asiste el papa Pablo VI. Los obispos se proponen adecuar los grandes planteamientos del Vaticano II a la realidad de América Latina. En esa reunión, el sector más progresista de los obispos, y con un mayor compromiso social, da tónica a las discusiones y al contenido del documento final, que compromete a la Iglesia en el trabajo de construcción de la justica social.
Ahora los júniores, además de los documentos del Concilio Vaticano II, la Congregación General XXXI, la Encíclica Populorum Progressio, deberían estudiar a fondo la Carta de Río y sus implicaciones en nuestra vida de futuros sacerdotes jesuitas; además, teníamos que profundizar en el documento final de la II CELAM. Esos textos, a los júniores, nos impactaron de una forma distinta: para mí fueron decisivos en mi manera de entender el mundo y mi vocación de sacerdote jesuita. Al día de hoy para mí siguen siendo textos fundamentales y fuente de inspiración para vivir mi fe.
El padre Camilo Torres Restrepo, que se había incorporado al Ejército de Liberación Nacional (ELN) en Colombia, cae en combate con el Ejército el 15 de enero de 1966, sólo diez días después de que entré al noviciado. En ese entonces registré el hecho, pero no me impactó de manera especial. En el primer año de juniorado leí un texto sobre el padre Camilo, ahora no recuerdo cuál, que me impresionó mucho. Su decisión la veía como un acto de congruencia, que me interpelaba.
En ese momento me pareció que su decisión, que era radical, debía contemplarla como una posibilidad de vida. Era una decisión ética, también evangélica, que hacía realidad el compromiso con los más pobres y la lucha por el cambio de la situación de injusticia que se vivía en México y América Latina. Me reuní con el padre Hernán Villareal, el rector del Juniorado, y le dije que tomar el camino de las armas era una decisión que yo debería contemplar. Ahora, tengo borrada de la memoria en que terminó esa plática.
Y también leí el Diario del Che en Bolivia, que Ernesto Che Guevara escribe entre noviembre de 1966 y octubre de 1967, mientras estaba en aquel país al frente de la guerrilla con la que esperaba tomar el poder, como sucedió en Cuba en 1957. El Che cae preso en combate en manos del Ejército de Bolivia y es fusilado el 9 de octubre de 1967, cuando tiene 39 años. El libro de carácter testimonial me impresionó mucho. Lo leía como un ejemplo de compromiso y congruencia ética.
En 1969, al terminar el Juniorado, y antes de venir a Ciudad de México a estudiar la licenciatura en Filosofía, a los júniores nos enviaron dos meses a trabajar en la sierra Tarahumara. A mí me tocó en la misión de Chinatú, situada en el municipio de Guadalupe y Calvo, Chihuahua; trabajé en la cooperativa del aserradero que había creado el padre Jesús Quiroz. Me impresionó mucho la naturaleza, la persistencia de la cultura rarámuri, sus costumbres, y también la pobreza. Me reafirmé en que yo, como sacerdote jesuita, me iba trabajar a favor de la justicia social.
La filosofía
De 1969 a 1972 estudié Filosofía en el Colegio México de Cristo Rey, casa de estudios de la Provincia de la Compañía de Jesús en México, que estaba donde ahora se encuentra el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM). Al programa ya estructurado, que se centraba en el estudio de la metafísica, a partir de un texto del filósofo jesuita austriaco Emerich Coreth, añadí el estudio del pensamiento de Carlos Marx, guiado por los jesuitas Porfirio Miranda, que había escrito Marx y la Biblia (1971), y Alfredo Montemayor, El Che, jesuita de origen argentino.
Nos centramos en la lectura directa de textos de Marx, sobre todo de lo que se conoce como el joven Marx, y el estudio de comentaristas, básicamente de sociólogos, filósofos y teólogos católicos progresistas como el italiano Giulio Girardi (1926-2012) y el jesuita francés Jean-Yves Calvez (1927-2010). Una idea central era que entre el cristianismo y el marxismo había coincidencias en la lucha por la justicia social, y que se debía fomentar el diálogo entre cristianos y marxistas.
Mi tesis de licenciatura se llama El método histórico en Marx a partir del 18 Brumario y la Guerra Civil en Francia. En la lectura y defensa de la tesis tuve serios cuestionamientos del padre jesuita Carlos Escandón, uno de los sinodales, que para aprobar la tesis me hizo añadir elementos críticos que no estaban en la versión original, sobre los que insistió el día de la defensa de la tesis.
En esos años leí no sólo textos de filosofía, también de historia, política y economía de México y América Latina. Y además sobre la lucha armada y las guerras de liberación en América, África y Asia. Tengo registro y anotaciones de esas lecturas. Mientras estudiaba Filosofía se me abrió un nuevo panorama sobre la compleja realidad de México, de América Latina y el mundo. Me hice más consciente de la injusticia y lo que representaba la pobreza como fenómeno estructural del modelo económico y social capitalista.
En los tres años de los estudios de Filosofía trabajé con jóvenes, mujeres y hombres, en el Barrio de Tizapán, en la zona donde estaba el filosofado. Los dos últimos coordiné el grupo de filósofos que realizábamos ese trabajo: un curso que se proponía hacer conciencia de la situación de injusticia que se vivía en México, y abrir nuevos horizontes de pensamiento y adquirir habilidades para hablar y discutir. El curso lo dábamos los sábados y los domingos por la tarde.
El trabajo también implicaba la relación directa con las familias de quienes participaban. En ese momento la situación del barrio era difícil, y todavía hacía mella el cierre de las fábricas de textiles La Hormiga y La Alpina, a principios de la década de 1960, en la que habían trabajado una buena parte de los padres de quienes participaban en el curso. Para mí fue muy importante este trabajo, pues me permitió entrar en contacto con esta realidad y me confirmó que como jesuita estaba llamado a trabajar por la justicia social y la construcción de un mundo mejor para todos. Ahora, más de cincuenta años después, me sigo viendo con quienes participaron en ese curso.
El magisterio
Al terminar Filosofía, los jesuitas realizan la etapa de la formación que se llama el magisterio, que normalmente dura dos años; en el caso de mi generación fueron tres años, de 1973 a 1975. A mí se me destinó a trabajar y coordinar el Proyecto Ajusco, la primera alternativa de trabajo al cierre del Instituto Patria, a cargo del Fomento Cultural y Educativo, A. C., una nueva institución fundada por decisión del padre Enrique Gutiérrez Martín del Campo, el Pajarito, provincial de la Compañía de Jesús en México.
La colonia Ajusco limita con las colonias Santo Domingo, Adolfo Ruiz Cortines y Santa Úrsula Coapa, cerca del Estadio Azteca, en la zona de los pedregales de lava formados por la erupción del volcán Xitle, en la ahora alcaldía Coyoacán. En la colonia Ruiz Cortines, en la calle limítrofe con la colonia Ajusco, la comunidad de jesuitas conseguimos un lote de traspaso, con una casa de cartón. Por seis meses nos turnamos para dormir en ella, mientras iniciamos la construcción de la nueva casa de material.
En la colonia atendía en un grupo de albañiles, con la metodología del círculo de cultura de Pablo Freire, y fueron ellos quienes la levantaron, coordinados por el maestro Salvador Huerta, Chava, que casi cincuenta años después nos seguimos viendo. El diseño fue del arquitecto Guillermo Casas, profesor de la Universidad Iberoamericana que había sido jesuita. Se diseñó aprovechando los desniveles del terreno y las rocas de lava volcánica. Yo quería que sirviera de ejemplo para que los colonos vieran cómo podrían construir sus casas: con escombros llenar los desniveles del terreno y luego sobre el plano construir. Chava, con enorme inteligencia, encontró soluciones a todos los problemas de construcción que se presentaron. Mi idea de construir casas como lo había hecho el arquitecto Luis Barragán en el Pedregal de San Ángel, en versión popular, terminó en fracaso rotundo. Todos siguieron construyendo como lo venían haciendo.
En ese tiempo acompañamos a la comunidad en la lucha por la defensa del lugar en el que vivían, que para ellos era todo, luego de que una institución del gobierno de la Ciudad de México, FIDEURBE, inició el cobro de los lotes para legalizar las propiedades. Había una Asamblea General —máximo órgano de decisión formado por los representantes de las manzanas— que se reunía todas las semanas. A partir de la experiencia de este movimiento urbano popular, nuestra concepción educativa, que daba sustento al Proyecto Ajusco, cambió; antes era «hay que educar para la acción social» y después se transformó en «hay que promover acciones sociales que eduquen».
La experiencia de trabajo del Proyecto Ajusco siempre fue un reto: teníamos que innovar y encontrar nuevas modalidades de enseñanza en todos los niveles de la educación formal, la educación de adultos y también de cooperativas de producción. Los años de trabajo en la colonia fueron un gran aprendizaje, y el inicio de mi vida apostólica en la Compañía de Jesús, que en el día de hoy sigue siendo una experiencia que marcó mi vida en lo personal y lo profesional, sobre todo por la convivencia con las personas de la colonia, una gran parte de ellas migrantes de Oaxaca y Michoacán, que venían a Ciudad de México en busca de mejores condiciones de vida. El compartir su vida diaria, el entrar a sus casas, saber de sus problemas, participar en los festejos familiares, ser testigos de su pobreza, y de su ánimo inquebrantable de lucha. Me confirmé que estar y trabajar a favor de los más necesitados, en busca de una sociedad más justa, era lo que yo quería y Dios me pedía.
Al inicio de mi magisterio fue muy relevante la experiencia que viví en la Misión de Bachajón (Chiapas), que los jesuitas tienen en la región del pueblo originario tzeltal. La misión se encargaba de más de veinte escuelas primarias y los maestros que las atendían dependían de la misión. Por iniciativa del padre jesuita Humberto Barquera, director de Fomento Cultural y Educativo, la institución realizó un programa de actualización y formación de los maestros. Humberto me invitó y me hice responsable de un proyecto que implicaba una nueva manera de enseñar la historia a los niños. Por cortas temporadas viajaba a la misión y me quedaba en casa de la comunidad de los jesuitas. En esa estancia pude ver la pobreza en la que vivían las familias indígenas y también los muy altos niveles de violencia familiar. Los hombres alcoholizados golpeaban a sus mujeres y a sus hijos. Si uno quería intervenir, decían que esos eran «los usos y costumbres». Eso me hizo ver de otra manera el trabajo que debía realizarse en estas comunidades, para luchar por la justicia social y eliminar estas prácticas.
En Roma, del 2 de diciembre de 1974 al 7 de marzo de 1975, se realizó, la Congregación General XXXII, convocada por el padre general Pedro Arrupe. Los provinciales de la Compañía de Jesús de todo el mundo y los integrantes del gobierno central trataron asuntos relevantes sobre la estructura y el gobierno de la Orden. Pero el tema fundamental, que marca un hito histórico para los jesuitas, fue la promulgación del decreto 4: «Nuestra misión hoy: servicio de la fe y promoción de la justicia». En éste se dice que hoy la misión de la Compañía de Jesús es «el servicio de la fe, del cual la promoción de la justicia constituye una exigencia absoluta». No había lugar a dudas, la evangelización (servicio de la fe) no puede separarse de la lucha contra la injusticia estructural, la pobreza y la defensa de los derechos humanos. Los jesuitas debían trabajar por cambiar la injusta realidad social.
La teología
En 1975, al terminar el magisterio, iniciaba la etapa de la Teología. El padre viceprovincial de formación, el jesuita Raúl Mora, me dijo que yo estudiaría en la Universidad Gregoriana, en Roma, junto con mis compañeros Juan Luis Orozco y Miguel Romero, quienes también trabajaban en el Proyecto Ajusco y vivían en la misma comunidad que yo. Le dije que no, que quería seguir viviendo en el barrio y apoyar la construcción del proyecto del Centro de Reflexión Teológica, (CRT), lidereado por el padre jesuita Alfonso Castillo, siguiendo como modelo el centro que habían formado en San Salvador, El Salvador, los padres jesuitas Ignacio Ellacuría y Jon Sobrino. Raúl me insistió en diversas ocasiones que me fuera a Roma o que eligiera otro teologado en Europa, me propuso Tubinga en Alemania y me dio sus razones para que estudiara en el extranjero; yo siempre le di mis razones de por qué me debía quedar y seguir el trabajo al tiempo que estudiaba Teología. Él respetó mi decisión.
El estudio de la Teología era de cuatro años, de 1975 a 1979. El proyecto del CRT era algo nuevo y original, y estaba a cargo de un grupo de sacerdotes jesuitas muy jóvenes, con muchas ganas de innovar y de construir una nueva manera de enseñar la Teología. Ellos no habían salido a formarse en el extranjero, y estudiaron su Teología en México. Alfonso Castillo estuvo seis meses en un curso en el CRT de El Salvador y de esa experiencia obtuvo las ideas fundamentales para construir el CRT de México.
Los estudiantes del primer año de Teología, con lo que iniciaba el CRT, éramos ocho; seis mexicanos: Rubén Aguilar, Ignacio López, Ignacio Rodríguez, Alberto Arroyo, José Luis Verdín, Alejandro Guerrero y dos miembros de la Provincia del Perú, Jorge Durán y Carlos Borrani. Nos instalamos a vivir en la comunidad de la Iglesia de la Resurrección en la colonia Ajusco. El superior era Alfonso Castillo, al mismo tiempo que el director del CRT. En ella también vivían los padres Javier Jiménez Limón y Jorge Alonso, los dos profesores del CRT.
Los textos que daban forma a cada uno de los cursos eran de los teólogos más progresistas de la Iglesia católica, que habían tenido una gran influencia en el Concilio Vaticano II, como el jesuita alemán Karl Rahner (1904-1984); el dominico francés Yves Congar (1904-1995); el suizo Hans Küng (1928-2021); el jesuita francés Henri de Lubac (1896-1991); el dominico holandés Edward Schillebeeckx (1914-2009) y el dominico francés Marie-Dominique Chenu (1895-1990). Y también grandes teólogos luteranos alemanes como Dietrich Bonhoeffer (1905-1945); Karl Barth (1886-1968); Rudolf Bultmann (1884–1976); Paul Tillich (1886–1965); Wolfhart Pannenberg (1928–2014) y Jürgen Moltmann (1926–2024).
De los teólogos de la liberación estudiamos a los jesuitas españoles-salvadoreños, Ignacio Ellacuría (1930-1989) y Jon Sobrino (1938), de la Universidad Centroamericana, de El Salvador; él nos dio un curso; el peruano Gustavo Gutiérrez (1928-2024); el brasileño Leonardo Boff (1938); el jesuita uruguayo Juan Luis Segundo (1925-1996); el chileno Pablo Richard (1939-2021), y el belga-brasileño, José Comblin (1923-2011). Fue muy importante el curso que nos dio el jesuita catalán José Ignacio González Faus (1993-2025). El aporte central de esta corriente teológica es el lugar desde donde se hace teología, que incluye el contexto y la complejidad social. Desde ese lugar se reflexiona a partir del Evangelio y de las experiencias de hombres y mujeres comprometidos con el proceso de liberación. Exige partir de la opción preferencial por los pobres e incorpora el análisis de la realidad social.
Al tiempo que estudiamos Teología, iniciamos la maestría en Sociología en la Universidad Iberoamericana. Con las autoridades pudimos negociar el diseño de un nuevo programa donde la intervención del antropólogo jesuita Jorge Alonso fue decisiva. Las clases se dieron en la colonia Ajusco, en los salones de la parroquia, donde vivíamos los teólogos, y acá venían las alumnas y los alumnos inscritos. Al programa se incorporó el boliviano Carlos Toranzos, exilado en México, que nos dio tres semestres El Capital, de Carlos Marx, y el chileno Pío García, también exiliado y antes asesor del presidente Salvador Allende, que nos dio Teoría Política. Los dos enseñaban en la Universidad Nacional Autónoma de México.
El trabajo de campo, que duró los dos años de la maestría, lo dirigió Jorge Alonso, resultado del mismo fue el libro Lucha urbana y acumulación de capital que en 1980 edita el CIESAS, uno de los primeros textos de antropología urbana que se publicaron en México. Colaboré en tres de los capítulos, uno de ellos, resultado de una investigación junto con Ignacio López, sobre la organización y el impacto del movimiento urbano popular que surge en la colonia Ajusco. La formación de la maestría, para mí fue fundamental en el ámbito teórico, y añadió nuevos elementos a los que había adquirido en los estudios de Filosofía y Teología.
La guerrilla
En agosto de 1977 viajé a San Salvador, El Salvador, para tener una primera reunión con la Fuerzas Populares de Liberación (FPL) Farabundo Martí, organización guerrillera fundada en 1970 por el comandante Marcial (Salvador Cayetano Carpio), que había sido secretario general del Partido Comunista de El Salvador.
En esa ocasión me reuní con la comandante Ana María (Mélida Amaya Montes), una maestra sindicalista de ANDES, la segunda al mando de las FPL. Me habló de la organización, de la estrategia y de los propósitos de la lucha revolucionaria. Era mi reclutamiento formal para incorporarme a la guerrilla.
Yo seguía siendo jesuita y estudiaba Teología al tiempo que con otros compañeros de Fomento Cultural y Educativo participaba en la construcción y desarrollo de la Cooperativa Unión, que ofrecía sus servicios a unas setenta pequeñas comunidades en el Valle del Mezquital. Vivíamos en Tlahuelilpan, Hidalgo, y luego, por razones de trabajo, nos cambiamos a Progreso, Hidalgo.
En noviembre de 1979, meses antes de terminar el cuarto año de Teología, dejé la Compañía de Jesús y seguí trabajando en el Valle del Mezquital, y hacía distintas tareas para las FPL. En 1980 me hice cargo de la publicación del Boletín Farabundo Martí: Informativo semanal internacional, y al final de ese año ingresé a El Salvador a realizar tareas de comunicación, para dar a conocer al mundo lo que sucedía en el país y difundir la acción de la guerrilla. En noviembre de 1984 dejé las FPL, después de un desacuerdo, pero seguí colaborando con ellas hasta la firma de la paz en 1992 en el Castillo de Chapultepec, en Ciudad de México. Mi participación en la guerrilla da lugar a otra historia.
Con estas primeras notas —quedan muchas cosas pendientes— he querido compartir cuál fue el proceso intelectual que viví en el campo de las Ciencias Sociales, de la Filosofía y de la Teología, y también de una serie de experiencias de trabajo en zonas indígenas, campesinas y urbano popular. Y dar cuenta de mi vivencia espiritual a partir de las enseñanzas de la Iglesia y de la Compañía de Jesús, y también el intento de vivir el Evangelio y el seguimiento de Jesús. Pienso que es todo esto lo que me llevó a optar por el camino de la guerrilla como la forma de cambiar la realidad social, para crear un mundo mejor, más justo y fraterno. Desde el hoy hay mucho que reflexionar sobre lo que fue ese momento de la historia de las décadas de 1960,1970 y 1980.