Salvador Hernández Vélez

Hace unos días un amigo de Torreón me dio una lamentable noticia, un amigo de ambos acababa de fallecer de COVID. Y lo más triste es que la familia, por la pandemia, se vio muy afectada en su pequeño negocio y no contaban con lo suficiente para enfrentar los gastos de la enfermedad y a la vez los del sepelio. Recordé una ocasión en que una amiga y un servidor nos encontrábamos en el aeropuerto de Torreón junto a otras personas, esperando la llegada de una persona fallecida fuera del país. Al aterrizar el avión mi amiga me comentó que en la mañana había acompañado a los vecinos de la casa de sus papás, a la despedida de uno de sus familiares y que, a diferencia de los dolientes que estábamos esperando en el aeropuerto, estos sólo estaban enfrentando el gran dolor que les provocaba la partida de su familiar, para las otras personas el dolor era doble, la partida de su familiar por una parte y la incertidumbre de cómo iban a pagar la deuda que les dejó el sepelio. Pero en el caso del COVID, para muchos la muerte de algún familiar deja tres preocupaciones: el doloroso fallecimiento, la incapacidad para cubrir los gastos del sepelio y del hospital, y la angustia de que no los dejaron velar el cuerpo. Los sepultan sin poder despedirlos.

Por otra parte, hace unas semanas, en relación a este tema, leí el libro “Sobre el Duelo” de Chimamanda Ngozi Adichie. La autora es nigeriana, novelista, aunque ella se define como sólo “cuento historias”. Ella decidió escribir para que no le siguieran robando la dignidad a su pueblo, le sorprendió que la historia de su pueblo la contaran otras personas y no los africanos. Tiene varios libros, muy recomendables, entre ellos, “Todos Deberíamos ser Feministas” y “El Peligro de la Historia Única”.

En el libro “Sobre el Duelo”, comenta la situación que vivió tras la muerte de su padre James Nwoye Adiche. El texto es una inquietante reflexión sobre el duelo por la partida de su padre. En este emotivo y valiente ensayo, nos expresa el inenarrable grado de dolor causado por la repentina muerte de su padre en Nigeria, y que la crisis causada por la pandemia le impidió salir de Estados Unidos para reunirse con su familia y despedir a su padre.

Nos comparte que una vez recibida la noticia de la muerte de su adorado padre, se soltó llorando. Y que “la tiranía de la pena es que te priva de recordar las cosas que importan”. La felicidad se convierte en una debilidad porque te deja indefensa frente al dolor. Llorar, al principio es una postura protectora, un encogerse ante el dolor, un agotamiento de llorar, y lo más grave es que hablar de ello te conduce a llorar de nuevo. Pero, por otro lado, quieres estar a solas con tu pena.

Ngozi Adichie reflexiona que “la pena es un tipo de enseñanza cruel, aprendes lo poco amable que puede ser el duelo, lo lleno de rabia que puedes estar. Aprendes lo insustancial que puede ser el pésame. Aprendes lo mucho que tiene que ver la pena con el lenguaje, con la incapacidad del lenguaje y con la necesidad de lenguaje”.

Ella está convencida que enfrentar la pérdida de un ser querido “no es sufrimiento meramente del alma sino también del cuerpo, de dolores y falta de fuerzas. Carne, músculos, órganos, todo está afectado”. Para ella, a los pésames, hay que sacarles la vuelta. Sin duda la gente es amable, de la mejor manera que puede te expresa su sentir con muy buenas intenciones. Por ejemplo, te expresan “Ante la desaparición de tu padre”, pero la palabra “desaparición”, es detestable y no ayuda a mitigar la pena. O el comentario “Está descansando” no aporta consuelo, ni ayuda a mitigar el dolor. Chimamanda cree que es fácil pontificar sobre la permanencia de la muerte cuando, de hecho, es la permanecía de la muerte la fuente de la angustia. Y en su reflexión remata “lo que no me parece un hurgar deliberado en las heridas es un simple ‘Lo siento’, porque en su banalidad no implica nada”.

Sin embargo, los recuerdos concretos y sinceros de quienes conocieron a la persona fallecida, son un mayor consuelo y es más reconfortante que se repitan palabras como: “honesto”, “sereno”, “amable”. Chimamanda nos expresa que la pena no es diáfana; es sólida, opresiva, una cosa opaca. Pesa más por las mañanas, después de dormir: un corazón plomizo, una realidad terca que se niega a moverse.

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