Salvador Hernández Vélez
En el libro “La Gran Novela de las Matemáticas. De la Prehistoria a la Actualidad”, Mickaël Launay (matemático y divulgador de la ciencia) recorre la historia de esta disciplina desde la aparición del número hasta nuestros días. Inicia narrando que instaló un puesto de matemáticas en un mercadillo del paseo Félix Faure de La Flotte-en-Ré, Francia. A un lado estaba el de tatuajes de henna y trenzas africanas; al otro, uno de accesorios para teléfonos móviles; y enfrente, uno de joyas y baratijas. Cuenta que dudaba que su puesto llamara la atención.
De hecho, en la presentación de su libro, aclara que le gusta hacer matemáticas en lugares insólitos, como un mercado de pulgas. Una señora que, por curiosidad, se detuvo en su puesto escuchó atentamente su presentación sobre datos geométricos: “¡Oh, yo siempre he sido una negada para las matemáticas!”, le dijo. Él respondió: “¿De veras?”. Ella mostró interés y le contestó: “Bueno, sí, pero en realidad eso no son matemáticas... se entiende bien”. Y él replicó: “¡Vaya, esta sí que es buena!”. Luego preguntó: “Entonces, ¿las matemáticas son, por definición, una disciplina incomprensible?”.
Y así surgieron las matemáticas. Al final del cuarto milenio antes de nuestra era, en Mesopotamia, las pequeñas aldeas se habían transformado en ciudades florecientes y las formas geométricas aparecían por todas partes. Los intercambios culturales y comerciales se multiplicaban, y las matemáticas comenzaban a posicionarse.
Uno de los problemas más cotidianos relacionados con esta disciplina fue el siguiente: ¿cómo comparar el tamaño del rebaño que se marchaba con el que regresaba? Para ello, los pastores de la antigüedad desarrollaron un sistema de fichas de arcilla. Por cada oveja marcaban un simple disco con una cruz. Estas piezas recibieron el nombre latino de calculi –que significa “piedrecitas”–, término que le dio origen a la palabra cálculo. Se guardaban en una bola de barro hueca y herméticamente cerrada. ¿Pero quién conservaba las fichas? Para los dueños, ahí estaba el asunto. Luego empezaron a marcar con cruces también la superficie de la bola. Entonces, ¿para qué introducir fichas en su interior y seguir haciendo bolas? Simplemente empezaron a dibujar las imágenes en un trozo de barro cualquiera, en una tablilla plana. Y así empezó la escritura de las matemáticas.
Este acontecimiento es fundamental, pues si hay que poner una fecha al acta de nacimiento de las matemáticas, sostiene Launay, él elegiría sin duda este instante, porque es cuando el número comienza a existir por y para sí mismo y se libera de lo real para observarlo desde arriba. El más simple de los procedimientos para escribirlos consistía en trazar tantos signos como la cantidad deseada, práctica anterior incluso a la escritura sumeria.
Una vez inventado el número, la matemática pronto se volvió plural: en su seno germinaron poco a poco varias ramas, como la aritmética, la lógica o el álgebra. Aunque esta historia es sumamente interesante, la continuaré en el siguiente artículo.
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