Fernando de las Fuentes

Se dice fácil, pero dar y recibir no lo es. Muchas personas no saben dar, otras tantas no saben recibir y muchas más no pueden con ninguna de las dos actitudes ni con las conductas asociadas; es decir, no tienen el estado de ánimo que se requiere para realizar ambos actos y, por tanto, se sienten incómodos ante ellos.

Esto podría parecer poco relevante o no lo suficiente, en un mundo en que la tecnología ha aumentado considerablemente los grados de autosuficiencia del individuo. En muchas ocasiones ya no tenemos ni que salir a la calle, pues podemos hacer hasta las compras desde nuestros dispositivoselectrónicos.

Hemos olvidado como convivir en armonía. El intercambio humano directo, de tiempo, intereses, sonrisas, cortesías, apoyos, placeres, alegrías, gustos y, por supuesto, dinero, ha disminuido al mínimo y, con ello, la felicidad, la seguridad, la tranquilidad, entre otros estados de vida que tanto anhelamos.

A cambio, hemos establecido espacios virtuales que ciertamente nos permiten interactuar frecuentemente con nuestros seres queridos, pero también nos llevan a creer que podemos tener un montón de amigos desconocidos, cuyos likes podemos confundir fácilmente con el reconocimiento que necesita nuestro niño herido.

Estas redes llegan incluso a darnos un falso sentido de pertenencia a un indefinido grupo de falsas personalidades, en relaciones ficticias en las que la conexión es una coincidencia y de las que están ausentes las conductas básicas de la reciprocidad: dar y recibir.

Y es que dar y recibir no son solo impulsos de socialización y sobrevivencia de nuestra especie, que nos hacen más o menos dependientes de los otros como individuos y, desde el ego, más o menos poderosos que los demás; en realidad, conforman, como binomio, la palabra clave de la existencia humana: compartir.

Una persona que no comparte con otra (al menos con una) languidece hasta morir, porque compartir es una actividad del alma, realizada desde el corazón, tan necesaria para la vida humana como la comida o el agua.

Consiste en dividir lo que se tiene para darle una porción al otro, que a su vez hará lo mismo, y entonces nos volvemos parte de una misma cosa: el placer de beber una copa de vino, de disfrutar los alimentos, contemplar un atardecer, intercambiar historias, ponernos en los zapatos del otro, etc. Por eso compartir es la razón de existir. Es el gran arcano de la espiritualidad humana, un impulso irresistible, un sentimiento, una actitud y una conducta.

Compartir es lo que establece los lazos profundos entre las personas; nos permite ser empáticos, nos da humildad y nos permite, por tanto, aumentar nuestro nivel de conciencia, siempre frenada por la supremacía del ego.

Como impulso irresistible, compartir es algo que siempre se está llevando a cabo entre personas, desafortunadamente de manera negativa: dividimos nuestro rencor, envidia, ira, odio, heridas, miedos, frustraciones y, paradójicamente, carencias, para darle una porción a los otros y ellos hacen lo mismo, de tal manera que nos volvemos parte de una vida miserable. Lo hacemos a nivel micro, en nuestras familias, y macro, en nuestras sociedades. Echarle la culpa a los demás de nuestra situación es compartir la irresponsabilidad.

Compartimos todo lo que somos porque no podemos evitarlo. Es de lo que en esencia se trata vivir: estar unos con otros, profundamente, en cuerpo, mente y alma. Lo que compartimos es lo que nos hace felices o infelices.

El secreto es: lo que recibo no es siempre lo que estoy dando, pero sí lo que estoy pidiendo, aunque no me dé cuenta. Así, cuando nos encontramos en el papel de la víctima incomprendida, que todo lo da y poco recibe, que todo lo hace por los demás y nada obtiene a cambio, es que eso es lo que en realidad queremos para seguir teniendo la ventaja manipulatoria del más sufrido.

En estas épocas de reflexión, usted, ¿qué comparte y que pide?