El regalo inmerecido

Desde temprana edad, en la casa familiar, escuchaba en repetidas ocasiones decir a mi madre y a mi abuela: “Es por la gracia de Dios”, sobre todo cuando alguien estaba gravemente enfermo, a punto de morir, y lograba salvarse. Ahora, de adulta, me queda más claro lo que representa esta frase. En ocasiones, me he sentido abrumada, angustiada y desesperada por situaciones difíciles que he tenido que vivir. Sin embargo, en medio de esos terribles momentos, de pronto, de manera inesperada, siento en lo más profundo de mi ser una insólita paz que me da una gran fuerza para seguir adelante y buscar soluciones.

La gracia de Dios es esa fuerza diaria que Dios nos regala para vivir, perdonar y, sobre todo, para superar los momentos difíciles. Es ese favor inmerecido, ese regalo que recibimos sin haberlo ganado. Es una bendición divina.

La Biblia, en Efesios 2:8, dice: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; para que nadie se gloríe”. La palabra “gracia” significa un favor inmerecido; es decir, se recibe sin haberlo ganado, comprado o merecido por las buenas obras: simplemente llega, así, sin más. La palabra proviene del griego charis, que significa don, favor, bondad o concesión generosa. La gracia se manifiesta más fácilmente por medio de la fe. Es un concepto que engloba varios significados: puede ser una cualidad atractiva, recibir un regalo divino sin merecerlo o un favor inesperado que se concede de manera gratuita. Cada interpretación depende del contexto que se utilice.

Cuando se entiende lo que significa la gracia de Dios, se pueden dejar atrás las culpas del pasado y encontrar fortaleza para enfrentar los momentos oscuros que se atraviesa en esta vida. Lo maravilloso es que nos permite cambiar nuestras conductas negativas y obrar positivamente en beneficio propio y de nuestros semejantes.

Por ello, considero un milagro recibir la gracia de Dios en nuestro interior. Preparémonos aceptarla con fe, acercándonos a la oración sin miedo y aceptando que los errores de los demás son: equivocaciones cometidas por ignorancia.

Son muchos los beneficios que obtenemos al recibir la gracia de Dios: nos ayuda a comprender por qué actuamos de determinada manera y a modificar aquello que nos hace daño; nos brinda tranquilidad, estabilidad y fuerza sobre todo para resistir y superar los momentos de dolor. En fin, nos concede sabiduría para tomar decisiones correctas, capacidad para superarnos y confianza en el futuro. Da un nuevo sentido a nuestra vida al permitirnos pasar del caos a la armonía, y finalmente a la paz interior.

Grandes escritores han hablado de este tema. Víctor Hugo, en su gran obra Los Miserables, ofrece un ejemplo claro de cómo la gracia puede romper el ciclo de la ley y la venganza. Fiódor Dostoievski, en Crimen y Castigo, presenta de manera sublime la posibilidad de la redención y la gracia divina, incluso para quien ha cometido el peor de los pecados. También existen historias basadas en la vida real, como la encontramos en Las Confesiones de San Agustín, donde relata con honestidad cómo fue su juventud marcada por la rebeldía y los vicios, y cómo, de repente, la gracia divina transforma su vida. Existe también un sinnúmero de personas en el mundo que reconocen haber sentido la gracia de Dios. Entre ellas está el actor y productor Mark Wahlberg, quien ha señalado: “Todo lo bueno que ha pasado en mi vida ha sido gracias a mi fe y a la gracia infinita de Dios”.

Quizá la gracia de Dios no siempre se manifiesta de la manera que esperamos. A veces llega en forma de fortaleza o serenidad para aceptar aquello que no podemos cambiar. Tal vez por eso, aquella frase que escuchaba de pequeña en casa —“es por la gracia de Dios”— hoy tiene gran significado en mí: la certeza de que, aun en momentos difíciles, no estamos solos.