Susana Cepeda Islas
En época de lluvias, las nubes parecen algodones blancos. Es común que formen asombrosas figuras; de repente, cambian a un color gris que poco a poco se transforma en un negro imponente. Pareciera que su único deseo es bajar y comerse todo lo que esté a su paso. Las nubes nos hablan según los colores en que se transforman, pueden dar paz o miedo.
No cabe la menor duda de que los colores tienen un poder de comunicación y ejercen una influencia psicológica en nosotros. Pueden alterar nuestro estado de ánimo y generar distintas respuestas en nuestro sistema nervioso. Por ejemplo, los colores cálidos, como el rojo, el naranja o el amarillo, suelen asociarse con la energía; en cambio, los colores fríos como el azul y el violeta, se relacionan con la calma y relajación. El negro y el blanco representan fuerzas opuestas: la oscuridad y la luz.
Los colores están presentes en la naturaleza, en los objetos, en los materiales, en el arte. Se utilizan para dirigir nuestra atención, despertar emociones y distinguir elementos.
De todos los colores que existen siempre me he inclinado por el blanco, porque se asocia con la pureza, la paz, la limpieza, la inocencia, la divinidad y el profesionalismo. También prefiero este color porque, desde que tengo uso de razón, recuerdo a mi papá siempre vestido de blanco, impecable. Lo admiraba; siempre será mi ejemplo. Era un hombre disciplinado, honesto y excelente lector, que me enseñó con sus acciones su amor por el servicio al prójimo y por el trabajo.
Ahora que se acerca el Día de Muertos, me pregunto por qué la tradición dicta que los deudos se vistan de negro. Según algunas creencias antiguas, al utilizar este color, los vivos pasaban desapercibidos para evitar ser poseídos por los difuntos. Actualmente, el negro representa la ausencia de luz, el recogimiento y el respeto ante la muerte.
No estoy de acuerdo con esta tradición y he decidido romperla. Cuando muera, dejaré por escrito que me vistan de blanco y que todos los que asistan a despedirme vayan vestidos de ese color. Quiero que sea un gran festejo porque dejaré atrás todo lo que representa la condición humana y me dirigiré hacia la luz eterna, hacia la paz. Estoy convencida de que será mi premio, al lograr superar los obstáculos que se me presentaron en esta vida y regresar a casa.
Por eso, quiero que ese día sea una fiesta. No quiero llanto; deseo música, risas y bailes y vino en mi honor. Que hablen de mí de lo bueno y, por supuesto, de lo malo. Ese día seré la estrella que al fin se va, que continuará alumbrando a sus seres queridos. No quiero regresar nuevamente a este mundo; quiero seguir viva en el recuerdo y el corazón de quienes me amaron.
Ahora que estoy viva, les pido a mi familia y a mis amigos que me den su amor y que me lo expresen con palabras cariñosas, abrazos y acciones. Quiero recibirlo en vida, para librarlos del remordimiento y la culpa. Porque el amor que se da a tiempo se convierte en un bello recuerdo que abraza cálidamente, incluso cuando la ausencia parece imponerse.