La dignidad como bandera

Todas las mañanas, en el momento en que despierto y abro los ojos, lo primero que hago es dar las gracias por un nuevo día. Reconozco que el universo me otorgó valor por el simple hecho de existir. Tengo bien claro que los seres humanos todos somos creados de igual manera, biológicamente tenemos las mismas características. Sin embargo, físicamente somos diferentes en el color de piel y cabello, en la altura, en la complexión, en las creencias y formas de pensar y, por supuesto, también en la condición económica. Estas diferencias no nos hacen más ni menos que los demás. Lo mismo puede decirse de cualquier ser vivo que habita en este planeta llamado Tierra.

Es increíble e inexplicable cómo, en la actualidad, no entendemos que somos privilegiados, únicos e irrepetibles por el solo hecho de existir. A través de la historia se han manifestado casos de terrible violencia del hombre contra el hombre por ser diferentes física e ideológicamente. Brotan como ratas de alcantarilla la discriminación, el odio, la descalificación, el trato inhumano.

El concepto moderno de dignidad humana tiene su raíz filosófica en el pensamiento del filósofo alemán Immanuel Kant, particularmente en su obra Fundamentación de la metafísica de las costumbres, publicada en 1785. En ella desarrolla ideas fundamentales relacionadas con la dignidad: el ser humano como fin en sí mismo; la distinción entre el precio y la dignidad; la autonomía de la voluntad y el imperativo categórico. Al publicarse la obra de Kant el mundo se encontraba en una transición histórica. Europa vivía profundas transformaciones políticas y sociales que desembocarían en la Revolución Francesa. Por su parte, Estados Unidos se había proclamado como nación independiente en 1776.

Tiempo después, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) establecería la dignidad humana como uno de los fundamentos de los derechos humanos. Hay que poner atención a la Declaración Universal de Derechos Humanos promulgada en 1948, cuyo artículo 1 señala: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”. La clave está en el comportamiento fraterno, estoy segura de que a una buena parte de la población y de los políticos en el mundo no lo entienden y, menos aún, lo llevan a cabo.

Actualmente podemos hablar de cuatro principios estrechamente relacionados con la dignidad humana: libertad, esa capacidad para que cada ser humano decida su plan de vida. Igualdad, todos poseemos el mismo valor sin distinción alguna. Solidaridad, apoyo a nuestro semejantes cuando es necesario, aun cuando no lo soliciten. Seguridad jurídica, normas justas que protejan a todos los ciudadanos contra el abuso de poder y la arbitrariedad.

Frecuentemente olvidamos que existen situaciones que no son negociables, conductas o actitudes imposibles de tolerar. Debemos ser directos y claros ante los escenarios que nos incomodan. Es preferible ser honestos y, al expresarlo, incomodar a los otros, que traicionar nuestros principios.

Se trata de ser firmes en nuestra búsqueda de la paz mental. Al poner limites es muy probable que algunas personas se alejen o que les molesten nuestros comentarios, porque actualmente la sociedad parece levantar muy alto la bandera de la hipocresía y la mentira. No importa lo que suceda, siempre procurar actuar con dignidad y defenderla. No permitamos que desaparezca, aunque muchos se esmeren en hacerlo.