Yo viví la bomba atómica

En julio de 2026 estuve en Hiroshima, Japón, con Sybille mi compañera y Cristina, una amiga de los dos. Visitamos los sitios que en la ciudad se han construido para recordar la tragedia de la caída de la bomba atómica, el 6 de agosto de 1945, a las 8:15 de la mañana, que son el Parque de la Paz, el Memorial de la Paz y el Museo Memorial de la Paz. Nos impresionó y conmovió.

Decidí que de regreso a México volvería a leer Yo viví la bomba atómica (Ediciones Mensajero, España, 2025) escrito por el padre jesuita Pedro Arrupe (Bilbao, España, 1907 – Roma, Italia,1991), que vivió el brutal acontecimiento cuando se desempeñaba como maestro de novicios de la Compañía de Jesús en Japón. El noviciado de Nagatsuka estaba a seis kilómetros del sitio donde cayó la bomba, en el centro de Hiroshima.

El jesuita publica por primera vez este libro en 1952, y lo presenta en muchos países, y en las presentaciones habla sobre la realidad del Japón, del cristianismo en ese país, del trabajo misional, y sobre todo intenta hacer conciencia sobre la tragedia de Hiroshima y Nagasaki, y lo que significa el uso de la energía nuclear en la guerra, y la tragedia de las víctimas. En al Introducción cuenta de su experiencia al dar estas conferencias sobre el libro.

La obra de Arrupe, que llega a Japón en 1938, y vive ahí 27 años, tiene cuatro partes. La primera es El Japón escenario de una explosión atómica, donde analiza la realidad del Japón, la declaración de guerra, la cultura, las religiones que se practican y la resistencia que existe en esa sociedad para aceptar el cristianismo. 

En la tercera parte, El nuevo Japón, y en la cuarta, Mirando al futuro, habla del país que surge después de la derrota a manos de los Estados Unidos, la caída de la imagen del emperador como un Dios, y el futuro de la Iglesia católica en la nueva realidad del país.     

La parte dos, la central, es La guerra y la bomba atómica, que es el testimonio de cómo él y los jesuitas que viven a las afueras de Hiroshima asumen la tragedia. Cuenta cómo, a las 8.15 de la mañana, del 6 de agosto de 1945, mientras está en el noviciado de Nagatsuka ocurre la explosión, y ve «una luz potentísima, como un fogonazo de magnesio, disparado ante nuestros ojos». La onda expansiva destruyó puertas, ventanas y paredes. Describe los hechos desde la perspectiva inmediata de alguien que no sabe exactamente lo qué ha ocurrido.

De inmediato la bomba produjo una destrucción de una magnitud desconocida hasta entonces en el mundo. Decenas de miles de personas murieron al instante de la explosión y muchas otras quedaron gravemente heridas. Las quemaduras, traumatismos y efectos posteriores de la radiación provocaron una tragedia que se prolongó mucho más allá del momento de la explosión, y que siguió por décadas.

El padre Arrupe, que antes de entrar de jesuita había estudiado medicina, convierte el noviciado en un hospital de campaña, para atender a las víctimas. Su testimonio da cuenta de las carencias y las enormes dificultades para atender a los heridos inmediatamente después de la explosión. No había suficientes médicos, medicinas, alimentos ni instalaciones sanitarias. Las heridas producto de la radiación atómica se presentaban como algo desconocido. ¿Cómo atenderlas?

Su relato, es el de un sacerdote que de manera directa cura, acompaña, consuela y comparte el sufrimiento. Y subraya que detrás de las cuantiosas cifras de muertos y heridos existen personas concretas. Los sobrevivientes aparecen marcados por quemaduras, heridas y una situación de desconcierto absoluto. Su testimonio, combina la experiencia del testigo, la del sacerdote y la del médico que participa directamente en las labores de auxilio a las víctimas y sus familias.

La experiencia de Hiroshima representa una ruptura fundamental en la historia contemporánea. Hasta entonces, las guerras habían conocido armas de enorme poder destructivo, pero la bomba atómica introdujo una capacidad de destrucción radicalmente nueva. El testimonio de Arrupe muestra esa ruptura desde el terreno mismo. La ciudad y sus habitantes desaparecen en cuestión de segundos.

Su lectura de los hechos es una reflexión sobre los límites de la civilización moderna. La ciencia había conseguido producir una nueva fuente de energía y, al mismo tiempo, había hecho posible un instrumento capaz de provocar una destrucción masiva. Su preocupación fundamental es: ¿qué sucede con el ser humano cuando la capacidad técnica de destrucción supera todos los límites conocidos?

El testimonio de Arrupe da cuenta de que, ante el dolor y el sufrimiento de otros, la única respuesta es estar junto a quienes sufren, que ante la catástrofe humana solo queda la solidaridad. El ser humano y el jesuita responde con acciones concretas. No puede detener la guerra ni modificar las decisiones de los gobiernos, pero puede atender a las personas heridas, que lo necesitan.

Más de ocho décadas después de lo que ocurrió en Hiroshima, Yo viví la bomba atómica conserva una notable actualidad. Su mensaje fundamental no es político ni militar. Es humano. La guerra puede analizarse desde los intereses de los Estados, pero sus consecuencias recaen finalmente sobre personas concretas, que son las que padecen las consecuencias de las decisiones políticas y militares. Su testimonio es una defensa de la dignidad humana frente a toda forma de violencia. Arrupe nos obliga a mirar la guerra desde el lado de las víctimas.

El libro es, simultáneamente un documento histórico, un testimonio personal y una reflexión espiritual. Su importancia no se limita a describir lo ocurrido aquel día. La experiencia de Hiroshima marcó profundamente la vida de Arrupe y contribuyó a formar su concepción de la misión cristiana: estar junto al ser humano, especialmente cuando se encuentra en situaciones de sufrimiento extremo.

El libro tiene dos apéndices: La Iglesia católica en el Japón, y Alocución del emperador del Japón, el 1º de enero de 1946.

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En 1965, padre Pedro Arrupe es elegido superior general de la Compañía de Jesús y deja Japón, después de haber vivido 27 años, para trasladarse a Roma. Tuve el privilegio de conocer al padre Arrupe y en dos ocasiones platiqué con él, una de ellas, en una reunión que duró tres horas, en Puebla, México.

Yo viví la bomba atómica

Pedro Arrupe, S.J.

Ediciones Mensajero

Bilbao, España, 2025.

pp. 95