La corrupción y sus efectos en la vida pública y la democracia

La corrupción y sus efectos en la vida pública y la democracia

El escándalo de corrupción y la posterior renuncia de Guadalupe Taddei a la presidencia del Instituto Nacional Electoral (INE) representan un desafío político para la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo.

Entre sus posibles consecuencias destacan el impacto en su discurso de honestidad, la presión sobre la aprobación ciudadana de su gobierno y las exigencias para deslindar a su movimiento político de las presuntas irregularidades.

Sin dejar de lado que es indispensable que las autoridades competentes realicen investigaciones exhaustivas, determinen las posibles responsabilidades penales y revisen minuciosamente los contratos del INE, con el propósito de esclarecer los hechos y garantizar que no haya impunidad, estos acontecimientos deben dar lugar a una reflexión profunda sobre los efectos de la corrupción en la vida pública y el daño que ocasiona a la sociedad.

En este análisis retomaremos las aportaciones del académico Jorge F. Malem Seña, profesor de origen argentino y nacionalidad española, quien ha estudiado las principales consecuencias de la corrupción y sus efectos sobre la economía, las instituciones políticas y la convivencia democrática.

Malem Seña clasifica estos efectos en tres grandes categorías: económicos, políticos y otros de naturaleza diversa.

1. Efectos económicos de la corrupción política

Los efectos económicos más relevantes de la corrupción, particularmente cuando involucra a las más altas instancias gubernamentales, pueden resumirse en los siguientes puntos.

1.1. Obstáculos a la inversión y al desarrollo económico

La corrupción política desalienta la inversión y perjudica el desarrollo económico, político y social de un país. Diversos análisis han señalado una relación entre los elevados niveles de corrupción y la disminución de las posibilidades de crecimiento económico a largo plazo.

De acuerdo con los estudios citados por Malem Seña, los análisis de regresión muestran que una mejora en el indicador de control de la corrupción, al pasar de una puntuación de 6 a 8 en una escala en la que 0 representa el mayor nivel de corrupción y 10 el mayor nivel de honestidad, se asociaría con un incremento de cuatro puntos en el nivel de inversión y de 0.5 % en el índice de desarrollo per cápita.

Estos datos ilustran la importancia de combatir la corrupción como una condición para favorecer la inversión y generar mejores oportunidades de desarrollo.

1.2. Inversión pública improductiva y distorsión de las decisiones gubernamentales

Otro efecto estrechamente relacionado con el anterior es la distorsión de las decisiones políticas, la reducción de la productividad y el deterioro de la calidad de la inversión pública.

Los gobiernos corruptos pueden favorecer proyectos de grandes dimensiones financiados con recursos públicos, capital privado o fondos de organismos internacionales de cooperación.

En lugar de responder a las necesidades colectivas, algunas de estas inversiones pueden convertirse en mecanismos para obtener comisiones ilegales y beneficios particulares.

En tales circunstancias, la relación entre costos y beneficios deja de ser el criterio fundamental para seleccionar los proyectos. El interés de quienes participan en los actos de corrupción puede concentrarse en maximizar las ganancias ilícitas, incluso cuando ello implique encarecer las obras o comprometer su utilidad social.

Por esta razón, en contextos de corrupción elevada, el aumento de la inversión pública no necesariamente se traduce en mejores resultados. Los recursos pueden destinarse a obras innecesarias, proyectos que nunca entran en funcionamiento o construcciones cuyos costos superan injustificadamente su valor real.

El problema es todavía más grave cuando estos recursos dejan de destinarse a sectores prioritarios, como la salud, la educación, la seguridad y la infraestructura indispensable para el bienestar de la población.

Las consecuencias se extienden también a la inversión privada, que pierde incentivos ante la incertidumbre y la competencia desleal; a los programas internacionales de cooperación, que pueden verse afectados por la falta de transparencia; y al capital productivo, que corre el riesgo de desplazarse hacia actividades especulativas.

En conjunto, estas distorsiones frenan el desarrollo económico y social y profundizan las desigualdades.

1.3. Aumento de los costos y de los precios

La corrupción también puede provocar un incremento en los costos de producción y en los precios de los bienes y servicios.

Cuando los contratos públicos se asignan mediante sobornos, favoritismos o acuerdos ilegales, los costos adicionales pueden trasladarse al erario, a las empresas y, finalmente, a los consumidores.

En consecuencia, la corrupción no representa únicamente un problema administrativo o legal: también puede traducirse en una pérdida directa de recursos que deberían contribuir al bienestar colectivo.

2. Efectos políticos de la corrupción

Las consecuencias políticas de la corrupción son particularmente graves porque afectan la legitimidad de las instituciones, distorsionan la representación ciudadana y debilitan los fundamentos de la democracia.

2.1. Deterioro de las instituciones y de la legitimidad democrática

La corrupción socava la estructura social, debilita el principio de la mayoría y deteriora las bases de la democracia.

Cuando las empresas establecen acuerdos corruptos con funcionarios públicos a cambio de contratos, privilegios o beneficios particulares, las decisiones gubernamentales dejan de responder al interés general.

El funcionario corrupto se convierte entonces en un intermediario de los intereses de quien paga, trasladando las exigencias de particulares a las instituciones del Estado. De esta manera, se pervierte el sentido de la toma de decisiones democráticas.

El problema es fundamental: la democracia no consiste únicamente en contar votos, sino también en garantizar que las decisiones públicas se adopten conforme a la ley y respondan a las necesidades de la ciudadanía.

De poco sirve que una fuerza política obtenga una mayoría electoral si, una vez en el poder, las decisiones se subordinan a intereses particulares o a acuerdos ilegítimos.

Cuando esto ocurre, se debilita la legitimidad de las instituciones y se deteriora la confianza ciudadana en la representación política.

2.2. Opacidad y debilitamiento de la deliberación pública

La corrupción también deteriora la calidad de la democracia al vulnerar el principio de publicidad de los actos de gobierno, entendido como la obligación de justificar las decisiones públicas mediante razones transparentes, susceptibles de discusión y evaluación por parte de la sociedad.

En una democracia, las decisiones de las autoridades deben poder explicarse y defenderse con argumentos relacionados con el interés general. La ciudadanía tiene derecho a conocer las razones que sustentan las políticas públicas y a cuestionar aquellas que considere injustificadas.

Sin embargo, los actos de corrupción suelen realizarse en secreto o bajo condiciones de discrecionalidad que impiden conocer sus verdaderos motivos.

Cuando las razones reales de una decisión permanecen ocultas, se limita la posibilidad de debatirlas, cuestionarlas y exigir responsabilidades. La opacidad se convierte así en un mecanismo que protege los intereses particulares y debilita uno de los pilares fundamentales de la democracia: la rendición de cuentas.

2.3. Restricciones al pluralismo político y a la autonomía ciudadana

La corrupción no solo vulnera el principio de que la ciudadanía debe participar en la determinación de los asuntos públicos. También pone en riesgo el pluralismo político, indispensable para la existencia de una democracia efectiva.

Cuando los intereses económicos o las redes de corrupción condicionan las decisiones de los actores políticos, las diferencias entre partidos pueden convertirse en simples apariencias, mientras que las decisiones reales responden a compromisos que no se hacen públicos.

En esas condiciones, la competencia política pierde autenticidad y las alternativas que deberían ofrecer los distintos partidos se reducen o desaparecen.

La ciudadanía conserva formalmente el derecho a elegir, pero su capacidad para influir en las decisiones públicas se ve limitada cuando estas ya han sido condicionadas por acuerdos ajenos al interés general.

La autonomía individual y el autogobierno colectivo, por tanto, resultan menoscabados. La posibilidad de elegir libremente pierde buena parte de su significado cuando las decisiones posteriores contradicen sistemáticamente la voluntad expresada en las urnas.

Así, el principio de «una persona, un voto» corre el riesgo de convertirse en una declaración formal sin efectos reales sobre el ejercicio del poder.

Desde esta perspectiva, la corrupción y la democracia son incompatibles en la medida en que la primera sustituye el interés público por intereses privados y desvirtúa los mecanismos mediante los cuales la ciudadanía participa en las decisiones colectivas.

3. Otros efectos de la corrupción política

La corrupción también puede estar relacionada con otras conductas ilícitas o contrarias a los principios democráticos. Esto no significa que todos los actos de corrupción conduzcan necesariamente a la comisión de otros delitos, sino que pueden generar condiciones propicias para su aparición y expansión.

Entre sus consecuencias destacan las siguientes.

3.1. La corrupción como pretexto para justificar golpes de Estado

La corrupción de las élites políticas ha sido utilizada históricamente como argumento para justificar golpes de Estado, particularmente en países con instituciones democráticas frágiles.

Un ejemplo fue el golpe militar del 24 de marzo de 1976 en Argentina, que dio inicio a una de las etapas más trágicas de su historia contemporánea.

Entre los argumentos esgrimidos por los militares se encontraba la necesidad de sanear moralmente la República y combatir la corrupción, los privilegios y la especulación.

Con ese propósito se creó el Consejo Nacional de Responsabilidad Patrimonial (CONAREPA), organismo encargado de investigar el patrimonio de los funcionarios y determinar la legalidad de su enriquecimiento.

Un antecedente similar ocurrió en Nigeria, en enero de 1966, cuando las fuerzas golpistas encabezadas por militares invocaron, entre otras razones, el ambiente de corrupción que prevalecía en distintos niveles de la administración pública.

Sin embargo, estos casos muestran una contradicción fundamental: el combate a la corrupción puede convertirse en un pretexto para justificar la concentración autoritaria del poder, sin que ello garantice su erradicación.

La experiencia histórica demuestra que denunciar la corrupción de un gobierno no otorga legitimidad automática a quienes lo derrocan. En Argentina y Nigeria, la corrupción persistió bajo los regímenes militares que habían prometido combatirla.

Por tanto, la lucha contra la corrupción debe sustentarse en instituciones legales, controles democráticos y mecanismos efectivos de rendición de cuentas, no en la supresión de las libertades ni en la concentración del poder.

3.2. La expansión de las prácticas ilícitas y la impunidad

Otro efecto de la corrupción es su capacidad para desencadenar una cadena de irregularidades. Un primer acto de soborno o extorsión puede dar lugar a nuevas conductas ilegales destinadas a ocultarlo, proteger a los responsables o garantizar que los beneficios obtenidos no sean descubiertos.

Por ejemplo, una empresa o un particular que realiza un pago ilícito puede recurrir a la falsificación de registros contables, a la creación de fondos no autorizados o a mecanismos ilegales para transferir recursos al extranjero.

Por su parte, quienes reciben el dinero pueden intentar ocultar su origen mediante operaciones de lavado de activos, eventualmente con la participación de intermediarios financieros u otros actores.

Aunque esta secuencia no se presenta necesariamente en todos los casos, la corrupción puede generar una dinámica de encubrimiento en la que cada irregularidad exige nuevas acciones para evitar que la anterior salga a la luz.

De esta manera, se multiplican las infracciones y los compromisos ilícitos, mientras aumenta la necesidad de garantizar la impunidad de quienes participan en ellos.

Cuando este fenómeno se extiende, el derecho penal pierde parte de su capacidad preventiva y las instituciones dejan de cumplir eficazmente su función de hacer valer la ley.

El Estado de derecho comienza entonces a ceder terreno frente a una lógica peligrosa: la idea de que todo está permitido mientras existan los recursos, las relaciones o las complicidades necesarias para evitar las consecuencias.

La política pierde así su función ejemplar y pedagógica. En lugar de promover el respeto a las normas y el servicio a la comunidad, puede transmitir la idea de que los cargos públicos son instrumentos para obtener beneficios privados.

La distinción entre lo público y lo privado se desdibuja, y el ejercicio de una función pública comienza a percibirse como una oportunidad para obtener ventajas personales y disfrutar de una protección indebida frente a la ley.

La tendencia de la corrupción a extenderse y vincularse con otras conductas ilícitas evidencia no solo su capacidad destructiva para la economía, sino también su potencial para distorsionar las políticas públicas, debilitar las instituciones y erosionar la democracia.

3.3. La pérdida de vidas humanas

Entre las consecuencias más graves de la corrupción se encuentra la pérdida de vidas humanas, particularmente cuando afecta la construcción de grandes obras de ingeniería civil o militar.

Cuando los recursos destinados a garantizar la seguridad, la calidad de los materiales y el cumplimiento de las normas técnicas se desvían o se administran de manera irregular, aumentan los riesgos para la población.

La reducción de costos a expensas de la seguridad, la supervisión deficiente y la contratación de empresas sin las capacidades necesarias pueden contribuir a accidentes, derrumbes y otras tragedias evitables.

En estos casos, la corrupción deja de ser un problema exclusivamente financiero o institucional y se convierte en una amenaza directa para la vida y la integridad de las personas.

Reflexión final: combatir la corrupción para fortalecer la democracia

Estas son algunas de las consecuencias de la corrupción que nos permiten comprender la gravedad del problema planteado por Jorge F. Malem Seña.

Por ello, los casos que involucran a instituciones públicas, como el INE, deben analizarse más allá de sus repercusiones inmediatas en la disputa política.

Lo fundamental es esclarecer los hechos, determinar las responsabilidades que correspondan y garantizar que las investigaciones se conduzcan con autonomía, rigor y apego a la ley.

Si se confirman irregularidades, no bastará con las renuncias, los deslindes políticos o las declaraciones de compromiso con la honestidad. Será necesario establecer responsabilidades, recuperar los recursos públicos, cuando proceda, corregir las fallas institucionales y fortalecer los mecanismos de fiscalización y transparencia.

La corrupción no solo desvía dinero: distorsiona las prioridades del Estado, perjudica el desarrollo, debilita la confianza ciudadana y convierte el poder público en un instrumento al servicio de intereses particulares.

Por eso, su combate no puede depender de la conveniencia política de un gobierno ni limitarse a los adversarios de un partido. Debe aplicarse con los mismos criterios a todas las personas, independientemente de su cargo, filiación o cercanía con el poder.

La honestidad pública no se demuestra con discursos, sino con instituciones que investigan, autoridades que rinden cuentas y una justicia que se aplica sin privilegios ni excepciones.

El caso del INE, como cualquier otro que involucre recursos públicos y posibles responsabilidades de funcionarios, debería servir para fortalecer la vigilancia ciudadana, mejorar los controles institucionales y evitar que las irregularidades se repitan.

El desafío consiste en impedir que la corrupción se normalice, que la impunidad se convierta en regla y que el interés privado termine imponiéndose sobre el bienestar colectivo.

De ello depende, en buena medida, la calidad de nuestra democracia y la posibilidad de construir un Estado que responda verdaderamente a las necesidades de la sociedad.

Por el bien de México y de su pueblo.

José Vega Bautista

@Pepevegasicilia

josevega@nuestrarevista.com.mx