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¿Qué tanto se gobierna?

Héctor A. Gil Müller

La humanidad siempre ha tendido a idealizar, es decir, llevar al terreno de lo irreal aquello que resulta importante en el plano de lo real. Encumbramos nuestro pasado, pero también lo hacemos con nuestro futuro. En su justa medida la dosis de optimismo es siempre válida, pero cuando el futuro se pinta ideal es seguramente irreal. Idealizamos nuestro estilo hasta volvernos inflexibles pensando que el más ligero cambio ha de acabar con todo. En lo político tendemos a idealizar, el gran Tlatoani o en nuestro lenguaje contemporáneo, el líder, se convierte en un invencible, alguien que representa nuestras mejores y mayores aspiraciones, nuestro concepto moderno de felicidad, expresado en las 4 E: economía, entendimiento, elegancia y energía.

A tal grado llega nuestra idealización que lo humano no es suficiente incluso dentro de la misma humanidad, Lil Miquela es una "joven robot de 19 años" que vive en Los Ángeles, trabaja como modelo, en su narrativa su ascendencia es mixta; brasileña y estadounidense. Hoy día, su cuenta de Instagram tiene más de tres millones de seguidores. Es una influencer admirada por millones de jóvenes, un robot creado por la compañía Brud quien incluso le ha provisto de una infancia llena de recuerdos admirables. 

En China, Ling es una influencer con alta popularidad en Weibo, la versión asiática de Twitter. Sus publicaciones son ampliamente difundidas, en ellas aparece con su rostro perfecto, casi de porcelana, su cabello brillante, su capacidad de sonreír permanentemente y su vida ambientada en un cúmulo de imperfecciones humanas. Ling promueve entre sus “post” diversas marcas, incluyendo a Tesla. También es resultado de la inteligencia artificial, una inteligencia que es perfectamente imperfecta y que influye en nuestra generación.

Esta robotización, porque lo humano ya no sea suficiente, me lleva a pensar en lo político, ¿cómo serán los líderes de este siglo? ¿Sus decisiones migrarán de lo humano a lo maquinal? Influencers totalmente virtuales, sin tener carne ni hueso, pero ¿importa? En el mundo actual de los datos y las relaciones entre los mismos. ¿Qué tanto se gobierna? Los gobiernos enfrentan la necesidad de justificar sus decisiones con los datos que, de ser suficiente, pudiera preverse la decisión correcta. Toda acción gubernamental se enfrenta entre los rumores que lo correcto hubiese sido lo opuesto.

Vendrán tiempos, como ahora se preludia, en que las decisiones ya no sean humanas, sino resultado de una lógica y metodológica minería de datos. Hoy la decisión que se veía valiente de volver a las aulas, tenía como trasfondo un mensaje mundial de retorno a las mismas. Las cercas existen no solo para evitar que algo peligroso entre, sino también para evitar que lo valioso que hay adentro no se pierda. 

Al mismo tiempo, mientras corre esa suplencia, Moises Naim, el gran analista venezolano concluye que el poder está fragmentándose, el poder llega a un fin ante la existencia de “micropoderes” y una mayor cantidad de opciones, una renovación de pensamiento y una movilidad aceleran la degradación de poderes absolutos.

En México la lucha de poder tiene más y más competidores, imposibilitando la acumulación que antaño se antojaba simple. Eran otros tiempos. ¿Dónde yace, si es que yace, el gobierno; en la experiencia humana o en la capacidad de aceptar que lo humano también se idealiza?

Un regreso acostumbrado

Héctor A. Gil Müller

El 30 de agosto arrancará, en la mayoría de las entidades federativas en México, un nuevo ciclo escolar presencial, millones de niños se alistan para retornar a una escuela golpeada. Según datos del INEGI, 5.2 millones de alumnos mexicanos no se inscribieron a un siguiente ciclo, aumentando drásticamente la deserción escolar. Además, durante la pandemia, que aún no termina, se aumentó un 24% la violencia familiar. El retorno escolar se presenta como la opción y refugio. La escuela es algo más que una institución para cuidar a los niños, es una sede de transformación, que, si no somos capaces de mover, a donde vaya la vida, seguiremos aprovechando de la transformación solo la información.

El evangelio relata que, tras su resurrección, Jesús se presentó ante María Magdalena. Cuando ella le reconoce y corre a él, Jesucristo le detuvo diciendo: “No me toques”, nada más vigente hoy, aunque en su momento se refería a un proceso de santidad ahora se usa en un fenómeno de sanidad, que resonará en los patios escolares.

¿Qué infectó esta pandemia? trastocó algo más que el ritmo de hacer las cosas, nos movió los ritos y la forma de ver el mundo. En la educación encerramos en una pantalla a grandes tesoros, niños que significan todo lo que hacemos, y aquello que no hacemos. COVID nos dio una causa al miedo. El miedo es tan contagioso y aunque es un excelente mecanismo para resguardar la integridad también paraliza. Parece que la reacción del miedo surge desde el instinto y previene de peligros existentes o inexistentes. La preocupación, como propagación del miedo, se centra en el pensamiento que nos lleva a tener una duda que tratamos como un peligro. Por eso la enunciación de nuestras preocupaciones siempre comienza con un: “¿y si…?”.

Ismael Serrano escribió una canción llamada: el virus del miedo, entre sus estrofas canta: Por miedo a sentir miedo / Fue a la cama, / Como una oruga se escondió / Y envuelto entre las mantas / Se durmió, / Hizo humo el sueño / Y se olvidó del mundo / Por miedo a despertar. / Aún sigue dormido. / Pasaron los inviernos / Y aún sigue escondido, / Esperando que tu abrazo / Le inocule la vacuna / Y elimine el virus del miedo / Y su locura.

Yo no creo que el virus abandone México, y tampoco creo que el mundo y la humanidad sean mejor cuando se venza, ante el dolor y el miedo cualquier organismo y no es excepción el ser humano, ataca, huye, se paraliza o se somete. El animal político ahora será el animal paliatívico, buscando siempre soluciones. Seguramente esto se nos ha de olvidar, como se olvidaron otras pestes, pero mientras tanto algunas cosas no cambiaron, se aceleraron; como una nómina esbelta en las organizaciones, una producción sin tiempos en la gestión, el uso de códigos en lugar de dinero y el alejamiento social, porque llevamos ya mucho tiempo aislados, no debería ser nueva esta soledad. ¿O usted conoce los nombres de sus vecinos?

Sin duda el regreso será acostumbrado, haremos nuevas costumbres que se quedarán como el blancor de un cubre bocas que impide broncear toda la cara. Se resecarán, como las manos, muchos usos, pero como siempre lo haremos nuestro, ojalá aprendamos que siempre es más fácil entrar que salir.

En la búsqueda de símbolos

Héctor A. Gil Müller

Todos necesitamos símbolos en los que depositamos nuestros recuerdos o deseos. Símbolos dotados de ambición y también otros estigmatizadores que se prenden de las vidas. Nuestro lenguaje son símbolos que adoptamos y quitamos significado, pero siempre estará la “S” que suena como el silbido de la serpiente y recrea en su forma su origen para recordarlo. La humanidad ha hecho un código simbólico que se transmite de generación a generación nutriéndose, graduándose o degradándose, con dinámica evolución.

Los símbolos están en la palabra, hemos suavizado hasta acostumbrarnos el negarle a alguien gracia y llamarle “desgraciado”. En otros casos evidenciamos ciertos antecedentes con símbolos que se han vuelto tan cotidianos que dejamos de entender, como el “mande” con que respondemos siempre en México. Los símbolos del poder que se relacionan con la altura y que llevan a la silla de la cabecera o más alta al de mayor jerarquía o poder. Los símbolos que decoran las paredes de una oficina expresando lo mucho que sabemos o hemos logrado que al igual que un curriculum cada vez incluye más, pero con letras más pequeñas.

El periódico France Soir encargó a Franklin Loufrani una campaña de optimismo, el resultado; el 1 de octubre de 1971 el Instituto Nacional Francés de la Propiedad Industrial registró a “smiley” un circulo amarillo con una sonrisa y dos puntos como ojos que rápidamente comenzó a circular en el mundo entero, siendo hasta hoy la imagen icónica de la felicidad, ese símbolo impactó por expresar la emoción más buscada desde el origen de la humanidad. Un símbolo es una representación perceptible de una idea, un signo que establece una relación entre lo que sabemos y vemos.

México instala en el zócalo capitalino una réplica del Templo Mayor o Huey Teocalli, que para la identidad Mexica simbolizaba el centro del universo, el punto de unión entre el inframundo y los niveles celestiales. La maqueta de más de 15 metros de altura está muy cerca de donde reposan las ruinas del original templo, destruido en 1521 durante la conquista española. Esta maqueta, que se inaugurará el día de hoy, representa un gran símbolo de lo que fue, y si bien no alcanza a dimensionar la grandeza física del templo, aporta una imagen a quienes solo han visto ruinas. Y como las ruinas yacen en el centro de una bulliciosa ciudad, ni a ellas ni su cultura se han reconocido lo suficiente ni siquiera lo necesario.

Esta maqueta apoyada por otros elementos de video recreará lo que yace destruido y por mucho tiempo abandonado. El espectáculo de “memoria luminosa” habrá de sembrar una visión del pasado en los tiempos del futuro. Se reconocerán los 500 años de resistencia indígena, elementos simbólicos de una cruel realidad. El indígena no solo ha sido dejado al pasado, sino que legalmente ha sido protegido o encerrado para vivir ahí. Los símbolos de su cultura, cultura original de nuestra realidad, sufren los embates del tiempo, un tiempo injusto que niega lo que no se asemeja. Un mundo que requiere menos palabras para nombrar lo que es, pero más discursos para encontrar lo que no es. Un mundo que visto por un indígena; habla mucho y escucha poco.

Un barco con señales

Héctor A. Gil Müller

Es sabio advertir las señales. Los Moken son un pueblo ancestral, asentado desde hace 4000 años en el sureste asiático, cuentan con un idioma no parecido a ningún otro, sus tradiciones y su cultura pesquera y nómada los han llamado “gitanos del mar”. Saltaron a la fama cuando un terrible tsunami golpeó la región en 2004. Ese tsunami, resultado del terremoto de Sumatra-Andamán, está considerado como el segundo más potente en la historia del sismógrafo. Ocasionó una gigantesca ola que afectó entre otras partes a Indonesia arrebatando la vida de más de 260,000 personas.

Los Moken, que viven justo en la región de mayor impacto no sufrieron ninguna pérdida humana, sensibles al mar, entendieron las señales de alerta y huyeron internándose en zonas altas, solo perdieron algunas pertenencias. Esta razón les hizo saltar al estrellato antropológico y hoy enfrentan una ola mayor, la de turistas.

Este pueblo fue sensible a las señales, conoce más lenguajes que el propio, de hecho, conoce lenguajes que no hablan los humanos. Nosotros hemos dejado de leer las señales, si no leemos ni los periódicos menos vamos a andar leyendo los vientos, las lluvias o al sol. Pero cada situación encierra señales, que advierten o preludian algo mayor o menor, mejor o peor. Aprender de las señales no requiere palabras, requiere atención, misma que hoy se merma ante tanta información, porque el terrible costo de tanta información consiste en el sacrificio de la mínima atención. Los currículos hoy son más extensos, pero con letras más pequeñas, las frases son más replicadas, pero con un menor entendimiento, valoramos tan poco que pierde nuestra atención.

Las señales advierten una interpretación del futuro. Algunas buenas y otras malas, desconcertantes seguramente, pero descriptibles. La señal que identifica a un barco es su bandera. Un barco sin bandera es una nave que aún no ha sido conquistada, no podemos andar por la vida sin sabernos parte de algo, cada comportamiento debe sumar, intencionalmente a lo que queremos, a aquello que nos ha conquistado.

La vida exige tomar decisiones, mismas que significan construir un estilo de vida, ya sea por adopción o por adaptación, a la normalidad (que es la única, que es la actual). Tras el fatídico 11 de septiembre del 2001 el mundo cambió y nadie ha reconocido que la forma de viajar ha vuelto a lo que antes era, hoy nos parece normal los filtros de seguridad que antes no existían. Lo mismo ocurre con COVID, las organizaciones aprendieron nuevas formas de eficiencia, la sociedad descubrió valores y condenó beneficios. El 9/11 no frenó el turismo aéreo, como COVID19 tampoco frenó a la vida ni a las instituciones.

El retorno a las aulas es inminente, ante una pandemia que avanza, que sigue viva, en una complicada realidad en la que “podemos” exponer a los niños a un virus para el que están protegidos solamente por su edad y salud. Pero son decisiones. Decisiones de un barco con bandera, lo que aún no sé es si es un barco con bandera que viene de la batalla o que apenas va.

Razonamiento Motivado

Héctor A. Gil Müller

A veces disfruto del sublime placer de sentarme y pensar. Otras veces nada más me siento. Pero cuando pensamos hacemos honor al natural distingo que se le ha conferido a la humanidad, somos aquellos seres que saben que saben, el “homo sapiens sapiens”. Entre todos los pensamientos, complicados y sencillos, largos o cortos, grandes o pequeños, aunque me parece que su tamaño no es distintivo de su eficacia, a veces en lo más breve está la vida y su bondad en ella, los hay buenos y malos, pensares que construyen el futuro y mientras no se siembren en la tierra son sueños, pero también aquellos que amenazan desde el pasado reviviendo, a nuestra elección, dolores o alegrías. Si estamos como estamos es porque somos como somos, se agregaría que somos lo que pensamos.

Existe entre todos los pensamientos, uno especial que se denomina razonamiento motivado. Este es la creencia que la opinión propia es mejor que las otras y nos hace ignorar o disminuir la opinión de otros para mantenerla. es un sesgo cognitivo en el que se implican aspectos individuales como las emociones y miedos. Tras esos pensamientos actuamos, nuestro comportamiento se guía por esos razonamientos. Aristóteles escribió, nos convence lo que nos conviene, y ese razonamiento motivado expresa nuestra mera conveniencia. La pandemia de COVID19 ha revelado muchos de esos mitos que a fuerza de voluntad los seguimos manteniendo como ciertos. “Quien me ama no me va a contagiar”, “solo los jóvenes enferman ahora” y sobre todo “la infabilidad de la vacuna” usados por quienes quieren disminuir la gravedad de la situación. Pero otros ven la reclusión militarizada, la incapacidad ante cualquier virus y la desestimación de la tasa de mortalidad son usados por quienes quieren aumentar la gravedad de la situación. Así, en una misma situación puede leerse y aumentarse según las emociones que estén inmersa en ella, nuestro miedo y reacción ante él.

Quienes tienen más conocimiento están mejor preparados para detectar los engaños que cierta información puede llevar a raíz de emociones inmersas en ella, pero si caen en la trampa del razonamiento motivado son capaces de aducir más razones para creer en cualquier cosa que quieran creer. Cuando nos enfrentamos a la realidad la ajustamos a nuestra pretensión, a aquello que nos da seguridad. La realidad de cada quién es la percepción de cada cual escribió Umberto Eco.

En política ocurre igual, nos aproximamos a la corrupción desde una visión emocional de ella, quizá en parte pensando que el estudio del pasado nos revelará el manejo del futuro. Quienes implican emociones pudieran incluso suavizar la corrupción como aquel ingenioso falsificador Han Van Meegeren quien tras haber estafado millonariamente con sus falsificaciones se identificó como un héroe holandés por vender el cuadro falso a Herman Göring durante la ocupación Nazi. Hay mexicanos para quienes todo es corrupción y este país nunca ha tenido un funcionario honesto y hay mexicanos para quienes nada es corrupción sino acciones patrióticas para asegurar la salvaguarda económica de la célula social básica, la familia del ladrón. Sin embargo, no podemos obviar que la ausencia de estrategia para aproximarnos al futuro que deseamos, que se enralece por aquello que motivadamente pensamos, nos va a pasar la factura. El cobro del vacío siempre es mayor.

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