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17Agosto2017

Edición No. 233 Del 19 al 25 de Octubre de 2015

Patricia Gutiérrez Manzur

Patricia Gutiérrez Manzur

Domingo, 02 de Junio de 2013 22:27

Nuestros mejores amigos

“Hasta que no hayas amado a un animal,

parte de tu alma estará dormida.”

Anatole France, escritor francés del siglo XIX.

Entre los recuerdos más memorables de mi infancia se encuentran aquellos en los que los animales estuvieron presentes. Y hablo de animales, en plural, porque en casa habitaban usualmente más de dos de ellos al mismo tiempo, los cuales hacían de mis días una aventura, enseñándome los secretos de la convivencia entre especies y las maravillas del preclaro entendimiento que es capaz de producirse entre seres vivos más allá de su especie.

Desde una tortuga del desierto, una pata y varios perros, hasta un pequeño venado, gatos, un cabrito y dos pavo reales, fueron algunas de las mascotas que mi padre me obsequió y que acompañarían mis tardes ociosas repletas de patio, amigos y juegos, entrenándome en las disciplinas del amor, el compromiso y el respeto.

Mis queridos compañeros animales eran tan buenos amigos como mis compañeros de clase o mis vecinos. Reía y corría con ellos en nuestro espacioso patio, les cargaba, bañaba y alimentaba; les abrazaba, besaba, acariciaba y miraba a los ojos, en cuyo brillo descubrí afecto y lealtad sin fin.

Mis años de niña nunca hubiesen sido tan esplendorosos y divertidos sin sus correteos, lengüetazos y aquellas siestas de verano acompañadas. Mi constitución como persona no sería la misma, sin sus intensivas lecciones de nobleza, alegría y tolerancia. Sin la convicción de que éramos iguales, salvo haber nacido yo con un cerebro más desarrollado, el cual valía de muy poco si lo empleaba para abusar de mis semejantes y del resto de los seres vivos.

A través de la cercanía con los animales aprendí a dar y recibir cariño sin discriminación alguna, más allá del olor y el número de patas, del pelaje, del carapacho o de las plumas, de los dientes, del hocico o del pico, gozando de los contrastes, y llegando a la conclusión de que quien era cruel con cualquiera de ellos, no podía ser en esencia una buena persona.

Y es que la conducta ética tiene que ver intrínsecamente con la compasión. La compasión que sobrepasa lo humano y cobija del mismo modo a los restantes seres vivos. Extensión de sentimiento al que se refería Mahatma Gandhi al señalar que la grandeza de una nación y su progreso moral podían ser juzgados por la forma en la que sus animales eran tratados.

En los últimos meses se presentaron en Saltillo un número considerable de casos de niños con ricketsiosis, enfermedad transmitida por la mordedura de la garrapata. Varios de los infantes lamentablemente fallecieron, desencadenando pánico y desconcierto en ciertas fracciones de la población, que a falta de información confiable y de conocimientos fidedignos, decidieron irse sobre los más débiles: sus mascotas. Esto en un fallido intento por contrarrestar la situación de riesgo, la cual no se anula eliminando a los perros y gatos de la cotidianidad hogareña, sino más bien concientizando y asumiendo que somos nosotros como dueños, quienes tenemos la obligación de cuidarles, mantenerles limpios, sanos y en ambientes higiénicos que impidan de manera natural, la proliferación de toda clase de bichos e infecciones.

La muerte de los pequeños fue una terrible tragedia y hace reflexionar sobre la importancia de que los padres se responsabilicen y permanezcan atentos de la higiene de sus hijos, de la revisión rigurosa de sus partes físicas, de la no proliferación en el hogar de cualquier clase de alimaña y contaminación; entendiendo además, que las mascotas no son culpables de que nos hagan daño los insectos alojados en ellas por falta de pulcritud, sino que son víctimas de la poca atención de sus amos, significando además a diferencia, auténticos escudos protectores ante el ataque de esta clase de plagas. Muros de contención entre las garrapatas y el humano.

Debemos por lo tanto desestigmatizar a nuestros animales caseros, apreciando el amplio valor práctico que poseen más allá de su incuestionables virtudes como guardianes, compañeros de juego y cómplices de vida. Asimilar que al ser incapaces de bañarse por ellos mismos, de alimentarse, vacunarse y limpiar su entorno, dependen de su propietario en un cien por ciento.

El abandonar a un perro en la calle, el dejarlo atado a un poste o llevarlo a que lo “duerman”, atemorizados por la ignorancia y aconsejados por la falta de reflexión y compromiso, son actos que hablan de atraso y barbarie que ni siquiera representan el término de enfermedades como la ricketsiosis, porque dejan a merced de esta clase de males, al romper el sabio equilibrio que por miles de años ha simbolizado la convivencia hombre-mascota, propiciadora de fundamentales beneficios en el desarrollo de la humanidad.

El poder aplicado sobre el indefenso es deleznable. El desamparar a quien tendríamos que proteger resulta deshonroso. El enseñar a los más jóvenes que los animales existen como artículos de uso y desecho, que su abuso es una conducta usual y que son marionetas para manipular y dañar a nuestro antojo, debería avergonzarnos. El hacer pagar nuestros propios errores y omisiones a quienes sólo cuentan con un ladrido, un maullido, una mirada asustada o una cola caída para discrepar, no es digno ejemplo para nadie y menos un comportamiento del cual sentirnos orgullosos.

Los animales, como cada uno de los seres humanos, cualquiera sea su origen, especie o condición, tienen derecho a consideración y respeto. La no violencia ante la totalidad de los seres vivos debiera ser el anhelo de aquellos estados modernos que aspiran a un proceder intachable; y si creemos en el alma, tendríamos que aceptar que las almas de todos los seres vivos son iguales, aunque los cuerpos que las alojen sean distintos. Ya decía el atinado y compasivo santo de Asis, desde el lejano siglo XII, que aquellos hombres que no son capaces de respetar y ver a todas las criaturas de Dios como sus iguales, nunca tendrán paz ni podrán respetar a sus propios hermanos.

Si tomamos la decisión de adoptar una mascota, sepamos que es este un acto de absoluta responsabilidad y trascendencia, no un evento simple y superficial. En la medida que entendamos este hecho y lo transmitamos así a las nuevas generaciones, avanzaremos como personas y como sociedad, en un renglón substancial de los valores: el relacionado con la ampliación de los potenciales emocionales y de las facultades de cumplimiento y compromiso, importantes atributos de la madurez individual y colectiva.

La piedad por los animales está estrechamente unida a la calidad de la persona que la ejerce o deja de ejercerla. Quien en lugar de conmiseración despliega maltrato y humillación contra ellos, desacredita buena parte de su solvencia como ser humano y pone en tela de juicio su capacidad de compasión por sus semejantes. El respeto de los seres humanos hacia los animales es directamente proporcional al de los seres humanos por ellos mismos.

Hace unas semanas encontré una frase anónima que me conmovió profundamente, ya que hizo presente a mi actual mascota, una traviesa y saltarina basset hound a quien llamé “Cocó”, en honor de la transgresora diseñadora de modas del mismo nombre. Perrita de largas orejas que desespera a mis familiares a causa de su hiperactividad y no tan buena educación, pero quien para mí significa la inseparable compañera que alegra los días y obsequia su afecto sin reservas. La citada frase, que comparto en este artículo, habla de “Cocó”, como podría hablar de cualquier otra mascota: "Él es tu amigo, tu compañero, tu defensor, tu perro. Tú eres su vida, su amor, su líder. Él será tuyo siempre, fiel y sincero, hasta el último latido de su corazón. A él le debes ser merecedor de tal devoción".

La amistad brindada por un animal es auténtica, generosa e inmutable. Florece con genuino fervor. Ningún recoveco mezquino de vanidad, agravio o interés existe de su parte cuando se entrega. Retribuyamos este precioso regalo con fidelidad, cuidado y amor. No es mucho pedir a cambio de lo que nos será prodigado a patas llenas.

 

Protejamos con integridad a esos seres indefensos que son nuestras mascotas y empeñemos nuestra palabra al momento de adoptarlos. Será una de las mejores formas de honrar la racionalidad con la que la naturaleza nos premió.

Domingo, 16 de Diciembre de 2012 16:26

Jenni Rivera

 

Cuando mi voz calle con la muerte,

mi canción te seguirá cantando con su corazón vivo.

Rabindranath Tagore

El pasado domingo 9 de diciembre despertamos con la mala noticia de que el vuelo en el que viajaba la cantante Jenni Rivera había desparecido de madrugada a pocos minutos de despegar del aeropuerto de Monterrey, para confirmarse horas después que la aeronave se estrelló en la Sierra Madre Oriental.

Domingo, 25 de Noviembre de 2012 21:16

Los Empeños de Sor Juana

Finjamos que soy feliz,
triste pensamiento, un rato;
quizá podréis persuadirme,
aunque yo sé lo contrario,
que pues sólo en la aprehensión
dicen que estriban los daños,
si os imagináis dichoso
no seréis tan desdichado.

Sírvame el entendimiento
alguna vez de descanso,
y no siempre esté el ingenio
con el provecho encontrado.
Todo el mundo es opiniones
de pareceres tan varios,
que lo que el uno que es negro
el otro prueba que es blanco.
 

—Versos de “Finjamos que soy feliz”,

de Sor Juana Inés de la Cruz.

La noción de que la capacidad de pensamiento complica severamente las posibilidades de ser feliz y de encontrar un beneficioso estado de paz, ha sido un recurrente entre aquellos seres iluminados que se han destacado por su potencial intelectual a través de las épocas, principalmente cuando tales seres han sido parte del sexo femenino.

Y es precisamente la tribulación existencial, la cruda conciencia de su propia conciencia, la tácita indocilidad revelada de sus líneas poéticas y epistolares; a la par de la gallardía y donaire que en sus hábitos de gala deja ver en el retrato más divulgado que sobre ella realizara el pintor Miguel Cabrera, años después de su muerte, lo que me conquistó de esta mujer mexicana, que resuelta a conseguir su liberación, utilizó a las letras como herramienta perfecta para conseguir su cometido.

Enorme figura sin la cual resultaría imposible entender la excelsitud de la creación poética en lengua castellana y el estreno de la emancipación femenina en nuestras tierras, quien un 12 de noviembre del muy barroco año de 1651, naciera en San Miguel de Nepantla, Estado de México, para gloria de todos nosotros.

Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana, su nombre de pila, fue brillante e inquieta desde su primera infancia, ya que según lo expresó en su célebre “Carta a Sor Filotea de la Cruz”, aprendería a leer y escribir en sus primeros años, dejando de lado los juegos propios de su edad en pos del conocimiento. En el 2001, el investigador Augusto Vallejo de Villa, dio a conocer el primer poema que escribiera, cuando tenía solo 8 años: una loa al Santísimo Sacramento.

Nunca gozó de un ambiente familiar funcional y afectivo. Fue hija natural, y con padres lejanos a ella, sería criada en casa de su abuelo materno. Al coincidir la muerte de su padre, el vasco Pedro Manuel de Asbaje y Vargas, con la muerte de su abuelo, la pequeña Juana será enviada alrededor de los 10 años a la capital para vivir con familiares de su madre, Isabel Rodríguez de Santillana, nacida en México, quien se uniría a una nueva pareja con la que procreará otros hijos, condenando así a Juana Inés a una soledad que la escoltaría a lo largo de su existencia, ya que carecerá de la presencia y del cariño de sus dos progenitores.

Su vasto desarrollo, propiciado tanto por los definidos y particulares rasgos internos de su carácter, como por los factores externos de su época, nos hace distinguir a una novohispana en constantes disyuntivas frente a circunstancias hostiles, cuyas acciones y decisiones se perfilarán siempre hacia una búsqueda: la de lograr ejercer la práctica intelectual que fluía por sus poros y le daba razón de ser.

Una práctica que sería la verdadera vocación de quien Octavio Paz describiera, al evocar los primeros años de la ilustre monja, como “Niña solitaria, niña que juega sola, niña que se pierde en sí misma. Sobre todo: niña curiosa”.

Curiosidad que partió desde la interiorización de sí misma, hasta el palpitante universo que florecía más allá de las rígidas paredes del convento de San Jerónimo, lugar en el que permanecería confinada por 27 años hasta su muerte y que sí, enclaustraría su cuerpo, más nunca su espíritu y su mente.

Antes de su ingreso a las jerónimas a los 19 años, Juana Inés será aceptada y valorada en la corte virreinal, y de forma especial por la virreina doña Leonor Carreto. Su innegable belleza delgada, de baja estatura y de rasgos gráciles y afilados, su discernimiento e inspiración, harán las delicias de los caballeros y favorecerán las envidias de las damas. Todo a causa de sus distintivas cualidades tan poco presentes y aún menos manifiestas en el contexto femenino de la Nueva España del siglo XVII. Características personales que le darían la firmeza para dejar posteriormente la mundanidad y optar por el único camino permitido para las mujeres honorables, además del matrimonio al que rechazaba con resolución: el camino del hábito religioso, el cual, pese al encierro, le otorgaría el escape, el sosiego y la estabilidad necesarios para dedicarse definitivamente a las letras.

Considerada por Dorothy Schons, la escritora estadounidense especializada en Sor Juana, como la primera feminista de América y por nuestro nobel Octavio Paz como la primera mártir del feminismo, sería editada en Europa aún estando viva, convirtiéndose en el primer escritor de nuestro continente en lograr tal distinción, recibiendo en España —a partir de aquel momento— el calificativo de “La Décima Musa”, con el que se le comparaba a las nueve musas que por tradición han inspirado a los poetas.

Su búsqueda de la libertad creativa y de la investigación conceptual, a la par de su pasión por la estética y la ciencia, iría en aumento, pese a la animadversión, crítica y ataque de algunos de sus contemporáneos, que imposibilitados para comprender el adelanto y grandeza del claro agente de cambio que fue Sor Juana, actuaron de manera prejuiciosa y despreciable en contra de ella.

Es Juana de Asbaje, la primera conciencia intelectual de nuestro México. Íntegra transgresora que a través del conocimiento penetró en una dimensión hasta entonces considerada de exclusividad masculina: la del saber. Colmada de impulsos vitales, hábil política que supo conservar desde el convento sus relaciones con el palacio virreinal y particularmente con la virreina doña María Luisa Manrique de Lara y Gonzaga, a quien dedicó un buen número de poemas; la notable Sor Juana, tuvo la valentía de romper con su confesor e importante inquisidor Antonio Núñez de Miranda, al no estar dispuesta a ceder su amor por la literatura, ante las reprimendas que le reclamaban haber descuidado sus deberes religiosos, en un período en que los confesores ostentaban absoluto poder sobre las religiosas. Distanciamiento que traería consigo más detracciones y censuras en contra de su persona y de su quehacer observado como impropio y fuera de lo establecido.

Insumisa y autónoma, se subleva contra quien debía obedecer: la autoridad eclesiástica. Y escribe a su confesor un documento conocido como “Autodefensa espiritual”, abogando por su derecho a seguir pensando y escribiendo. Curiosamente, Juana de Asbaje fue criticada por sus numerosos poemas amorosos y sus relaciones sociales externas al convento, pero serán sus escritos teológicos, meramente religiosos, los que causarían verdaderos revuelo y reprobación.

En una realidad en la que los dogmas de la iglesia sólo podían ser abordados en su estudio y debate por el sexo masculino, la idea de que una mujer y además monja, se atreviese a abordarlos y de modo tan elevado y convincente, resultaba escandalosa e intolerable. Es por ello que su famosa “Carta Atenagórica”, polemizando sobre el sermón de un docto jesuita de su época y publicada en 1690, y su no menos memorable “Respuesta a Sor Filotea de la Cruz” de 1691, en defensa de sí misma y autobiográfica, representarían una continuación de su enfrentamiento con quien fuera su confesor y una auténtica afrenta a la alta jerarquía católica novohispana.

No podría concebirse la evolución de nuestro país en materia de equidad de género y de derechos humanos, sin la representación ilustrada y artística de Sor Juana, quien en la limitada realidad de una Nueva España absorta en los finales del siglo XVI, levantó la voz y legó su erudición y talento, dejando en las páginas de sus escritos y poemas, un claro testimonio de la igualitaria capacidad pensante, estética y sensible de la que son capaces los seres humanos, sin importar el sexo al que pertenezcan. Contundente testimonio enmarcado en una obra maravillosa, la cual ha trascendido los últimos trescientos años tal como lo hacen las grandes creaciones de la humanidad: conservando su vigencia y aumentando su valor.

Entusiasta de la astronomía, de la historia, de la física, de la filosofía y de la música; conocedora del latín y de los clásicos, Juana Inés de Asbaje dio aliento a un conjunto de textos dramáticos y autos sacramentales, al igual que a poemas distribuidos en décimas, endechas, redondillas, sonetos y villancicos, por mencionar sólo algunos de sus trabajos. Influenciada por grandes del Siglo de Oro español como Lope, Garcilaso, San Juan de la Cruz y Góngora, consiguió un estilo propio en el que aflorarían su alma independiente, su sensitivo ingenio y su atinada percepción de la realidad. La naturalidad de su poesía resultaría una bocanada de aire fresco en un tiempo en el que el recargamiento barroco simbolizaba la norma a seguir.

Al haber pocas fuentes de información sobre ella, muchos son los episodios y detalles de su vida que han suscitado dudosas, turbias y mal intencionadas interpretaciones, que distan mucho de la verdad. Nada mejor, si se desea conocer más fidedignamente a nuestra excepcional poeta, que acudir a la lectura de “Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe”, el magistral libro de Octavio Paz que alumbra una visión objetiva y concienzuda de Sor Juana, su vida y su obra.

La parte concluyente de su historia es uno más de sus enigmas. El abandono de su tarea literaria a pocos años de los incidentes con su eterno contendiente Antonio Núñez de Miranda, la hará recluirse en una actividad contemplativa y auto flagelante, quizá porque al fin las crueles ofensas y agresiones terminaron por minar su ánimo incorruptible, quizá por señalarse a sí misma como merecedora de la orden que en el pasado eligió, quizá por la coacción de sus superiores.

Será durante aquella inmerecida ruta final, en la que en la triste ausencia de sus amigos y bienhechores quienes habían muerto o partido, y tal vez sintiéndose injustamente culpable y atribulada por tantos y sostenidos agravios en su contra, cuando redactaría una confesión ante el Tribunal Divino, pidiendo perdón y firmando con su propia sangre tal documento con la leyenda "He sido y soy la peor que ha habido. A todas pido perdón por amor de Dios y de su Madre, yo la peor del mundo. Juana Inés de la Cruz”.

Su muerte en abril de 1695, a los 44 años, a causa de un brote de cólera o tifoidea surgido en el convento, significó el inicio paulatino de la reivindicación de su prodigiosa esencia artística y personal que, con su irrefutable cuantía, fue posesionado a la intelectual Sor Juana Inés de la Cruz en el más alto y respetado escenario de las letras mexicanas y de habla hispana.

Nuestra entrañable Sor Juana. La poeta de la inteligencia, de la profundidad y del análisis psicológico. La mujer novohispana de la tenacidad de hierro, de la continua soledad, del adelanto a su tiempo, del gozo por vivir, de las cualidades y de las faltas, de la vulnerabilidad pese a su fuerza, del fervor por el entendimiento, de la lucidez apabullante, y que aún tres siglos después, nos hace recapitular sobre la importancia de la igualdad, del libre albedrío y de la soberanía mental, física y emocional.

—Ana María Matute, escritora española.

 

Patricia Gutiérrez Manzur

Lunes, 06 de Junio de 2011 20:17

Verde que te quiero verde

 

Patricia Gutiérrez Manzur

Domingo, 10 de Abril de 2011 20:25

El país en el que nace el sol

La primavera pasa
lloran los pájaros y

son lágrimas los ojos de los peces.

 

Matsuo Bashö.

 

Lunes, 28 de Marzo de 2011 02:24

La Ninfa de la Libertad

La Ninfa de la Libertad

 Fuiste silvestre una vez. No te dejes domesticar.

Isadora Duncan

 Descubrí a Isadora Duncan hace un buen número de años a través del tropiezo con una fotografía en blanco y negro que me cautivó.

Domingo, 13 de Marzo de 2011 23:09

El mullido sofá de la televisión

¿Qué aspectos determinan hoy en día el éxito masivo de la mayoría de las televisoras en países como el nuestro?

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