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16Agosto2017

Edición No. 233 Del 19 al 25 de Octubre de 2015

Eliseo Mendoza Berrueto

Eliseo Mendoza Berrueto

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Domingo, 24 de Febrero de 2013 22:11

La Primera República Federal

En mayo de 1787, 55 delegados de los 13 estados fundadores de la nación norteamericana, se reunieron en Filadelfia a discutir la redacción de la Constitución que regiría los destinos del país naciente, que con el tiempo llegaría a colocarse como la más poderosa potencia económica y militar del mundo. 

Dieciséis semanas después aquellos talentosos delegados habían producido uno de los documentos de mayor trascendencia que revolucionó la forma de organizar políticamente a las naciones del mundo. A diferencia de los gobiernos monárquicos, hereditarios, autoritarios, centralistas y unipersonales, que venían desde los tiempos del absolutismo ilustrado, los norteamericanos, celosos de la libertad y de la seguridad de la propiedad privada, y preocupados porque el gobierno pudiera ser un peligro para la salud de la democracia, crearon un sistema políticamente democrático y socialmente igualitario. Una república cuyo poder gubernamental se dividiría en tres ramas, cada una con poderes equilibrados y recíprocamente controlados: el poder legislativo para elaborar leyes, el ejecutivo que actuaría en consecuencia con las leyes creadas y el judicial para vigilar el cumplimiento de tal orden jurídico.

El país en gestación se organizaría como una república dividida en estados federados, soberanos en cuanto a su régimen interior, pero unidos como entidades con el mismo peso republicano, independientemente de su tamaño territorial, importancia económica o densidad demográfica. El gobierno se integraría por la vía de elecciones democráticas y cada entidad federada reproduciría en lo consecuente la organización republicana. Así nacieron las repúblicas presidenciales, bajo los principios del federalismo y de la división de poderes. 

En su libro “The living U.S. Constitution, Saul K. Padover afirma: “Quizá sea la Constitución norteamericana uno de los más exitosos ejemplos en la historia de los instrumentos legales que hayan servido tanto como salvaguarda de la libertad individual, como un sólido vínculo de unidad nacional” y agrega que después de varias generaciones sigue siendo un documento viviente, que responde a las necesidades de una república autogobernada, con creciente poder y tecnológicamente avanzada.

A pesar del cuidado que desde un principio se tuvo de evitar la concentración de poder en una sola rama del gobierno, específicamente en la correspondiente al poder ejecutivo, lo cierto es que, según algunos autores, la presidencia no sólo quedo “subconceptualizada”, sino que si se hubiera respetado el débil diseño original, los Estados Unidos jamás hubieran sobrevivido a los tremendos avatares a que se enfrentaron durante largos años, particularmente en los momentos más críticos de su historia, comenzando con la Guerra Civil para abolir la esclavitud, las dos guerras mundiales y la superación de los ominosos años de la Gran Depresión Económica de los años 1929 a 1933. 

De lo anterior se desprende que los presidentes norteamericanos a quienes les tocó gobernar en las etapas críticas señaladas, no hubieran podido con el paquete si se hubieran limitado a gobernar dentro de las estrecheces funcionales establecidas originalmente en la Constitución. 

Entre ellos mencionaríamos a Abraham Lincoln, a Wodrow Wilson, a Franklin Delano Roosevelt, a Lyndon B. Johnson y a Richard Nixon. Los radicales de la división de poderes tildaron a Lincoln de “tirano” y a Roosevelt de socialista. Johnson se excedió en el ejercicio del poder presidencial durante la guerra contra Vietnam y Nixon renunció, antes de ser defenestrado, por haberse extralimitado cuando fue sorprendido en sus prácticas ilegales de espionaje político.

En Norteamérica compiten cíclicamente, en cuanto al ejercicio del poder, el legislativo y el ejecutivo, aunque la historia del poder presidencial ha sido la de su paulatino engrandecimiento, principalmente en las épocas señaladas anteriormente, aunque ha habido otros tiempos y otras causas que le han permitido al presidente acopiar mayor poder, como lo fue cuando se aplicó la Ley de Estabilización Económica en 1970 que le otorgó una enorme cantidad de facultades para estabilizar precios, rentas y salarios, intereses y dividendos de corporaciones. Otros casos fueron cuando Eisenhower y Kennedy movilizaron fuerzas militares para acabar con la segregación racial.

El ejercicio del poder presidencial ha de estudiarse en el contexto de su desarrollo histórico, constitucional y político. Mientras que en los Estados Unidos se discuten los vaivenes del poder presidencial, la experiencia mexicana nos habla de un presidencialismo que se exacerbó según tiempo y circunstancia, lo que analizaremos en la próxima entrega.

Domingo, 17 de Febrero de 2013 22:38

Carranza, el estadista de la Revolución

No es ocioso hacer algunas reflexiones sobre el movimiento revolucionario, ahora que se cumplen 100 años de tan trascendental movimiento. Podemos hacer algunas consideraciones sobre sus causas, los hombres que la hicieron posible y sus efectos en la vida nacional.

En los hechos, hay dos revoluciones: la de Madero quien luchó contra las interminables reelecciones de Porfirio Díaz, bajo la bandera “Sufragio Efectivo. No reelección”, y la de Carranza que, una vez inmolado el Apóstol de la Democracia se levantó en armas contra el usurpador Victoriano Huerta y por el restablecimiento del orden constitucional.

Varios años tuvieron que pasar y muchos sacrificios vivió Madero para sumar a su causa las fuerzas suficientes para derrocar al viejo régimen. Más que por las armas, la causa de Madero triunfó por la enorme suma de voluntades que levantó su lucha por la democracia y por las simpatías que despertaba tan singular líder social. El gobierno de Díaz cerraba su ciclo de largos años en cuyo lapso había impulsado la economía nacional, atraído capitales extranjeros y logrado proyectar al extranjero una imagen de estadista pacificador y destacado constructor. A pesar de logros tan señalados, la inmensa mayoría del pueblo vivía en la pobreza, la ignorancia y al margen de los servicios más primarios de salud. Los obreros eran explotados sin protección alguna, aunque los grupos más relegados eran los indígenas y los campesinos. 

En tales condiciones no era difícil que fructificara la semilla de la rebelión. Díaz renunció y se embarcó hacia Europa, dejando un gobierno provisional con el compromiso de que a la brevedad convocaría a elecciones. Madero triunfó de manera arrolladora. Fue un gran candidato, pero un presidente que no pudo elevarse al nivel del estadista que se requería para encabezar el cambio que exigían la nación. Sencillo y noble como era, se dejó convencer de que debía licenciar a su ejército y preservar al que había servido al dictador. Aquellos viejos y mañosos militares encontraron la ocasión para acorralar a Madero, traicionarlo e inmolarlo. 

Victoriano Huerta, quien comandaba el ejército bajo las órdenes del presidente Madero, fue el autor de tan aberrante magnicidio, apoyado por el embajador norteamericano. Fue quizá la etapa más negra no sólo del Ejército Mexicano, sino de la historia de las relaciones entre México y los Estados Unidos. La historia jamás podrá justificar crimen tan atroz.

Venustiano Carranza, gobernador de Coahuila, recibió, el 18 de febrero de 1913, un telegrama de Huerta en el que informaba que, autorizado por el Senado de la República, se hacía cargo de la Presidencia de la República. De inmediato el gobernador reunió a los diputados del Congreso Local, les expuso su total desacuerdo con las acciones de Huerta, que el Senado no tenía atribuciones para nombrar presidente de la república, agregando que Huerta no era más que un usurpador. Enseguida Carranza redactó un oficio dirigido al Congreso donde planteaba oficialmente su posición, la urgencia de luchar por el orden constitucional y pidiendo instrucciones para proceder en consecuencia. Los 11 diputados de la XXII Legislatura no sólo apoyaron a su gobernador, sino que lo instruyeron para que obtuviera recursos e integrara las fuerzas militares necesarias para iniciar la lucha contra el usurpador. 

Carranza se dispone a encabezar una rebelión que pronto se convertiría en una auténtica revolución. Después de merodear por los alrededores de la capital, reúne en una hacienda, 100 kilómetros al norte de Saltillo, a un grupo de leales quienes firman el Plan de Guadalupe, cuyo propósito era derrocar al usurpador y restablecer el orden constitucional.

Es el momento en que Venustiano Carranza entra a la historia para escribir las más gloriosas páginas de una lucha que si bien se había iniciado sólo con la idea de derrocar al usurpador, pronto fue enriqueciendo sus objetivos económicos, políticos y sociales, hasta plasmarlos en el texto constitucional aprobado en Querétaro el 5 de febrero de 1917.

No sólo Carranza se alzó contra Huerta, ni fue el único líder revolucionario. Fueron muchos y muy destacados, tantos que, movidos por la ambición, algunos acabaron peleando entre sí. Pero sólo Carranza pudo coronar su lucha por su talento, su sagacidad, su temperamento y su recio carácter. Y triunfó sobre todo porque fue el único que tuvo los tamaños de estadista que requería la nación.

Domingo, 10 de Febrero de 2013 21:50

El Poder Presidencial

Cuando los norteamericanos se independizaron de Inglaterra se enfrentaron al reto de crear una nueva nación. Escamados con los excesos de los gobiernos autoritarios y absolutistas, así como con el lamentable desempeño de las últimas monarquías europeas, se vieron en la necesidad de diseñar una nación en la que el poder con que fuera investido el órgano gubernamental no se concentrara en una sola persona, sino que pudiera distribuirse equilibradamente entre varias ramas del poder, de manera tal que se preservara la igualdad de los diversos grupos sociales y de la diferentes regiones de la nueva nación y garantizara, asimismo, la participación democrática del pueblo en la conformación de sus órganos de gobierno, y, sobre todo, que todos los individuos gozaran de plena libertad y de justicia.

Así nació la primera república representativa, democrática y federal. Estas repúblicas se componen de estados libres y soberanos en lo concerniente a su régimen interior, pero unidos en una Federación. Sus poderes se dividen en tres ramas: legislativa, ejecutiva y judicial. Los dos primeros se eligen directa y democráticamente y el Judicial lo integra el Presidente. El Legislativo se divide, a su vez, en dos cámaras, la de diputados o representantes del pueblo y la de senadores, defensores de los intereses de los estados. Las dos cámaras tienen facultad para legislar, aunque para que una ley entre en vigor se requiere la aprobación de ambas, además de que sea proclamada y publicada por el Ejecutivo. El derecho de iniciar leyes o decretos compete al Presidente de la República, a los diputados y senadores y a las legislaturas de los estados. 

El Poder judicial de la Federación se deposita en una Suprema Corte de Justicia que puede comprender también tribunales electorales, tribunales colegiados y unitarios de circuito y jueces de Distrito. 

El Ejecutivo se deposita en una sola persona que se denomina Presidente de la República. A nivel nacional, es el actor político más destacado, por varias razones: a) porque lo desempeña una sola persona, mientras que los otros poderes se ejercen por cuerpos colegiados; b) por la importancia de las facultades que la Constitución le otorga: c) por las facultades adicionales --meta constitucionales— que puede llegar a ejercer, por encima del principio de la división de poderes y del federalismo. Este caso se ha dado tanto en los Estados Unidos de Norteamérica como en México. Allá principalmente en tiempos de guerra, haya sido civil (Abraham Lincoln) o internacional (Wodrow Wilson en la Primera Guerra Mundial, Francklin Delano Roosevelt en la Segunda Guerra Mundial o Lyndon B. Johnson en la guerra de Vietnam). 

En México, al hecho de que el Presidente de la República ejerza un poder más allá de lo que la Constitución lo faculta, se le ha denominado “presidencialismo” y ese caso se ha dado cuando en los tiempos de Benito Juárez estalló la Guerra de Reforma y luego nos invadieron los franceses, o cuando Venustiano Carranza ejerció un poder de facto al frente del ejército constitucionalista durante la segunda etapa de la revolución. 

A pesar de estas similitudes, el caso de México es diferente al norteamericano. Entre nosotros el Ejecutivo llegó a acumular tal fuerza que acabó por imponerse a los otros poderes, en desmedro de los principios del federalismo y de la división de poderes. Durante muchos años esto sucedió así por la hegemonía política que impuso por largos años el Partido Revolucionario Institucional al ganar elecciones presidenciales, agrupar la mayoría de los integrantes de ambas cámaras del Congreso de la Unión y de los gobernadores y alcaldes del país.

Cuando el PRI perdió la Presidencia, tanto los diputados como los senadores y los gobernadores de los estados pudieron actuar, políticamente, con mayor independencia.

A lo largo de los años, el Ejecutivo y el Legislativo han rivalizado en cuanto al ejercicio del poder. Este fenómeno pareciera ser cíclico en los Estados Unidos, mientras que en México más bien está asociado al hecho de que tanto el Presidente como la mayoría de los congresistas pertenezcan a un mismo partido político. Pero este tema mejor lo guardamos para la próxima entrega.

Domingo, 27 de Enero de 2013 21:48

Presidente de Dos Naciones

Barack Obama acaba de tomar posesión como el Presidente número 44 de la Unión Americana. Un mes antes lo hizo Enrique Peña Nieto, como el Presidente número 52 de México. No es muy difícil hacer la cuenta de los norteamericanos, en tanto que en nuestro caso es harto complicada, dadas las difíciles épocas que hemos vivido y la inestabilidad política que hemos sufrido en largos periodos de nuestra historia.

En México nos han gobernado dos emperadores, presidentes electos democráticamente, caudillos revolucionarios, usurpadores del poder, triunviratos, regencias, ocho presuntos presidentes conservadores que así se ostentaban en la Guerra de Reforma, cuando presidía a la Nación Benito Juárez y los que prepararon el terreno para la asunción del emperador Maximiliano de Habsburgo. En la Revolución, una vez derrotadas las fuerzas del usurpador Victoriano Huerta, los generales rivales de Carranza se convocaron en Aguascalientes, de cuya Convención surgieron sucesivamente tres presidentes, quienes, sin ejército ni recurso alguno, jamás gobernaron.

De un análisis pormenorizado podríamos contar hasta 75 presidentes de México, aunque de ellos, 23 ocuparon la Presidencia menos de tres meses, lo que hace imposible considerarlos como verdaderos presidentes de la República. Hubo uno, Pedro Lascuráin, ministro de Relaciones Exteriores de Huerta, quien se prestó a la farsa de asumir la Presidencia durante 45 minutos para cedérsela inmediatamente al general Huerta, asesino del presidente Francisco I. Madero. Así, una vez depurada la lista, llegamos a la conclusión de que Peña Nieto es, legítimamente, el Presidente número 52 de los Estados Unidos Mexicanos.

La historia de los presidentes norteamericanos comienza con el general George Washington, Padre de la Patria, en 1789, y reelecto en 1793. La nuestra la inicia Agustín de Iturbide, Presidente de la Regencia del Imperio Mexicano el 27 de septiembre de 1821 y convertido el 18 de mayo de 1822 en el Primer Emperador de México. Ante la presión de los republicanos, hubo de dimitir el 19 de marzo de 1823. Reconstruido el Supremo Poder Ejecutivo el día 31, se integró un Triunvirato que habría de gobernar hasta el 10 de octubre de 1824, una vez aprobada el 4 de octubre la Constitución Federal de los Estados Unidos Mexicanos. Nuestro primer presidente fue don Guadalupe Victoria quien, excepcionalmente, logró terminar su periodo de gobierno que entonces era cuatrienal. 

Inspirados en diversos autores y hechos históricos, los norteamericanos inventaron el sistema republicano federal, cuyo supremo poder se distribuye en tres ramas –Legislativo, Ejecutivo y Judicial. En Filadelfia, en junio de 1787, James Wilson planteó que el Poder Ejecutivo de su país se ubicaría en un individuo. A Washington le sucedieron, hasta antes de Obama, 42 presidentes, todos hombres, todos blancos y todos cristianos. De los 43 en total, 18 han logrado la reelección, dos han sido asesinados y dos baleados gravemente.

En México, si contamos a los 75 presidentes, independientemente del tiempo que hayan gobernado, encontramos que 27 repitieron en el cargo, haya sido por reelección, por golpe de Estado o por diversas circunstancias. Los mandatarios que más ocasiones estuvieron en el poder fueron: Santa Anna, 11 veces; Porfirio Díaz, 8 periodos; Nicolás Bravo, 6 ocasiones, y Benito Juárez, 5 periodos. Quienes más tiempo duraron en el cargo fueron: Porfirio Díaz, 30 años, 3 meses y 20 días; Benito Juárez, 14 años y 6 meses y, Venustiano Carranza, 7 años, un mes y 25 días.

Entre los presidentes más destacados de los Estados Unidos podríamos anotar a: George Washington, Abraham Lincoln, los dos Roosevelt –Teodoro y Franklin–, Woodrow Wilson y John F, Kennedy. De México, a Benito Juárez, Venustiano Carranza, Lázaro Cárdenas y Adolfo López Mateos. 

Ambas naciones son repúblicas federales, con sistema presidencial y división de poderes. El poder presidencial se ha destacado sobre los demás quizá por tratarse de que está encarnado en un solo individuo, pero sobre todo por las importantes atribuciones y facultades que le son encomendadas por sus respectivas constituciones, amén de las de carácter metaconstitucional que en ambas naciones ejercen. En México, por nuestra tendencia natural al caudillismo y a la permisividad del sistema, y en los Estados Unidos, tanto por las guerras en que se ha involucrado el país, como por el liderazgo internacional que se encarna en el Presidente.

Domingo, 20 de Enero de 2013 21:49

A Propósito de la Educación

El próximo mes de febrero se cumplirán 125 años de que se fundó la Escuela Nacional de Maestros creada por decreto del 18 de febrero de 1885. Sin lugar a duda, dicha institución de educación normal, y las que le siguieron, representaron un legítimo legado del ideario y lucha de los próceres del liberalismo.

El Presidente Benito Juárez, una vez restaurada la República, se propuso organizar la administración del país, dándole especial énfasis a la enseñanza. La Ley Orgánica de Instrucción que promulgó Juárez en 1887 recoge el espíritu liberal: se le da unidad a la enseñanza y se declara obligatoria y gratuita la educación elemental, se organizan los estudios de nivel secundario mediante la fundación de la Escuela Secundaria para Señoritas y la Escuela Nacional Preparatoria y se hace un serio intento por reglamentar la enseñanza superior.

La idea fundamental que animó aquél proyecto educativo de la República Restaurada fue la convicción de que la educación laica y científica constituía el elemento indispensable para la emancipación del individuo, en la formación de un nuevo ciudadano y la construcción de una nación más libre y soberana.

La Revolución de 1910 reivindicó el proyecto educativo liberal juarista y lo enriqueció al incorporar las tesis sociales y políticas del movimiento revolucionario. La educación se exaltó como la vía más idónea para construir una sociedad democrática, entendida como estructura jurídica y práctica política y como sistema de vida fundado en el mejoramiento económico y social de los mexicanos. A partir de entonces, la educación sería la base para el fortalecimiento de los valores nacionales y de la convivencia humana en la que los intereses del individuo y de la familia pudieran alinearse en armonía con el interés general de la sociedad.

El régimen de la revolución, fiel a su compromiso de tutelar la emancipación de las mayorías marginadas, mantuvo incólumes los principios de la educación democrática, gratuita, popular, laica, nacionalista y liberal. Se construyeron miles de escuelas básicas y secundarias, cientos de preparatorias y numerosas normales urbanas y rurales, laboratorios, bibliotecas y universidades. Se editaron millones de libros de texto gratuitos y el magisterio avanzó en su nivel de vida. 

El Estado se encargó de formar nuevas generaciones con una visión más amplia y moderna del mundo contemporáneo, mejor preparadas para fortalecer la economía nacional, con un criterio independiente y crítico y cada vez más conscientes de su papel como importantes actores del cambio.

A mí me tocó estudiar inspirado por tales paradigmas. Me gradué en la Benemérita Normal del Estado, tuve el honor de trabajar algunos años como maestro de banquillo y muchos años como maestro universitario; viví aquel tiempo en el que aún prevalecía el ánimo por el estudio, la exaltación de los valores humanos, el fortalecimiento de la unidad y de la identidad nacional y la consolidación de la nación soberana, única, indisoluble e independiente. 

Así nació, avanzó y se desarrolló la educación nacional. Sin embargo, al paso de los años, la educación perdió sus ímpetus originales. ¿Qué fue lo que sucedió? 

Quizá el Gobierno dejó de ver a la educación como el motor primario del desarrollo. Quizá los maestros se fueron por la vía fácil de la reivindicación de derechos y privilegios que jugaron en contra de la intensidad y de la calidad de la educación. 

Si el Gobierno le hubiera dedicado más recursos a la educación no hubiera sido necesario cancelarle un turno a la docencia primaria. Si los maestros hubieran mantenido su nivel de conocimientos al paso de la evolución de las ciencias, del conocimiento en general y de la cultura, no se hubiera deteriorado tanto la educación. Si los padres nos hubiéramos involucrado seriamente en la educación de nuestros hijos, otro gallo nos cantaría.

Pero el hubiera no existe. La realidad es la que cuenta. Y esa realidad nos habla de intereses parciales, quizá legítimos, pero contrarios al propósito de reivindicar a la educación como el factor fundamental de apoyo a cualquier intento de desarrollo y progreso. La mayoría de los Congresos estatales acabamos de aprobar reformas constitucionales que tiene que ver con el avance de la educación.

Domingo, 13 de Enero de 2013 20:19

Una Disyuntiva para el Crecimiento Económico

Desde mediados del siglo pasado, cuando andaban en boga las teorías del desarrollo económico y de la planeación, comenzaron a crearse las categorías de las naciones de acuerdo al tamaño de su economía. Años antes, al término de la Segunda Guerra Mundial, las Naciones Unidas habían contratado a un grupo de econometristas holandeses con el propósito de que se encontraran métodos y valores que sirvieran para medir con cierta exactitud el tamaño de cada economía nacional y, de ahí, elaborar tablas comparativas necesarias para hacer análisis económicos más objetivos, más científicos.

Lunes, 31 de Diciembre de 2012 15:09

Un Nuevo Presidencialismo

Ahora que el PRI ha vuelto a Los Pinos con el irrefutable triunfo de Enrique Peña Nieto, han surgido voces que hablan de la “vuelta del viejo PRI”, con todo y su autoritarismo gubernamental, asociado a aquellas etapas cuando prevaleció, hegemónica e incontestable, la figura presidencial en la cúspide del poder político nacional. Fueron aquellas épocas en las que la voluntad presidencial se imponía no sólo en el área propia del Ejecutivo, sino sobre los otros Poderes de la Unión, en los estados de la República y aún en el destino de los municipios. En la larga era en que nuestro país prevaleció el presidencialismo hubo épocas en que, al excederse, rayó en un “presidencialismo exacerbado”. 

Nuestro sistema político se estableció desde la primera Constitución, la de 1824, por cuyo mandato se creó una República federal, representativa y popular, cuyos poderes se distribuyeron en tres ramas: legislativa, ejecutiva y judicial. El Ejecutivo, unipersonal, fue asignado al Presidente de la República. Ratificado nuestro sistema presidencial por las constituciones de 1857 y de 1917, está próximo a cumplir ¡189 años!

A lo largo de ese período, el ejercicio del poder presidencial se ha caracterizado por sus vaivenes cíclicos. A veces el Poder Ejecutivo se ha ejercido con moderación, otras de manera exacerbada y no han faltado presidentes “institucionales” que se han desempeñado con respeto absoluto a los principios de la división de poderes y del federalismo. Si quisiéramos ejemplificar a algunos representantes de tales categorías podríamos mencionar, entre los moderados, a Ernesto Zedillo, entre los exacerbados, a Porfirio Díaz y entre los “institucionales” a Miguel de la Madrid.

La alternancia partidista en la Presidencia de la República del año 2000, abrió amplias expectativas sobre la cancelación definitiva del presidencialismo, las que si bien no se cumplieron, sí hay que reconocer que en los dos últimos sexenios los poderes Legislativo y Judicial recuperaron buena parte de su soberanía y que el nuevo equilibrio de las fuerzas políticas obligó al Ejecutivo a autoacotar parte de aquellas facultades meta constitucionales de que gozaba en los tiempos del presidencialismo. 

En nuestro país la democracia se ha ido perfeccionando a lo largo de un prolongado proceso no exento de dificultades y con un alto costo financiero. En este proceso destacan el voto a las mujeres; la separación de la institución electoral del gobierno; su ciudadanización; la formación, políticamente, de un sistema cada vez más abierto y plural; la creación del Tribunal Federal Electoral y sus homólogos a nivel de cada uno de los estados de la República, etcétera. 

Este proceso de democratización ha logrado penetrar en la mayoría de la conciencia ciudadana, la que cada vez confía más en los procesos electorales, cada vez está más consciente de sus derechos y más pendiente de la actuación de las instituciones de gobierno a través de la transparencia y de la rendición de cuentas. Así las cosas, esta concientización ciudadana está suficientemente madura como para no aceptar de manera alguna la vuelta a un presidencialismo depredador de los principios del federalismo y de la división de poderes. 

Por otra parte, el Presidente Peña Nieto está muy consciente de este cambio ciudadano lo que, aunado a su madurez política jamás pensará en sobrepasarse en el ejercicio de sus funciones. 

La cuestión es que ahora, más que nunca, se requiere de un Poder Ejecutivo fuerte, decidido a asumir la responsabilidad de conducir a la nación hacia mayores niveles de desarrollo y bienestar, para lo cual el Presidente habrá qué asumir un liderazgo cada vez más influyente en la promoción económica. Está comprobado que el pueblo ya no resistirá un sexenio más de gobiernos pasivos y marginados ante los problemas socioeconómicos, lo que ha provocado estancamiento, pobreza y desigualdad. 

Un nuevo presidencialismo habrá de partir de la responsabilidad de reasumir la rectoría económica de la nación, gobernando con talento y ponderación, negociando su liderazgo dentro del mismo gobierno, con todos los sectores de la sociedad y con todas las fuerzas políticas del país. 

¡Feliz Año Nuevo!

Domingo, 23 de Diciembre de 2012 19:56

Reflexiones Navideñas

A mí, en esta época del año me da por la nostalgia. A otros los pone eufóricos y no faltan a los que les vale…

Domingo, 16 de Diciembre de 2012 16:37

Un Presidencialismo Moderno

A raíz del triunfo innegable y rotundo del licenciado Enrique Peña Nieto, se propaló la especie de que, al asumir la Presidencia de la República un personaje emanado del Partido Revolucionario Institucional, el país y el pueblo mexicano volvería a sufrir del desmanes y excesos del viejo presidencialismo, autoritario y centralista. Que volverían a ejercerse aquellos poderes metaconstitucionales depredadores del federalismo y de los principios de la división de poderes, esencia fundamental de la República que constitucionalmente se fundó en 1824.

Domingo, 25 de Noviembre de 2012 21:52

Ejemplos para la Nación

En mi entrega anterior abordé el tema de las ideologías. Me gustaría ahora intentar un ejercicio que pudiera darnos algunas luces de cómo se fue integrando nuestro patrón de valores nacionales, --si así me fuera permitido decirlo--, como se fue gestando el cuerpo ideológico del primer gran partido político nacional y el proceso de su evolución hasta nuestros días. Para lograr tal intento será necesario referirnos a algunos de los próceres que con sus hechos y palabra fueron construyendo tan preciado legado.

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