Screen

Profile

Direction

Menu Style

Cpanel

20Noviembre2017

Edición No. 233 Del 19 al 25 de Octubre de 2015

A contrapelo

Xavier Díez de Urdanivia

 

A propósito del tema abordado aquí hace ocho días sobre los desafíos para las universidades de cara al siglo 21, en la semana que acaba de concluir ocurrió un evento digno de tener en cuenta. Un contingente numeroso de estudiantes chilenos y colombianos convocaron a marchas simultáneas en esos países para reivindicar demandas viejas de todos los jóvenes que son y han sido.

Coincidentemente -¿habrá sido coincidencia?- también en España marcharon. En cada país, como es natural, había matices de particularidad en las demandas planteadas, pero en la médula convergía la idea de rescatar a la educación y sobre todo, creo yo, al espacio educativo como uno cuya vocación no es otra, ni puede serlo, que la reflexión informada y llevada a cabo con un compromiso ineludible de transformación cultural, profunda y continua, basada en valores claros de justicia, equidad y tolerancia inclusiva, para producir aquello que los griegos llamaron “virtud cívica”, que hoy parece yacer en el olvido.

El tema central –quizás también el pretexto- del artículo anterior tuvo que ver con las reflexiones del Superior General de los jesuitas, Adolfo Nicolás al inaugurar los cursos en Deusto. Ellas y las peculiares características del acontecimiento que menciono arriba, trajeron a mi memoria otra reflexión, en el fondo coincidente, do otro que fue Superior General de esa orden antes, Peter Hans Kolvenbach, quien en ocasión de un encuentro universitario recordó que surgieron como una crítica frente a un “modelo de universidad cerrada en sí misma, heredera de las ‘escuelas catedrales’ e incapaz de encontrar respuestas a los nuevos tiempos”.

¿Acaso hay manera mejor descripción de la misión universitaria de nuestros días que esa? En ella caben las demandas de apertura, calidad y acción colectiva de los jóvenes de hoy, que quizás no sepan cómo llegar a buen fin en ese propósito –a veces pienso que los mayores que rigen la facultades y en ellas dan clases, tampoco-, pero saben que las cosas no van bien. Sus profesores y directivos no siempre, y si hay apremio, casi me atrevería a decir que con frecuencia lo ignoran o encubren.

En esa ocasión, la alocución de Kolvenbach incluyó una conclusión que viene bien al caso: “A las universidades les corresponde jugar un papel orientador, constituyéndose en puntos de convergencia y de encuentro entre las diversas corrientes, para aportar su pensamiento al estudio profundo y la búsqueda de soluciones a una problemática candente…es necesario contribuir a la ‘globalización de la solidaridad’ “, dijo, con mucha razón.

No puede olvidarse que la circunstancia está regida, preponderantemente, por valores de competitividad mercantil, y que “el mercado” se ha enseñoreado del medio, porque el mundo sin normas es tierra de nadie y de él se han adueñado los más fuertes en el campo de la economía. Razón de más para exaltar esos valores solidarios que se echan de menos y que, con tino, el jesuita Kolvenbach subraya en su discurso.

Conozco personalmente a algunos de los convocantes a la marcha en Sudamérica. Son gente dedicada, inquieta, estudiosa y ha hecho ya, aun lejos de terminar la carrera, aportaciones académicas de mérito, que se han publicado en revistas científicas de esas que se ha dado en llamar “arbitradas” –porque un consejo científico dictamina si los artículos satisfacen ciertos requisitos mínimos, regularmente rigurosos, de forma y fondo- o “indexadas” –porque su calidad sostenida hace que se les incluya en diversos índices de reconocimiento global.

Que no se vaya a decir, entonces, que se trata de “revoltosos” sin oficio ni beneficio, sino de jóvenes “indignados” e inquietos por un entorno que, por más que les ofrezca instrucción calificada, no parece ser apto para propiciar verdaderos espacios educativos, como se necesitan ya, abiertos al futuro y al mundo contemporáneo. Bien por ellos. El reto es ser capaces de responderles en apropiada medida.

 



Xavier Díez de Urdanivia

Xavier Díez de Urdanivia es abogado (por la Escuela Libre de Derecho) Maestro en Administración Pública (por la Universidad Iberoamericana) y Doctor en Derecho (por la Universidad Complutense, Madrid). Ha ejercido diversas funciones públicas, entre las que destacan la de Magistrado del Tribunal Superior de Justicia de Coahuila, del que fue Presidente entre 1996 y 1999, y Abogado General de Pemex. Ha publicado varios libros y muy diversos artículos en las materias que constituyen su línea de investigación, e impartido conferencias, seminarios y cursos sobre las mismas. Actualmente es profesor de tiempo completo en la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad Autónoma de Coahuila, donde imparte cátedra e investiga en materia de Derecho Constitucional, Teoría y Filosofía del Derecho y Teoría Política. También es colaborador de la página editorial de Zócalo y de Cuatro Columnas (de la Ciudad de Puebla), y lo ha sido del Sol del Norte y El Diario de Coahuila, así como de los noticieros del Canal 7 de televisión de Saltillo, Coah.

DEJA TU COMENTARIO

Ingresa datos requeridos(*) Código Básico HTML Habilitado

¡Síguenos también en las Redes Sociales!

TwitterFacefooter

twitter Facebook