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26Abril2017

Edición No. 233 Del 19 al 25 de Octubre de 2015

 

Oscar Pimentel González

México esta atrapado en el círculo vicioso de un crecimiento económico mediocre y una creciente pobreza y desigualdad. El Estado y los partidos políticos no ha sido capaces de procesar los cambios que son necesarios en las políticas públicas para garantizar el progreso económico y la mejor distribución de la riqueza. Las condiciones en las que vive el país son un reflejo directo de la incompetencia de su clase dirigente para concretar las reformas necesarias y avanzar en una nueva estrategia para el desarrollo y el bienestar colectivo.

 

Durante lo últimos diez años el producto interno bruto nacional apenas si ha crecido a una tasa promedio anual del 2.9 %, en todos sentidos insuficiente para crear los empleos necesarios, mejorar el ingreso de las personas y alentar el dinamismo del mercado interno. La crisis recurrente, y el   pésimo manejo de la política económica del gobierno para contenerla, llego a provocar las tasas mas altas de desempleo de la última década, hasta 5.3% en 2010.

 

Según las cifras del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL), el número de personas en condición de pobreza pasó de 48.8 a 52 millones de 2008 a 2010 como consecuencia de la crisis económica que se inició a fines de 2007, lo que significa que hoy más del 46% de la población mexicana se encuentra en la pobreza. El porcentaje de mexicanos con carencia de acceso a la alimentación pasó de 21.7 % a 24.9 % y la proporción de la población que dispone de ingresos inferiores a la línea de bienestar se incremento de 49.0 % a 52.0 % en el mismo período.

 

De los países que conforman la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), México ocupa el segundo lugar más alto en cuanto a la desigualdad social, sólo superado por Chile. El mexicano más pobre percibe hasta 27 veces menos ingreso que el más rico. La grave iniquidad se expresa en que 10% de la población mexicana más pobre acumula cerca del 1.3 % del ingreso disponible, mientras que el 10% de la población mas rica acumula el 36 %.

 

La persistente desigualdad en el país es evidente al medirla con el denominado Coeficiente de Gini que se ubica en el 0.45, el nivel más alto de los países de la OCDE. El lugar más bajo lo ocupa Suecia con menos del 0.20. El coeficiente es una medida estándar de la desigualdad de ingresos y es un número entre 0 y 1, en donde 0 corresponde a la perfecta igualdad     - todos perciben el mismo ingreso - y 1 cuando todo el ingreso lo concentra una persona.

 

Nuestra tragedia es no poder crecer al ritmo necesario y que el tipo de crecimiento que se logra, aunque insuficiente, refuerza la concentración del ingreso y la desigualdad. No crecemos de manera duradera porque en un país de tanta pobreza no se puede tener un mercado interno que dinamice la economía, así que nos ciclamos en un circulo vicioso: somos una población pobre porque la economía no crece, y la economía no crece porque con una población mayoritariamente pobre no se puede fortalecer el mercado interno, ni generar las condiciones y competencias que son necesarias para el desarrollo del país.

 

La lección mas dura que nos deja la reciente crisis mundial es que México no puede sustentar su progreso solo en su participación en el mercado externo, y menos en una relación de dependencia con la economía norteamericana. Es necesario cambiar la orientación de nuestro crecimiento y entender de una vez por todas que no podemos salir adelante sin un mercado interno vigoroso y que su impulso debe provenir de un esfuerzo deliberado y planeado.

 

Alcanzar mejores condiciones de equidad social es entonces un reto económico de la mayor importancia, sin lo cual no se puede sustentar el aumento del consumo, la demanda interna y el mercado nacional. Lograr la equidad no debe ser solo un propósito de política social, una deuda moral y un compromiso ético, es una condición insoslayable para emprender un desarrollo económico sustentable y duradero.

 

De ahí la importancia de que la equidad se convierta en el eje fundamental de nuevas políticas publicas para salvar los escollos que seguramente interpondrá el futuro de la economía mundial y para darle un piso firme al crecimiento con empleo y con una mejor distribución de la riqueza.

 

Es necesario un compromiso de los actores políticos con la agenda de cambios que demanda el país para salir adelante y superar la inercia del inmovilismo conservador y de la incompetencia. Son muchas las tareas que se deben considerar: una nueva estrategia para el desarrollo económico, la reforma de las instituciones que mejore la gobernabilidad y el Estado de Derecho, y la reforma de la política social para desterrar sus acciones asistencialistas y darle un sentido productivo, entre las más importantes.

 

Hoy la disyuntiva es muy clara entre mantener el rumbo del crecimiento mediocre, la pobreza y la desigualdad, la violencia y la incertidumbre, el deterioro de la democracia y sus instituciones, o bien emprender un proceso de transformaciones con un rumbo claro, audacia y compromiso con el progreso del país. Ya es hora.

 

http://oscarpimentel.mx

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