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25Septiembre2017

Edición No. 233 Del 19 al 25 de Octubre de 2015

 Dogma de Fe


 

Era muy niño cuando descubrí que la gente se moría y eso no lo he podido olvidar nunca. Mi primer contacto con la muerte vino con mi abuelo, Don José Guadalupe, el padre de mi madre, un hombre con un sentido del humor que rayaba en lo ácido y que tuvo el tino de nacer el día de los muertos y morir en la tarde noche del 24 de diciembre.

 

Desde entonces la muerte tuvo para la familia un significado aún mayor. Por muchos años la navidad no se celebraba en casa pues recordábamos que una noche como esa había muerto “Papá”.

 

Pocos años después la muerte nos sorprendió a todos en casa cuando muy joven, con solo 41 años murió mi tía Josefina, a quién por su gran belleza llamábamos “La Muñeca”. Cáncer de la mujer la causa. Entonces comprendí que la muerte de pronto jugaba malas pasadas pues vi muy tristes a mis primos y llegué a entender su dolor.

 

Me parece que fue ayer cuando junto a mi tío Manuel, mi primo Juan y mi hermano Sol, acompañábamos a mi abuela al panteón en Monclova en el día de muertos. Regar, limpiar las tumbas de nuestros familiares, llevarles flores, comer caña de azúcar y jugar a encontrar la lápida con la fecha más antigua de todo el cementerio en Monclova se volvieron parte de un ritual que seguimos por muchos años.

 

Hace menos de dos años partió mi abuela Fidela, la bis como la llamaban mis hijos. Después de una larga enfermedad y a punto de cumplir 80 años, se fue “Mamá” dejando a todos muy tristes pero tranquilos porque su sufrimiento por fin terminaba. La sepultamos junto a “Papá” a quién le guardó luto por 37 años. Monclova vivió entonces una tarde fría y lluviosa; una de esas tardes que jamás ocurren en una ciudad que promedia los 40 grados Celsius.

 

Mamá, como la llamábamos de cariño, nos contaba de sus muertos, nuestros muertos. Nos remitía a la historia de sus padres y sus abuelos y las dificultades que tuvieron que atravesar para sostener a una familia que viviendo en un pequeño pueblo como aún sigue siendo Cuatrociénegas, sacaron adelante a sus hijos para hacerlos hombres y mujeres de bien.

 

Nos contaba cómo era común que muchos niños murieran a causa de enfermedades que hoy se puedan evitar con una vacuna que se aplica ahora en unas simples gotas. La muerte era entonces parte de la vida y se platicaba en casa como algo inevitable y que formaba parte de la vida cotidiana.

 

 

 

Pero los tiempos han cambiado y a pesar de que la muerte viene siempre, y que el pensar en ella es del más elemental sentido común, a nuestra sociedad hoy le parece difícil entenderla y con frecuencia luchamos contra ella pretendiendo que no existe o que siempre son los demás los que se mueren, jamas nosotros.

 

Creyéndonos eternos, inmortales, olvidamos que la muerte tiene un plan bien definido para nosotros. Y es en ese olvido que hacemos todo tipo de planes de largo plazo buscando perpetuarnos a través de distintas formas, la mayor de ellas de tipo material.

 

La ciencia que muchas veces nos sorprende, ha podido encontrar la forma de postergar un poco la muerte. Hoy la ciencia y los adelantos tecnológicos han provocado que lo que hace pocos años fuera una constante, hoy sea algo de lo que se prohíbe hablar, que no se socializa y que incluso se rechaza pues atenta contra los valores que nos hemos impuesto.

 

Así pues, hemos llegado a desconocer a la muerte como parte fundamental de la vida y estamos seguros de que mañana despertaremos pues tenemos muchos planes por cumplir.

 

Pero el significado de la muerte, la podemos encontrar en la vida misma. Si vivimos una vida digna, con intensidad responsable y entendiendo que es solo un paso más en nuestra existencia, esta puede tomar sentido pues alcanzaríamos a comprender que tanto vivir como morir son tan comunes como iguales. Si logramos desprendernos de lo material que nos ancla en este mundo y que solo nos dificulta el paso a la eternidad, podremos entonces disfrutar de la vida que ocurre ahora y solo en este momento y no en un futuro que nadie tiene asegurado.

 

Por lo pronto disfrutemos de la vida, celebremos a nuestros muertos y entendamos tal y como lo afirmaba el poeta Antonio Machado que la muerte es algo que no debemos temer porque, mientras somos, la muerte no es y cuando la muerte es, nosotros no somos.



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