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26Abril2017

Edición No. 233 Del 19 al 25 de Octubre de 2015


De manera progresiva, desde la creación o constitución del Estado mexicano, los partidos políticos han ido cobrando un nivel impresionante de influencia en la toma de decisiones, transitando de incipientes agrupaciones con escasos miembros –tal y como era en el siglo XIX y principios del XX- hasta ser el factor central del ejercicio de poder en nuestro país.

Luego de la conclusión de la Revolución Mexicana, se dio un proceso que en muchos países latinoamericanos todavía es asignatura pendiente; la creación y consolidación de instituciones por encima de las pretensiones políticas de algunos individuos. Si bien es cierto que las condiciones que permitieran un proceso equitativo en materia electoral se empezaron a dar hasta bien entrado el siglo XX, en México ha quedado claro que para que un proyecto de Nación sea viable y duradero, es necesario anteponer a las instituciones y proyectos colectivos por encima de caudillismos y mesianismos.

 

El dilema se presenta cuando esas instituciones adquieren tanto poder que pareciera que nulifican a los individuos o ciudadanos a quienes deben de servir. Hablando en término de participación democrática pareciera que los ciudadanos trabajan para los partidos y no los partidos para los ciudadanos. En algunos casos –en muchos con razón- en mesas de análisis político y columnas, se refieren a los partidos políticos de manera peyorativa y en general se les asocia con todo aquello que limita la libre actividad política del ciudadano. El sondeo mensual que realiza Consulta Mitofsky para agosto de 2011, es contundente: De 12 instituciones evaluadas en cuanto a confianza ciudadana se refiere, los partidos políticos quedan en el décimo lugar y tomando en cuenta que el onceavo lo ocupan los diputados, y obvio es, se encuentran ligados a aquellos. Sólo el 4.2% de la población encuestada tiene confianza en los partidos. Quizá se pueda decir que esa baja confianza radica en que el ciudadano no se siente ni representado ni cercano a esas instituciones que ejercen el poder. Y de ahí que cualquier militante de partido político en automático sea catalogado o juzgado como contrario a los intereses ciudadanos.

 

Al revisar el sustento constitucional de los partidos políticos en México, el artículo 41, señala que son organismos ciudadanos, que deben promover la participación del pueblo en la vida democrática y hacer posible el acceso de aquellos al ejercicio del poder público. Es claro que para cualquier lector, este fragmento de la Constitución poco o nada tiene que ver con la realidad que se vive. El actuar de los partidos políticos los ha colocado en una posición que muchos ciudadanos juzgan opuesta a sus necesidades o demandas.

 

Pensar que los partidos políticos, de origen, se constituyen como enemigos de la participación ciudadana es tan absurdo como creer que los ciudadanos organizados no tienen derecho a participar en política, si es que no son miembros de un partido. Nuevamente se hace necesario conciliar intereses y discursos entre los que se integran un partido y los que participan desde espacios bien diversos pero que al final abonan a favor de la consolidación de un México más justo e incluyente. Si se percibe un divorcio entre lo que los partidos hacen y lo que los ciudadanos quieren es porque no hemos accedido a procedimientos de rendición de cuentas que permitan premiar o castigar su actuar y porque al interior de los partidos hace falta un ejercicio de autocrítica y que a sus militantes se les permita la formulación de propuestas sin cortapisas ni mordaza. El actuar de la sociedad civil organizada se debe complementar o enriquecer con el trabajo de los partidos políticos y viceversa. La encuesta de 2008 Sobre Cultura Política y Prácticas Ciudadanas, concluye que casi el 70% no tiene el menor interés en la política y un porcentaje similar se considera independiente de cualquier partido. Lejos de poner el debate en blanco y negro o en buenos y malos, los ciudadanos –especialmente si somos militantes- planteemos esquemas en los que los partidos hagan suya la agenda de propuestas y planteamientos de ese enorme porcentaje de la población nacional que no se siente identificada ni interesada con la política ni mucho menos pretende formar parte de un instituto político. Más que demeritar o descalificar en automático el trabajo que muchos hombres y mujeres comprometidos con su país hacen desde diversos espacios al interior de los partidos políticos, desde la academia, las empresas, grupos activistas, entre otros, démonos cuenta que al final todos somos ciudadanos y que nuestra motivación última se llama México.

 

 

Mi Twitter: @RodMesa



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