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15Diciembre2017

Edición No. 233 Del 19 al 25 de Octubre de 2015

A los reporteros.

Con respeto y admiración.

Luis García Abusaíd

 

El periodismo entre fuego cruzado sufre, tiembla, su corazón se aprieta entre la militarización del país y la entronización del narcotráfico y crimen organizado.

 

El pasado 26 de julio, cuatro periodistas fueron secuestrados en Gómez Palacio, Durango. Su desaparición ocurrió en el cruce de una batalla mortal entre varios carteles por asumir el control de una plaza estratégica para el trasiego de drogas. Por varios días, los rehenes fueron los reporteros y sus respectivos medios de comunicación: Televisa y Multimedios.

 

Las sugerencias para proteger a los reporteros brotaron por doquier: Que usen cascos y chalecos antibalas, dijeron unos. Que reciban capacitación antisecuestros, comentaron otros. La PGR se atrevió a sugerir que cuando estuviésen en peligro, los reporteros “acudieran de inmediato a las autoridades locales”.

 

La función del reportero, que es de interés público, no será protegida adecuándola para que sobreviva bajo condiciones de una guerra militar. Mucho menos, pidiéndole que se proteja en instituciones infiltradas por el mal que nos aqueja a todos.

 

La pregunta es obvia; ¿cómo impedir la autocensura de los medios de comunicación ante la vulnerabilidad que experimentan los reporteros, columna vertebral de la tarea informativa?

 

¿Qué tipo de periodismo, podemos esperar? Bajo las condiciones de guerra civil que inicia Felipe Calderón en 2006, todas las libertades son restringidas –incluídas las garantías individuales, y por lo tanto, la libertad de expresión.

 

Bajo estas condiciones de violencia cotidiana, es impensable que los medios de comunicación cumplan con su tarea de informar lo que sucede sin acotamiento o restricción alguna. Vivimos en la frontera de un estado de sitio –militarizado- obcecado en ganar una guerra que no es nuestra. 26 mil víctimas así lo atestiguan.

 

El reto del periodismo es impedir que esos límites de expresión se reduzcan a su mínima posibilidad; para ello, es preciso resistir con el corazón apretado de temor e incertidumbre, y evitar convertirse en la nota de ocho columnas que anuncia una víctima más del narcotráfico y crimen organizado.

 

¿Cómo resistir, sin ser parte de las estadísticas de muerte que asolan a nuestro país? Primero: Los medios de comunicación deben vivir bajo un estricto código de autorregulación ética que les impida inflamar -o medrar con- la violencia derivada de la guerra civil que enfrentamos. Por ende, su posición editorial debe ser congruente con dicho código, y asumida por los reporteros a su cargo.

 

Segundo: Los medios deben ampliar y reforzar las garantías laborales de los reporteros. Tercero: Los medios y los reporteros deben evitar ser utilizados, ya como mensajeros o voceros, de las partes involucradas en esta guerra civil.

 

Cuarto: Los medios de comunicación deben adoptar un modelo explicativo de periodismo que contextualice y explique lo que ocurre en la realidad, más allá de recopilar el número de ejecutados o las declaraciones de los implicados. El periodismo no es un reflejo directo de lo que sucede en la realidad.

 

Quinto: Medios y reporteros deben abogar por un respeto irrestricto a los derechos humanos que no pueden ser violentados bajo ningún pretexto. La neutralidad o la imparcialidad no existen en estos casos.

 

Y sexto: Los reporteros deben generar formas de autoprotección gremial que les permitan validar y fortalecer su profesión –para cubrir con sentido ético y responsabilidad social el conflicto bélico que enfrentamos, e impulsar así, formas de vida democrática ligadas a una cultura de la paz.

 

De esta manera, poco a poco, con miedo pero con firmeza, medios y reporteros podrán resistir a esa hidra de mil cabezas que nos estrangula el corazón como sociedad.

 



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