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20Octubre2017

Edición No. 233 Del 19 al 25 de Octubre de 2015

 

Palabras del licenciando y profesor

Eliseo Mendoza Berrueto, en ocasión

del primer aniversario de la muerte

del profesor Jesús Alfonso Arreola

Partido Revolucionario Institucional

Octubre 1, 2012.

 

 

El Partido Revolucionario Institucional rinde hoy homenaje a una de sus prohombres más connotados. El Profesor Jesús Alfonso Arreola. Si sus compromisos se lo hubieran permitido, aquí estaría acompañándonos otro gran profesor, el líder nacional de nuestro instituto político, el maestro Humberto Moreira Valdés. Y casualmente el que les habla es otro profesor, aunque sin los merecimientos intelectuales y políticos de mis colegas. O sea, que este sentido evento de recordación queda entre maestros normalistas.

 

Agradezco a mi partido la distinción de haberme designado orador en este para mí, muy entrañable conmemoración: recordar al amigo, al maestro, al historiador y al político que hace un año emprendió el viaje sin retorno.

 

Con la partida de Arreola a otros confines, comenzó esa ausencia eterna que se inicia con la muerte. Y es entonces cuando empieza a escribirse la historia de los ausentes que, con el tiempo, termina convirtiéndose en leyenda. Y sobre ese recuerdo, sobre esa historia y esa leyenda es de lo que voy a hablarles ahora.

 

Sagaz en el análisis, profundo en la reflexión, irónico en su talante, agudo en su ingenio y lapidario ante la falsedad y la mentira, eso fue Jesús Alfonso Arreola.

 

Siempre ostentó con orgullo el título de Maestro. Y lo fue en toda la extensión de la palabra. Ante cada alumno, frente a cada oyente, ejerció la docencia con la tenacidad y la delicadeza del orfebre que cincela una a una las piezas de su arte.

 

Era un asiduo e incansable lector. En su afán de conocer más de su tierra y de su nación, leía cuanto libro, revista, artículo, o simple nota caía en sus manos. Así fue acumulando una vasta cultura que acabó por convertirlo en el historiador coahuilense por excelencia.

 

Pero al fin maestro afanoso, sólo se sentía realizado cuando tenía la oportunidad de difundir sus conocimientos; y lo hizo en las aulas de las escuelas primarias, secundarias, preparatorias, normalistas y universitarias. Y aún no satisfecho con esa tarea, como un nuevo Aristóteles peripatético, peregrinó a lo ancho y largo del estado, acompañado siempre de su amada Roxana, para impartir sus talleres de historia a grupos de distinguidas damas coahuilenses, ávidas de enriquecer su cultura. Así logró conjugar en una sola inspiración sus dos grandes pasiones: la historia y la docencia. La historia la estudiaba como un humilde muchacho ávido de aprender, y la enseñaba con la sencillez y claridad que sólo los grandes maestros dominan.

 

Como buen maestro, no sólo sabía expresarse con propiedad, sino que era, además, un gran orador. Nunca lo vi leer un discurso. Era impresionante su capacidad para improvisar excelentes piezas oratoria. No era un orador de simple palabrería, ni afecto a las frases rimbombantes. Su discurso era directo, elegante, conceptuoso y siempre aleccionador. Tenía un timbre de voz de tonos rotundos, y dominaba todos los matices como si fuera un tenor en concierto. Por eso era grato escucharlo, porque cada expresión era una cátedra.

 

Liberal de pensamiento, revolucionario por convicción, fue un distinguido miembro del Partido Revolucionario Institucional. Y fue esa ideología la que presidió todos sus actos como funcionario público. Siempre fue un político institucional, suave en el decir, cuidadoso en sus juicios discreto y moderado al hablar, aunque de vez en cuando, ante la intriga y la falacia se volvía lapidario. Así era ante los convenencieros y los insuflados de soberbia.

 

Íntegro y honesto, vivió en esa honrada medianía que resulta de limitarse a subsistir con los honorarios que la ley dispone, esa medianía a la que Juárez nos conminó a todos los funcionarios públicos de la nación.

 

Su oficio de historiador estuvo inspirado por las tres grandes gestas de la Patria: la Independencia, la Reforma y la Revolución. De la primera escogió a Morelos, aquél egregio independentista sin par, que con la sencillez de los verdaderos héroes se limitó a considerarse a sí mismo sólo como un humilde Siervo de la Nación.

 

De la Reforma, centró su atención en Juárez, el patriota por excelencia, a quien ninguna adversidad logró desanimar en su noble empeño de restaurar a la Nación. Arreola fue un juarista de aquellos a quienes otro gran maestro, Federico Berrueto Ramón, los ungió con el honroso encargo de ser depositarios y defensores del credo juarista.

 

De la Revolución, Arreola se queda con Carranza. Así como Juárez luchó por la restauración de la República, Carranza lucha por la restauración de la Constitución, única vía para devolverle al pueblo la libertad, los derechos y las garantías que había logrado desde la Independencia. Carranza se distingue porque siempre tuvo una idea muy clara de cuál habría de ser la orientación de la lucha revolucionaria. Igual que Morelos y Juárez, Carranza se jugó la vida en cada batalla en pos de su ideal: el orden constitucional.

 

Arreola no fue un historiador repetidor de fechas y de anécdotas frívolas. Él analizaba cada hecho con profundidad, relacionaba hechos históricos con sus consecuencias políticas, sociales y económicas y al tomar partido sobre algo o sobre alguien, defendía sus convicciones con conocimiento de causa. Al exponer su cátedra, lo mismo en el aula que en la mesa con sus amigos, su elocuencia cautivaba y sorprendía su erudición.

 

A través de su clara mirada, apacible y vital, se podía calibrar su estado de ánimo. Y si uno alcanzaba a detectar a tiempo una pícara sonrisa en sus ojos, era inminente la broma, la ironía, a veces demoledora. Fue grande de espíritu, de largo alcance la profundidad de sus ideas y de una inteligencia ágil y penetrante.

 

Vivió su vida apasionadamente, como la viven los hombres acicateados por nobles afanes. Comprometido lealmente con su patria, siempre fiel a Coahuila, siempre cordial con sus amigos y siempre amoroso con los suyos.

 

Son pocos los hombres que llegan al final de la vida con las manos limpias, la conciencia en paz, con una alforja llena de riquezas espirituales y con su dignidad incólume. Así llegó Arreola al rendir su jornada.

 

¡Cómo nos haces falta Jesús Alfonso Arreola. Cómo le haces falta a México, a Coahuila, a tu partido, a tus amigos y a tu familia! Pero debemos habituarnos a tu ausencia, con la naturalidad con que vemos caer el sol al atardecer de cada día. Acostumbrarnos a tu retirada e imaginarnos que aquí, junto a nosotros nos acompañas con tu sonrisa socarrona y que entre el murmullo de estos árboles adivinamos el timbre de tu voz inconfundible y que por alguna razón o gazapo de alguien, vendrá la picardía irónica, la broma que nos hará reír de nuevo.

 

Hasta la vista, Arreola.

 

 

 



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