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22Septiembre2017

Edición No. 233 Del 19 al 25 de Octubre de 2015

Dogma de Fe


La mañana del seis de mayo de 1862, Don Benito Juárez recibió un mensaje que decía: "Las armas nacionales se han cubierto de gloria". Estaba firmado por el General Ignacio Zaragoza Seguín. Nacido en 1829 en Goliad, Texas, en el tiempo en que Coahuila y Texas formaban un solo estado. Su deseo era ser sacerdote, pero su destino fue ser un gran militar. Se unió primero al ejército de Santa Anna para después servir como Secretario de Guerra con Juárez.

 

En 1857, la "Guerra de Reforma" enfrentó a los que creían en la separación de Iglesia y Estado y la libertad religiosa. Los conservadores por su parte, eran partidarios de un estrecho vínculo entre la Iglesia Católica Romana y el Estado mexicano. Al finalizar el conflicto, Juárez tenía un país en bancarrota y ordenó suspender los pagos de la deuda externa.

 

Enfurecidos, Gran Bretaña, España y Francia, intentaron forzar a México a pagar, lo que terminó con la llegada en diciembre de 1861 de fuerzas armadas de los tres países al puerto de Veracruz. Las naciones invasoras nombraron como comisionados negociadores del pago de la deuda al almirante Jurien y al Conde Dubois de Saligny, por Francia, Sir Charles Lennox Wyke de Inglaterra y el comodoro Hugh Dunlop y por parte de España el General Prim. Los tres intentaban recuperar los 10 millones de dólares que México debía a estas naciones.

 

Después de muchos esfuerzos diplomáticos, el gobierno de Juárez convence a Gran Bretaña y España que una guerra sería aun más devastadora para la economía nacional y se volvía aun más difícil de enfrentar los pagos. Ambos países se retiraron, no así los franceses que deciden permanecer en México. Meses más tarde, inició la intervención francesa.

 

El cinco de mayo, el contingente francés estaba formado por alrededor de 6,500 soldados bajo el mando del conde y General, Charles Lorencez, veterano de la Guerra de Crimea. Mientras tanto, el ejército mexicano encabezado por el Gral. Zaragoza, estaba conformado por 4,500 hombres mal preparados y hambrientos que derrotaron al orgulloso ejército del sobrino de Napoleón Bonaparte, el monarca francés Napoleón III.

 

Esta gran victoria para México contra uno de los mejores ejércitos del mundo, costó a las huestes de Zaragoza, 83 muertos, 131 heridos 12 desaparecidos. Por su parte los franceses sufrieron 462 bajas y 300 heridos. En Francia, la derrota fue vista como severo golpe a su prestigio de la nación. Inmediatamente fueron enviados 27,000 soldados más a México.

 

 

 

Pero dejando de lado la importancia militar de la Batalla de Puebla, la victoria fue sin duda una gran inyección de moral para el Gobierno de Juárez que sufría el acoso del conservadurismo y de la ambición extranjera. Ambas posiciones fueron finalmente derrotadas cuando en 1867, las tropas francesas abandonaron el país y los mexicanos fuimos capaces de derrotar a las fuerzas del emperador Maximiliano y restablecer así el gobierno legal del héroe de Guelatao, Oaxaca.

 

El General Ignacio Zaragoza, había muerto de tifoidea un 8 de septiembre del mismo año de 1862, cuatro meses después de la épica victoria en Puebla. La enfermedad la contrajo al momento de visitar a soldados heridos en la batalla. Tenía 33 años de edad al momento de su muerte. Su cuerpo fue sepultado en el cementerio liberal del Ejército Mexicano para después ser trasladado a Puebla.

 

El año pasado, nuestro estado, Coahuila de Zaragoza cambió su nombre para hacer un homenaje a este coahuilense que peleó por su país en contra de enemigos extranjeros logrando así contribuir a lograr el estado de derecho que un día disfrutamos. Para tener completos nuestro nombre y apellido se necesitó modificar el artículo 135 de la Constitución General de la República y el artículo 43 de la Constitución Política.

Hoy el nombre correcto de nuestra entidad es Coahuila de Zaragoza. Algunos, muy pocos consideraron poco útil este procedimiento. Pero hoy más que nunca, nuestro país amenazado por gran cantidad de enemigos internos y externos, nos debe de quedar claro que de amar y entender las glorias del pasado, se sacan las fuerzas para buscar las glorias del futuro.



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