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28Marzo2017

Edición No. 233 Del 19 al 25 de Octubre de 2015

 

Patricia Gutiérrez Manzur

 

No es ninguna primicia que el clima, los fenómenos naturales y meteorológicos, nos están jugando una mala pasada. Por distintas latitudes escuchamos de eventos extremos y catastróficos que castigan las regiones del planeta, incluyendo el territorio nacional. Los calores extremos y los incendios de las últimas semanas en nuestra región, no pueden menos que encender la luz de alerta, haciéndonos notar que esto no es un juego y que si no rectificamos el camino, en unos años lo lamentaremos aún más de lo que ya lo estamos lamentando.

Verde que te quiero verde. Verde viento. Verdes ramas… Líneas del “Romance sonámbulo”, escrito por el andaluz universal Federico García Lorca en 1924, que remiten poéticamente a la frescura y transparencia del follaje, del pasto, de las hojas en movimiento. Renglones que en su relectura han llevado a cuestionarme sobre aquello que me gusta, me ha cautivado y hecho sentir a mis anchas, en muchas de las ciudades que he tenido el privilegio de visitar, más allá de su riqueza arquitectónica, patrimonio histórico o providencial geografía, y que tiene que ver con algo sencillo y simple, pero no por eso menos importante. Con un algo que encarna a mi parecer, una suerte de conjuro color esmeralda.

Ciudades que entregan a sus habitantes y forasteros, además de asfalto, ladrillo, acero y cemento, ese verde que te quiero verde, verde viento, verde ramas traducido en golpes de espesura que se hacen presentes en buen número de sus calles salpicadas por troncos robustos y copas frondosas de flamboyanes, acacias, cipreses, arces, olmos, fresnos, truenos, eucaliptos, abetos, jacarandas, álamos, pinos, almendros o abedules, que alineados a manera de elegantes y efectivos centinelas, dan paso a peatones y automovilistas con generosidad y placidez.

Madrid cuenta con un árbol por cada catorce habitantes y es la segunda ciudad con más árboles en las calles después de Tokio, quien triplica la población de la capital española. Montevideo posee un árbol por cada tres habitantes y es considerada la ciudad con mayor superficie de áreas verdes en América Latina. Ninguna de las ciudades de nuestro país llega a estos porcentajes. El Distrito Federal, por ejemplo, posee cuatro veces menos de superficies verdes por habitante convenientes para conservar un ambiente tolerablemente sano y Guadalajara requiere tres veces más de espacios con vegetación según los expertos.

 

 

No se requiere ser profesional en biología o ecología para saber que en las zonas urbanas, los árboles mejoran el clima, brindan humedad, influyen en la regulación de la radiación solar, combaten la contaminación y optimizan la calidad del aire, además de proteger contra las lluvias torrenciales, propiciar serenidad y armonía, embellecer el entorno, e inclusive incrementar el valor de las propiedades donde se encuentran, entre otros beneficios.

Es por ello, que sin importar nuestro quehacer profesional y personal, nos reclama la obligación de frenar una pizca de nuestra carrera existencial, para volver la vista a lo verde y no exclusivamente a la verde del Tri del futbol. Para recordar que la presencia de la vegetación mejora la calidad de vida de los citadinos y por lo contrario, su ausencia la empeora significativamente, alejando de la naturaleza las áreas donde vivimos para confinarlas a un frío urbanismo fabricado, nocivo y artificioso.

En demanda de sus incuestionables bondades, muchas son las ciudades que investigan, crean y aplican ambiciosos y bien estructurados programas de reforestación a los cuales habría que acudir como referencia, considerando aquello que ha dado buenos resultados e ideando nuevas estrategias más acordes a nuestras propias circunstancias geográficas, climáticas, económicas y de desarrollo e identidad.

Por mencionar solo algunas en el contexto hispanoamericano, la referida ciudad de Montevideo ha asignado un buen número de plazas para plantarse con árboles, mismas que las oficinas, restaurantes y comercios que las circundan, financian y cuidan, alentadas por diferentes incentivos. En Buenos Aires, existe el “Programa de Padrinazgos”, destinado asimismo al mantenimiento de los espacios verdes públicos, en el que toman parte universidades, colegios, asociaciones vecinales, clubes, empresas, familias e incluso personas físicas.

En Madrid, Barcelona y otras ciudades españolas, los árboles que visten las calles y avenidas, también son protegidos y multiplicados a través de planes en los que se involucra el apoyo y supervisión de los vecinos, además de que grandes empresas como Repsol, han llevado a efecto, con concienzuda responsabilidad social, importantes campañas de plantación.

No acabaría de mencionar las iniciativas que en materia ambiental, más allá de las reforestaciones, emprenden lugares como Bogotá o Medellín en Colombia, San José de Costa Rica, Curitiba en Brasil o Santiago de Chile, que pese a sus problemas o limitaciones ecológicas, educativas, sociales o financieras, se han dado a la tarea de llevar a cabo propuestas sustentables en relación al turismo ecológico, la solución de problemas de contaminación relacionados con el transporte y el control del uso de la energía, por mencionar sólo algunas.

Los cambios climáticos y el desequilibrio natural que estamos viviendo aquí y ahora en México, y de manera particular en nuestra norestense región, exigen decisiones drásticas que conquisten alternativas inéditas y colectivas para reforestar masivamente y en corto plazo, las calles, avenidas, parques y plazas de nuestras ciudades. Debemos pasar de la retórica y el comentario, al aterrizaje de los hechos concretos que son capaces de producir cambios.

Muchos son los rezagos básicos y prioritarios para subsanar en nuestra nación, pero es imposible eludir que en el presente, el tema ambiental y de reforestación ya es uno de ellos, y como tal, debe ser considerado como esencial, antes de que el destino nos alcance.

Acciones como la Ruta Recreativa que en Saltillo innovara el alcalde Jericó Abramo Masso, la cual hace caer en cuenta sobre lo bien que se pasa caminando o montando en bicicleta; o la propuesta de la Ciclopista, que en breve permitirá a los saltillenses movilizarse con seguridad en este ecológico vehículo tan revalorado en países desarrollados, son las que pueden hacer la diferencia.

Si una localidad como León, en Guanajuato, requiere de la plantación de 500 mil árboles para reducir dos grados su temperatura, según estudios realizados en aquella ciudad, ¿por qué no sacamos el cálculo, a través de los especialistas del tema en nuestras comunidades, sobre cuántos árboles necesitaría Saltillo, Torreón o Monclova, para lograr lo mismo?

Propuestas y responsabilidades gubernamentales, legislativas y ciudadanas compartidas, compromiso y colaboración entre organismos e instituciones sociales, políticas, educativas y empresariales, además de la conciencia personal y familiar para participar en la transformación, seguramente forjarán la metamorfosis.

De todos depende tener una ciudad más verde, más sana, más amable y habitable. Una ciudad poseedora de esa suerte de conjuro color esmeralda del que hablaba en los primero párrafos. Para cambiar el mundo, no queda más que empezar por aquello que nos rodea y envuelve en la cotidianidad del día a día. Por aquello que más nos interesa. Obremos en consecuencia… Saltillo, Coahuila y nuestro desgastado planeta Tierra nos lo agradecerán.



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