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15Diciembre2017

Edición No. 233 Del 19 al 25 de Octubre de 2015

FECHA por 

Centenario de la revolución, Bicentenario de la independencia.

Reflexiones en torno a una festividad doble condicionada

 

Segunda parte

Decía en la anterior entrega que los festejos por el Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución el pasado año representó un ejemplo de manipulación simbólica por parte del gobierno calderonista, al demeritar –al nivel del discurso y de las dimensiones logísticas y presupuestales de las celebraciones- la trascendencia de la gesta revolucionaria frente al movimiento independentista, cuando ambas representan simétricamente los ejes fundacionales de la identidad mexicana moderna dentro del imaginario social.

 

Lo anterior, además de resultar en sí mismo cuestionable, representó también un descuido riesgoso e interesado, frente a la situación internacional de crisis simbólica en la que se encuentra actualmente el concepto del Estado-nación como referente constructor de identidad. Se antepuso, por parte del calderonismo, la estrategia ideológica por encima de la pertinencia de lo simbólico como mecanismo de cohesión socio-histórica, lo cual abriría también un debate interesante acerca de los ejes y motivaciones profundas del panismo como proyecto gubernamental; un debate que, por cuestiones de espacio, no puede ser más que mencionado someramente dentro del presente artículo.

 

El reducir la trascendencia del festejo del Centenario, el intentar mantener en un perfil más bajo el manejo de los festejos relacionados a la Revolución Mexicana, tuvo claramente objetivos ideológicos. Sabemos bien que el panismo no se identifica con los ideales sociales emanados del movimiento iniciado en el 2010, sino todo lo contrario, y por ello su reacción tuvo como sello distintivo una rigurosa discreción y modestia, condiciones que en cambio resultaron en todo caso ausentes dentro del impactante despliegue técnico y mediático generado alrededor del espectáculo llevado a cabo en el Zócalo capitalino con motivo del Bicentenario –en una suerte de reversión ad hoc a una moda cosmopolitista, como un “no me quedo atrás”, un “sí se puede acá también” dentro del contexto de recientes shows celebratorios internacionales, como las ceremonias de inauguración y clausura de los Juegos Olímpicos de Beijing o el medio tiempo del pasado Súper Tazón con los Black Eyed Peas hiper-revolucionados-.

 

No se eleva aquí una queja por el hecho de que para celebrar el 20 de noviembre no haya sido levantado un tinglado tal. No es por ahí la razón de ser de este comentario, sino más bien lo que queremos poner en la palestra es el maniqueísmo simbólico desplegado por la autoridad federal para llevar la gran atención hacia sólo uno de los motivos a festejar, buscando así desenraizar un tanto en la agenda social y en el imaginario colectivo el aspecto o el eje revolucionario consustancial al 2010. Y a esto, definitivamente, no podemos llamarlo de otra forma: lo implementado fue a todas luces –robóticas o lásers, como se quiera- una política cultural de manipulación, de manejo interesado de recursos públicos, de desvirtuación ideológica que devino estrategia público-administrativa con claros tintes políticos.

 

Para terminar mi comentario quisiera dimensionar, en cambio, un par de esfuerzos más sencillos pero también más justamente reivindicatorios con respecto a la trascendencia de la lucha revolucionaria, que fueron realizados regionalmente y dentro de nuestro estado durante el último trimestre del 2010.

 

Si bien tanto la realización del ciclo de conferencias “Ruta de las artes en la Revolución” –programado por el Instituto Coahuilense de Cultura en noviembre del año anterior- y el “Seminario de Historia del Noreste” –celebrado en el Centro Cultural Vito Alessio Robles y coorganizado por el Gobierno del Estado de Coahuila en coordinación con el Comité de los Festejos del Centenario de la Revolución y el Bicentenario de la Independencia- fueron sendas actividades que contaron con aportaciones federales para hacerlas posibles, definitivamente fueron ambas acciones culturales reflexivas y de divulgación que se diseñaron de manera estatal, para profundizar en un marco de libertad intelectual y de opinión acerca de cómo nos vemos y cómo podemos mejorar como sociedad luego de cien años de inicio de nuestra Revolución.

 

Ambas actividades, concebidas para repensar nuestro camino como nación emanada de un movimiento histórico inspirado en ideales de mayor justicia social y participación democrática más activa en la vida pública, se concibieron y diseñaron en nuestra entidad, como acciones derivadas de una política cultural distinta, inspirada en una vocación revolucionaria histórica que ha llevado a Coahuila a ser reconocida como la tierra donde enraizó la Revolución Mexicana.

 

Así, con un afán de dar espacio justo y necesario a “lo revolucionario” en el marco del 2010, y como una forma de resarcir en parte ese desequilibrio entre los pesos otorgados a los dos festejos anuales que fue fomentado desde la Federación, Coahuila ratificó su vocación e historia y contribuyó a brindar mayor importancia a ese referente con el cual seguiremos contando para solidificar nuestra identidad nacional en estos tiempos de crisis ideológicas, políticas, sociales, económicas y de identidad.

 



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