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16Diciembre2017

Edición No. 233 Del 19 al 25 de Octubre de 2015

FECHA por 

Centenario de la Revolución, Bicentenario de la Independencia.

REFLEXIONES EN TORNO A UNA FESTIVIDAD DOBLE CONDICIONADA

Primera parte

 

El pasado año de 2010 motivó a lo largo del mismo una serie de actividades oficiales, civiles, escolarizadas, artísticas y académicas bajo una doble y justa razón: la celebración –que no mera conmemoración- de los doscientos años del inicio de la lucha por lograr la Independencia frente a España para formar una nueva nación, y los cien años del comienzo del movimiento social de la Revolución Mexicana, a partir del cual se establecieron las condiciones primordiales para la fundación del Estado mexicano contemporáneo.

 

Pasados ya algunos meses después del final del 2010, me parece necesario destacar algunos aspectos que definieron la manera diferenciada de plantear la doble celebración, a partir de la óptica del gobierno federal, a más de una década de panismo al frente del gobierno de México, y en términos de la concepción de políticas culturales de orden nacional.

 

Actualmente, en la época de la globalización, han sido varios los teóricos de la posmodernidad que han hablado en años recientes acerca de la crisis en la que se encuentra la dimensión política del Estado-nación, y por la cual el ámbito local urbano que representan las ciudades ha pasado a ser el receptáculo de lo social y humano fundamental en el mundo contemporáneo, con su autonomía relativa que expresa varios de los procesos más generales de la vida actual a un nivel claramente tangible, a partir de la experiencia diaria de transitar calles conocidas, visitar lugares de referencia comunitaria y reconocerse a través de los conciudadanos de carne y hueso.

 

En el otro extremo de la construcción de realidad individual, se halla la dimensión global y transterritorial, posible gracias a las grandes redes informáticas que simbólicamente han puesto al mundo en nuestras manos con tan solo accionar un botón.

 

Entonces, en medio de esta dicotomía, la identidad derivada de lo nacional –concepción aglutinante que nos ha brindado en México la base sustancial de referencia: justamente el nacionalismo- un proyecto geopolítico conjunto, una gran matriz de identidad construida históricamente, basada en la apuesta democrática y la confluencia consensuada sobre las diferencias étnicas, genéricas, laborales, socio-económicas, etc. colaterales al pluralismo multicultural, es ni más ni menos lo que actualmente ha sido puesto en riesgo por algunas de las dinámicas simbólicas más influyentes de la actualidad.

 

En este contexto general, precisamente, habría que cuestionar la pertinencia o no y el grado de importancia de celebrar durante el pasado 2010 las fechas ligadas a los acontecimientos históricos que fundaron la nación mexicana en términos modernos –sin menoscabar, desde luego, el extraordinario legado vivo del indigenismo y su sustrato prehispánico glorioso e imperecedero-.

 

En primer lugar, y dado el estado de cosas que ha puesto en una situación inédita generalizada al sistema del Estado-nación desde que se estableció en el mundo como la forma esencial de gobierno, hace más de 400 años, de inmediato diríamos que por supuesto resultó pertinente y muy importante celebrar el 2010, para afianzar sobretodo el sentido profundo y la necesidad de reafirmar un pacto civil y colectivo tácito, correspondiente a la unidad nacional como una fortaleza sobre la cual identificarnos frente al mundo.

 

Siendo así, me parece justo y necesario, pese a los meses ya transcurridos, cuestionar la clara manipulación del gobierno de Felipe Calderón para dimensionar de manera muy distinta la trascendencia de las dos razones por las cuales el 2010 se constituía como un año de celebraciones históricas para nuestro país. Un año único, que en su doble raigambre simbólica se vio traicionado por la asimetría fomentada a nivel federal desde el panismo, afanado en una semantización casi unilateral de los festejos del Centenario de la Revolución de forma subsidiaria y empobrecida, si la comparamos a la supeditación que obtuvo en el discurso oficial hasta un segundo nivel, frente a los contenidos y fastos correspondientes a la forma de dimensionar y celebrar el Bicentenario de la Independencia.

 

El por qué y el para qué de este manejo sesgado, así como algunos de los sentidos profundos exhibidos, será materia de nuestra siguiente entrega, en la cual buscaré ubicar estos hechos en un marco que también aluda a referentes internacionales y a otros de índole regional y estatal, en el orden de las intenciones y las características de diseño e implementación de acciones específicas emanadas de políticas culturales diferenciadas.



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