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29Abril2017

Edición No. 233 Del 19 al 25 de Octubre de 2015

El reto de transformar la desesperanza en entusiasmo y la atonía en crecimiento no puede esperar más.

Según el artículo de Nick Cunningham publicado en CNN Expansión el martes de esta semana, “el colapso de los precios del petróleo y la resiliencia del esquisto estadunidense parece causar a la OPEP —y a su miembro más poderoso, Arabia Saudita— una dolorosa derrota. La producción de Estados Unidos se ha estabilizado, pero no ha disminuido dramáticamente. En cambio, los ingresos de los miembros del organismo han caído en picada junto con el precio del crudo”. De manera igualmente dramática se han reducido los ingresos de México por la exportación de petróleo crudo. La implacable geopolítica del petróleo coloca hoy a México en la disyuntiva de hundirse en una debacle semejante a la de 1982 o bien dar, de una vez por todas, el gran salto hacia un porvenir de prosperidad democrática compartida, poniendo fin a la historia de adicción de las finanzas públicas de nuestro país al dinero fácil proveniente del petróleo. Es un gran reto.

Ante esta coyuntura, si el gobierno se concentra activa y decididamente en atraer inversión innovadora, la traigan nacionales o extranjeros, y en abrir oportunidades de educación media superior y superior de calidad suficiente a quienes hoy se quedan sin ella, pronto alcanzará tasas de crecimiento cercanas a su potencial y suficientes para erradicar en dos décadas la pobreza y la desigualdad. A través de la demanda por nuestras exportaciones, el crecimiento de la economía de Estados Unidos es un determinante fundamental del crecimiento de nuestra oferta agregada. Sin embargo, es necesario identificar en detalle las cadenas de valor que están surgiendo en la economía de Estados Unidos, para que la industria mexicana pueda insertarse exitosamente en ellas. Lo más seguro es que la demanda, tanto externa como interna, privilegiará bienes y servicios innovadores y de calidad. Para crecer a su potencial, México debe propiciar la innovación. Seguir protegiendo monopolios chatarreros es suicida. Y de pasadita, ya es hora de que paguen impuestos, que le devuelvan a la nación mexicana aunque sea algo de las rentas monopólicas con que acumularon fortunas fabulosas a costillas de la pobreza de millones.

Para que México pueda vincularse oportuna y eficientemente al crecimiento de la economía global será indispensable preservar las condiciones macroeconómicas que le den certidumbre a nuestra dinámica competitiva. El país debe seguir consolidando la estabilidad macroeconómica y ésta tiene como fundamento la disciplina fiscal (cero déficit o superávit) y la política monetaria de flotación del tipo de cambio. El equilibrio fiscal abarata el costo del capital para el sector privado y las empresas se ven favorecidas en su inversión productiva; el bajo costo del capital permite que las inversiones productivas se multipliquen y generen más empleos. Además, evita presiones que distorsionan el tipo de cambio.

La riesgosa coyuntura que atraviesa la economía mexicana exige que el secretario de Hacienda, doctor Luis Videgaray, tome el liderazgo del gabinete económico del presidente Enrique Peña Nieto, para poner en práctica un paquete de políticas públicas que no sólo revivan el crecimiento económico de México, sino que lo hagan con la mayor creación de ocupación productiva posible. Sobre todo para los jóvenes. El reto de transformar la desesperanza en entusiasmo y la atonía en crecimiento no puede esperar más. Debemos aplaudir la baja inflación alcanzada. Pero su contraparte no debe ser el crecimiento insuficiente.



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