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24Junio2017

Edición No. 233 Del 19 al 25 de Octubre de 2015

A contrapelo

Xavier Díez de Urdanivia

“México es un país extraordinariamente fácil de manejar, porque basta controlar a un solo hombre: el presidente”, escribió Richard Lansing, entonces ex Secretario de Estado, a William Randolph Hearst, quien promovía una campaña para poner en la presidencia de México a un estadounidense que diera al traste con la revolución que amenazaba los intereses de las corporaciones estadounidenses, en 1924.

Hago referencia a la versión que aparece en “Memoria Política de México” (http://www.memoriapoliticademexico.org/Textos/6Revolucion/1924CRL.html), que tiene la versión original y una traducción suya, según un escrito de James D. Cockcroft, intitulado “Mexico's Revolution Then and Now” (Montly Review Press, New York, 2010, p. 77).

La poco conocida comunicación, que por su interés histórico y político transcribo, dice:

"Tenemos que abandonar la idea de poner en la Presidencia mexicana a un ciudadano americano, ya que eso conduciría otra vez a la guerra. La solución necesita de más tiempo: debemos abrirle a los jóvenes mexicanos ambiciosos las puertas de nuestras universidades y hacer el esfuerzo de educarlos en el modo de vida americano, en nuestros valores y en el respeto del liderazgo de Estados Unidos. México necesitará administradores competentes y con el tiempo, esos jóvenes llegarán a ocupar cargos importantes y eventualmente se adueñarán de la misma Presidencia. Y sin necesidad de que Estados Unidos gaste un centavo o dispare un tiro, harán lo que queramos, y lo harán mejor y más radicalmente que lo que nosotros mismos podríamos haberlo hecho”.

Visos hay, claros, de la existencia de dicha carta, pero aun cuando fuera espuria ¿no es verdad que parece ser una recomendación seguida –con éxito y buena acogida por las elites mexicana- al pie de la letra?

La visión atribuida a Lansing habría fundado así una estrategia que a la vuelta de los años ha probado, con creces, ser exitosa, pues diáfanamente desde el sexenio de Miguel de Lamadrid –formado en Harvard- ha visto crecer en número y poder a quienes, mexicanos, han sido acogidos por el sistema educativo estadounidense para ser formados “en el modo de vida americano, en nuestros valores y en el respeto del liderazgo de Estados Unidos”, en palabras del propio ex Secretario de Estado.

Testigos de ello han sido ya varias generaciones de mexicanos, y mucho me temo que, cada vez con más intensidad, lo serán muchas otras.

Al desgaste natural de los poderes estatales que a cada país conciernen a causa de la transferencia de poder a nuevos centros globales que hoy lo detentan, hay que añadir el desgaste interno que, en nuestro país, han sufrido las instituciones como efecto de la muy explicable crisis de credibilidad y el desprestigio, bien ganado, de los gobernantes, no sólo los recientes y actuales, sino que también y casi sin excepción los que han detentado el poder a lo largo del par de siglos de vida “independiente” de México.

Cada vez más, como en el poema de Netzahualcóyotl, los signos se hacen transparentes; hoy por hoy –y más abiertamente que nunca- dejan ver cómo es que, poco a poco y mediante cada vez más sofisticadas técnicas de sometimiento político, se perfilan estructuras pactadas en conciliábulos oligárquicos, que buscan legalizarse –insuficiente medida para legitimarse- a través de reformas jurídicas conducentes a esa doble centralización que ha sido, a mi juicio, la más perniciosa causa del subdesarrollo cívico entre nosotros: de los regímenes interiores de los estados al centro, y en éste, de los otros poderes constitucionales al Ejecutivo, dotándolo, en los hechos, de las tristemente célebres atribuciones que don Jorge Carpizo, por lo demás ilustrado e inteligente jurista, llamó “facultades metaconstitucionales”, a mi juicio con mala fortuna.

A pesar del camino andado, creo que todavía es tiempo de rescatar el futuro de México, sin estridencias electorales, sin demagogia; en cambio, con razones y persistencia, precaviéndonos siempre de las tácticas basadas en la doctrina del “destino manifiesto” que en particular nos afectan, y eliminando, con conocimiento de causa, todo eco interno que de ellas pueda proceder.



Xavier Díez de Urdanivia

Xavier Díez de Urdanivia es abogado (por la Escuela Libre de Derecho) Maestro en Administración Pública (por la Universidad Iberoamericana) y Doctor en Derecho (por la Universidad Complutense, Madrid). Ha ejercido diversas funciones públicas, entre las que destacan la de Magistrado del Tribunal Superior de Justicia de Coahuila, del que fue Presidente entre 1996 y 1999, y Abogado General de Pemex. Ha publicado varios libros y muy diversos artículos en las materias que constituyen su línea de investigación, e impartido conferencias, seminarios y cursos sobre las mismas. Actualmente es profesor de tiempo completo en la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad Autónoma de Coahuila, donde imparte cátedra e investiga en materia de Derecho Constitucional, Teoría y Filosofía del Derecho y Teoría Política. También es colaborador de la página editorial de Zócalo y de Cuatro Columnas (de la Ciudad de Puebla), y lo ha sido del Sol del Norte y El Diario de Coahuila, así como de los noticieros del Canal 7 de televisión de Saltillo, Coah.

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