Screen

Profile

Direction

Menu Style

Cpanel

20Octubre2017

Edición No. 233 Del 19 al 25 de Octubre de 2015

A contrapelo

Xavier Díez de Urdanivia

En toda sociedad, para que de verdad lo sea, es necesaria una estructura normativa que ordene y limite los comportamientos, para evitar todo exceso que vulnere la libertad y el ejercicio de los derechos fundamentales, al tiempo en que puedan crearse las condiciones necesarias para que los derechos y libertades de cada uno coexistan, en equilibrada armonía, con los de los demás. En garantizar esos derechos y libertades reside, además, la legitimidad del poder público y de su ejercicio. Que así sean las cosas es interés de todos, es de interés general.

En el código genético, en el mismo ADN del orden jurídico que así estructura las dinámicas comunitarias -si se me permite el símil- está la llamada "costumbre jurídica", ese pacto social tácito que se construye a través del tiempo, incorporando y poco a poco asumiendo como obligatorios, los símbolos generalizado a los que se ha de ajustar la conducta, es decir, los valores compartidos que son propicios para el correcto desenvolvimiento individual y social en esa comunidad dada.

Mientras las cosas transcurran en ese sentido por regla general, las posibles desviaciones, las infracciones esporádicas, serán enmendables de manera relativamente sencilla y hasta casi inocua.

En cambio, cuando se enseñorean en esa sociedad, o en algún sector relevante de ella, los antivalores, el pacto social que permite el transcurso de la vida comunitaria se trastoca y puede poner en peligro la permanencia misma del ente social.

Si ocurre esa desviación en sectores amplios, incorporando un mayor grado de complejidad al problema, con la consiguiente dificultad para encontrar soluciones eficaces y adoptar efectivas medidas preventivas, es posible lograr, no obstante, salvar las dificultades. Grave cosa es, sin embargo, cuando esa reversión de valores ocurre entre aquellos que, por la función que se ha delegado en ellos, debieran ser custodios de los mismos. Por eso, cuando confluyen en su quehacer el interés general que a su cuidado se ha puesto, con interese privados -de ellos mismos o de terceros, aun cuando sean legítimos- la razón recomienda inhibirse de participar, o hacerlo con plena inhibición del interés propio, si es que aquello no fuera posible.

Para prevenir esa colisión de intereses es que se han generado múltiples normas que, si fueran aplicadas, habrían podido ser eficaces, pero la historia demuestra que no ha sido así, salvo en ocasiones contadas, en las que, además, suelen privar razones de venganza o contienda política poco confesables.

En ello radica la naturaleza del mal que llamamos corrupción a mi juicio. Hubo ocasión en que oí decir a un muy joven egresado de una prestigiosa escuela de leyes, que se dedicaría a la política porque es ella "el único negocio donde te puedes hacer rico, sin invertir un solo centavo". A la postre, se hizo político y enriqueció como pretendía, con mucho mas gloria que pena, para él, pero vergüenza del sistema que confirmó su previsión acertada.

¿Cuántos habrá como él? No lo sé de fijo, pero como se ve la situación, muchos más de los que la salud social podría tolerar, y la gravedad se acrecienta cuando se enredan las cosas -intencional o involuntariamente- de modo que las cuestiones sencillas se convierten en una maraña de tecnicismos que ocultan verdades y confunden entendimientos.

El combate a la corrupción no es nada más perseguir a delincuentes y escarmentarlos. Es cuestión de depurar la moral pública y los procedimientos de selección y elección de las mujeres y hombres que tendrán a cargo las funciones de gobierno y gestión, para asegurar su probidad y su capacidad para el desempeño del cargo.

Si la disfunción en las causas logra enderezarse, las consecuencias serán virtuosas, porque los efectos de una buena práctica podran desterrar los efectos viciosos de las que no lo son.

Habrá que buscar las medidas necesarias para restaurar la mellada virtud cívica ¿Por dónde empezar? En una semana más compartiré algunas ideas, si cuento con su amable venia.



Xavier Díez de Urdanivia

Xavier Díez de Urdanivia es abogado (por la Escuela Libre de Derecho) Maestro en Administración Pública (por la Universidad Iberoamericana) y Doctor en Derecho (por la Universidad Complutense, Madrid). Ha ejercido diversas funciones públicas, entre las que destacan la de Magistrado del Tribunal Superior de Justicia de Coahuila, del que fue Presidente entre 1996 y 1999, y Abogado General de Pemex. Ha publicado varios libros y muy diversos artículos en las materias que constituyen su línea de investigación, e impartido conferencias, seminarios y cursos sobre las mismas. Actualmente es profesor de tiempo completo en la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad Autónoma de Coahuila, donde imparte cátedra e investiga en materia de Derecho Constitucional, Teoría y Filosofía del Derecho y Teoría Política. También es colaborador de la página editorial de Zócalo y de Cuatro Columnas (de la Ciudad de Puebla), y lo ha sido del Sol del Norte y El Diario de Coahuila, así como de los noticieros del Canal 7 de televisión de Saltillo, Coah.

MAS EN ESTA CATEGORIA La Batalla de La Angostura »

DEJA TU COMENTARIO

Ingresa datos requeridos(*) Código Básico HTML Habilitado

¡Síguenos también en las Redes Sociales!

TwitterFacefooter

twitter Facebook