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25Abril2017

Edición No. 233 Del 19 al 25 de Octubre de 2015

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Octavio Paz: Cien años de pensar al mexicano

José Vega

Octavio Paz nació el 31 de marzo de 1914, durante la Revolución Mexicana. Fue criado en Mixcoac, una población cercana que ahora forma parte de la ciudad de México. Lo cuidaron su madre, Josefina Lozano, su tía Amalia Paz Solórzano y su abuelo paterno, Ireneo Paz (1836-1924), un soldado retirado de las fuerzas de Porfirio Díaz, intelectual liberal y novelista. Su padre, Octavio Paz Solórzano (1883-1936), el menor de siete hermanos, trabajó como escribano y abogado para Emiliano Zapata; estuvo involucrado en la reforma agraria que siguió a la Revolución, fue diputado y colaboró activamente en el movimiento vasconcelista.

Conocí al Maestro en una buena época en la Ciudad de México, supe lo que pensaba de nosotros, el decía: Para el mexicano, ya no tiene secreto el disfraz, el arte de disimularse a los demás y a sí mismo; el mexicano percibe la vida como ‘una posibilidad de chingar o de ser chingado’ . Pero quiénes son aquellos hombres con máscara que quieren tomarle la máscara al otro, guardando siempre la suya? Hombres que prefieren ser ninguno, a ser alguien. Hombres que tienen el calendario más lleno de fiestas, a pesar de su pobreza.

El mexicano nunca sale sin una máscara. Esta es, para él, un tipo de protección contra el mundo exterior, percibido como peligroso, porque desconocido. Una protección, también, contra él mismo, porque al disfrazarse tanto el mexicano llega a ser desconocido a él mismo. Las máscaras preferidas del mexicano son la cortesía y la reserva, aunque si la primera atrae, la segunda, hiela . Y por el disfrazarse tanto, llega a creer que es su disfraz; al mentir tanto, acaba por creerse, se miente a él mismo, tanto como a los demás. La mentira ‘es un juego trágico, en el que arriesgamos parte de nuestro ser’ dice Paz. Todavía, el mexicano, a la diferencia del norteamericano, miente por fantasía y por placer, y no para sustituir a la verdad verdadera, una verdad social. Disfrazarse es, para el mexicano, casi tan natural como hablar, o más exactamente, negarse a hablar.

El mexicano es un ser que nunca se abre, es decir que nunca se saca la máscara, sea la de la cortesía, de la reserva u otra aun, porque sería para él una deshonra. Abrirse es, en los ojos del mexicano, una debilidad, y las mujeres, porque se abren más fácilmente, están percibidas como seres inferiores . No es fácil penetrar la intimidad de un mexicano; cualquiera que sea su actitud, él queda cerrado, dudando de su sinceridad. Disimula tanto sus verdaderos sentimientos que acaba por creer que los demás hacen todos lo mismo.

Todos los mexicanos quieren chingar, pero ninguno quiere ser chingado. La palabra chingar tiene un sentido particular en México, o mejor dicho, tiene varios sentidos. Paz la define como el deseo de rajar, de abrir a otra persona de una manera u otra, pero siempre incluyendo la fuerza. El hombre que se entrega se siente chingado, como una mujer violada sería chingada. En otras palabras, para el mexicano entregarse, abrirse a otra persona, equivale a ser violado. Aun el amor esta percibido como una manera de chingar, una ‘tentativa de penetrar en otro ser’. Esa penetración en otro ser, en su vida o en su intimidad, esta prohibida. Por eso, me parece que el acto de chingar es como un desafío de las reglas establecidas, el cual atrae por el mismo hecho de ser prohibido. Por lo general, son los hombres que chingan y las mujeres que son chingadas .

El mexicano, como cualquier hombre, tiene una percepción definida de lo que es la deshonra. Mientras que para el español esa última consiste en ser ‘hijo de puta’, es decir, de una mujer que se entrega de su propia voluntad, para el mexicano, consiste en ser ‘hijo de la Chingada’, es decir de una violación. Eso probablemente se debe en gran parte a la historia; en los tiempos de la conquista las violaciones no eran raras, y los hijos de esas violaciones, porque ilegítimos, se situaban muy bajo en la pirámide social.

Los ‘chingones’, es decir los mexicanos, consideran que solamente los cobardes se abren. Son seres herméticos, encerrados en sí mismos, ‘capaz de guardarse y de guardar lo que se les confía’. Son seres que casi no existen, tanto se disimulan además de ser insensibles e inconscientes de sí mismos. Los mexicanos miran la existencia con poco optimismo y por eso no temen la muerte, porque no les importa vivir o morir. Al mexicano, la muerte le seduce. El mexicano tiene una gran voluntad, una voluntad de no ser.

El mexicano no se impide existir sino que disimula su existencia, como la de sus semejantes; se ‘ningunea’ a sí mismo y al otro, es decir ‘hace de Alguien, Ninguno’. El mexicano es un ser ausente, que ‘no se atreve a no ser’ sino que intenta ser . Esa ausencia, esa disimulación de su existencia, está en el mexicano siempre presente, tanto que Paz sugiere que no existe ninguno de ellos . Los mexicanos son Ningunos que intentan ser Alguien, pero se pierden .

La mexicana por su parte, la ‘chingada’, no tiene voluntad propia. ‘Su cuerpo duerme y sólo se enciende si alguien lo despierta’. Ella espera, como el ser ‘oscuro, secreto y pasivo’ que es, al mexicano. Atrae pero no seduce, porque es lo que a los mexicanos les gusta en una mujer, es decir el pudor y la reserva. Actuando de otra manera, la mexicana se vería asociada con la imagen de la ‘mala mujer’. El mexicano percibe a la mujer no solamente como ‘instrumento de sus deseos’, sino también de la sociedad, la ley y la moral. Según Paz, interviene en esa concepción la ‘vanidad masculina del señor’. Con el tiempo, la mexicana llega a ser tan invulnerable, impasible y estoica como el mexicano, para escapar al dolor. En corto, la mexicana no es ella misma, sino que se conforme a un modelo impuesto a ella por una sociedad machista.

Ese país triste y relativamente pobre que es México tiene un calendario lleno de fiestas. ‘Todo es ocasión para reunirse’ para los mexicanos . Según Paz, ‘son incalculables las fiestas que celebramos y los recursos y tiempo que gastamos en festejar’. Esas fiestas son, para el mexicano, tantas ocasiones para tomarse la máscara que lleva el resto del año, para abrirse al exterior . O quizá el acto de festejar es ya otra máscara para el mexicano, para disimular su pesimismo y su pobreza. Por todos modos, para el solitario mexicano ‘no hay salud sin contacto’.

Un gran problema para el mexicano es la pobreza. Se debe, según Paz, al ‘desequilibrio que existe entre los bajos precios de las materias primas, de las cuales depende la economía de México, y los altos precios de los productos manufacturados’. También, se debe al hecho que las únicas soluciones propuestas por los países ‘avanzados’ no son buenas, y al refuto de esos de pagar precios justos por las materias primas. Una de las soluciones propuestas por Paz es la unión de México con otros países similares, la mayoría de los países, según él. Es decir que en lugar de tener un tratado de libre cambio con los Estados Unidos, sería mejor que lo tenga con otros países de América Latina, o aun de Asia o África. Lo que les interesa a los mexicanos, todavía, es liberar al hombre, y no tanto el capitalismo. Según Paz, eso es ‘lo único que justifica una revolución’.

En conclusión, el mexicano es un ser cerrado en sí mismo, en su soledad, que sólo se abre en las incalculables fiestas que celebra. Y la mexicana, en ese mundo de hombres, tiene un lugar predeterminado que le da poca libertad de ser ella misma. El mexicano es, de verdad, distinto, y de verdad, está solo .

A cien años del nacimiento de Octavio Paz, qué de su visión del mexicano ha cambiado? esa es la pregunta que dejo de tarea a los amables lectores.

José Vega Bautista
@Pepevegasicilia
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