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17Febrero2018

Edición No. 233 Del 19 al 25 de Octubre de 2015

El pueblo tzotzil ha vivido por siglos en el sureste de México y la mayor parte de ellos lo hace en el estado de Chiapas. Viven entre valles, montañas y cerros de belleza indescriptible en poblados que llegan a superar los 2700 metros sobre el nivel del mar. Se les conoce como el Pueblo de las Nubes o del Cielo.

El tzotzil es un pueblo cuyas tradiciones van desde el parto donde las mujeres paren a sus hijos arrodilladas asistidas aún con comadronas. Los hombres tienen la responsabilidad de cuidar su milpa ayudados por los niños varones y muchas veces trabajan en fincas cafetaleras y de maíz mientras que las niñas deben ayudar en las labores del hogar y a tejer prendas de vestir.

Los tzotziles eligen a sus autoridades mediante sus usos y costumbres en donde integran funcionarios sin goce de sueldo. En cuanto a la religión, han sido expuestos a cinco siglos de colinización cristiana en cualquiera de sus expresiones llámese catolicismo, evangélicos, testigos de Jehova, mormones y un largo etcétera.

Decididos a mantener sus tradiciones ancestrales, muchos de los tzotziles aún creen en titanes que sostienen el mundo en sus cuatro puntos cardinales y afirman que cuando uno de esos llega a cansarse y se mueve de su posición, la tierra sufre un terremoto. Pero la modernidad que brama por mas y mas conquistas no descansa e insaciable ha querido alcanzar también a los tzotziles a quienes está empujando para que bajen de allá de su cielo y desciendan acá abajo a los infiernos.

Y es que tras 500 años de colonización, los pukujes (demonios) del pueblo tzotzil han casi logrado expulsarlos de las montañas para que convivan con nuestros propios dioses, santos y demonios. Así con el chulel (alma) a cuestas, los tzotziles han debido bajar de las nubes para buscar algo de comida e intentar sostener a sus familias porque allá arriba en la montaña han sido corridos por nuestros pukujes (demonios) que en este caso son los terratenientes, el crimen organizado o los grupos que los explotan para llevar a hombres, mujeres y en especial a niños a trabajar en las calles de nuestras ciudades.

Uno de esos es, Feliciano Díaz Díaz el niño que sufrió el abuso de un funcionario público la semana pasada en el estado de Tabasco. El caso cobró notoriedad luego de un video que circuló en las redes sociales donde el inspector de comercio ambulante aparece humillando al menor, despojándolo de tres cajetillas de cigarros y obligándolo a tirar los dulces al suelo. Ese día, el menor llegó a la zona peatonal donde Juan Dieglo López Jiménez empleado del área de Reglamentos del Ayuntamiento del Centro en ese estado, abusó de su autoridad y a pesar de que lo hizo el funcionario es deleznable, existe otro fondo que se oculta tras el delito del funcionario público que debe pagar un castigo ejemplar.

Detrás de este caso está la pobreza eterna de los niños indígenas de México y la explotación que sufren todos los días ya sea vendiendo chichles o cigarros, empacando bolsas en los supermercados, cosechando en los campos del norte de México o muchos de ellos en la industria de la construcción, sufriendo la suerte del padre al que acompañan en busca del sustento. Pero estos corren con suerte, porque otros han tenido que enfrentarse a las redes de prostitución o del crimen organizado que los narcoexplotan no para que vendan chicles o cigarros sino marihuana y cocaína.

Pero necesitaríamos de millones de videos en las redes sociales para descubrir lo que está a la vista de todos. En México se explota laboralmente a más de 300 mil niños indígenas y en total a 3.6 millones de niños mexicanos, aunque a nosotros solo nos indigna lo que se publique en facebook o twitter pues nos permite opinar, aunque sin llegar a la acción. Nos deja indignarnos sin llegar al compromiso, porque dar un like en facebook o ser un agudo crítico en twitter, es más fácil que dejar de comprar y explotar también por desconocimiento o comodidad.

Feliciano Díaz Díaz, es un indígena tzotzil, un niño que fue expulsado por la miseria para bajar de su pueblo en las nubes y el cielo y comprobar que acá abajo, en la civilización “moderna” está el verdadero infierno.



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