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22Marzo2017

Edición No. 233 Del 19 al 25 de Octubre de 2015

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Productividad, crecimiento e innovación I

Hoy, inmersos en los complejos retos que la crisis global nos presenta, los mexicanos tenemos una oportunidad extraordinaria y quizás irrepetible para encaminarnos por fin a la senda del crecimiento sostenido e incluyente, que nos lleve ya de modo irreversible a la prosperidad democrática. ¿Cómo puede nuestro país hacer realidad esa aspiración por todos compartida? Robert Solow, premio Nobel de Economía, demostró en su trabajo fundacional de la teoría neoclásica del crecimiento económico, que el crecimiento del PIB per cápita se debe a los incrementos en la productividad y éstos a su vez se originan en lo que Solow llama “el progreso técnico”. Así pues, no hay crecimiento sin incrementos en productividad.

Pero hasta el fin del siglo XX, los incrementos en productividad ocurrieron todavía predominantemente mediante la introducción gradual de mejoras continuas o innovaciones que podían alcanzar su máxima rentabilidad dentro del marco de las instituciones sociales, económicas, políticas y financieras heredadas del siglo XIX. Esto ya no es así. La destrucción creativa es cada vez más rápida, demoledora, global y socialmente incluyente. Nada ni nadie escapa a los efectos directos e indirectos del cambio tecnológico exponencialmente veloz y acumulativo. Y esto reclama nuevas instituciones. La crisis social de “desempleo” y la marginalización masiva de millones de seres humanos, desplazados del empleo tradicional por la acelerada automatización de los procesos productivos, no deja ya tiempo para el gradualismo.

Las naciones que con más prontitud se pongan a la vanguardia de estas transformaciones, adelantándose en la construcción de las instituciones, infraestructuras y capacidades sociales que demandan, podrán dar un gran salto adelante. ¿Podrá México convertirse en una de esas naciones exitosas? En este contexto global radicalmente modificado, en lo ideológico y en lo práctico, en lo político, lo económico, lo social y lo cultural, a México le ha llegado la hora de la destrucción creativa. En este mundo transformado ¿cómo dar nueva y duradera viabilidad a instituciones y paradigmas plasmados en una Constitución nacida en 1857 de la victoria liberal y transformada en 1917 en ley y programa revolucionario todavía vigente? Y si no se consigue redefinir a partir de ellas los grandes trazos de un nuevo proyecto nacional mexicano, México estará en riesgo de encallar en el estallido social.

Por fortuna las reformas que, a través del Pacto por México, ha puesto en marcha el presidente Enrique Peña Nieto abren la esperanza de un cambio que haga posible la destrucción creativa y con ella el crecimiento acelerado, sostenido y compartido que transformará a México en una nación prospera y sin pobreza masiva. Pero las reformas no bastan para que el crecimiento económico acelerado y sostenido, con la inherente multiplicación de los empleos productivos y bien remunerados se vuelva pronto una realidad para todos los mexicanos.

Para reiniciar el crecimiento en una economía estancada, como la mexicana, cuyo dinamismo ha sido por años insuficiente para ocupar productivamente a su fuerza de trabajo, no bastan las inyecciones de recursos financieros que generen incrementos en la demanda agregada. Es indispensable introducir modos innovadores de producción y vincular a industrias de México con la demanda creciente de nuevos productos y servicios que generan los sectores y regiones en expansión en la economía global. Si se consigue incrementar la IED que implique importación de maquinaria y equipo nuevos e innovadores, para llegar a casi seis mil millones de dólares al año, se puede elevar la tasa de crecimiento en alrededor de 3% para llegar a tasas de crecimiento del PIB cercanas a 6% anual. Esa es la llave maestra para que México tenga de inmediato la innovación y los incrementos en productividad que necesita para crecer.

Twitter: @alzati_phd

 



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