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12Diciembre2017

Edición No. 233 Del 19 al 25 de Octubre de 2015

En medio de los análisis contemporáneos, y los debates, en el campo de lo político, la economía parece haberse enseñoreado.

En un sugerente artículo, publicado en el blog “Prodavinci”, el profesor de Harvard Dani Rodrik declara que, en otros tiempos, los economistas habían mantenido distancia de la política, pues consideraban que su trabajo consistía nada más en describir el funcionamiento de las economías de mercado, sus fallos y el modo de fomentar la eficiencia mediante un buen diseño de políticas públicas (http://prodavinci.com/2013/02/14/economia-y-negocios/la-tirania-de-la-economia-politica-por-dani-rodrik/).

Así, analizaban las tensiones entre objetivos contrapuestos y sugerían políticas encaminadas a alcanzar resultados económicos favorables, pero eran los políticos quienes tomaban las decisiones, en tanto que los burócratas las ejecutaban.

Las cosas cambiaron, dice Rodrik, cuando “algunos nos volvimos más ambiciosos”, y entonces volcaron su “instrumental analítico a estudiar el comportamiento de esos mismos políticos y burócratas”.

Como consecuencia, comenzaron los economistas a examinar las conductas políticas con el mismo marco conceptual usado para “analizar las decisiones de consumidores y productores en una economía de mercado”.

Así, los políticos se convirtieron en proveedores “de favores públicos”, alentados por el propósito de “maximizar los ingresos” mientras que los ciudadanos se convirtieron en  grupos de presión e intereses especiales ávidos de rentas”. No es extraño, por tanto, que los sistemas políticos se convirtieran entonces en “mercados donde se negocian votos e influencia política a cambio de beneficios económicos”.

Con ello nació el “campo de la elección racional” en la economía política, y “un estilo teórico que pronto sería imitado por muchos politólogos”, porque proveía una explicación aparentemente congruente para las decisiones políticas, aunque no tengan racionalidad económica: cualquier “paradoja económica” se podría ahora explicar a partir de la noción de “intereses creados”.

Aun así, mientras más se pretendía explicar los fenómenos, menos se podía maniobrar para mejorar lo que estaba pasando. La suplantación de papeles y, yo diría, los afanes de totalización de la economía sobre los demás sistemas sociales, dieron al traste con cualquier posibilidad de solución.

De hecho, el propio Rodrik reconoce la importancia del valor filosófico cuando dice: “Al convertir el comportamiento de los políticos en una variable endógena, la economía política incapacita a los analistas… En realidad, los marcos conceptuales que se usan en economía política en la actualidad están repletos de supuestos no declarados acerca de los sistemas de ideas subyacentes al funcionamiento de los sistemas políticos. Basta explicitar esos supuestos para que los intereses creados dejen de ser tan decisivos y recuperen su lugar el diseño de políticas públicas, el liderazgo político y la acción humana”.

Las ideas –dice- dan forma a los intereses, en primer lugar, porque “determinan la autopercepción de las élites políticas y los objetivos que persiguen (dinero, honor, estatus, continuidad en el poder o, simplemente, un lugar en la historia)”; en segundo, porque las ideas “determinan las creencias de los actores políticos respecto del funcionamiento del mundo” y, en tercero, porque “las ideas determinan el conjunto de estrategias que los actores políticos creen tener a su disposición”.

Sostiene que en muchas industrias no existe competencia real porque “las empresas ya establecidas, que se quedan con las rentas de la industria, tienen a los políticos metidos en el bolsillo”; que los gobiernos levantan barreras contra el comercio internacional, “porque los beneficiarios de las medidas proteccionistas están concentrados y son políticamente influyentes, mientras que los consumidores están separados y desorganizados”; que las élites políticas impiden la adopción de medidas y reformas estimulantes del crecimiento económico y el desarrollo, porque el crecimiento y el desarrollo disminuirían su poder político; y que existen crisis financieras porque los bancos controlan el proceso de formulación de políticas “para poder correr riesgos excesivos a costa de la población general”.

Poco desperdicio tiene, si alguno, el artículo de Rodrik, cuyo parecer comparto, como ya ha sido evidente en otras entregas. Creo que es un tema que todavía espera a ser abordado con seria profundidad y con el rigor intelectual debido.



Xavier Díez de Urdanivia

Xavier Díez de Urdanivia es abogado (por la Escuela Libre de Derecho) Maestro en Administración Pública (por la Universidad Iberoamericana) y Doctor en Derecho (por la Universidad Complutense, Madrid). Ha ejercido diversas funciones públicas, entre las que destacan la de Magistrado del Tribunal Superior de Justicia de Coahuila, del que fue Presidente entre 1996 y 1999, y Abogado General de Pemex. Ha publicado varios libros y muy diversos artículos en las materias que constituyen su línea de investigación, e impartido conferencias, seminarios y cursos sobre las mismas. Actualmente es profesor de tiempo completo en la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad Autónoma de Coahuila, donde imparte cátedra e investiga en materia de Derecho Constitucional, Teoría y Filosofía del Derecho y Teoría Política. También es colaborador de la página editorial de Zócalo y de Cuatro Columnas (de la Ciudad de Puebla), y lo ha sido del Sol del Norte y El Diario de Coahuila, así como de los noticieros del Canal 7 de televisión de Saltillo, Coah.

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