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15Diciembre2017

Edición No. 233 Del 19 al 25 de Octubre de 2015

En mayo de 1787, 55 delegados de los 13 estados fundadores de la nación norteamericana, se reunieron en Filadelfia a discutir la redacción de la Constitución que regiría los destinos del país naciente, que con el tiempo llegaría a colocarse como la más poderosa potencia económica y militar del mundo. 

Dieciséis semanas después aquellos talentosos delegados habían producido uno de los documentos de mayor trascendencia que revolucionó la forma de organizar políticamente a las naciones del mundo. A diferencia de los gobiernos monárquicos, hereditarios, autoritarios, centralistas y unipersonales, que venían desde los tiempos del absolutismo ilustrado, los norteamericanos, celosos de la libertad y de la seguridad de la propiedad privada, y preocupados porque el gobierno pudiera ser un peligro para la salud de la democracia, crearon un sistema políticamente democrático y socialmente igualitario. Una república cuyo poder gubernamental se dividiría en tres ramas, cada una con poderes equilibrados y recíprocamente controlados: el poder legislativo para elaborar leyes, el ejecutivo que actuaría en consecuencia con las leyes creadas y el judicial para vigilar el cumplimiento de tal orden jurídico.

El país en gestación se organizaría como una república dividida en estados federados, soberanos en cuanto a su régimen interior, pero unidos como entidades con el mismo peso republicano, independientemente de su tamaño territorial, importancia económica o densidad demográfica. El gobierno se integraría por la vía de elecciones democráticas y cada entidad federada reproduciría en lo consecuente la organización republicana. Así nacieron las repúblicas presidenciales, bajo los principios del federalismo y de la división de poderes. 

En su libro “The living U.S. Constitution, Saul K. Padover afirma: “Quizá sea la Constitución norteamericana uno de los más exitosos ejemplos en la historia de los instrumentos legales que hayan servido tanto como salvaguarda de la libertad individual, como un sólido vínculo de unidad nacional” y agrega que después de varias generaciones sigue siendo un documento viviente, que responde a las necesidades de una república autogobernada, con creciente poder y tecnológicamente avanzada.

A pesar del cuidado que desde un principio se tuvo de evitar la concentración de poder en una sola rama del gobierno, específicamente en la correspondiente al poder ejecutivo, lo cierto es que, según algunos autores, la presidencia no sólo quedo “subconceptualizada”, sino que si se hubiera respetado el débil diseño original, los Estados Unidos jamás hubieran sobrevivido a los tremendos avatares a que se enfrentaron durante largos años, particularmente en los momentos más críticos de su historia, comenzando con la Guerra Civil para abolir la esclavitud, las dos guerras mundiales y la superación de los ominosos años de la Gran Depresión Económica de los años 1929 a 1933. 

De lo anterior se desprende que los presidentes norteamericanos a quienes les tocó gobernar en las etapas críticas señaladas, no hubieran podido con el paquete si se hubieran limitado a gobernar dentro de las estrecheces funcionales establecidas originalmente en la Constitución. 

Entre ellos mencionaríamos a Abraham Lincoln, a Wodrow Wilson, a Franklin Delano Roosevelt, a Lyndon B. Johnson y a Richard Nixon. Los radicales de la división de poderes tildaron a Lincoln de “tirano” y a Roosevelt de socialista. Johnson se excedió en el ejercicio del poder presidencial durante la guerra contra Vietnam y Nixon renunció, antes de ser defenestrado, por haberse extralimitado cuando fue sorprendido en sus prácticas ilegales de espionaje político.

En Norteamérica compiten cíclicamente, en cuanto al ejercicio del poder, el legislativo y el ejecutivo, aunque la historia del poder presidencial ha sido la de su paulatino engrandecimiento, principalmente en las épocas señaladas anteriormente, aunque ha habido otros tiempos y otras causas que le han permitido al presidente acopiar mayor poder, como lo fue cuando se aplicó la Ley de Estabilización Económica en 1970 que le otorgó una enorme cantidad de facultades para estabilizar precios, rentas y salarios, intereses y dividendos de corporaciones. Otros casos fueron cuando Eisenhower y Kennedy movilizaron fuerzas militares para acabar con la segregación racial.

El ejercicio del poder presidencial ha de estudiarse en el contexto de su desarrollo histórico, constitucional y político. Mientras que en los Estados Unidos se discuten los vaivenes del poder presidencial, la experiencia mexicana nos habla de un presidencialismo que se exacerbó según tiempo y circunstancia, lo que analizaremos en la próxima entrega.



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