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30Abril2017

Edición No. 233 Del 19 al 25 de Octubre de 2015

Esta semana se cumplen cien años de hechos trágicos y de gestos heroicos que marcaron la vida de nuestro pueblo el siglo pasado. Como un sencillo y respetuoso homenaje a los hombres que ofrendaron su vida, los invito a que me acompañen a recordar, de la mano de los historiadores Pedro Salmerón y Fernando Benítez, dos pasajes que nos invitan a la reflexión de nuestro pasado y la construcción de nuestro futuro.

Al anochecer del 18 de febrero de 1913, don Venustiano Carranza, gobernador constitucional de Coahuila, recibió el telegrama que el general de división Victoriano Huerta había girado desde la ciudad de México a todos los gobernadores y comandantes militares: “Autorizado por el senado, he asumido el poder ejecutivo, estando presos el presidente y su gabinete. V. Huerta”.

De acuerdo con el análisis de Salmerón, Carranza había previsto tal situación, como uno de los posibles desenlaces de los eventos iniciados diez días antes en la capital mexicana. Así que su reacción fue inmediata y convocó en su casa a varios de los diputados al Congreso Local  y algunos amigos y colaboradores. Ante ellos, Carranza expuso su opinión acerca de los hechos: el senado, les dijo, no tenía facultades para autorizar lo que según Huerta había autorizado, y no quedaba sino desconocer a Huerta y a sus cómplices. Por lo tanto, siguió el gobernador, era de esperarse que la XXII Legislatura del Estado aprobara esa actitud y le otorgara amplias facultades.

Los diputados acordaron trasladarse al recinto del Congreso para que el gobernador hiciera oficialmente su petición, y el congreso redactó un decreto que don Venustiano publicó el 19 de febrero, por el cual se desconocía a Huerta como presidente de la República, se otorgaban amplias facultades al Ejecutivo del estado en todos los ramos de la administración pública y se le ordenaba excitar a los gobernadores de los estados y a los jefes de las fuerzas federales, rurales y auxiliares, a secundar la actitud del gobierno de Coahuila. Así nacía la revolución constitucionalista. (Pedro Salmerón, 2009)

La noche del 22 de febrero, Francisco I Madero, Pino Suárez y el general Felipe Ángeles apagaron la luz y se acostaron en sus angostos catres de campaña. Media hora más tarde, el general Chicarro entró a la intendencia seguido de un cabo de rurales llamado Francisco Cárdenas y ordenó secamente: “Levántense señores. Los vamos a llevar a la penitenciaría. Allí estarán mejor.”

Madero protestó el hecho de no haber sido avisado oportunamente mientras se vestía la camisa dura, el jaquet y el pantalón claro que llevaba el día de su arresto. Tenía la barba y el escaso pelo revueltos y en su cara se advertía la huella de sus recientes lagrimas provocadas al enterarse del artero asesinato del que había sido victima su hermano Gustavo.

La orden es sólo trasladar a Madero y Pino Suárez, dijo Cárdenas ante la insistencia de Ángeles de acompañarlos. Madero se despidió de él abrazándolo. En el patio aguardaban dos enormes autos negros con un chofer y un soldado cada uno de ellos. Madero ocupó el primero acompañado de Cárdenas; Pino Suárez el segundo bajo la custodia de Rafael Pimienta.

Al llegar a la penitenciaría Madero se percató que el auto se pasó de largo y dejo atrás la puerta principal, y pregunto a sus raptores: ¿a dónde vamos?; estamos dando la vuelta para entrar por atrás, le respondieron. Madero ya no tuvo tiempo de hablar más. En el llano, cerca del alto muro de la cárcel, se escuchó una descarga y varios hombres, iluminados débilmente por dos linternas, surgieron de las sombras.

Madero se levantó y trataba de abrir la portezuela cuando se oyó el grito familiar de “Viva Madero” seguido de una nueva descarga. “Baje usted, señor, le pueden hacer algo”, ordenó Cárdenas, que había sacado su pistola.

Madero saltó del coche y en ese momento Cárdenas le disparó un tiro en la cabeza. (Fernando Benítez 1977)

José Vega Bautista

@Pepevegasicilia

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