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17Febrero2018

Edición No. 233 Del 19 al 25 de Octubre de 2015

En el Génesis se lee que el humano llegó al paraiso “ut operaretur et custodiret illum”, para trabajar y cuidar. Malas, muy malas cuentas rendiremos en lo personal y como civilización de esta obligación. Para muestra un botón. El Senado francés discute una iniciativa en la que se establecen espacios reforzados para los lobos, donde se toleran ciertos niveles de daño. Lo anterior para detener los ataques al ganado. La severa crítica deriva de la gran movilidad de los depredadores; estiman que sólo se ocasionará mayor presión sobre las otras zonas sin protección especial.

En los extremos se sitúan los ganaderos que estiman que hay demasiados lobos y los ambientalistas que opinan que la prohibición debe darse hacia el pastoreo libre del ganado.

Pareciera que a los lobos franceses les espera una cómoda jaula como la que ya tiene el parque de lobos de Gévaudan (http://www.loupsdugevaudan.com), claro, a los pocos que ahí quepan.

Mientras tanto en México podemos decir que esas leyes no nos ocupan, ya que el lobo mexicano (Canis lupus baileyi) fue erradicado en los años 50. Actualmente está catalogado como extinto en estado silvestre, quedan algunos pocos en zoológicos. Algunos autores a inicios de los 90 hablaban de 10 ejemplares en la sierra de Durango.

En Bruselas discuten actualmente mecanismos que permitan conservar las abejas sin eliminar el uso de pesticidas.

La comunidad internacional deberá decidir en marzo, en Bangkok, en el marco de la Convención sobre el comercio internacional de especies de fauna y flora salvajes amenazados de extinción, la clasificación o no, del oso polar en el Anexo I. Lo que llevaría a la prohibición del comercio internacional de partes de oso, protegiéndolo de la caza comercial.

Los reportes muestran que el verano pasado se presentó un récord de deshielo. Lo que ocasiona que los osos emigren al norte dificultando la caza o bien que busquen alimentos amenazando a los humanos. La propuesta, por imposible que parezca, es llevarles en helicóptero carcazas de foca a sitios alejados.

El daño que como civilización hemos ocasionado al hábitat lleva a la incompatibilidad de nuestros procesos productivos con la conservación en estado silvestre de muchas especies. Otras de plano tienen cada vez menos sitio en este mundo. Hemos cumplido en exceso con el mandato de labrar el paraíso, pero hemos olvidado la obligación de custodiarlo. Las cuentas no se las tendremos que dar al creador en un juicio final, sino a nuestros hijos. La desaparición de una especie es una gran tragedia, cada espacio vacío en el ecosistema erosiona la riqueza de nuestro planeta.



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