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17Febrero2018

Edición No. 233 Del 19 al 25 de Octubre de 2015

No es ocioso hacer algunas reflexiones sobre el movimiento revolucionario, ahora que se cumplen 100 años de tan trascendental movimiento. Podemos hacer algunas consideraciones sobre sus causas, los hombres que la hicieron posible y sus efectos en la vida nacional.

En los hechos, hay dos revoluciones: la de Madero quien luchó contra las interminables reelecciones de Porfirio Díaz, bajo la bandera “Sufragio Efectivo. No reelección”, y la de Carranza que, una vez inmolado el Apóstol de la Democracia se levantó en armas contra el usurpador Victoriano Huerta y por el restablecimiento del orden constitucional.

Varios años tuvieron que pasar y muchos sacrificios vivió Madero para sumar a su causa las fuerzas suficientes para derrocar al viejo régimen. Más que por las armas, la causa de Madero triunfó por la enorme suma de voluntades que levantó su lucha por la democracia y por las simpatías que despertaba tan singular líder social. El gobierno de Díaz cerraba su ciclo de largos años en cuyo lapso había impulsado la economía nacional, atraído capitales extranjeros y logrado proyectar al extranjero una imagen de estadista pacificador y destacado constructor. A pesar de logros tan señalados, la inmensa mayoría del pueblo vivía en la pobreza, la ignorancia y al margen de los servicios más primarios de salud. Los obreros eran explotados sin protección alguna, aunque los grupos más relegados eran los indígenas y los campesinos. 

En tales condiciones no era difícil que fructificara la semilla de la rebelión. Díaz renunció y se embarcó hacia Europa, dejando un gobierno provisional con el compromiso de que a la brevedad convocaría a elecciones. Madero triunfó de manera arrolladora. Fue un gran candidato, pero un presidente que no pudo elevarse al nivel del estadista que se requería para encabezar el cambio que exigían la nación. Sencillo y noble como era, se dejó convencer de que debía licenciar a su ejército y preservar al que había servido al dictador. Aquellos viejos y mañosos militares encontraron la ocasión para acorralar a Madero, traicionarlo e inmolarlo. 

Victoriano Huerta, quien comandaba el ejército bajo las órdenes del presidente Madero, fue el autor de tan aberrante magnicidio, apoyado por el embajador norteamericano. Fue quizá la etapa más negra no sólo del Ejército Mexicano, sino de la historia de las relaciones entre México y los Estados Unidos. La historia jamás podrá justificar crimen tan atroz.

Venustiano Carranza, gobernador de Coahuila, recibió, el 18 de febrero de 1913, un telegrama de Huerta en el que informaba que, autorizado por el Senado de la República, se hacía cargo de la Presidencia de la República. De inmediato el gobernador reunió a los diputados del Congreso Local, les expuso su total desacuerdo con las acciones de Huerta, que el Senado no tenía atribuciones para nombrar presidente de la república, agregando que Huerta no era más que un usurpador. Enseguida Carranza redactó un oficio dirigido al Congreso donde planteaba oficialmente su posición, la urgencia de luchar por el orden constitucional y pidiendo instrucciones para proceder en consecuencia. Los 11 diputados de la XXII Legislatura no sólo apoyaron a su gobernador, sino que lo instruyeron para que obtuviera recursos e integrara las fuerzas militares necesarias para iniciar la lucha contra el usurpador. 

Carranza se dispone a encabezar una rebelión que pronto se convertiría en una auténtica revolución. Después de merodear por los alrededores de la capital, reúne en una hacienda, 100 kilómetros al norte de Saltillo, a un grupo de leales quienes firman el Plan de Guadalupe, cuyo propósito era derrocar al usurpador y restablecer el orden constitucional.

Es el momento en que Venustiano Carranza entra a la historia para escribir las más gloriosas páginas de una lucha que si bien se había iniciado sólo con la idea de derrocar al usurpador, pronto fue enriqueciendo sus objetivos económicos, políticos y sociales, hasta plasmarlos en el texto constitucional aprobado en Querétaro el 5 de febrero de 1917.

No sólo Carranza se alzó contra Huerta, ni fue el único líder revolucionario. Fueron muchos y muy destacados, tantos que, movidos por la ambición, algunos acabaron peleando entre sí. Pero sólo Carranza pudo coronar su lucha por su talento, su sagacidad, su temperamento y su recio carácter. Y triunfó sobre todo porque fue el único que tuvo los tamaños de estadista que requería la nación.



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