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30Marzo2017

Edición No. 233 Del 19 al 25 de Octubre de 2015

Pudo haber elegido el camino más fácil, el más cómodo. La vida de terciopelo con pomposas ceremonias cubiertas con oportunidad por las páginas sociales. Bautizos, bodas, comidas con las familias pudientes y reuniones con señoras de la “alta”. Fiestas con platillos de cuatro tiempos, el “bocatto di cardenale” como dirían los clásicos. Pero Don Raúl lo rechazó y elegió el largo, el complicado, el que le trajo críticas mordaces.

Nacido en pleno corazón del conflicto cristero, en Acámbaro, Guanajuato, Don Raúl llega a este mundo cuando terminaba la segunda Guerra mundial en junio de 1945. Una magnífica crónica del periodista César Gaytan publicada en esta casa editorial revela que como cualquier niño, soñó con ser bombero y que a los 17 años partió a la capital del país para estudiar ingeniería química en la UNAM. Eran los años sesentas, epoca de turbulencia y formación de los movimientos sociales más importantes y la Universidad era su epicentro. Eso lo marcó para siempre y tras terminar su carrera, se decidió a seguir los pasos del pescador de Galilea inscribiéndose con los frailes dominicos. Fue Paulo VI quien lo ordena sacerdote en 1975 y solo 12 años después en 1987 Juan Pablo II lo elige obispo. El Papa viajero lo hace responsable de la diócesis de Ciudad Altamirano, Guerrero en tierra caliente. Ahí vivió y sufríó la pobreza de su gente.

En esos años se escuchaban ya rumores acerca de que no muy lejos de ahí, en los Altos de Chiapas se formaba un grupo insurgente. El conflicto estalla en enero de 1994 y en las negociaciones entre el gobierno y la guerrilla surge la figura mítica del Obispo de los pobres, Don Samuel Ruiz, que vive en la eternidad y a quién los indígenas chiapanecos llamaban “Tatik”. Un año después, la alta jerarquía católica nombra a Don Raúl obispo coadjutor de San Cristóbal de las Casas. Se trataba de minar el poder del heredero de Fray Bartolomé a quien acusaban de incitar al conflicto armado y dificultar el proceso de paz. Era como si designar a un coadjutor a Marcos solucionara de fondo la miseria de los indígenas chiapanecos, pobres entre los pobres. Pero se equivocaron, Don Raúl mantuvo una postura digna y firme de apoyo al “Tatik”, aliado de los miserables, esos que abandonados por casi 500 años, solo pedían paz, pero con justicia y dignidad.

Don Raúl llegó a esta ciudad un diciembre hace ya 13 años. Saltillo tenía ya más de 420  años de un catolicismo tradicional y algunos miembros de su grey establecida en la política de la vela perpetua que no esperaba que su Obispo pensara, hablara y actuara siempre a favor de los que menos tienen. Eso incomodó a muchos. Pero el persistió y llegó a prestar su voz a esos que no la tienen: los migrantes, los indígenas, las familias de los desaparecidos y los mineros del carbón explotados hasta su muerte última. Esos que siempre oprimidos, hartos de injusticias y despojados hasta de su palabra con él encontraron la solidaridad verdadera.

A Don Raúl se le puede criticar por no apegarse a lo que por años se nos dijo era la “actitud correcta” de cualquier alto prelado o se puede o no coincidir con sus juicios o con sus acciones, pero jamás lo podremos acusar de ser inconsistente. En estas fechas, el filósofo y teólogo por convicción pero ingeniero Químico de profesión, Don Raúl Vera López, Obispo de Saltillo, festeja con su diócesis su jubileo, eso que los judíos celebraban en la antigüedad cada 50 años para conmemorar la recuperación de bienes o en casos extremos hasta la libertad.

Sus cercanos le nombran “Padre, Profeta y Pastor de su Pueblo”. Pero el es de esos que como escribiera el filósofo rumano Emil Michel Cioran en su libro El Aciago Demiurgo: “En todo profeta coexisten el gusto por el futuro y la aversión por la dicha”. En su caso ha preferido sufrir al lado de los que sin dicha alguna van por el mundo en busca de solo una palabra de aliento, de un hombro donde recargarse, de una pieza de pan para proseguir su largo camino. Celebramos el Jubileo de Don Raúl con lo que el poeta chileno Víctor Jara cantara algun día: “Allí hermano, aquí sobre la tierra, el alma se nos llena de banderas que avanzan. Contra el miedo avanzan. Venceremos”.



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